Bocadillos espirituales para vivir el Adviento: Viernes de la 3 a. Semana – Ciclo B

“Pero el ángel le dijo: “No temas, Zacarías, porque tu ruego ha sido escuchado: tu mujer Isabel te dará un hijo, y le pondrás por nombre Juan. Te llenarás de alegría, y muchos se alegrarán de su nacimiento. Pues será grande a los ojos del Señor; no beberá vino ni licor; se llenará de Espíritu Santo ya en el vientre materno, y se convertirán muchos israelitas al Señor, su Dios. Irá delante del Señor, con el espíritu y poder de Elías”… ¿Cómo estaré seguro de eso? Porque yo soy viejo, y mi mujer es de edad avanzada”. (Lc 1,5-25)

La cosa comenzó en el Templo.
La cosa comenzó con olores y humo del incienso.
Pero el hombre del Templo no creyó.
Su ancianidad y la de su esposa pesaban más que la palabra de la promesa.
Su realidad era más fuerte que el poder de la palabra.
Su razonamiento era lógico.
Pero una lógica donde el imposible humana era más fuerte que el poder divino.

Y mientras el hombre del templo se resistía a creer,
Meses más tarde, una sencilla aldeanita de Nazaret creerá.
El hombre del templo pide “seguridades”, “¿cómo estaré seguro?”
La mujercita del pueblo no pide seguridades, sino que se fía y confía, y se abandona en las manos de Dios: “He aquí la esclava del Señor. Hágase en mí según tu Palabra”.
El hombre del templo recibe una señal: “queda mucho los nueve meses de espera”.
La mujercita del pueblo, guarda silencio para rumiar el misterio de Dios.

Los imposibles humanos son los posibles divinos.
La ancianidad es un imposible humano para dar vida a un hijo.
Las posibilidades divinas hacen que los viejos troncos que ya carecen de savia, florecen en paternidad y maternidad.

Zacarías se deja llevar de su razonamiento y su lógica humana.
Pero la palabra de Dios habla de las posibilidades divinas.
Es admirable el actuar de Dios:
Dios se sirve de lo inútil humano.
Dios se sirve de la pobreza humana.
Dios se sirve de los deshechos humanos.

¿No suele ser también esta nuestra actitud?
Más que fiarnos de Dios, miramos nuestras debilidades.
Más que creer en lo que Dios puede hacer en nosotros,
Nosotros miramos y nos encerramos en nuestras impotencias.
¡Cuántos estorbos solemos poner a la obra de Dios en nosotros!
¿Cómo puede Dios hacerme santo con lo pecador que he sido?
¿Cómo quiere Dios que yo cambie con lo viejo que soy?
A mí edad ya no estoy para hacer nada en la Iglesia y el mundo.
¿Será que Dios no puede hacer su obra en nosotros, o no será que somos nosotros quienes le ponemos obstáculos y dificultades?

Toda la vida, desde que nacemos hasta que morimos, somos una posibilidad para Dios.
Dios puede llevar a cabo sus planes en nosotros:
Desde jóvenes.
Desde maduros.
Desde ancianos.
Para Dios nunca es tarde.
Para Dios siempre es tiempo oportuno.
La edad nunca es un imposible para Dios.

La única imposibilidad para Dios son nuestras resistencias.
La única imposibilidad para Dios es nuestra negativa a fiarnos de El.
El Adviento es la posibilidad de lo divino frente las imposibilidades humanas.
Por eso es el tiempo del encuentro con la “Palabra” y de la fe.

Clemente Sobrado C. P.

Bocadillos espirituales para vivir el Adviento: Jueves de la 3 a. Semana – Ciclo B

“El nacimiento de Jesucristo fue de esta manera: María, su madre, estaba desposada con José y antes de vivir juntos, resultó que ella esperaba un hijo por obra del Espíritu Santo. José, su esposo, que era justo y no quería denunciarla, decidió separarse de ella en secreto. “José, hijo de David, no temas aceptar a María por esposa pues la criatura que hay en ella viene del Espíritu Santo”. Cuando José se despertó, hizo lo que le había mandado el ángel del Señor y recibió a María como esposa”. (Mt 1, 18-24)

Los caminos de Dios son misteriosos.
Los caminos de Dios no son autopistas asfaltadas.
Están llenos de oscuridades.
Alguien pudiera decir: “¿Y Dios no podría poner las cosas más fáciles?”
Las puso fáciles, solo que nuestra capacidad de entenderlas no da para más.

Se las puso difíciles a Zacarías e Isabel.
¿Cómo entender que iban a tener un hijo a sus años?
Se las puso difíciles a María.
¿Cómo entender el ser madre si no tenía varón?
Se las pone difíciles a José.
¿Cómo entender que su esposa María pueda estar gestando un hijo?
¿Cómo entender que pueda ser fruto del Espíritu Santo?

Es que los caminos de Dios:
No se mueven por la razón humana.
No se mueven por la lógica humana.
Sino por la lógica de la Palabra divina.
Por la lógica de la fe en la Palabra de Dios.
Zacarías duda y le cuesta creer.
María pregunta y dice sí a lo que no entiende.
Pero se fía de la Palabra.
José se ve envuelto en las sombras del misterio.
Comienza a tomar decisiones racionales y religiosas.
Y termina creyendo en la Palabra sin comprenderla.
La Encarnación es misterio de fe.
La Navidad es misterio de fe.
Todo se mueve en torno a la Palabra de Dios que sin comprenderla la aceptan y se abandonan a ella.

Zacarías quedará mucho rumiando en silencio el misterio de la Palabra.
José abre su corazón y decide seguir lo que le dice la Palabra.

Hay en José una gran nobleza de espíritu.
No es de los que ante los problemas alborota el barrio.
No es de los que grita y protesta.
Todo lo decide en silencio y en secreto.
Nada de desprestigiar a María de la que no se atreve a dudar.
Pero que tampoco puede dudar de lo que están viendo sus ojos.
¡Cuánta nobleza para no desacreditarla!
Todo lo rumia en el silencio sin hacer ruido.

Es el hombre de la fe.
Es el hombre de la Palabra de Dios.
Si María dijo: “Hágase en mí según tu Palabra”,
José “tomó a María y a llevó a su casa”.
José comparte con María la fe en la concepción “por obra del Espíritu Santo”.
Y comparte con ella el misterio del nacimiento donde los ojos no ven más que un niño cualquiera.

Bello ejemplo y estupendo modelo para todos nosotros.
Que quisiéramos entenderlo todo.
Que quisiéramos comprenderlo todo.
Que quisiéramos verlo todo claro.
Que quisiéramos que nuestra razón entienda la obra de Dios en nuestras vidas.

Caminamos hacia la Navidad en la fe.
Caminamos hacia la Navidad sin entender, pero fiándonos de la Palabra de Dios.
Por eso la Palabra de Dios es la que nos lleva de la mano por los caminos misteriosos de la vida.
No pretendamos comprender.
Fiémonos de la Palabra de Dios.

Clemente Sobrado C. P.

Bocadillos espirituales para vivir el Adviento: Miércoles de la 3 a. Semana – Ciclo B

“Genealogía de Jesucristo, hijo de David, hijo de Abraham… y Jacob engendró a José, el esposo de María, de la que nació Jesús, llamado Cristo”. (Mt 1,1-17)

Nunca he sido aficionado a las genealogías. Eso de “árbol genealógico” siempre me ha resultado extraño. Pero la genealogía de Jesús sí me ha despertado siempre cierta curiosidad. En primer lugar porque todos esos nombres son un trabalenguas, y hasta me imagino que la gente que escucha esta lectura en la Misa se duerme y aburre. Y sin embargo muestran un realismo maravilloso. Muestra la verdad humana de Jesús tal y como es.

En su genealogía no todo es trigo limpio. En ella figuran:
Un Abraham venido del paganismo.
Figura un David que comenzó siendo pastor de ovejas.
Figura un José, que no pasa de un simple carpintero de aldea.

Y figuran, y esto sí resulta extraño, cuatro mujeres:
Tamar, que termina prostituyéndose (Gn 38,2-26)
Rut, que era una extranjera.
Rahab, otra extranjera y prostituta.
Betsabé, la mujer de Urías, adúltera. (2 Sam 11,4)

Claro que luego aparece una quinta: María, que salva la situación como la “llena de gracia” y la escogida para ser la “madre de Jesús”.

Resulta admirable el estilo de Dios:
Quiere aparecer tomando parte de nuestra historia tal y como ella es.
Con su santidad y su pecado.
Con su universalismo.
Jesús no se hace ascos de tener en su línea genealógica a prostitutas, extranjeras, adúlteras.
Asume nuestra condición humana como es en realidad “santa y pecadora”.
Ama al mundo como el mundo es con todo lo que tiene de manifestación como de oscurecimiento de Dios.

Y así será luego también su vida:
Andará, comerá con publicanos y pecadores.
Defenderá y dará cara por la adúltera.

Nunca llueve a gusto de todos.
Como tampoco sopla el viento a gusto de todos los veleros.
Tampoco estamos llamados a vivir en un mundo ideal donde todo sea fácil y cómodo para vivir nuestra fe.

Y una gran lección que aún no hemos aprendido:
Juzgar a los hijos por los pecados de los abuelos o padres.
Y que hasta la misma Iglesia, en algún tiempo, no aceptaba al sacerdocio esos “llamados hijos ilegítimos”, que ¡vaya por Dios! es algo que nunca he entendido porque todo hijo es legítimo, por más que su origen no siempre esté limpio.

Y hasta tengo la idea de que algún santo las pasó mal para que aceptasen su causa, porque en Roma, se enteraron que era “hijo ilegítimo”. ¡Pobres santos!
Jesús no se hace problemas para encarnarse en un vientre virginal, por más que en su genealogía, no todas eran “vírgenes santísimas” sino que había también buenas piezas: mujeres de la vida, adulterio e infidelidad, y eso por la línea femenina, porque de la masculina no se dice nada. Eso se da por sabido. ¡De seguro que todos eran unos santos!

Menos mal que Jesús nunca hizo ni mandó hacer su “escudo genealógico”. Su único escudo genealógico es “el Pesebre y la Cruz”. Pero pienso ¿qué símbolos pondría en él? Estoy seguro que aparecería la gracia y el pecado, santos y pecadores.

Por eso, al verle ahora encarnado en nuestra naturaleza humana, uno siente paz, serenidad y hasta satisfacción, porque en él descubrimos no ese “Dios lejano” de los filósofos, sino “ese Dios cercano”, “hecho uno de nosotros”. Un Dios que se le puede tocar con la mano y un Dios cuyos vestidos están manchados por el polvo de los caminos.

Clemente Sobrado C. P.

Bocadillos espirituales para vivir el Adviento: Martes de la 3 a. Semana – Ciclo B

“Un hombre tenía dos hijos. Llegándose al primero, le dijo: “Hijo, vete hoy a trabajar a mi viña. Y él respondió: “No quiero”, pero luego se arrepintió y fue. Llegándose luego al segundo, y le dijo lo mismo. Y él respondió: “Sí, Señor”, pero no fue”. (Mt 21, 28-32)

La vida se define entre el “sí” y el “no”.
Pero no el “sí” de palabra, sino con el “sí” de la vida.
Somos muchos los que le hemos dicho que “sí” a Dios:
El sí de nuestro bautismo.
El sí de nuestro matrimonio.
El sí de nuestra vocación religiosa.
El sí de nuestro sacerdocio.
El sí de nuestro amor.
El sí de nuestra solidaridad con el hermano.

Pero ¿dónde ha quedado ese “sí” en la realidad de nuestra vida?
Un bautismo que hemos olvidado y no condiciona nuestra vida.
Un matrimonio sacramento que luego no colorea nuestra vida de pareja.
Una vocación religiosa, que, con frecuencia, termina en el olvido de que somos unos llamados y consagrados.
Un sacerdocio que, tantas veces, termina en un funcionalismo y nosotros en unos funcionarios de la Palabra y de los sacramentos.
Un amor que, más de una vez, termina en la ignorancia y olvido de los demás.
Una solidaridad que, más de una vez, termina, en que “cada uno se las vea” y que “cada uno baile con la suya”.

Con Dios no valen las palabras.
Con Dios solo vale el testimonio y sentido de nuestras vidas.
Con Dios no bastan nuestras buenas intenciones. Creo que fue Santa Teresa que decía que “el infierno está lleno de buenas voluntades”.
Con Dios solo vale la verdad y autenticidad de nuestras vidas.

Cada día me encuentro con hombres y mujeres cuyas vidas parecen insignificantes.
Pero que, luego, cuando uno entra dentro de ellos, se tropieza con:
Almas generosas.
Corazones abiertos.
Ilusiones siempre vivas.
Esperanzas que los fracasos no marchitan.

Somos muchos que hemos dicho a Dios que “sí”, pero nuestras vidas siguen siendo un “no”.
Somos muchos los que hemos dicho a Dios que “no”, pero luego nuestras vidas son un silencioso y callado “sí”.

Yo soy de los que hace muchos, pero muchos años, que le dije que sí a Dios. Pero, cada día, me pregunto si mi vida sigue siendo un verdadero sí o, incluso, ni siquiera llega a un “no”, porque prefiero quedarme en un “más o menos”, que significa una vida banal y carente de sentido.
Perdonen ustedes mi indiscreción y atrevimiento, pero personalmente prefiero:
La sinceridad de los que dicen “no” y viven como un “no”.
A la sinceridad de los que dicen “sí” pero viven como “no”.
La sinceridad de los que dicen que “no creen” y viven como incrédulos.
A la sinceridad de los que nos decimos “creyentes” pero luego vivimos como “si Dios no existiera en nuestras vidas”.

No siempre los que llegan primero son los que responden a las ilusiones y a los sueños de Dios sobre ellos.
Es posible que muchos que hemos llegado antes, matemos los sueños de Dios sobre nosotros.-

Como veis la vida es un misterio.
El corazón humano es un misterio.
Decimos que “esperamos con ilusión la Navidad”.
Luego vivimos “como paganos esa misma Navidad”.
Una Navidad que la podemos celebrar al igual que los paganos.
Tal vez, disimulada con una Misa de Gallo, en la que no celebramos sino una costumbre familiar o una simple novedad que rompe el ritmo de nuestras vidas.

Clemente Sobrado C. P.

Bocadillos espirituales para vivir el Adviento: Lunes de la 3 a. Semana – Ciclo B

“Si decimos que : “del cielo”, nos dirá: “Entonces ¿por qué no le creísteis? Y si decimos “de los hombres”, tenemos miedo a la gente, porque todos tienen a Juan por profeta. Respondieron, pues, a Jesús: “No sabemos”. (Mt 21, 23-27)

¿Para qué hacer preguntas cuando sabemos que no hay sinceridad para responder?
Siempre es más fácil hacer preguntas a los demás que dejarnos preguntar por los demás.
Es fácil preguntarle a Jesús: “¡Con qué autoridad haces eso!”
Lo difícil es contestar cuando Jesús, les responde con otra pregunta.
Son conscientes de su falta de coherencia:
Si decimos “de Dios”, la conclusión es clara: entonces ¿por qué no le creísteis?
Si decimos “de los hombres”, la gente se nos hecha encima.
Así que, mejor nos salimos por la tangente: “no sabemos”.

Bonita y evasiva respuesta, como tantas otras.
Respuestas que no nos compliquen la vida.
Respuestas que no nos comprometan.
Respuestas de cobardía, por no querer aceptar la verdad de las cosas.

La sinceridad es fundamental en la convivencia humana.
Porque la sinceridad:
Nos hace transparentes.
Nos hace ser nosotros mismos.
Nos hace creíbles por los demás.
Nos hace vivir en la verdad.
Revela la nobleza de nuestro corazón.
Revela la nobleza de nuestra alma.
Revela la nobleza de nuestras vidas.

En tanto que, la insinceridad:
Oscurece nuestras vidas.
Nos hace inseguros frente a los otros.
Esconde la verdad de nuestras vidas.
Hace que nadie tenga fe en nosotros.
Significa que algo escondemos dentro.

Hay cualidades que pueden parecer muy sencillas, pero que, en realidad, debieran formar parte de la estructura de nuestras vidas. Pienso solo en esas cualidades que se llaman: transparencia, verdad, coherencia, nobleza de sentimientos, sentido de la verdad.

Jesús tiene la experiencia:
De preguntas maliciosas, no sinceras.
De respuestas igualmente maliciosas.
Y todo por una razón: querer quedar bien.
Queremos quedar bien cuando preguntamos.
Queremos quedar bien cuando respondemos.

Eso se llama:
Preguntas mentirosas.
Respuestas mentirosas.
Claro que hay respuestas que nos pueden complicar la vida.
Pero revelan nuestra nobleza.
Y ese es un valor que todos debiéramos apreciar.

Además, cuando nos imaginamos engañar al otro, nos estamos engañando a nosotros mismos. Siempre he pensado que el mentiroso no miente a los otros sino a sí mismo.
Lo más fácil es salirnos por la tangente de decir: “No sabemos”.
Hay ignorancias que no son culpables.
Hay ignorancias que son faltas de oportunidades para aprender.
Hay ignorancias que son maliciosas, mentirosas y culpables.
Por eso me encanta aquella frase en otra ocasión dijo Jesús: “La verdad os hará libres”.
Porque le mentira aquí y todas partes, termina siendo una esclavitud de la mente y del corazón.

Clemente Sobrado C. P.

Bocadillos espirituales para vivir el Adviento: Domingo 3 – Ciclo B

“Surgió un hombre enviado por Dios, que se llamaba Juan: éste venía como testigo, para dar testimonio de la luz, para que todos vinieran a la fe. No era él la luz, sino testigo de la luz”. “¿Tú quién eres? ¿Qué dices de ti mismo?” (Jn 1,6-8.19-28)

En este tercer domingo del Adviento la Iglesia se viste de fiesta. Es el Domingo que llamamos “Gaudete”, el domingo de la alegría. “El desbordo de gozo” de Isaías y el “Hermanos: estad siempre alegres” de Pablo. Y coronándolo todo, la figura de Juan como “testigo de la luz” que ilumina las vidas y los caminos de cada vida.

Pero es el domingo también de las preguntas. Un Evangelio escrito en clave de preguntas. Y preguntas personales, no genéricas y abstractas. ¿Hay algo más personal que: ¿Y tú quién eres? Y que debiéramos revertir y hacerla más personal: “¿Y yo quien soy?”
Todos creemos que sabemos lo que somos. Pero en realidad nos preguntamos poco sobre nosotros mismos.
Preferimos preguntar por los demás.
Pero es interesante hacernos esa pregunta. Lo que otros preguntan sobre nosotros, nosotros debiéramos preguntarnos a nosotros mismos. Es preciso conocernos mejor, porque solo conociéndonos podremos valorarnos. No nos valoramos porque no sabemos quiénes somos. Tenemos una muy baja estima de nosotros. Por eso, me gusta verme como una especie de museo.

¿Has entrado alguna vez a un museo? Desde afuera no se ve nada de lo que hay dentro. Cuadros famosos, estatuas valiosísimas, y todo climatizado para que se conserven en buenas condiciones. ¿Entras con frecuencia dentro del museo que tú mismo eres por dentro? ¿Has visto bien los cuadros pintados por Dios en las paredes de tu espíritu? Vale la pena que te visites hoy. Entrada gratis.

Cuando entras a un museo necesitas de un guía que te vaya explicando las salas, los cuadros, los autores. Para entrar dentro de ti necesitas de un guía. Es el Espíritu Santo. Nadie como Él para explicarte la obra pictórica de Dios en tu corazón: la creación, la redención, el bautismo, la confirmación, la eucaristía, el matrimonio… Son otros tantos cuadros de gracia pintados por el pincel de Dios dentro de ti.

En el museo que llevas dentro, la primera sala representa la creación. Dios está entretenido contigo, dándote los últimos detalles. Se ve cómo del pensamiento de Dios pasan rayos de luz a tu propia cabeza. Al fondo del cuadro apareces tú sonriente y mirándole a Él sereno y tranquilo. Y Dios te dice: ahora anda. Eres libre. Ahora sé tú mismo.
En el museo interior de tu espíritu, la segunda sala corresponde a la redención. Dios encarnándose haciéndose en todo igual a ti. Jesús muerto en la Cruz. Y una leyenda que te dice: “ahora ya sabes cómo te ama Dios”.

En ese museo interior de tu espíritu, la tercera sala corresponde a tu condición de Iglesia. No. No aparecen paredes pintadas, ni campanarios. Aparece gente simpática, sonriendo, cantando, celebrando fiesta. Es tu propio espíritu viviendo en comunión de fe y de vida con todos tus hermanos.

En ese museo interior de tu espíritu, la cuarta sala, es muy simple, pero riquísima en contenido. Una serie de cuadros van describiendo la historia de Dios en ti: bautismo, estás saliendo de la pila bautismal como hijo de Dios recién nacido… En otro, allá más al fondo, te representa a ti sucio y pasando por el sacramento de la penitencia, y saliendo por la otra puerta blanco como la nieve y brillante como un sol.

Finalmente hay una sala que sólo enseñan a algunos. Es tu experiencia espiritual interior. No hay palomas ni nada. La llaman “la sala del Espíritu Santo. Una luz intensa que es el Espíritu de la luz, el Espíritu Santo y otra luminosidad, ésta de un rojo vivo, es el Espíritu de caridad.

¿Y este soy yo? Pues, sí amigos, este soy yo, y este es cada uno de vosotros.
Una maravilla desconocida. Pero maravilla. Ahora ya sabemos qué responder a los que nos pregunten: ¿y tú quién eres, qué dices de ti mismo?
Yo no soy Dios. Pero soy un reflejo suyo.
Yo no soy Jesús. Pero sí su testigo y el testigo de su obra y de su amor.
Por fuera unas paredes normales y ordinarias.
Pero, por dentro, soy el museo que Dios ha ido haciendo día a día en mi corazón.
Ahora ya sé por qué tengo que vivir alegre. Ya sé por qué debo vivir el gozo de Dios que “me ha vestido un traje de gala, como un novio que se pone la corona, o la novia que se adorna con sus joyas”.

Clemente Sobrado C. P.

Camino de la Navidad: Cuando a uno no lo reciben en casa

Domingo 3 B – Adviento

«Pero a todos los que la recibieron.
les dio el poder hacerse hijos de Dios,
a los que creen en su nombre». (Jn 1, 12)

- Qué hermosa es la escena del padre que llega a casa y los hijos le salen a la puerta con un grito de «¡papiiiii!» y lo abrazan, y le hablan todos juntos, porque todos quieren ser los primeros en contarle las novedades del día… Llegar y sentirse como en la propia casa. Llegar y sentirse acogido, abrazado, querido, amado. Así da gusto llegar a casa.

- Tampoco faltan quienes están siempre abiertos a la llegada de Dios a sus vidas:
Mentes siempre abiertas a la luz de su verdad.
Corazones siempre abiertos al calor de su amor.
Vidas siempre abiertas a la nueva vida de la gracia.
Voluntades siempre abiertas a los planes y proyectos de Dios.

- Llegar a casa y sentir que es bienvenido. Sentir que Él no estorba en casa. No estorba en nuestra mente. No estorba en nuestro corazón. Llegar a casa Dios y sentir el calor humano de la pobreza de lo nuestro. Yo me atrevería a decir que esas son las pequeñas alegrías que le faltaban a Dios. En el cielo vive a diario de las grandes alegrías trinitarias. Pero al cielo le falta algo. Le falta la alegría de lo pequeño, de lo sencillo, de lo simple. La alegría de la pobreza humana. Yo me pregunto si no será por eso que Dios quiso hacer la experiencia de la encarnación y sigue queriendo hacer la experiencia de su encuentro con cada uno de nosotros.

- Y cuando papá llega a casa, comienza, al calor de los que lo reciben, a abrir su maletín. Un chocolate para ti, un caramelo para el otro. Ah… y esta rosa para ella.

- Es lo que hace Dios cuando alguien le deja abierta la puerta, sin llaves ni candados ni trancas… Entra y empieza a repartir:

Al que vivía una vida ya muerta, le regala una vida nueva.
Al que ya era criatura suya, ahora le regala el «poder hacerse hijo suyo».
Al que era hombre, ahora le hace posible ser «hijo de adopción».

- Es que, cuando Dios entra en nosotros, no viene pidiendo. Muchos le temen. Y por eso le cierran la puerta, ¿qué me vendrá a pedir? No lo han entendido. Dios no viene a pedir nada.

Viene a traer.
Viene a dar.
Viene a hacer posible lo imposible.
Viene a hacernos otra vez, nuevecitos.

-Pero esta vez, mejor que antes. Aquello fue un ensayo. Nos hizo semejantes a Él. Ahora, nos hace casi, casi como Él. ¿Hay algo más parecido a un padre que el hijo? ¿Hay algo más igualito que un hijo?

Un hijo nacido, no del amor humano, sino del amor divino.
Un hijo nacido, no de la sangre humana, sino de la sangre divina.
Un hijo nacido no de la carne humana, sino del corazón mismo de Dios.

- Francamente me pregunto. ¿por qué habrá tantas llaves, tantas cerraduras, tantas puertas cerradas a Dios?

Creo que hoy tendré que preguntarme muy en serio:
¿Está de verdad abierta mi casa?
¿Desde que Él entró profundamente, cómo van cambiando las cosas en familia?
¿Aún no me doy cuenta de mi nueva Libreta de Identidad? No. Que no es ni la Libreta Militar, ni La Libreta Electoral, ni tampoco la Tributaria… Es mi Carnet bautismal, que me acredita como hijo de Dios…

Clemente Sobrado C. P.