La fe en tiempos de crisis

Domingo 3 b del Ordinario

No. No es “El amor en tiempos del cólera”. Pero sí es la fe en tiempos de crisis. Todos nos asustamos un poco cuando hay crisis. Por eso me gusta lo que A. Einstein escribe: “La verdadera crisis es la crisis de la incompetencia. El inconveniente de las personas y los países es la pereza para encontrar las salidas y soluciones.
Sin crisis no hay desafíos, sin desafíos la vida es una rutina, una lenta agonía. Sin crisis no hay méritos.
Es en la crisis donde aflora lo mejor de cada
uno, porque sin crisis todo viento es caricia. Hablar de crisis es promoverla, y callar en la crisis es exaltar el conformismo.
En vez de esto trabajemos duro. Acabemos de una vez con la única crisis amenazadora que es la tragedia de no querer luchar por superarla”.

Y por eso me gusta el primer discurso de Jesús que da comienzo a su predicación.
Que también eran tiempos de crisis.
Crisis políticas.
Crisis religiosas.
Crisis sociales.
Y Jesús no comienza ni por anunciar más crisis que, en frase de Einstein es “promoverlas”. Pero tampoco las silencia “para no exaltar el conformismo”.
Jesús comienza por algo fundamental:
- por anunciar la fe y abrirnos a la esperanza.
- por anunciar la conversión que es como abrirnos a la esperanza de que no tenemos que ser lo que somos cuando podemos ser otra cosa.
- ni que el mundo tiene que ser lo que es, sino que puede cambiar.
“Convertíos y creed en el Evangelio”.

“Conversión” es anunciarnos que no tenemos que ser lo que somos, porque hay en camino un nuevo dinamismo capaz hacer nuevos a los hombres.
Es la mejor noticia que se puede dar en momentos de crisis: “hombres nuevos”, “hombres diferentes” para un “mundo nuevo y diferente”.
¿No habrá demasiado conformismo con lo que somos?
¿No habrá demasiado conformismo con un mundo que deja mucho que desear?
¿No habrá demasiado conformismo con una Iglesia que puede ser más auténtica y creíble?
¿No habrá demasiado conformismo en las parejas que se contentan con una felicidad anodina cuando pueden parejas felices?

Ahí está el primer anuncio de Jesús: “convertíos”. La sola invitación ya es:
Un anuncio de algo nuevo.
Un anuncio de que Alguien cree en nosotros con nuestros problemas.
Un anuncio de que Alguien cree en cada uno de nosotros.
Un anuncio que quiere sacarnos de “nuestro conformismo” o incluso de nuestro “complejo de inferioridad”.
No es el anuncio de que dejemos de hacer esto o lo otro porque están prohibidos. Es el anuncio de que nosotros podemos ser lo que no somos y estamos llamados a ser
Por fin alguien se atreve a decir que tiene fe en nosotros y que nos invita a que también nosotros tengamos fe en nosotros mismos.

Y “la fe en el Evangelio”.
Aún en medio de las malas noticias, no deja de haber “buenas noticias”.
Y El viene precisamente a traernos esas “buenas noticias de Dios”.
Jesús no es de los que comienza por asustarnos con posibles condenaciones.
Jesús comienza por decirnos que:
No creamos a los que anuncian desgracias.
No creamos a los que anuncian infiernos.
No creamos a los que anuncian muertes.
No creamos a los que anuncian que no podemos ser más.
No creamos a los que nos quieren ver achatados.
No creamos a los que todo lo ven pecado.
No creamos a los que todo lo ven como un peligro que hay que evitar.

Sino que creamos al Evangelio, a las “buenas noticias de Dios”.
A las buenas noticias de la gracia.
A las buenas noticias de la salvación.
A las buenas noticias de la vida y la felicidad.
A las buenas noticias de que somos un “sueño de Dios”.
A las buenas noticias del amor que nos hace hijos.
A las buenas noticias de que podemos cambiar el mundo.
A las buenas noticias de que el Reino de Dios es posible.
A las buenas noticias de que podemos ser hermanos.
Jesús nos pide que, “acabemos de una vez con la única crisis amenazadora que es la tragedia de no querer luchar por superarla”.
No nos dice que nos quitará las piedras del camino. Pero sí nos dice que podemos saltar por encima de ellas.
No nos dice que no tendremos problemas. Pero sí que somos más que nuestras dificultades.
No nos dice que todo se nos dará hecho. Pero sí que nosotros lo podemos hacer.
En una palabra, Jesús comienza por anunciarnos la ilusión, la esperanza. Por anunciarnos que, aún en medio de las crisis, está brotando lo nuevo. Que se acabaron los complejos de inferioridad. Los complejos del “no se puede” y además “no es posible”. Todo es posible para el que cree.

Clemente Sobrado C. P.
www.iglesiaquecamina.com

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Bocadillos espirituales para vivir el Tiempo Ordinario: Lunes de la Segunda Semana – Ciclo B

“Vinieron unos y le preguntaron a Jesús: “Los discípulos de Juan y los discípulos de los fariseos ayunan. Por qué los tuyo no?” Jesús les contestó: “¿Es que pueden ayunar los amigos del novio mientras el novio está con ellos?” Mientras tienen al novio con ellos, no pueden ayunar. (Mc 2,18-22)

Yo soy de la idea de que Jesús debió de tener un gran humor. Y que muchas cosas las debió de tomar con mucho humor, porque de lo contrario, tenía que estar hasta las narices de tantas sonseras.

Esa CIA que seguía por todas partes a Jesús hoy la tendría y la pasaría muy mal, porque es precisamente los domingos cuando mejor comemos. Bueno, los que comemos, porque en el mundo hay muchos que no comen ni en domingo ni en días de semana.
Jesús no ayunaba.
Sus discípulos tampoco.
Y que conste que tenían buen apetito.

Pareciera que a Dios le encantan los estómagos vacíos.
Pareciera que a Dios le encantan los estómagos con hambre.
Pareciera que a Dios le encanta vernos sufrir delante de unos ricos alimentos.
Me pregunto ¿para qué nos habrá dado el estómago? ¿Sólo para los días de semana?

Jesús ve las cosas de otra manera.
A Jesús le gustan las fiestas.
A Jesús le gustan los banquetes.
A Jesús le gustan las bodas donde abunde el vino y el resto.
Jesús nos quiere ver siempre celebrantes, de boda.
Para ello, él mismo se declara novio, incluso para todos aquellos que no tienen novio.

A Jesús no le va el hambre.
A Jesús no le va ver a esa gente que no tiene que comer.
A Jesús no le va ver a esa gente, ese mundo y esa sociedad donde la gente prefiere vivir a Ave Marías, pero no tiene pan en casa.

El ayuno puede ser un proceso de ascesis para debilitar el cuerpo.
Algunos dicen que lo hacen para agradar a Dios.
Yo confieso que me siento mejor con Dios con un estómago suficientemente satisfecho que con estómago que me hace bostezar. Porque, incluso, cuando tengo hambre, más que pensar en la oración pienso en el estómago.

Estoy seguro de que Jesús piensa como yo. ¿A caso no sintió lástima cuando vio que la gente le seguía y tenía hambre? Hasta se permitió el lujo de multiplicar los panes y los peces.

Jesús prefiere la fiesta.
Jesús no quiere una religión de estómagos vacíos.
Jesús prefiere que vivamos en ambiente y clima de boda. Por eso, estoy seguro de que no nos pedirá cuentas de si hemos ayunado o no, pero sí nos pedirá cuentas:
De si hemos sido felices.
Si hemos amado a los demás.
Si hemos hecho felices a los otros.
Si hemos vivido la fiesta del Evangelio.
Si hemos sonreído hoy a los demás.
Si hemos sacrificado lo nuestro para que los otros se lo pasen mejor.

A Jesús le importa más:
La alegría de su compañía.
La alegría de la novedad del Evangelio.
La alegría de sentirlo a El mismo como la razón de nuestra alegría.

Es posible que todavía hoy no falten quienes se escandalizan de que no ayunemos.
Pero no se escandalizan de vernos tristes,
No se escandalizan de que ofrezcamos una imagen gruñona de Dios.
No se escandalizan de vernos cristianos, siempre con dolor de estómago.
Personalmente, prefiero ser testigo de la alegría, que ser testigo de un estómago con hambre. Porque estoy seguro de que a Dios le encanta más mi sonrisa que mis ayunos.

Clemente Sobrado C. P.

Bocadillos espirituales para vivir el Tiempo Ordinario: Segundo Domingo – Ciclo B

“Estaba Juan con dos de sus discípulos y, y fijándose en Jesús que pasaba, dice: “Esta es el Cordero de Dios”. Los dos discípulos oyeron sus palabras y siguieron a Jesús. Jesús se volvió y, al ver que le seguían, les pregunta: “¿Qué buscáis?” Ellos le contestaron: “Maestro, ¿dónde vives?” “Venid y lo veréis”. (Jn 1,35-42)

Un camino curioso que aún sigue y que nos espera a todos.
Todo comienza porque alguien miró y vio.
Todo comienza porque un dedo señaló al que pasaba.
Todo comienza porque dos decidieron seguirle por curiosidad.
Todo comienza porque uno pregunta: “¿Qué buscáis?”
Todo comienza porque alguien pregunta: “Maestro, ¿Dónde vives?”
Todo comienza porque los dos pasan el día con El.
Todo comienza porque Andrés se encuentra con su hermano Simón.
Todo comienza porque le ha mirado y le cambia de nombre: “Tú eres Simón, pero te llamarás Cefas, es decir, Pedro”.

Resulta curioso este itinerario en cadena: Juan-Jesús-Andrés-Simón o Pedro.
Con frecuencia, los grandes acontecimientos comienzan por algo tan sencillo como un dedo que señala a alguien que pasa.
Es algo parecido a la gran cosecha.
Todo comienza por unos granos tirados por la mano en los surcos de la tierra y terminan en la gran cosecha de trigo, que abre otra nueva cadena: trigo-siega-molino-harina-pan-eucaristía.
Y hasta pienso que los caminos de Dios se parecen a esas tuberías que por debajo de las casas nos traen el agua a casa.
Si se rompe la cadena en alguna parte, se pierde la continuidad.
Si se rompe la tubería nos quedamos sin agua en casa.

Dios siempre cuenta con los hombres para revelarse y manifestarse.
En la vida siempre se necesita:
De alguien que vea primero.
De alguien que señale primero el camino.
De alguien que se decida a aventurarse hacia lo desconocido.
De alguien que pregunte primero.

Es ahí donde comienza la cadena.
Luego vendrán los siguientes eslabones.
Por eso, de alguna manera, todos vamos dependiendo unos de otros.
Nadie cree solo para sí mismo.
De nuestra fe depende la fe de los demás.
Alguien tiene que ser el primero.
Alguien tiene que abrir el camino.

Y ese puede ser el problema de la fe hoy.
Todos hemos recibido la corriente de la fe de nuestros padres.
Pero ¿qué sucede cuando la familia comienza a perder la fe?
Los padres ya no creen o, si dicen creer, ya no viven de ella.
¿Cómo retransmitirla a los hijos si nosotros ya no creemos?
Alguien habla ya de que se “ha roto la cadena de retransmisión”.

Yo quisiera ser más optimista y pensar:
Que aún queda mucho de fe en los hogares.
Tal vez la estemos viviendo en el túnel de la crisis.
Pero el túnel no es algo definitivo, siempre tiene una salida donde de nuevo aparece la luz.
El invierno da la impresión de que los árboles se han muerto, porque quedan sin hojas.
Y sin embargo es el tiempo en el que se fortalecen las raíces.
La fe, tanto personal como de la misma Iglesia, está hecha a “golpes de inviernos”, pero también a “golpes de primaveras del Espiritu”.

Es posible, como escribe Benedicto XVI, que tantos siglos de historia hayan dejado demasiada ceniza encima, pero que debajo de esa ceniza, todavía tienen vida y arden unas brasas. Basta un poco de viento del Espíritu para que se lleve las cenizas y el mismo viento que se las avienta, sople y encienda una nueva llama en las escondidas brasas.

Y por ahí, tal vez entre tanta hojarasca de incredulidad, suene también hoy la voz de Dios: “Hombre, ¿qué buscas?” Y querámoslo o no, en el fondo del corazón humano, sigue viva la pregunta: “Dios, ¿dónde vives?”

Clemente Sobrado C.P.

Bocadillos espirituales para vivir el Tiempo Ordinario: Sábado de la Primera Semana – Ciclo B

“Sentado a la mesa en su casa, de entre los muchos que le seguían, un grupo de publicanos y pecadores se sentaron con Jesús y sus discípulos. Algunos escribas fariseos, al ver que comía con publicanos y pecadores, les dijeron a los discípulos: “De modo que como con publicanos y pecadores”. (Mc 2,13-17)

Primero fue la casa de Jesús abierta a todos, con puertas incluso en el tejado. Ahora es a orillas del Lago. A Jesús le encantan los espacios abiertos desde donde se puede ver todo y donde todos puedan entrar.

Ahora es la hora del llamamiento del quinto discípulo.
Ya no es un pescador del Lago sino uno de esos marginados por la Ley, de esos excluidos por la religión de la Ley. Un tipo de pocas simpatías: “recaudador de impuestos”. Diera la impresión de que a Jesús le resultan más importantes e interesantes, precisamente aquellos a quienes los “buenos” excluyen de la mesa de la comunidad religiosa.

Resulta curioso el ver cómo la religión tiene siempre su CIA. Siempre que Jesús decide saltarse las normas legales, allí está la CIA de los escribas, para criticar y llevar los chismes y denuncias a los de arriba.
“De modo que come con publicanos y pecadores”.

Pareciera que los “buenos” necesitan de los malos:
¿Será para sentirse ellos mejor?
¿Será para poner a los malos como pedestal y así subir ellos su talla?
¿Será para ganarse “alguito” con sus celos y chismes ante los que están más altos?

Les interesan los “los malos”:
¿Será para acercarse a ellos?
¿Será para ayudarles a ser mejores?
¿Será para ayudarles a salir de su situación?
¿Será para rezar por ellos y con ellos?
¿Será para tenderles una mano y atraerlos?

Flickr: Freddy The Boy

Mientras tanto, a Jesús le encanta esa gente que la CIA religiosa excluye y hasta persigue y condena.
Se siente mucho mejor y más a gusto charlando amablemente con ellos.
Se siente con mucho mejor apetito comiendo con ellos.
Le sabe mucho mejor la comida compartiéndola con ellos.
Porque es una comida que sabe más a amistad, a amor, a caridad, que es el mejor condimento de los alimentos.
Y hasta diría, que hace mucho mejor la digestión.
Porque sabe que, son ellos los que más le necesitan.
Porque sabe que, son ellos “los enfermos que necesitan de médico”.
Porque sabe que, son ellos los que a la hora de la verdad están más abiertos a la buena noticia del Evangelio.
Porque sabe que, son ellos los que tienen menos trabas para seguirle.

El celo religioso está muy bien.
Pero cuando es un celo que nace de la caridad y no de prejuicios para con los demás o de la sospecha.
El celo religioso está muy bien.
Pero cuando es un celo que nace del corazón y busca, no el propio prestigio, sino el bien, el cambio de los demás.
El celo religioso tiene que brotar de una experiencia como la de Pablo, quien se atreve a decir de sí mismo: “me hice todo para todos, para ganarlos a todos”.

A Jesús le va mucho mejor, se siente en su propia salsa:
Cuando habla con los marginados: como la Samaritana.
Cuando tiene que defender a los malos: como la pecadora de Betania.
Cuando es invitado a la mesa por los publicanos: como Leví, el recaudador de impuestos y publicano.
Cuando es invitado por mí: aunque no esté de acuerdo con mi segundo matrimonio.
Cuando es invitado a mi mesa: aunque sepa que yo no suelo participar con frecuencia en la suya los domingos.
Y le importa un comino las críticas y murmuraciones de los buenos.
Porque él ama a todos.
Porque sabe que se cercanía y su amor son el mejor camino para ganarlos para su Padre, que para eso lo envió.

Clemente Sobrado C. P.

El Evangelio se escribe con los pies

Domingo 2 B Tiempo Ordinario

Es posible que a muchos les pueda parecer extraño este título de que “El Evangelio se escribe con los pies”.
Es que estamos acostumbrados a que todo se escribe con la cabeza y el bolígrafo o la pluma.
Un Evangelio escrito con ideas.

Flickr: Aztlek

Y sin embargo, el Evangelio comenzó a escribirse con los pies.
El primer Evangelio, el que vivió Jesús y el que vivieron sus primeros seguidores no fue un Evangelio escrito en los libros sino escrito en la vida.
Jesús escribe con los pies
El Evangelio de hoy nos habla de cómo Juan se fijó en Jesús que pasaba. No dice de dónde venía ni a donde iba. Sencillamente es el Jesús que pasaba, caminando sobre las arenas calientes del desierto, y ese era el “Cordero de Dios”. El primer reconocimiento de Jesús como el Salvador. Y la primera manera de revelarse Jesús como el Cordero de Dios.

Jesús no se reveló escribiendo libros ni escribiendo el Evangelio. Felizmente no sabemos si sabía escribir. Felizmente Jesús no nos dejó nada escrito. Todo lo que escribió lo hizo caminando entre los hombres, viviendo entre los hombres y para los hombres. Lo que sí sabemos es que su vida se manifestaba en su caminar por la vida. Jesús primero se revela a través de sus pies de caminante, “fijándose en Jesús que pasaba”. Es ahí dónde Juan lo reconoce. En el “que pasaba”, en el que “caminaba”.
No es un Evangelio de ideas frías y de laboratorio.
No es un Evangelio plasmado en las páginas de un libro.
Es el Evangelio escrito con los pies sobre las arenas del camino.
Es el Evangelio escrito en una vida que ni siquiera dice nada.
Es el Evangelio del “que pasa”, del que camina.
Es el Evangelio del que “está ahí” y cuya vida sorprende y llama la atención.
El primer Evangelio de los seguidores de Jesús
Y lo curioso es que el primer Evangelio que leen sus seguidores es precisamente el Evangelio del que pasa.
Y los dos primeros discípulos que encuentran a Jesús comienzan también a escribir el Evangelio de los hombres, el Evangelio de los seguidores poniéndose en camino.
“Los dos discípulos oyeron las palabras de Juan y le siguieron a Jesús”.
Ahí comenzamos los hombres a escribir el Evangelio del seguimiento.
Un Evangelio escrito también con los pies. “Le siguieron”.
Y es ahí donde comienza el Evangelio del primer encuentro de Jesús con los hombres y de éstos con Jesús.
Es el Evangelio de los “pies”, es el Evangelio “del camino”.

“Al ver que le seguían”. No al ver que estaban sentados sino al ver que también ellos comienzan y se deciden a caminar. Ese el Evangelio de Dios a los hombres y de los hombres con Dios: “Evangelios de caminantes, Evangelio del camino”.

No se escribe el Evangelio acodándonos en nuestras hamacas, sino poniéndonos en camino, haciéndonos caminantes con el Caminante.
Porque es ahí donde, caminando, que Jesús entabla su primer diálogo con los hombres: “¿Qué buscáis?”

“Maestro, ¿dónde vives?” Es el Evangelio del que busca, del que quiere saber dónde encontrar y compartir la vida con Jesús. Y es el Evangelio de la respuesta de Dios: “Venid y lo veréis”.
Dios en camino.
Los hombres en camino.
Dios y los hombres al encuentro.
Y al final, el primer capítulo del Evangelio se escribe en “ver dónde vive Dios y quedarse con él aquel día”.

Es el Evangelio en que Dios pregunta “qué buscamos”.
Es el Evangelio en el que los hombres preguntan “dónde estás, dónde vives”.
Es el Evangelio donde, por primera vez, hombres y Dios comparten juntos un mismo día: “y se quedaron con él aquel día”.

Un Evangelio que comienza con un Dios que “pasa”.
Un Evangelio que comienza con unos hombres que “le siguen”.
Un Evangelio que comienza con la búsqueda de Dios.
Un Evangelio que comienza con el quedarse los hombres compartiendo con Dios.

Estamos demasiado habituados a leer el Evangelio en los libros.
Estamos poco habituados a leer el Evangelio de los caminos.
Estamos demasiado habituados a leer el Evangelio escrito.
Estamos poco habituados a leer el Evangelio escrito con los pies.
Estamos demasiado habituados a hablar del Evangelio con palabras.
Y es preciso que aprendamos a hablar del Evangelio escrito con nuestros pies.
El Evangelio del Dios que camina hacia los hombres.
El Evangelio de los hombres que caminan hacia Dios.
El Evangelio de los hombres que buscan donde está Dios.
El Evangelio de los hombres que son capaces de vivir con Dios una tarde.
Es el Evangelio escrito no en papel sino “en los caminos”.
Es el Evangelio escrito no con las manos sino con los “pies de caminante”.
Es el Evangelio que nos pone en camino hacia los hombres, para encontrarnos con Dios.
Es el Evangelio que nos pone en camino hacia Dios, para encontrarnos con los hombres. “Hemos encontrado al Mesías”. Y se abre la deuda de los caminantes: “Andrés y Juan eran los que oyeron a Juan y siguieron a Jesús”. Y Andrés y Juan son los primeros en anunciar a Simón la buena noticia del Mesías.

Clemente Sobrado C. P.
www.iglesiaquecamina.com

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Bocadillos espirituales para vivir el Tiempo Ordinario: Viernes de la Primera Semana – Ciclo B

“Llegaron cuatro llevando a un paralítico y, como no podían meterlo, por el gentío, levantaron unas tejas encima de donde estaba Jesús, abrieron un boquete y descolgaron la camilla del paralítico”. (Mc 2,1-12)

Por ponerle algún título, le pondré: “el Evangelio de los camilleros”.
Tengo mis dudas de que Jesús tuviese una casa propia en Cafarnaún.
También tengo mis dudas de que las casas de aquel entonces tuviesen tejas.
Tampoco sé cómo pudieron subir una camilla al tejado. ¿Alguien les prestó unas escaleras?
Como tampoco estoy muy seguro de que los que llevaron al paralítico hubiesen retejado el techo.
Como no entiendo el por qué aquí nadie tiene nombre propio, menos Jesús. Aquí todos son anónimos. Lo cual ya nos está diciendo, de alguna manera de que, posiblemente se trate más de un relato pedagógico que propiamente histórico. Veamos:

La casa de Jesús:
¿No estará pensando en la Iglesia?
¿No estará pensando en las casas de todos los seguidores de Jesús?

Casas que tienen que tener las puertas abiertas a todos los que sufren y que incluso deben ser casas sin tejado con el tejado al descubierto para que puedan entrar en ella todos los que buscan a Jesús.

Una Iglesia abierta siempre para que cada día la ventile el viento del Espíritu y el viento de la caridad para con todos, y donde todos se sientan en su propia casa y no “en la casa de los curas”.

Flickr: brunosan

Unos camilleros anónimos:
Porque todos estamos llamados a ser camilleros de los cojos, los paralíticos, inválidos, ancianos, enfermos.
Porque nadie puede poner la excusa de que no podemos hacer nada por ellos. El verdadero amor es creativo y atrevido.
“Creativo”, porque ¿a alguien se le ocurre subirse al tejado con un paralítico?
“Atrevido”, porque ¿a alguien se le viene a la cabeza destejar una casa para meter a alguien dentro?

El amor es creativo, es atrevido.
El amor al hermano necesitado no mira los obstáculos.
El amor al hermano no se detiene ante las dificultades.
El amor al hermano ve posible donde el egoísmo ve imposibles.
El amor al hermano ve oportunidades donde el egoísmo ve solo estorbos.
Así lo entendió San Pablo cuando escribe: “El amor todo lo excusa. Todo lo cree. Todo lo espera. Todo lo soporta”. Digámoslo más simplemente: “El amor todo lo puede”. (1Co 13,7)

El cristiano está llamado, a no refugiarse en las dificultades, sino a buscar siempre las posibilidades.
El cristiano tiene que ser de los que nunca se echa atrás cuando se trata de echar una mano al pobre, al necesitado, al enfermo, al que sufre. Para él siempre hay caminos.

Aún recuerdo cuando allá por los años noventa motivé a un grupo de jóvenes para que sus vacaciones no fuesen solo playa y diversión y que había muchos ancianos que posiblemente ya se había olvidado de que existían las playas. Y como los jóvenes cuando se les prende la chispa de la generosidad son capaces de hacer milagros, lograron que la Seguridad Social y otros Centros de Salud les prestasen sillas de ruedas. El papá de uno de ellos tenía un microbús, se organizaron de tal modo que lograron llevar un día a la playa a cuarenta y nueve ancianos de un Asilo. Lleno de gozo les llamé “los camilleros del Evangelio”.

Las necesidades son muchas.
Los paralíticos de la soledad son muchos.
Los que sufren necesidad son muchos.
Y las respuestas frecuentemente suelen ser “no se puede y además es imposible”.
Nada había imposible para Jesús.
Nadie puede ser imposible para el que ama, para el que quiere.
La excusa del “no se puede” y del “no puedo”, no son sino cortinas que ocultan y esconden nuestras perezas y nuestras faltas de amor.

Clemente Sobrado C. P.

Bocadillos espirituales para vivir el Tiempo Ordinario: Jueves de la Primera Semana – Ciclo B

“Se acercó a Jesús un leproso, suplicándole de rodillas: “Si quieres puedes limpiarme”. Sintiendo lástima, extendió la mano y lo tocó, diciendo: “Quiero, queda limpio”.La lepra se le quitó inmediatamente”. (Mc 1,40-45)

Dos que deciden actuar contra la Ley.
El leproso que se acerca a Jesús.
Jesús que extiende su mano y le toca y lo limpia.
Algunos comentaristas traducen el “sintió lástima”, por “se enfadó”, se le “subió el indio” diríamos nosotros en el Perú. Creo que ambas versiones pueden ser válidas:
“Sintió lástima” de la condición de leproso.
“Sintió lástima” de ver la soledad y marginalidad en la que vivía.
“Se enfadó” por la intransigencia de quienes en nombre de Dios, le excluían, le marginaban, le consideraban como un apestado condenado a vivir lejos de la sociedad, lejos del templo, lejos de todo y de todos.

Flickr: Elin B

A Dios le duele que le utilicen para excluir y marginar en su nombre a los que sufren.
A Dios le duele que le utilicen para justificar una religión rigorista que excluye y margina a aquellos que nos estorban.

Hoy, que tanto hablamos de derechos humanos y de la dignidad de la persona humana:
¡Cuantos marginados existen en nuestras ciudades!
¡Cuántos marginados existen en nuestras familias!
¡Cuántos marginados existen en la misma Iglesia!
¡Marginados por la lepra de la pobreza y la miseria!
¡Marginados por la lepra de la ancianidad y de la vejez!
¡Marginados por la lepra de no pensar como uno!
Marginados por la lepra de la libertad de decir lo que otros también piensan pero por miedo callan!

Y son precisamente esos excluidos y marginados los que nos piden a gritos:
Una mano amiga que los toque, que se pose bondadosa en su cabeza, que les regale una palmadita en la espalda.
Una mano amiga que agarre cariñosamente la suya y los levante.
Una mano amiga que se extienda amablemente para dialogar fraternalmente con ellos.
Personalmente nunca he visto a un leproso del cuerpo.
Sí me ha tocado ver y tocar a muchos leprosos del alma.
Recuerdo aquella viejecita que vivía sola porque los hijos solo venían a verla por el “Día de la Madre” y unos vecinos me pidieron la visitase. Al llegar, lo primero que se me ocurrió espontáneamente fue saludarla con un beso diciéndole: “¡Cómo está esta preciosura!”
Sonriendo, me miró fijamente y me dice: “¡Cuánto tiempo que nadie me saluda con un beso y me llama preciosura!” “Usted es un santo”. Le agradecí el piropo de Santo diciéndole “ojala que Dios piense como usted”.
Aquel día la viejecita creo que disfrutó lo que solo Dios sabe.

“Tocar”, “tomar de la mano”, una “palmadita” cuánto bien nos hace a todos, pero sobre todo a los excluidos y marginados. Por eso se dice de Jesús que, con frecuencia “tocaba a los enfermos”, los “tomaba de la mano y los levantaba”.

Dios no excluye a nadie.
Dios no margina a nadie.
Dios no teme el contagiarse ni del sida ni de la lepra.
Dios es el que siempre tiende la mano.
Jesús mismo no tuvo ascos de convertirse legalmente en un leproso, hasta el punto de que, desde entonces, “ya no podía entrar abiertamente en ningún pueblo, se quedaba fuera, en descampado”.
Dios es el que siempre tiene sus brazos abiertos a los que sufren y a los pecadores.

“Excomulgar” es una de las palabras que nunca me gustaron en la Iglesia.
Por una “excomunión” se dio el cisma del Oriente.
Por una “excomunión” se dio la ruptura protestante.
¿No se hubiesen podido evitar con un apretón de manos o con un abrazo de invitación a la comunión?
¿No es la Iglesia “sacramento de comunión”?
¿No es la Iglesia “sacramento del pan y del vino”?
¿No es la Iglesia “sacramento del abrazo”?
¿No es la Iglesia el “sacramento de Padre del hijo pródigo”?

Clemente Sobrado C. P.