Bocadillos espirituales para vivir el Tiempo Ordinario: Jueves de la 34 a. Semana – Ciclo A

“Cuando veáis a Jerusalén sitiada por los ejércitos, sabed que se acerca la destrucción. Entonces verán al Hijo del hombre venir en una nube, con gran poder y majestad. Cuando empiece a suceder, levantaos, alzad la cabeza: se acerca vuestra liberación”. (Lc 21,20-28)

Lo que nosotros vemos negro, Dios lo ve blanco.
Lo que nosotros vemos como un final, Dios lo ve como un comienzo.
Lo que nosotros vemos como destrucción, Dios lo ve como renovación.
Lo que nosotros vemos como desesperación, Dios lo ve como esperanza.
Lo que nosotros vemos como un término, Dios lo ve como el comienzo de lo nuevo.
Lo que nosotros vemos como fracaso, Dios lo ve como el triunfo definitivo.

Son maneras de ver las cosas.
Son estilos de vivir la realidad.
Desaparecerá el Templo de Jerusalén.
Pero surgirá el nuevo Templo que es Jesús.

Se anuncia el fin del mundo.
Pero se anuncia un mundo nuevo.
Se anuncia el fin de mundo.
Pero se anuncia la venida “con poder y majestad de Jesús”.

No es el momento de encerrarnos sobre nuestros miedos y frustraciones.
Es el momento de levantar nuestras cabezas y mirar nuevos horizontes.
No es el momento del desaliento.
Sino el momento de ver que “se acerca nuestra liberación”.

Con frecuencia:
Nuestros problemas nos aplastan.
Nuestras dificultades nos hunden en el desaliento.
Nuestros conflictos nos hunden en el fracaso.
Nuestros momentos de oscuridad nos dejan sin esperanza.
“Dios me ha abandonado”.
“Todo me sale mal”.
“Dios no me escucha”.

Y nos olvidamos:
Que la noche es el camino para el amanecer.
Que la oscuridad es el camino para el nuevo sol.
Que la ausencia es hacer lugar para la presencia.
Que los fracasos humanos nos desnudan para vestirnos de los triunfos divinos.
Que lo que para nosotros es fracaso, es triunfo para Dios.
Que lo que para nosotros parece un final, para Dios es un comienzo.

Es en esos momentos de oscuridad, cuando tenemos que levantar la cabeza.
Es en esos momentos de destrucción de lo humano, que tenemos que el comienzo de lo divino.
Es en esos momento de que todo termina, que comienza lo nuevo de Dios.
Son esos momentos que para nosotros parecen de muerte, que “se acerca nuestra liberación”.

Las pruebas no son señal de muerte sino de renovación.
La poda de los árboles no son señales de destrucción de bosque, sino anuncio de nueva primavera.
La misma muerte no es otra cosa que la puerta para el paso a la vida.

Clemente Sobrado C. P.

Bocadillos espirituales para vivir el Tiempo Ordinario: Miércoles de la 34 a. Semana – Ciclo A

“Dijo Jesús a sus discípulos: “Os echarán mano, os perseguirán, entregándoos a las sinagogas y a la cárcel, y os harán comparecer ante reyes y gobernadores por causa mía. Y hasta vuestros padres, y parientes, y hermanos, y amigos os traicionarán, y matarán a algunos de vosotros y todos os odiarán por causa mía. Pero ni un cabello de vuestra cabeza perecerá; con vuestra perseverancia salvará vuestras almas”. (Lc 21,12-19)

¿Qué tiene la fe en el Evangelio?
¿Qué peligros tiene el Evangelio?
Se puede ser ateo y nadie le molesta.
Se puede ser ateo y nadie la persigue por su incredulidad.
Se puede ser de otras religiones y nadie les inquieta.
Pero basta que uno se declare cristiano, para que todos enfilen las baterías.
Se puede ser budista, sintoísta, protestante y no pasa nada.
Pero si usted se declara cristiano, prepárese.
La guerra está declarada.

Y declarada por todos:
Por la sinagoga.
Por los reyes y gobernadores.
Por los mismos padres y hermanos.
Y hasta los amigos os traicionaran.
Y os matarán y os odiarán a muchos por mi causa.

Las raíces del cristianismo están regadas con sangre de mártires.
El árbol del cristianismo está fortalece con la persecución y el martirio.
Dios resulta peligroso.
Jesús resulta peligroso, por eso lo crucificaron.
Los cristianos de verdad terminan siendo peligrosos, por eso somos perseguidos.

Y tal vez aquí esté:
La verdadera verdad del cristianismo.
La verdadera verdad del cristiano.
La verdadera verdad del Reino.

Porque es desestabilizador de eso que eufemísticamente llamamos “orden social”.
Mejor dicho, es desestabilizador:
Del desorden personal.
Del desorden social.
Del desorden familiar.
De desorden económico y político.
Doce hombres, Doce Discípulos comenzaron siendo un riesgo nada menos que para todo un imperio.

Alguien me llamó masoquita, porque dije que:
Prefiero una Iglesia martirial a una Iglesia imperial.
Prefiero una Iglesia perseguida a una Iglesia aplaudida.
Prefiero una Iglesia perseguido y mártir a una Iglesia triunfal y aceptada.
Porque el martirio es señal de una Iglesia auténtica.
Porque el creyente es señal de un hombre auténtico.
Porque una fe vivida es señal de Jesús crucificado.
Porque una fe vivida a fondo es señal del anuncio del cambio.
Porque una fe vivida a fondo es señal de un mundo distinto y nuevo.

Un cristiano de verdad:
Es un peligro para los negocios sucios.
Es un peligro para una economía injusta.
Es un peligro para una política mentirosa.
Es un peligro para una moral utilitarista y exclusivista.

Temo a una Iglesia:
Del lujo mundano.
Del aplauso del mundo.
Del aplauso de los grandes.
Porque es una Iglesia que ha renunciado a ser “luz, sal y fermento”.
Por eso son tantos los que quieren encerrarnos en las sacristías.
Por eso prefiero la Iglesia del Papa Francisco, “no de los balcones” sino “de los caminos”, “oliendo a pobre, a desvalido, a enfermo, a marginado”.
Por eso prefiero una Iglesia oliendo a sangre de mártir, de testigo y testimonio.

Clemente Sobrado C. P.

Bocadillos espirituales para vivir el Tiempo Ordinario: Martes de la 34 a. Semana – Ciclo A

“Algunos ponderaban la belleza del templo, por la calidad de la piedra y los exvotos. Jesús les dijo: “Esto que contempláis, llegará un día en que no quedará piedra sobre piedra: todo será destruido”. “Cuidado con que nadie os engañe. Porque muchos vendrán usurpando mi nombre diciendo: “Soy yo” o bien, “El momento está cerca”. No vayáis tras ellos”. (Lc 21, 5-11)

Las apariencias nos fascinan.
Pero las apariencias nos fascinan.
Hoy vivimos mucho de apariencias.
Hace unos meses apareció en los periódicos una famosa artista de casi ochenta años.
Daba la impresión de muchísimo más joven.
Tanto estirar la piel.
Tanto trabajo de cirugía estética la hacía aparentar todavía muy bella.
Pero el calendario no engaña.
Bueno si eso la hacía sentirse mejor, la disculpamos.
Aunque sea viviendo en la mentira y el engaño.

El problema es que nos quedamos más con las apariencias que con la verdad.
Vivimos más de lo que no somos que de lo que somos.
Es nuestra tentación: vivir aunque sea de la mentira.
Lo importante es deslumbrar a los demás.

La verdad, a veces es dolorosa.
Pero es nuestra verdad.
La verdad externa deslumbra a los demás.
Pero solo la verdad da sentido a cada uno.
Ponemos cara de bueno, y por dentro estamos vacíos.
La cara es buena para el espejo.
Pero el alma es buena para el corazón.

Vivir del fingimiento es engañarse a sí mismo y engañar a los demás.
Vivir de la verdad es vernos como somos y no como los demás quieren vernos.
Por eso no me gusta cuando la gente dice: “tiene una carita de santo”.
Carita de santos también la tienen las imágenes de los artistas.
Pero por dentro son de madera incluso de fibra de vidrio o escayola.
Felizmente, cada vez que me miro al espejo, no me veo con cara de santo.
Me veo con una cara real, la que me dieron mis padres, y la que han ido modelando los años.
Preferiría no tener cara de santo.
Pero llevar un corazón de santo.
Prefiero llevar un corazón fiel a una cara de inocente.
Prefiero amar de verdad a no aparentar un gran amor.

La gente se deslumbraba con la belleza de la piedra y los exvotos del templo.
Pero sabían lo que había dentro.
Hoy los turistas sacarían fotos de esa belleza externa.
Pero a nadie se le ocurre sacar fotos del misterio que hay dentro.
No niego que Dios se merece lo mejor.
Ni niego que Dios se merezca Iglesia y Catedrales artísticas.
Pero lo que a Dios le interesa es que la gente se encentre con él dentro.
Lo que a Dios le interesa es que la gente hable con El dentro.
Lo que a Dios le interesa es que la gente celebre, viva, rece cante con fe dentro.

Hay gente que deslumbra en la calle.
Pero ¿alguien saca una foto a ese pobre que mendiga pidiendo limosna?
¿Alguien se detiene a mirar y dejarse cuestionar por ese niño sucio de nuestras calles?
Y sin embargo, es posible que ese a quien nadie saca fotos, sea la foto de Dios que habita en él.

Jesús es claro: “que nadie os engañe”.
Incluso si alguien dice “soy yo”.
Por el contrario nos pide que sepamos “ver”.
“Que sepamos leer a Dios en esos signos de los tiempos y de las personas”.

Clemente Sobrado C. P.

Bocadillos espirituales para vivir el Tiempo Ordinario: Lunes de la 34 a. Semana – Ciclo A

“Alzando Jesús los ojos, vio unos ricos que echaban donativos en el arca de las ofrendas; vio también una viuda pobre que echaba dos reales; y dijo: “Sabed que esa pobre viuda ha echado más que nadie, porque los demás han echado de los que les sobra, pero ella, que pasa necesidad, ha echado todo lo que tenía para vivir”. (Lc 21,1-4)

Los ojos ven lo que ve el corazón.
Cuando solo ven los ojos, solo ve lo exterior.
Cuando el que ve es el corazón se ve más allá de las apariencias.

El corazón de Jesús es de los que ve los pequeño detalles.
Es de los que ve los pequeños gestos del corazón.
Es de los que ve la bondad de los pequeños.
Es de los que ve la generosidad de los que no tienen nada.

Dios no se deja deslumbrar por las cosas grandes.
Pero Dios se deslumbre por lo pequeño.
Siento que Jesús es un enamorado de las margaritas de los campos.
No alaba la abundancia de los que tienen mucho.
Pero queda cautivado por la pequeñez de los que no tienen nada.
Dios reales son capaces de despertar los sentimientos de Jesús.
Sobre todo cuando es lo único que se tiene para vivir.

Todos podemos dar, cuando damos de lo que necesitamos.
Todos podemos hacer algo, cuando nuestras posibilidades son pobres.
Un fósforo alumbra poco.
Pero un estadio de fútbol cada uno con su fósforo encendido, puede alumbrar mucho.

Dar no es meter la mano en el bolsillo.
Dar es obedecer los sentimientos del corazón.
No es el repicar de las grandes monedas.
Es el repicar de los sentimientos del corazón.
No da mucho el que da de lo que le sobra.
Lo que sobra no duele.
Da mucho el que da todo lo que tiene para vivir.
Posiblemente la viuda del Evangelio ese día no pudo comprar ni un pan para saciar su hambre.

Nadie tiene razones para no dar de lo suyo.
Nadie tiene excusas para decir no a una mano tendida.
Nadie tiene razones para no compartir lo poco que tiene.
Y si todos tuviésemos ese corazón que da de lo necesario:
Nadie carecería de todo.
Nadie pasaría hambre, porque todos tendrían algo.
El hambre del mundo no la va a solucionar los que tienen mucho.
Hambre del mundo la tendremos que solucionar entre todos.
También los pobres están comprometidos con el hambre de los demás.

Muchas veces me he cuestionado:
¿Por qué los pobres suelen acudir con tanta frecuencia a las Iglesias?
Ciertamente no porque nos ven pobres.
Al menos para ellos somos ricos.
Y hasta es posible que seamos de los que “nos sobra”.
Puede que tengan más fe en la Iglesia que en el resto.
Pero también puede que no nos vean pobres como ellos.

Está bien que los ricos den lo que les sobre.
“Jesús les mandó recoger las sobras, que nada se pierda”.
Pero también los que tienen menos necesitan de una sensibilidad no solo para pedir, sino también para compartir.
Muchos pocos pueden hacer un montón.
Fijémonos en las playas, no están echas de rocas sino de arenillas.
Pero tan diminutas arenillas nos regalan las playas para el verano.

Dar y compartir es deber de todos.
Nadie puede limpiarse las manos diciendo “yo tengo poco”.
Comparte de tu poco y verás cómo crece el granero de Dios para dar de comer a todos sus hijos.
Aun siento la impresión de aquel pobre que en la puerta de la parroquia le pidió limosna a otro que acababa de pedirme una ayuda.
Lo que no sé es si le dio algo.
La generosidad y solidaridad es propia del corazón humano.
Del corazón del rico y también del corazón del pobre.
Todos somos responsables del hambre en el mundo.
Y todos somos responsables de que todos puedan comer hoy.

Clemente Sobrado C. P.

Bocadillos espirituales para vivir el Tiempo Ordinario: Jesucristo, Rey del Universo – Ciclo A

“Señor, ¿cuándo te vimos con hambre y te alimentamos, o con sed y te dimos de beber?; ¿cuándo te vimos enfermo o en la cárcel y fuimos a verte? Y el Rey les dirá: “Os aseguro que cada vez que lo hicisteis a uno de estos, mis humildes hermanos, conmigo lo hicisteis”. “Os aseguro que cada vez que no lo hicisteis con uno de estos, los humildes, tampoco lo hicisteis conmigo”. (Mt 25,31-46)

Ultimo Domingo del año Litúrgico, Ciclo A.
Jesucristo Rey del Universo, cumbre y centro de todo el caminar cristiano a lo largo del año litúrgico.
Jesucristo Rey del Universo, meta y sentido de nuestra historia.
Puede que a muchos les suene mal eso de “Rey” que nosotros entendemos como poder y dominio y sometimiento.
Sin embargo, no podemos olvidara que hablamos el lenguaje bíblico.
A lo largo del Antiguo Testamento, Dios siempre se presenta como “rey y pastor de su pueblo”, cuya misión es la defensa y la protección y la valoración de los pobres, los sencillos, los humildes, los aplastados por los poderes humanos.

La realeza de Jesús, tal como la describen los Evangelios:
Es sorpresiva.
Es la realeza del que entrega su vida por los demás.
Es la realeza del que es juzgado y condenado como los débiles.
Es la realeza del que muere por todos, creyentes y no creyentes.
Es la realeza, donde los importantes son los marginados, los excluidos, los débiles.
Es la realeza del dar, de comprender, de la misericordia, de la compasión, del perdón.
Es la realeza:
Del dar de comer.
Del dar de beber.
Del vestir al desnudo.
Del atender a los enfermos.
Del visitar a los encarcelados.
De acompañar a los ancianos solitarios.

Es la realeza de hacer el bien a los hombres, incluso si no pensamos en El.
Es la realeza de amar al hombre, a todos los hombres y a todo el hombre.
Es la realeza de los que creen.
Es la realeza de los que incluso no creen.
Es la realeza anónima y desinteresada.
Es una realeza no para ganar indulgencias.
Es una realeza de la gratuidad del hombre por el hombre.
Es una realeza de la “sorpresa”.
Es una realeza del “haz el bien y no mires a quien”.

No se trata de amar al hombre para quedar bien ante Dios.
Es la realeza de amar al hombre por ser hombre, sin espera de recompensa.
Es la realeza del Dios encarnado en todo hombre.
Es la realeza del Dios encarnado en los débiles y desamparados.
Es la realeza del servicio a los sin nombre y excluidos.
Es la realeza de Jesús sin nombre, pero presente en los necesitados.

Por eso es una realeza:
Del Dios desconocido.
“¿Cuándo te vimos con hambre, sediento, desnudo, enfermo, en la cárcel?”
“Cuando lo hicisteis con uno de estos mis humildes hermanos”.

No es la realeza de las grandes manifestaciones triunfales.
No es la realeza de las grandes capas y vestidos de seda.
No es la realeza de los grandes “rendibús” a los grandes.
Es la realeza de “lavar los pies a los humildes”.
Es la realeza de encarnarnos en los débiles y marginados.

Todos participamos de la realeza de Jesús por el Bautismo.
¿A cuántos damos de comer?
La realeza de Jesús es el anuncio de un mundo nuevo.
La realeza de Jesús es el anuncio de la dignidad de todo hombre.
“Venga a nosotros tu Reino, Señor”.

Clemente Sobrado C. P.

Dios estaba aquí y yo no lo sabía

Jesucristo Rey del Universo

Al leer esta parábola del juicio final con la que cerramos este Año Litúrgico, me han venido a la mente dos frases del Antiguo Testamento. La frase de Jacob que se pasa la noche luchando con el ser misterioso hasta que descubre que es Dios. “Dios estaba aquí y yo no lo sabía”. O la pregunta que se nos hace el Salmo 42,11: “¿Dónde está tu Dios?”

Porque, a decir verdad, la parábola del Evangelio nos plantea a todos la gran sorpresa: “Dios estaba tan cerca de nosotros que ni nos hemos enterado”. Y que, por tanto, nos desafía con la pregunta “¿Dónde está tu Dios?”
Nosotros empeñados en poner a Dios lejos, y Dios empeñado en hacerse cercano a nosotros. Por eso no lo vemos, porque miramos siempre o muy arriba o muy lejos, y no nos damos cuenta de que Dios está a nuestro lado, y se nos cruza en cualquier esquina.
Se nos cruza en el pobre que nos pide de comer.
Se nos cruza en el pobre que no tiene que vestir y va lleno de harapos.
Se nos cruza en el que tiene sed y carece de agua.
Se nos cruza en el enfermo que sufre y necesita una palabra de consuelo.
Se nos cruza en el anciano que vive solo y espera que alguien le acompañe.
Se nos cruza en el preso que se pudre en la cárcel y necesita recuperar su dignidad.
Se nos cruza en el triste que espera una sonrisa.
Se nos cruza en el que camina solo y a quien nadie saluda.

Decimos que Dios es invisible y sin embargo Dios trata de hacerse visible en cada momento y cada día. Lo que sucede es que se hace visible en aquello que nosotros no queremos ver o no nos interesa ver. Nos sucede lo que a Jacob: “Dios estaba aquí y yo no lo sabía”.

“Tuve hambre, y me disteis de comer”.
“Tuve sed, y me disteis de beber”.
“Fui forastero, y me hospedasteis”.
“Estuve desnudo, y me vestisteis”
“Estuve enfermo, y me visitasteis”.
“Estuve en la cárcel, y vinisteis a verme”.

El caso es que ni buenos ni malos logramos verlo a nuestro lado. Por eso todos nos vamos a llevar una sorpresa. La sorpresa de los buenos: “lo que hicisteis a uno de estos a mí me lo hicisteis”. La sorpresa de los malos: “lo que no hicisteis con estos hermanos míos, tampoco lo habéis hecho conmigo”.
En realidad Dios nos va a juzgar del amor. Pero no tanto del amor que le hemos tenido a El, sino del amor que hemos tenido a nuestros hermanos. “Lo que hicisteis o dejasteis de hacer a uno de estos”. No nos va a juzgar de lo bien que hemos hablado del amor y de lo bien que hemos escrito del amor. Dios no quiere amores escritos o hablados. Dios quiere amores reales y concretos.
“¿Qué hemos hecho cuando nos hemos encontrado con alguien que nos necesitaba?
¿Cómo hemos reaccionado ante los problemas y sufrimientos de las personas concretas que hemos ido encontrando en nuestro camino”.
“¿Estamos haciendo algo por alguien? ¿A qué personas puedo yo prestar ayuda? ¿Qué hago yo para que reine un poco más de justicia, de solidaridad y de amistad entre nosotros? ¿Qué más podría hacer?” (Pagola)

Sentimos su presencia en el Sagrario. Y está muy bien.
¿Pero sentimos luego su presencia en el hermano que sufre?
Nos gastamos las rodillas orando. Y está muy bien.
Pero ¿somos capaces de gastar nuestros zapatos acudiendo en ayuda del hermano?
Comulgamos con gran fervor en la Misa. Y está muy bien.
Pero ¿compartimos nuestro pan, nuestra agua, nuestra casa, nuestros vestidos y nuestro tiempo con nuestros hermanos?

Si creemos al Evangelio la presencia de Dios debiera ser lo más normal.
La experiencia de cada día.
Tenerlo tan cerca y no verlo.
Tenerlo tan a nuestro lado y no verlo.
Cruzarnos cada día con él y no verlo.
Nuestra gran sorpresa no estará en contemplarlo en el cielo. Nuestra gran sorpresa está en que estando a nuestro lado no lo hemos reconocido antes. “¿Cuándo te vimos con hambre, con sed, desnudo, enfermo o en la cárcel?” ¡Tener que esperar a morir para ver a Dios, cuando lo podíamos ver cada día! ¿No te parece extraño?

Oración
Señor: También nosotros tenemos que decir que “Dios estaba aquí y yo no lo había visto”. Tú empeñado en revelarte en el hombre.
Y nosotros empeñados en verte en tu divinidad.
Tú empeñado en que te pudiéramos ver de cerca.
Y nosotros empeñados en verte lejos de nosotros.
Señor: danos ojos para verte donde tú te revelas y manifiestas.
Danos ojos para verte en los hermanos necesitados que cada día nos molestan pidiéndonos un pedazo de pan, un vestido que no usamos,
o un poco de nuestro tiempo para llenar su soledad.

Clemente Sobrado C. P.

Bocadillos espirituales para vivir el Tiempo Ordinario: Sábado de la 33 a. Semana – Ciclo A

“Cuando llegue la resurrección, ¿de cuál de ellos será la mujer?”
“En esta vida, hombres y mujeres se casan; pero los que sean juzgados dignos de la vida futura y de la resurrección de entre los muertos no se casarán. Pues ya no pueden morir, son como los ángeles; son hijos de Dios, porque participan en la resurrección”. (Lc 20,27-40)

Son muchos los que ante el “más allá”:
se siente molestos.
se sienten indiferentes.
se imaginan cualquier cosa.
Muchos descubren los nuevos horizontes de la vida.

Para muchos:
Él “más allá” es la novedad de Dios.
El “más allá” no se ve sino como la prolongación del “aquí y ahora”.
Esta era la idea maliciosa de los saduceos, para quienes el más allá se les atragantaba.

Con frecuencia, las medias verdades, terminan siendo las grandes mentiras.
Las medias verdades son el mayor obstáculo para encontrarse con la verdad.
Porque, las medias verdades terminan siendo un engaño y una mentira.

Una Señora que se las daba de piadosa, y posiblemente lo era, me hizo una serie de preguntas.

Padre:
Y en el cielo mi marido ¿me estará viendo?
Y cuando vaya al cielo ¿podré ver a mis hijos que todavía viven?
Y cuando vaya al cielo ¿me enteraré de lo que están haciendo mis hijos en la tierra?
¿Lograré ver a mis nietos?

Una auténtica visión saducea de la resurrección.
Una resurrección donde lo importante es si recibíamos los periódicos de cada mañana.
Una resurrección donde lo importante es ver y tener noticias de aquí abajo.
Una resurrección donde Dios no se convertía en el centro.
Una resurrección donde la verdadera felicidad no es la contemplación y la felicidad de Dios.
Sino seguir enterándonos de toda la chismografía de aquí abajo.
El cielo no es la prolongación de la tierra.
Aunque lo bueno sería que la tierra fuese la prolongación del cielo.

Resucitar:
No es repetir nuestra condición terrena.
Ni siquiera es repetirnos a nosotros mismos con nuestros títulos, nuestros pergaminos y nuestro status social y cultural.

Resucitar:
Es entrar en nuestra condición de ser “como los ángeles”.
Es vivir nuestra condición de “hijos de Dios”.
Es nuestra transformación humana a nuestra condición divina.

Jesús lo expresa bellamente en su Oración Sacerdotal, cuando le dice al Padre:
“Padre, este es mi deseo:
que aquellos que me diste, estén conmigo donde yo estoy.
Y contemplen mi gloria, la que me diste antes de la creación del mundo, porque me amabas”.

En la resurrección:
Todo lo perecedero desaparecerá.
Todo lo contingente desaparecerá.
Solo quedará lo eterno de Dios, que será nuestra eternidad.
Solo quedará la felicidad de Dios, que será nuestra felicidad.
Aquí toda felicidad está amenazada de muerte.
“Pero los que sean juzgados dignos de la vida futura y de la resurrección de entre los muertos no se casarán. Pues ya no pueden morir”.
Es vida en plenitud.
En la resurrección estaremos amenazados de eternidad y plenitud de Dios.

Clemente Sobrado C. P.