“Maestro, hemos visto a uno que echaba demonios en tu nombre, y se lo hemos querido impedir, porque no es de los nuestros” Jesús respondió: “No se lo impidáis, porque uno que hace milagros en mi nombre no puede hablar mal de mí. El que no está contra nosotros está a favor nuestro”. (Mc 9,38-40)
Ahora entiendo por qué Dios no va al fútbol.
Porque armaría todo un lío.
Si es de nuestro equipo perfecto.
Pero, si es del otro equipo está frito.
Los del otro equipo le rechiflarían y tendría que salir con la policía.
¡Cuánto nos cuesta aceptar el bien que hacen los otros, si no piensan como nosotros!
¡Cuánto nos cuesta aceptar el bien que hacen los otros, si no son de nuestra Iglesia!
¡Cuánto nos cuesta aceptar el bien que hacen los otros, si no son creyentes!
Nos encanta levantar muros entre nosotros.
¡Con lo maravilloso que es tender puentes!
Nos encanta levantar muros que dividen.
¡Con lo maravilloso que es derribar todo lo que separa!
Hablamos mucho de la familia humana.
Pero cuántas grietas y cuantos muros de separación.
Nos separa el color de la piel.
Nos separa nuestra condición social.
Nos separa la política.
Nos separa la economía.
Nos separa incluso la religión.
¡Cuántos siglos hemos vivido divididos y enemistados con nuestros hermanos separados!
¡Cuántos insultos entre las distintas Iglesias!
¡Cuánto odio incluso hoy entre las distintas confesiones y religiones!
¿A caso no leemos los periódicos?
¡Cuántos muertos por atentados con coches bomba en las Iglesias!
Algo parecido les sucedía a los Discípulos.
“Hemos visto a uno que hacía milagros en tu nombre, y se lo hemos prohibido”.
¿Razón? “No es de los “nuestros”.
Es dura, pero qué cierta es la frase de Martini: “A veces los no creyentes están más cerca de nosotros que muchos de nosotros entre nosotros mismos”.
Y sin embargo:
¡Cuánta bondad hay fuera de la Iglesia!
¡Cuánta justicia hay fuera de la Iglesia!
¡Cuánta comprensión hay fuera de la Iglesia!
¡Cuanta caridad (bueno nosotros la llamaríamos filantropía) hay fuera de la Iglesia!
¡Cuántos luchan por construir la paz y no son de la Iglesia!
¡Y hasta es posible que no tengan fe en Dios!
Pero, aún ellos tienen un gran corazón.
Dios envía el sol para todos: buenos y malos.
Dios envía la lluvia para los creyentes y los que no creen.
Dios también ama incluso a aquellos que no creen en él.
Dios no es excluyente.
Dios es incluyente.
Dios no divide sino que une.
Estoy seguro que muchos que parece que “no son de los nuestros”, son realmente “de los nuestros”.
Los que dieron de comer, vistieron a los desnudos, visitaron a los enfermos, no lo hicieron pensando en Dios, sino por amor a los hombres.
En el fondo, creían en un Dios que desconocían.
En el fondo, amaban a un Dios que ignoraban.
En el fondo, amaban a Dios encarnado y oculto en los más necesitados.
Podemos pensar distinto. Pero no por eso tenemos que excluirnos.
No tenemos la exclusiva de la verdad. También los demás piensan.
Podemos tener criterios diferentes. No por eso nos tenemos que marginarnos.
¿A caso en la misma Iglesia todos pensamos lo mismo?
¿A caso en la misma Iglesia todos tenemos los mismos criterios?
¿No ha habido en la Iglesia distintas “escuelas de teología”.
Lo distinto no debe excluir a nadie.
La distinto puede ser una fuente de enriquecimiento mutuo.
Jesús nos dejó como mandato: “amos los unos a los otros”.
Y no dijo “armaos los unos contra los otros”.
Y no olvidemos que, los preferidos de Jesús, fueron siempre los marginados por los buenos.
Al que hace el “bien” “no se lo prohibáis”. También en él está actuando la gracia de Dios.
Clemente Sobrado C. P.








