Los milagros de todos los días

Domingo 30 del Tiempo Ordinario – A

José Luis Martín Descalzo, cuenta la anécdota de aquella niña Gabriela, uno de los personajes de la novela de Gerard Bessiere. Cómo un día su amigo Jacinto le pregunta qué ha hecho ese día en la escuela, a lo que Gabriela responde muy suelta de lengua.
He hecho un milagro. ¿Un milagro? ¿Y cómo lo hiciste? Tenemos una profesora que nos habla de los milagros de Jesús. Y nosotros le decíamos que no existían los milagros. La profesora respondió: “Sí, Dios hace también milagros para mí”. Sorprendidos los niños le preguntaron:
penriqueymonsvenancio¿Y podemos saber qué milagro Le ha hecho? Entonces ella les dice: Mi milagro sois vosotros mismos. Porque me lleváis todos los miércoles a pasear al parque empujando mi carrito de ruedas.
Jacinto, ¿no te gustaría hacer también tú milagros los miércoles? Jacinto respondió: “A mí me gustaría hacer milagros todos los días”.

El mayor milagro que Dios ha hecho con nosotros ha sido y sigue siendo su amor por nosotros. Y el mayor milagro que nosotros podemos hacer cada día es amar a los demás.
¿Acaso no es un milagro hacer felices a los demás?
¿Acaso no es un milagro hacer sonreír a los demás?
¿Acaso no es un milagro hacer que los demás se sientan bien hoy?
¿Acaso no es un milagro el que los demás se sientan amados, apreciados, estimados por nosotros?

Dios hace muchos milagros con nosotros. Pero ninguno mayor que el de hacernos sentir amados por El. El saber que, a pesar de nuestras debilidades, nos sigue amando.
¿No es un milagro el hecho de que nos perdone los pecados y nos renueve y nos haga nuevos cada vez que nos confesamos?
Y nosotros ¿no podemos hacer cada día el milagro de perdonar a cuantos nos han hecho algo y nos han ofendido?
¿No es un milagro de Dios el que se nos dé en comunión en la Eucaristía cada día?
Y nosotros ¿no podemos hacer cada día el milagro de darnos a nosotros mismos excomunión de amor a los demás?
¿No es un milagro de Dios el que cada día quiera estar a nuestro lado, habitando en nuestros corazones?
Y nosotros ¿no podemos hacer el milagro de visitar al hermano que está enfermo, al anciano que vive solo, o al preso que se pudre de asco en la cárcel?

Jesús nos dice que el mayor de los mandamientos es amar a Dios y que el segundo es igual al primero, amar al prójimo. Si amar a Dios ya es un milagro de la gracia, no es menor milagro el que cada día podamos abrir nuestro corazón a los hermanos, amando:
A los amigos y a los no amigos.
A los que tenemos cerca y a los que tenemos lejos.
A los que nos caen bien, y a los que caen mal.
A los que son buenos, y a los que nosotros tenemos por malos.
A los que no nos hablan, y a pesar de todo les decimos una palabra de bondad.

José Luis Martín Descalzo en el prólogo a su Libro ‘Razones para amar’, cuenta su propia experiencia de niño: Su mamá estaba enferma. Y él tenía la idea de que los enfermos se curaban cubriéndolos bien para que no tuviesen frío. Y no tuvo mejor ocurrencia que agarrarse una manta y a sus tres años arrastrarla por toda la casa hasta llegar al cuarto de su madre: “Manta, mamá, manta”. Y allí estaba yo intuyendo que “la ayuda que prestamos al prójimo no vale por la utilidad que presta, sino por el corazón que ponemos en hacerlo”.

Si supiésemos que Dios tiene frío, estoy seguro que todos le prestaríamos nuestras mantas para calentarlo. ¿Y por qué no hacer lo mismo cuando el que tiene frío es un hermano mío que, a caso, ni sé su nombre ni le conozco? ¿Acaso el amor al prójimo no es igual al amor a Dios? ¿Acaso el prójimo vale menos que Dios? Pues a decir verdad, hasta me atrevería a decir que vale tanto o más. Porque ¿no entregó Dios a su Hijo único para que no perezca ninguno de nosotros?

En su primera Encíclica Benedicto XVI nos dice: “Amor a Dios y amor al prójimo se funden entre sí: en el más humilde encontramos a Jesús mismo y en Jesús encontramos a Dios” (n15) Amor a Dios y amor al prójimo “están tan estrechamente entrelazados, que la afirmación de amar a Dios es en realidad una mentira si el hombre se cierra al prójimo o incluso lo odia….. el amor del prójimo es un camino para encontrar también a Dios, y que cerrar los ojos ante el prójimo nos convierte también en ciegos ante Dios”. (n.16)

Con frecuencia pensamos que solo Dios puede hacer milagros, cuando en realidad todos somos capaces de hacer milagros cada día. Porque cada día podemos hacer el milagro de amar a los demás. El segundo mandamiento es tan milagro como el primero. Y en esto sí que nos parecemos a Dios.

Clemente Sobrado C.P.

Bocadillos espirituales para vivir el Tiempo Ordinario: Sábado de la 29 a. Semana – Ciclo A

“Y les dijo esta parábola: “Uno tenía una higuera plantada en su viña, y fue a buscar fruto en ella, y no lo encontró. Dijo entonces al viñador: “Ya ves: tres años llevo viniendo a buscar fruto en esta higuera, y no lo encuentro. Córtala. ¿Por qué ha de ocupar terreno inútilmente?” Pero el viñador contestó: “Señor, déjala todavía este año; yo removeré la tierra alrededor de ella y la abonaré, a ver si comienza a dar fruto. Y si no la cortas”. (Lc 12,1-9)

La plantó junto al camino. La plantó en su propio campo.
Allí brotó. Allí creció. Allí se hizo grande.
Era “su” higuera. La higuera de sus sueños.
La higuera de la que recogería los sabrosos higos.

La gente al pasar miraba a la higuera.
¡Estaba tan bella y hermosa! ¡Estaba tan llena de vida!
Algún turista se sacó una foto a su lado.

¡Qué hermosa está! Decían unos.
¡Qué belleza de higuera! Se decían otros.
Hasta alguien pensó cortar una rama para llevársela.

También llegó él, el dueño.
Se quedó mirando y la vio hermosa.
Se acercó tímidamente, como quien no quiere despertarla.
Extendió la mano, quiso probar sus dulces frutos.
¡Desilusión! No tenía higos.
Tenía hojas. Tenía follaje. Pero no tenía frutos.

Sus manos buscaban ansiosas entre las ramas.
Pero no había dado frutos.
Era el segundo año. Un año más de frustración.
Todo era para la mirada. Nada para el gusto.
Todo era para el engaño. Nada para la verdad.
Todo se había ido en la belleza del vestido.
Nada se había quedado para regalar higos.

No le dolía el trabajo de sus cuidados.
Le dolía la ingratitud de la higuera.
No le dolía lo que había gastado en ella.
Le dolía su esterilidad.
No le dolía el tiempo que había esperado.
Le dolía el tiempo que había perdido.
No le dolían los sueños puestos en ella.
Le dolía aquella vida tan hermosa, pero vacía.

¿Arrancarla? Era una pena.
¿Dejarla otro año? ¿Serviría de algo?
¿Abonarla de nuevo y esperar? ¿No sería otro gasto inútil?
¿A caso la esperanza no se merece un nuevo esfuerzo?
¿A caso la esperanza no se merece un intento más?
¿No volvería a quedar todo en hojas, otra vez?
Era posible. Pero ¿la esperanza…?
¿Por qué renunciar a soñar?

Volvió a regar sus raíces de ilusiones.
Las regó de esperanzas.
Otro año de espera, ¿y quién sabe si algún otro más?
Porque la esperanza se resiste a morir.
Porque el amor se resiste a desesperar.
Porque la ilusión siempre cree en un mañana.

¿Alguien probó, algún día, los higos de la higuera?
¿Alguna vez se olvidó de su follaje y pensó en la fecundidad de sus entrañas?
¿Alguna vez dejó de pensar en la apariencia para espectáculo de los viandantes?
¿Alguna vez pensó para sus adentros:
Que la belleza sin vida es muerte?
Que la hermosura sin frutos es engaño?
Que las apariencias se olvidan en los ojos que las miran?
Que las apariencias de una vida vacía, se marchitan?

Esperaré un año más.
Esperaré los que sean necesarios.
Porque el amor, no se cansa de esperar.
Amar es esperar. Y esperar es amar.
Esperan los que aman.
Aman de verdad los que esperan.

¿Cuántos años lleva Dios esperando frutos de ti?
¿Cuántos más tendrá que seguir esperando?
Esperará los que sea necesario, lo importante es que tengas menos follaje y comiences a dar higos de santidad.

Clemente Sobrado C. P.

Bocadillos espirituales para vivir el Tiempo Ordinario: Viernes de la 29 a. Semana – Ciclo A

Decía Jesús a la gente: “Cuando ven subir una nube por el poniente, dicen con seguridad: “Va a llover”, y así sucede. Cuando sopla el viento del sur dicen: “Hará calor”, y así sucede. Hipócritas, si saben interpretar el aspecto de la tierra y del cielo, ¿Cómo no saben interpretar el presente? ¿Cómo no saben juzgar ustedes mismos lo que se debe hacer?” (Lc 12,54-59)

Confieso una de mis manías.
Por la mañana, al despertarme me encanta escuchar el parte meteorológico del “Senamhi”.
Y lo primero que hago al abrir mi computadora es buscar los daros de la meteorología europea. Al fin y al cabo, después de tantos años por estas tierras, uno siempre tiene un pedacito de corazón en su tierra.
Yo no sé cuánto entendía Jesús de meteorología.
Pero sí sabía el comportamiento de la gente del campo que sabe que sus cosechas dependen del tiempo.
Y sí sabía cómo aquellos agricultores de su tierra sabían leer, sin los instrumentos modernos de hoy, cómo sería el tiempo para hoy y los días siguientes.
Leían el presente y el futuro, mirando al cielo y mojando con saliva el dedo para ver hacia donde soplaba el viento.

Lo que le extraña a Jesús es:
Que sepamos leer las nubes del cielo.
Que sepamos leer la dirección del viento.

Y sin embargo:
No sepamos leer la voluntad de Dios hoy.
No sepamos leer hacia donde sopla Dios hoy en nuestra historia.
No sepamos leer el hoy de Dios.
No sepamos leer el futuro de Dios.

Hacia donde empuja Dios:
hoy a su Iglesia.
nuestra fe cristiana.
el Evangelio.
hoy la vida del Pueblo de Dios.
hoy la Vida Consagrada.
hoy la vida de las comunidades parroquiales.
hoy la vida de las Diócesis.
hoy la evangelización.
hoy la figura y la vida de los seglares.
hoy la figura y la vida del sacerdote.

Sabemos interpretar las nubes y el viento.
Pero:
¿Sabemos interpretar el viento del Espíritu que empuja a la Iglesia y al Pueblo de Dios?
¿Sabemos interpretar en las señales de la historia el futuro de Dios?
¿Sabemos interpretar en las señales de la cultura actual el futuro de la Iglesia?
¿Sabemos interpretar en las señales de nuestra juventud el futuro de Dios sobre el hombre?

Necesitamos metereólogos del tiempo para las cosechas.
Pero mucho más necesitamos metereólogos del Espíritu.
Mucho más necesitamos “metereólogos del futuro del hombre”.
Mucho más necesitamos “metereólogos del futuro de la Iglesia”.
Mucho más necesitamos “metereólogos del futuro del Evangelio”.
Mucho más necesitamos “metereólogos de la vida cristitana”.

Leer a Dios en la historia.
Leer a Dios en la cultura.
Leer a Dios en la mentalidad de cada época.
Leer a Dios no en el pasado sino en el presente.
Leer a Dios en el hoy para el mañana.
Leer a Dios en cada una de nuestras vidas.

Hasta ahora creíamos que esa función la teníamos solo los Obispos y Sacerdotes.
Felizmente hoy, entre tanto signos, estamos descubriendo que también los seglares tienen el don de la meteorología del Espíritu.
También ellos tienen algo que decirnos.
El problema está en que los escuchemos.

Clemente Sobrado C. P.

Bocadillos espirituales para vivir el Tiempo Ordinario: Jueves de la 29 a. Semana – Ciclo A

“Dijo Jesús a sus discípulos: “Yo he venido para prender fuego sobre la tierra,¡y ojalá que estuviera ya ardiendo! Tengo que pasar por un bautismo, ¡y qué angustia hasta que se cumpla! ¿Piensan ustedes que he venido a traer paz a ola tierra? No, sino división. En adelante, una familia de cinco estará dividida: tres contra dos y dos contra tres; estarán divididos el padre contra el hijo y el hijo contra el padre…
(Lc 12, 49-53)

Estamos habituados a un Jesús barbilampiño.
A un Jesús dulzarrón y acaramelado.
Y Jesús tiene poco de caramelo.
Y hasta diría que tiene mucho de ají.
Porque la verdad de Jesús marca una frontera entre los hombres.

En primer lugar, Jesús tiene mucho de incendiario.
Jesús tiene más de fuego que de hielo y frío.
Jesús es un “signo de contradicción”.
Jesús es como un fuego que quema toda la maleza.
Jesús es como un fuego que quema todo aquello que impide brotar y crecer la verdad.
Jesús es un fuego que busca un mundo nuevo quemando todo aquello que impide crecer la vida.

Cualquiera puede mirarse a sí mismo y sincerarse consigo mismo.
Cuánta chatarra hay en nuestro corazón.
Cuánta chatarra a la que nos aferramos como un tesoro y nos impide crecer como personas.
Cuánta chatarra de sexualidad, de instintos, de pasiones, que nos impiden abrirnos a la verdad del Evangelio y de la vida.
Me gustan los “Traperos de Emaús” que, de tiempo en tiempo, vienen con su camioneta a llevar toda esa chatarra con la que luego hacen cosas nuevas.
Para ellos todo les sirve, porque saben transformarlas en nuevas.
Todo eso que nosotros almacenamos por “un por si es caso” y que nunca la utilizamos, ellos saben cómo renovarlas.
Necesitamos “Traperos de Emaús” que pasen por nuestro corazón llevándose tantas cosas que nosotros creemos indispensables y que, de hecho, lo único que hacen es impedirnos buscar lo nuevo, abrirnos a lo nuevo.
Hace unos días quise examinar mi corazón. Confieso que encontré demasiada chatarra ocupando espacio el que le pertenece a Dios y al Evangelio.

El fuego que Jesús ha traído al mundo es el fuego de su bautismo.
Un bautismo que no pasa por el agua.
Pero sí pasa por esa libertad y ese amor que lo lleva hasta dar su vida por nosotros.
Es un bautismo de fuego.
Es un bautismo que pasa por la cruz, donde todo lo secundario es quemado.
Es un bautismo que pasa por la cruz, donde se refina la verdad del corazón humano.
Es un bautismo que pasa por la cruz, donde se queman todas las vulgaridades.
Es un bautismo que pasa por la cruz, donde se queman todas esas afecciones del corazón que nos impiden ser lo que tenemos que ser.
Jesús tiene miedo a ese bautismo.
Sin embargo ansía que, de una vez, se lleve a cabo y el mundo pueda calentarse y arder en ese fuego de la verdad y del amor.

No. Jesús no viene a dejar que las cosas sigan igual.
Jesús viene que quemar todo lo inútil y lo que estorba.
Pero esto no se hace con paños calientes.
No se hace con rebajas en nuestras exigencias e ideales.
Jesús une, pero Jesús también divide.
Jesús crea comunión, pero también separación.

Separación incluso en la misma familia, primer ambiente de comunión.
Porque también en la familia hay quienes prefieren la maleza del corazón.
Y la libertad del corazón.
¿Por qué molesta hoy tanto la Iglesia?
Por una razón muy sencilla.
La Iglesia inquieta nuestras vidas.
La Iglesia nos inquieta con la verdad del Evangelio contra nuestra verdad.
Mientras para nosotros todo es válido, para la Iglesia existe la verdad y la mentira.
Me da miedo una Iglesia aplaudida, porque es una Iglesia que no divide.
Yo quiero una Iglesia que nos divida.
Yo quiero una Iglesia que nos moleste, como Jesús molestaba a los fariseos.
Yo prefiero una Iglesia que tenga que pasar por el bautismo a la cruz, a una Iglesia que se acomoda al bienestar del mundo y a los criterios del mundo.

Buena es la paz y la armonía basada en la verdad del Evangelio.
Mala es la paz y la armonía basada en aceptar lo que piensa todo el mundo.
No toda división es buena.
Tampoco toda comunión y armonía es buena.
La única comunión y armonía buenas son las que brotan del Evangelio.

Clemente Sobrado C. P.

Bocadillos espirituales para vivir el Tiempo Ordinario: Miércoles de la 29 a. Semana – Ciclo A

“Pedro le preguntó: “Señor, ¿has dicho esta parábola por nosotros o por todos? ”El Señor le respondió: “¿Quién es el administrador fiel y solícito a quien el amor ha puesto al frente de su servidumbre para que les reparta su ración de alimentos a sus horas? Pero si el empleado piensa: “Mi Señor tarda en llegar” y empieza a pegarles a los criados y a las criadas, y se pone a comer, y beber y emborracharse, llegará el Señor de aquel criado el día y la hora que menos lo piense y lo despedirá, condenándolo a la pena de los que no son fieles. El criado que conoce la voluntad de sus señor, pero no está preparado o no hace lo que él quiere, recibirá castigo más severo”. (Lc 12,39-48)

Pedro, curioso como siempre, le pregunta a Jesús.
Jesús, como siempre no responde a la pregunta.
Pero aprovecha la pregunta.
La respuesta es clara. La parábola vale para todos, pero de modo particular para los pastores y responsables de la comunidad.
Se trata de si los responsables de la comunidad cumplen con su misión.
O más bien asumen el título y manipulan y se aprovechan de la comunidad.

Nombrar a alguien responsable de la comunidad es honor.
Pero también un compromiso.
El compromiso de alimentar a la comunidad.
De hacer crecer a la comunidad.
De dar vida a la comunidad.
Es el honor que da prestigio ante el mundo.
Es el honor del servicio a los hermanos en la comunidad.
Es el honor que le da a uno el poner su vida al servicio de la comunidad.
Es el honor de vivir como servidores de la comunidad.
Para ello tienen su propio carisma y su gracia.

Pero no faltan responsables:
Que en vez de vivir para la comunidad, se aprovechan de la misma.
Que en vez de servir a la comunidad, viven de la comunidad.
Que en vez de poner sus vidas al servicio de la comunidad, ponen la comunidad al servicio de ellos.

Que el ser responsables de la comunidad, se creen con derecho:
a maltratar a los miembros de la comunidad,
a comer a cuenta de la comunidad,
a beber a cuenta de la comunidad,
a vestirse lujosamente a cuenta de la comunidad,
a emborracharse de sí mismos rebajando a los miembros de la comunidad,
a emborracharse de vanidad por sus títulos en la comunidad,
a emborracharse de orgullo pasando por encima de la comunidad.

Los responsables que “conocen la voluntad de Dios”, pero:
No están preparados,
O simplemente no hacen lo que el Señor espera de ellos,
O no cumplen con su misión de verdaderos pastores,
El Señor los despedirá o los condenará a la pena de la infidelidad.

Se trata de un cuestionamiento de los pastores a los que el Señor, en su nombre, ha encomendado la vida y la vitalidad de las comunidades eclesiales.
Hay pastores, como Jesús, que da su vida por la comunidad.
Hay pastores, que viven a cuenta de la comunidad.
Hay pastores, que sacrifican su vida para que la comunidad viva.
Hay pastores, que sacrifican a la comunidad para vivir mejor ellos.
Hay pastores, que ponen sus vidas como pedestales de la comunidad.
Hay pastores, que ponen a su comunidad como pedestal para aparentar ellos más.

El Señor pedirá cuentas a la comunidad.
El Señor exigirá el crecimiento y vitalidad de la comunidad.
Pero antes pedirá cuentas a los jefes responsables de la comunidad.
El ser responsable de la comunidad en don, un carisma y un compromiso.
Pero el Señor les exigirá y les pedirá más que a los demás.
La comunidad será responsable.
Pero el primer responsable será el pastor de la misma.
En la comunidad cristiana no “hay privilegiados”.
A cada uno se le pedirá en la medida en que ha recibido y se la ha dado.
“No hay privilegios ante el Señor, todos debemos rendir cuentas, comenzando por los primeros”.
“A quien mucho se le confió, se le pedirá mucho más”.

Clemente Sobrado C. P.

Bocadillos espirituales para vivir el Tiempo Ordinario: Martes de la 29 a. Semana – Ciclo A

“Dijo Jesús a sus discípulos: “Tengan ceñida la cintura y encendidas las lámparas. Ustedes estén como los que aguardan a que su señor vuelva de la boda, para abrirle apenas venga y llame. Dichosos los criados a quienes el señor, al llegar, los encuentra despiertos; les aseguro que se ceñirá, los hará sentar a la mesa y los irá sirviendo. Y, si llega entrada la noche o de madrugada y los encuentra así, dichosos ellos”. (Lc 12,35-38)

“Afortunado es el hombre que tiene tiempo para esperar”.
La frase es de Calderón de la Barca.
El caso es que son pocos los que tienen tiempo para esperar.
Todos tenemos demasiadas prisas para disponer de tiempo para esperar.
Vivimos más de las prisas que de las esperas.
Esperar nos parece que es perder el tiempo, cuando en realidad, la espera da vida al tiempo.
Saber esperar es despertar en nosotros cosas nuevas.
Saber esperar es despertar ilusiones nuevas.
Saber esperar es despertar nuevas esperanzas.

Jesús les pide a sus discípulos:
Que sepan esperar.
Que no se cansen de esperar.
Que esperar es estar preparado para recibir a alguien que llega.
Que esperar es estar listos para abrir la puerta al que viene y llama.

El cristiano es el que:
Vive gozosamente el presente.
Pero espera con igual gozo lo que está por venir.
Sobra todo es el que espera a su “señor que viene de una boda”.
Somos nosotros los que le esperamos a Él.
Y no le hacemos esperar a Él a la puerta llamando una y otra vez.

Aunque sabemos que Jesús:
Es el primero en esperar.
Es el que no se cansa de llamar a la puerta.
El que no se cansa de tocar a la puerta de nuestro corazón.
Jesús siempre dispone de tiempo para esperar a que nosotros le abramos.

De Dios pudiéramos decir:
que es el que siempre está viniendo,
que siempre está en camino,
que siempre llega, aunque no sepamos a que hora vendrá,
porque Dios puede venir a media noche,
como también de madrugada,
o al medio día, o al atardecer.
Tardará, pero llegará.

Pero es preciso estar atentos y vigilantes, con el cinturón puesto y con las lámparas encendidas.
Y cuando llega y llama y le abrimos, prolonga la boda con nosotros.
Nos mandará sentar a la mesa.
Y ahora será Él quien se pone a servirnos.

Nuestro peligro es:
vivir despistados sin enterarnos de nada,
encontrarnos dormidos en vez de levantados,
encontrarnos distraídos y no respondemos cuando llama,
o le dejamos aburrirse esperando a la puerta hasta el amanecer.

Todos tendremos que hacer la confesión de Lope de Vega:

“¿Qué tengo yo que mi amistad procuras?
¿Qué interés se te sigue, Jesús mío,
que a mi puerta, cubierto de rocío,
pasas las noches del invierno oscuras?
¡Cuántas veces el ángel me decía:
“Alma, asómate a la ventana,
verás con cuánto amor llamar porfía!”
Y ¡cuántas, hermosura soberana:
“Mañana te abriremos” respondía,
Para lo mismo responder mañana!”

Clemente Sobrado C. P.

Bocadillos espirituales para vivir el Tiempo Ordinario: Lunes de la 29 a. Semana – Ciclo A

“Dijo uno del público a Jesús: “Maestro, dile a mi hermano que reparta conmigo las herencia”. El le contestó: “Hombre, ¿quién me ha nombrado juez o árbitro entre ustedes?” Y dijo a la gente: “Miren: guárdense de toda clase de codicia. Que por más rico que sea uno, la vida no depende de los bienes”. (Lc 12, 13-21)

¡Qué bonita familia, mientras viven los viejos!
¡Qué fea familia, cuando los viejos se nos van!
Todavía se están muriendo y los hijos ya están discutiendo sobre el reparto de los bienes.
Somos hermanos en tanto viven los padres.
Pero, una vez que los padres se nos van, somos competidores del reparto.
La fraternidad dura mientras ellos viven.
Cuando ya no están dejamos de ser hermanos y somos hambrientos repartidores.
Cada uno aporta sus propios derechos.
Que yo soy el soltero.
Que yo soy quien les atendió en la enfermedad.
Que yo soy quien me hice cargo de ellos.

Mi experiencia de tantos años:
Muerte de los padres y codicia de los hijos.
Muerte de los padres y pelea de los hijos.
Muerte de los padres y división de los hijos.
Muerte de los padres y descontento de los hijos.
Muerte de los padres y enemistad de los hijos.
Muerte de los padres y muerte de la fraternidad.
Muerte de los padres e hijos que ya no se hablan.
Todos llorando ante la tumba.
Pero todos mirando de reojo lo que han dejado.

El amor de hermanos:
se ha convertido en codicia entre hermanos.
se ha convertido en lucha de hermanos.
se ha convertido en pugna fraterna.
se ha convertido en ruptura de familia.

Jesús no quiere meterse en líos de hermanos.
Más bien nos ofrece criterios para que los hermanos sigamos siendo hermanos.
Nos ofrece criterios para que la familia siga unida.
Nos ofrece criterios para que el silencio nos mate a todos.

Lo que debiera ser un grato recuerdo de los padres se convierte en factor de división.
Lo que debiera ser compartido en comunión fraterna se convierte en presa de avaros.
Me hace recordar esos reportajes de animales, cuando los leones matan una presa.
Toda la manada acude al banquete.
Pero muchos tienen que esperar turno a que los más fuertes se sacien.
Recién entonces tienen permiso el resto de comensales.

Padres, les ruego:
Hagan testamento a tiempo.
Que hacer el testamento no es ninguna señal de que se van a morir.
Que hacer el testamento no es ninguna señal de velorio.
Pero sí es una manera:
De evitar que los hijos se enemisten cuando ustedes se vayan.
De evitar que los hijos rompan la unidad familiar.
De evitar que los hijos le recuerden con la amargura de la ruptura familiar.

Pero sobre todo:
Purifiquémonos de nuestras codicias.
Purifiquemos de nuestros egoísmos.
Que los bienes son importantes.
Pero la vida no depende los bienes que amontonamos.
Podremos hacer silos para almacenar todo lo que tenemos.
Pero nada llevaremos con nosotros.
Lo único que podremos llevar será nuestra generosidad y nuestro compartir.
No llevaremos con nosotros ni los zapatos.
Todos nos iremos descalzos, que es la manera más ligera de caminar.

Clemente Sobrado C. P.