Dios en nuestros momentos de fracaso
Febrero 8, 2010 · Dejar un comentario
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Por fin un pecador
Febrero 4, 2010 · Dejar un comentario
Dom 5 c del ordinario
Por fin me encuentro con alguien que se reconozce pecador, porque hasta ahora todo el mundo es inocente. Desde que Freud trató de liberarnos de todo sentido de culpabilidad y borró la conciencia y desde que Marx hizo responsables de todos los males a las estructuras, ya nadie se siente pecador y responsable.
¿Que los hijos se hacen “adictos”? La culpa la tienen los padres.
¿Que los matrimonios se disuelven demasiado pronto? La culpa la tiene la cultura actual.
¿Que hay pobres en el mundo? La culpa no es mía sino de los países ricos.
¿Que los niños se mueren de hambre? Me declaro inocente, de eso que responda el Estado.
¿Que la gente miente mucho? Soy inocente. Todos lo hacen.
¿Que la Iglesia anda mal? Ah, de eso que responda el Papa, los Obispos y los curas.
¿Que hay demasiada corrupción? A mí que me registren.
¿Qué el hijo no aprueba los exámenes? La culpa es de los profesores, no de él. El es un encanto de estudiante.
Como ven, ahora lo difícil es encontrar culpables, encontrar pecadores.
Lo más fácil es encontrar inocentes. “Yo no fui”.
Por eso, me gustas y te admiro, Simón. Tuviste el coraje y la valentía de reconocerte pecador. “Soy un hombre pecador”.
Tuviste el valor que pocos tienen. Porque todos preferimos excusarnos y culpar siempre a los demás.
Si fuésemos un poco más sinceros y honestos y responsables, tendríamos conciencia de que, de una manera u otra, todos somos responsables, todos somos culpables.
Por no querer ver y enterarnos.
Por no querer responsabilizarnos.
Por no querer comprometernos.
Por no querer meternos en líos.
Por no vernos en nuestra verdad.
Perder la conciencia y el sentido de responsabilidad puede ser hoy nuestro peor mal.
Saber aceptar nuestra responsabilidad es el camino para la renovación de nosotros y del mundo y la sociedad. Donde no hay culpables no hay responsables.
Lo que no me gusta de ti, querido Simón, es lo que luego dices: “apártate de mí”. Por favor, Simón, ¿no te das cuenta de que es precisamente ahora cuando lo necesitas más cerca de ti?
Ahora es cuando más necesitas de la mano de Jesús para levantarte.
Ahora es cuando más necesitas de su amor para sanarte.
Ahora es cuando más necesitas de él para sanar tu corazón.
Sentirse pecador es sentirse cada vez más necesitado de Dios.
Porque sólo El es capaz de sacarnos de nuestras miserias y debilidades.
Sentirse pecador significa que es precisamente ahora cuando más necesitamos de la misericordia que nos salva.
¿Te das cuenta de que Jesús no te llamó cuando te sentías bueno e inocente?
Es precisamente cuando te sientes pecador que Jesús te hace la invitación de tu vida: “No temas; desde ahora serás pescador de hombres”.
Cuando te sientes pecador, es cuando Dios se cuela por esa rendija en tu corazón y se te mete hasta dentro.
Sentirte pecador no aleja a Dios de tu vida, como cuando el hijo se siente enfermo no aleja a la mamá y al papá sino que los acerca más a ti.
Sentirse uno pecador es captar la mirada de Dios sobre nosotros.
No olvidemos que fue precisamente cuando “nosotros éramos pecadores que Dios decidió enviar a su Hijo al mundo”.
Dios no nos quiere pecadores, eso es claro. Dios nos quiere a todos santos.
Pero cuando nos reconocemos pecadores ya hemos emprendido el camino de regreso.
Cuando nos reconocemos pecadores es cuando estamos más necesitados de la gracia.
Cuando nos sentimos pecadores es cuando mejor comprendemos las debilidades de los demás sin escandalizarnos de ellos.
Cuando nos sentimos pecadores recién entonces comenzamos a abrirnos a la esperanza de Dios.
El que se siente pecador, ahí mismo comienza a cambiar y se pone en el camino de ser santo. Porque los santos no son los que nunca han pecado, sino los que siempre ha sabido levantarse.
Oración
Señor: Muchas veces he sentido la tentación de culpar de todo a los demás.
Muchas veces he sentido la tentación de considera como malos a los otros.
Muchas veces he sentido la tentación de creerme el único que tiene la verdad.
Claro que no quiero ser pecador, pero para ello dame una conciencia clara de mis infidelidades.
Claro que quisiera ser santo. Pero para ello necesito que tú me sanes por dentro.
No, Señor, no te alejes de mí cuando te haya fallado, porque es entonces cuando más te necesito.
Cuando me veas caído que cuente siempre con tu mano para levantarme.
Clemente Sobrado C. P.
www.iglesiaquecamina.com
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El don de amar
Febrero 1, 2010 · Dejar un comentario
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A Dios le pedimos documento de Identidad
Enero 27, 2010 · Dejar un comentario
Domingo 4 c del ordinario
Siempre tenemos razones para resistirnos a las llamadas y la visitas de Dios. Jesús tiene experiencia de estas resistencias y razonamientos del corazón humano. Juan ya lo expresa en su Prólogo al Evangelio cuando dice:
“En el mundo estaba, y el mundo fue hecho por ella (la Palabra), y el mundo no la conoció”. (Jn 1,10)
“Vino a su casa, y los suyos no la recibieron”. (Jn 1,11)
Y ahora que Jesús visita a su pueblo lo vuelve a experimentar en carne propia. Como siempre, los hombres necesitamos pedirle sus credenciales a Dios, su DNI, con el que identifique. A Jesús se lo dijeron bien claro, pese a que “se admiraban de las palabras de gracia que salían de sus labios”. “Haz también aquí en tu tierra lo que hemos oído que has hecho en Cafarnaún”.
Me encanta aquel texto de Tagore cuando escribe:
“Mi huésped ha llegado a casa esta mañana de otoño.
¡Dale, corazón mío, la bienvenida con una canción!
Que tu canto sea como ese azul que tu sol ilumina, como ese aire húmedo del rocío, como el oro exuberante de las mieses; la canción de esas aguas sonoras.
O, mejor permanece callado en su presencia, mirándolo a la cara, y después deja tu hogar y márchate a su lado en silencio”.
Reconocen que tiene “palabras de gracia”, de salvación, de liberación. Pero tampoco ellos quieren creer a la palabra de Dios. Le exigen señales, signos que lo acrediten. ¿Por qué será que en la puerta de nuestro corazón Dios siempre encuentra una especie de aduana para revisar su equipaje antes de darle paso y abrirle la puerta?
Dios no es de los que empuja la puerta. Es de los que llama. Es los que toca primero y pide permiso. Y nosotros acudimos al principio constitucional de la “inviolabilidad de nuestra casa, de nuestro corazón.
¿No sería mejor que lo recibiésemos dándole la bienvenida con una canción?
O incluso, ¿no sería mejor que nos quedásemos pasmados y admirados de su amor y su cariño por nosotros, en callado silencio ante su presencia? ¿No sería mejor mirarle a la cara y descubrir en ella su sonrisa de gracia y de amor? Para que enamorados de él, también nosotros “dejásemos el hogar” de nuestras seguridades y de nuestros intereses y, decidiésemos marcharnos con él, a su lado como los discípulos, en silencio.
Dios no nos pide ni exige nada cuando quiere ser nuestro huésped.
Dios no nos cobra ni nos pide señal alguna.
Dios solo quiere que le abramos la puerta, que le aceptemos gozosos, cantando la canción de las “aguas sonoras”. ¿A caso nos parece un precio demasiado elevado paqra quien llega a nosotros con “palabras de gracia”?
Un día me encontré con un joven desesperado consigo mismo. “Mi vida, Padre, es un asco. Yo siento asco hacia mí, porque he vivido una vida vacía metida en todos los lodazales. Y como verá, para mi edad de veintiséis años, es un verdadero asco. Y no sé qué hace con ella.”
En ese momento yo tenía en mis manos uno de los volúmenes de la Obra de Tagore. Y le respondí: ¿quieres que te lea unas frasecitas no más? Escucha:
“Perdí mi corazón por el camino polvoriento del mundo; pero tú lo cogiste en tu mano. Se esparcieron todos mis deseos, tú los recogiste y los fuiste enhebrando en el hilo de tu amor. Vagaba yo de puerta en puerta, y a cada paso me acercaba más a tu portal”.
¿Quién es ese tipo? Puedes ser tú mismo. ¿Pero de quien es esa mano y ese portal? Es la mano y el portal de Dios. ¿Y usted cree que Dios se va manchar las manos con esta basura? Le encanta ensuciarse las manos con toda la basura del corazón humano.
¿Pero eso tendrá un precio? Ninguno. Al contrario, es El quien paga por llevarse esa basura de tu vida. Pero ¿y qué debo hacer, porque a mí no me parece nada fácil? Facilísimo. Basta que tú te dejes, que abras la puerta de tu corazón y le dejes entrar. ¿Y qué negocio piensa hacer Dios con la basura de mi vida, también él la recicla? Efectivamente la recicla cambiando tu corazón y tu vida en un corazón y en una vida nuevos.
Lo llevé a la Iglesia y lo dejó solo ante el Sagrario en silencio. Yo me alejé un poco y dejé que se desahogase en lágrimas ante el Señor. Cuando se levantó, limpió con el pañuelo sus ojos y me pidió lo confesara. Lo hice allí mismo sentados en una banca. Desde entonces, cada vez que me encuentra me saluda siempre con “aquí la basura reciclada”.
No le pidamos a Dios documentos de identidad. Escuchemos sus “palabras de gracia” y dejémosle entrar y recibámoslo con una sonara canción.
Oración
Señor: reconocemos la belleza de tus palabras y luego las echamos al olvido.
Te pedimos te acredites ante nosotros. Ya ves que somos desconfiados.
Nos fiamos de cualquiera, menos de Ti.
Abrimos nuestra casa a muchísima gente, pero todavía no te hemos abierto las puertas a Ti.
Di palabra de gracia a mi corazón.
Que no ponga excusas y problemas a tu entrada.
Que siempre esté abierto a tus llamadas
y mi respuesta sea una canción agradecida.
Clemente Sobrado C. P.
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Etiquetado: cristo, Dios, hijo, identidad, jesus, profeta
La Buena Noticia para los pobres
Enero 24, 2010 · Dejar un comentario
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