Bocadillos espirituales para vivir el Tiempo Ordinario: Miércoles de la 7 a. Semana – Ciclo C

“Maestro, hemos visto a uno que echaba demonios en tu nombre, y se lo hemos querido impedir, porque no es de los nuestros” Jesús respondió: “No se lo impidáis, porque uno que hace milagros en mi nombre no puede hablar mal de mí. El que no está contra nosotros está a favor nuestro”. (Mc 9,38-40)

Ahora entiendo por qué Dios no va al fútbol.
Porque armaría todo un lío.
Si es de nuestro equipo perfecto.
Pero, si es del otro equipo está frito.
Los del otro equipo le rechiflarían y tendría que salir con la policía.

¡Cuánto nos cuesta aceptar el bien que hacen los otros, si no piensan como nosotros!
¡Cuánto nos cuesta aceptar el bien que hacen los otros, si no son de nuestra Iglesia!
¡Cuánto nos cuesta aceptar el bien que hacen los otros, si no son creyentes!

Nos encanta levantar muros entre nosotros.
¡Con lo maravilloso que es tender puentes!
Nos encanta levantar muros que dividen.
¡Con lo maravilloso que es derribar todo lo que separa!

Hablamos mucho de la familia humana.
Pero cuántas grietas y cuantos muros de separación.
Nos separa el color de la piel.
Nos separa nuestra condición social.
Nos separa la política.
Nos separa la economía.
Nos separa incluso la religión.

¡Cuántos siglos hemos vivido divididos y enemistados con nuestros hermanos separados!
¡Cuántos insultos entre las distintas Iglesias!
¡Cuánto odio incluso hoy entre las distintas confesiones y religiones!
¿A caso no leemos los periódicos?
¡Cuántos muertos por atentados con coches bomba en las Iglesias!

Algo parecido les sucedía a los Discípulos.
“Hemos visto a uno que hacía milagros en tu nombre, y se lo hemos prohibido”.
¿Razón? “No es de los “nuestros”.
Es dura, pero qué cierta es la frase de Martini: “A veces los no creyentes están más cerca de nosotros que muchos de nosotros entre nosotros mismos”.

Y sin embargo:
¡Cuánta bondad hay fuera de la Iglesia!
¡Cuánta justicia hay fuera de la Iglesia!
¡Cuánta comprensión hay fuera de la Iglesia!
¡Cuanta caridad (bueno nosotros la llamaríamos filantropía) hay fuera de la Iglesia!
¡Cuántos luchan por construir la paz y no son de la Iglesia!
¡Y hasta es posible que no tengan fe en Dios!
Pero, aún ellos tienen un gran corazón.

Dios envía el sol para todos: buenos y malos.
Dios envía la lluvia para los creyentes y los que no creen.
Dios también ama incluso a aquellos que no creen en él.
Dios no es excluyente.
Dios es incluyente.
Dios no divide sino que une.

Estoy seguro que muchos que parece que “no son de los nuestros”, son realmente “de los nuestros”.
Los que dieron de comer, vistieron a los desnudos, visitaron a los enfermos, no lo hicieron pensando en Dios, sino por amor a los hombres.
En el fondo, creían en un Dios que desconocían.
En el fondo, amaban a un Dios que ignoraban.
En el fondo, amaban a Dios encarnado y oculto en los más necesitados.

Podemos pensar distinto. Pero no por eso tenemos que excluirnos.
No tenemos la exclusiva de la verdad. También los demás piensan.
Podemos tener criterios diferentes. No por eso nos tenemos que marginarnos.
¿A caso en la misma Iglesia todos pensamos lo mismo?
¿A caso en la misma Iglesia todos tenemos los mismos criterios?
¿No ha habido en la Iglesia distintas “escuelas de teología”.
Lo distinto no debe excluir a nadie.
La distinto puede ser una fuente de enriquecimiento mutuo.

Jesús nos dejó como mandato: “amos los unos a los otros”.
Y no dijo “armaos los unos contra los otros”.
Y no olvidemos que, los preferidos de Jesús, fueron siempre los marginados por los buenos.
Al que hace el “bien” “no se lo prohibáis”. También en él está actuando la gracia de Dios.

Clemente Sobrado C. P.

Bocadillos espirituales para vivir el Tiempo Ordinario: Martes de la 7 a. Semana – Ciclo C

“Llegaron a Cafarnaún , y, una vez en casa, les preguntó: “¿De qué discutíais por el camino?” Ellos no contestaron, pues por el camino habían discutido quién era el más importante. Jesús se sentó, llamó a los Doce y les dijo: “Quien quiera ser el primero, que sea el último de todos y el servidor de todos”. (Mc 9,30-37)

La vida tiene sus contrastes.
Jesús dedicado ahora a los suyos.
Evita pasar por los pueblos para que la gente no se entere y lo distraiga.
Más que hablar a las gentes, ahora ha formado como su pequeña academia para formar a los suyos.

¿Tema de su formación? “El Hijo del hombre va a ser entregado en manos de los hombres y lo matarán”.
Para los discípulos el tema resulta poco interesante.
Nunca resulta interesante eso de entregar la vida por los demás.
Nunca resulta interesante eso de servir a los demás hasta dar la propia vida.
Nunca resulta interesante la fidelidad hasta la muerte.

Mucho más importante es:
¿Quién es el mayor de todos?
¿Quién es el más importante de todos?
¿Quién es el primero de todos?
¿Quién es el mandamás de todos?
¿Quién es el que se sienta en el sillón presidencial?

Dos mundos: el de Jesús y el de los Doce.
Dos caminos: el de Jesús y el de los Doce.
Dos maneras de pensar: el de Jesús y el de los Doce.
Dos escalas de valores: la de Jesús y la de los Doce.
Dos metas en la vida: la de Jesús y la de los Doce.

El aguante de Jesús resulta llamativo.
No se altera ni, como diríamos nosotros, “no se calienta”.
Hasta en esto, Jesús se revela en lo que es.
Ni siquiera les echa en cara sus ambiciones.
Maravillosa pedagogía la del amor y la de la comprensión.

No es la pedagogía que se impone por la fuerza y el castigo.
Es la pedagogía que se impone por la comprensión de las debilidades humanas.
Es la pedagogía del que ofrece pero no impone sus ideas.
Es la pedagogía del que habla al corazón para que ellos mismos tomen conciencia.
Es la pedagogía del que no trata de llenar sus cabezas de doctrinas e ideas.
Es la pedagogía del que trata de que uno mismo vaya descubriendo la verdad.
Me gusta aquella frase de Ortega cuando decía: “A mí no me den la verdad, díganme donde encontrarla”.

La convivencia humana está llena de quienes piensan distinto.
La convivencia humana está llena de quienes tienen intereses distintos.
La convivencia humana está llena de quienes tienen modos de ver diferentes.
La convivencia humana no está en que los demás piensen como yo.

Todos somos diferentes.
Cada uno tiene su cabeza que también piensa.
Cada uno tiene sus sentimientos que ven la vida con ojos diferentes.
Y no es que yo tenga que pensar como los demás.
Tampoco tengo que obligar a que todos piensen como yo.
Sino que tengo que comprender a los otros, aun sin pensar como ellos.
Tengo que respetar a los otros, por más que no acepte sus ideas.

Dios tiene una manera de pensar y nosotros otra.
Dios no por eso piensa como nosotros, pero sí respeta nuestra libertad.
Dios sabe que tenemos intereses distintos.
Y, sin embargo, nos respeta sin “calentarse”.
Dios sigue su trabajo amoroso de ganar nuestros corazones.
Pero siempre respetando nuestros sentimientos.
Podremos hacer el camino juntos, aunque separados.
Y sin embargo, Dios no nos abandona ni nos deja abandonados en el camino.
Siempre espera que lleguemos a casa para que, avergonzados de nuestro modo de ser, terminemos pensando como él.
Dios no tiene prisas en que cambiemos.
Dios sabe esperar a que algún día cambiemos.

Linda lección para cuantos queremos que todos piensen como nosotros.
Linda lección para cuantos queremos imponer nuestras ideas.
Linda lección para cuantos tenemos prisas y no sabemos esperar.

Clemente Sobrado C. P.

Bocadillos espirituales para vivir el Tiempo Ordinario: Lunes de la 7 a. Semana – Ciclo C

“Si algo puedes, ten lástima de nosotros y ayúdanos”. Jesús replicó: “¿Si puedo? Todo es posible al que tiene fe”. Entonces el padre del muchacho gritó: “Tengo fe, pero dudo, ayúdame”. Jesús al ver que acudía mucha gente, increpó al espíritu inmundo, diciendo: “Espíritu inmundo y sordo, yo te lo mando: Vete y no vuelvas a entrar en él”. Gritando y sacudiéndolo violentamente, salió”. (Mc 9,14-29)

“Todo es posible al que tiene fe”.
Nada podemos hacer sin fe.
Necesitamos tener fe en Dios.
Necesitamos tener fe en nosotros mismos.
Necesitamos tener fe en los demás.
Necesitamos tener fe en las posibilidades de Dios en nosotros.
Necesitamos tener fe en nuestras posibilidades.
Necesitamos tener fe en las posibilidades de los demás.

Decimos que:
Está en crisis nuestra fe en Dios.
Está en crisis nuestra fe en los demás.
Pero, tal vez, la mayor crisis esté en nosotros mismos.

Nos cuesta fiarnos plenamente de Dios.
Nos cuesta confiar plenamente en Dios.
Nos cuesta abandonarnos plenamente en Dios.
Porque nuestra fe, con frecuencia es demasiado débil.
Porque, con frecuencia, las cosas no salen como nosotros quisiéramos.

Tenemos fe.
Pero, como el padre del muchacho enfermo, necesitamos gritar cada día:
“Tengo fe, pero dudo, ayúdame”
Ayúdanos a purificar nuestra fe.
Ayúdanos a abandonarnos más en nuestra fe.
Ayúdanos a fiarnos más de nuestra fe.

“Ayúdanos a creer más en nosotros mismos”.
No porque los demás nos alaben.
No porque los demás nos admiren.
No porque los demás hablen bien de nosotros.
Sino porque:
Creemos en nosotros mismos.
Creemos en lo que tú haces en nosotros.
Creemos en las posibilidades de ti en nosotros.
Creemos porque sabemos que tú actúas en nosotros.
Tener fe en nosotros no es orgullo.
Tener fe en nosotros no es vanidad.
Tener fe en nosotros no es presunción.
Es tener fe en todos los dones que tú mismo nos has regalado.

“Ayúdanos a creer más en los demás”
Que creamos en ellos como creemos en nosotros.
Que tengamos fe en ellos como en nosotros.
Para anunciar el Evangelio a los demás, es preciso tener fe en ellos.
Para ayudarles a crecer, es preciso tener fe en ellos.
Para ayudarles a vivir con alegría, es preciso sientan que creemos en ellos.

Demasiadas santidades fracasan, porque nos falta fe en Dios.
Demasiadas santidades fracasan, porque nos falta fe en nosotros mismos.
Demasiadas santidades fracasan, porque nos falta fe en los demás.

Nadie siembra si no tiene fe en los granos de trigo.
Nadie cosecha si no tiene fe para sembrar.
Nadie trabaja si no tiene fe en lo que hace.
Nadie da la vida a un hijo si no tiene fe en él.

Señor, sabemos que tenemos fe, pero, con frecuencia, es demasiado pobre.
Señor, sabemos que tenemos fe, pero, también nosotros dudamos.
Señor, ayúdanos a creer más en Ti.
Señor, ayúdanos a creer más en nosotros.
Señor, ayúdanos a creer más en los que nos rodean.

Clemente Sobrado C. P.

Bocadillos espirituales para vivir la Pascua: Pentecostés – Ciclo C

“Si me amáis, guardaréis mis mandamientos. Yo le pediré al Padre que os dé otro defensor, que esté siempre con vosotros. Y vendremos a él y haremos morada en él”. (Jn 14,15-16.23-26)

Fuente: Kamiano

El acontecimiento de Pentecostés marca el final del tiempo pascual.
Y marca el acontecimiento de la obra de Dios en nosotros.
Pentecostés es el último retoque y el último detalle de la obra de Dios en nosotros.
Lo que comenzó con aquel “hagamos al hombre a imagen y semejanza nuestra”, llega hoy a su plenitud con el don del Espíritu Santo.
Aquí termina la primera creación.
Aquí comienza la creación definitiva o “nueva creación”.

Comenzamos por ser “imagen y semejanza” de Dios.
Y terminamos siendo “morada de Dios”.
Y terminamos compartiendo la vida misma de Dios.
“y vendremos a él y haremos morada en él”.

Jesús hace un juego más que de palabras, un juego de realidades.
Amar es “guardar sus mandamientos”.
Amar es “guardar mi palabra”.
Amor y palabra de Dios caminan juntas.
No amar es no guardar sus palabras.
“Vino a su casa, y los suyos no le recibieron.
Pero a todos los que la recibieron les dio poder de hacerse hijos de Dios,
A los que creen en su nombre”;
“Y la Palabra se hizo carne y puso su Morado entre nosotros,
Y hemos visto su gloria, gloria que recibe del Padre como Hijo único, lleno de gracia y de verdad”. (Jn 1, 11-14)

Y ahora Juan nos dice que si le amamos (le recibimos) cumpliremos su palabra.
Y cumpliremos su palabra si le amamos.
Y pedirá al Padre que “os dé otro defensor, que esté siempre con vosotros”.
Guardar la palabra es ser amado del Padre. “Y vendremos a él y haremos morada en él”.

¿Alguien se siente solo?
¿Alguien siente la soledad de los amigos?
Tenemos unos amigos que habitan en nosotros.
¿Alguien siente la soledad de los hombres?
Tenemos al Padre y al Hijo y el Espíritu morando en nosotros.
¿Alguien siente la soledad de no sentirse amado?
Tenemos al Padre y al Hijo y al Espíritu amando dentro de nosotros.

Dios no cabe en nuestra cabeza.
Pero Dios cabe en nuestro corazón.
Nuestra cabeza es pequeña para encerrar a Dios en sus ideas.
Pero nuestro corazón es suficientemente grande para la Trinidad entera pueda vivir holgadamente dentro de nosotros.
¿Alguien siente que los demás no le hablan?
Pero dentro de nosotros tenemos la Trinidad con la que podemos hablar.

Mi casa era muy chiquita.
Y cabíamos todos.
Mi casa era chiquita.
Pero mi corazón es muy grande y amplio.
En mi casa faltaban muchas cosas.
Pero en mi corazón no falta nada porque están los tres.
En mi casa había muchas carencias.
Pero en mi corazón no falta nada está hasta rebosar de vida.

Todavía no entiendo cómo tantos pueden caber en mi corazón.
Todavía no entiendo cómo tantos pueden habitar en él.
Todavía no entiende cómo mi corazón que parece tan pequeño, es capaz de hacer “morada del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo”.
Son ellos los que lo amplían.
Son ellos los que lo hacen tan grande como el cielo.

Por eso, para encontrarme con el Padre y el Hijo y el Espíritu Santo, no necesito salir de mí.
Para hablar con ellos no necesito salir de mí.
Para encontrarme con ellos no necesito salir de mí.
Para orar ya no necesito salir de mí.
Me basta una sola cosa: entrar dentro de mí y encontrarme con ellos.

¿Hay algo más bello y hermoso que el corazón humano “morada de Dios”?
Mira el tuyo y te sorprenderás.
Mira el tuyo y no tendrás ganas de buscar fuera.

Clemente Sobrado C. P.

Bocadillos espirituales para vivir la Pascua: Sábado de la 7 a. Semana – Ciclo C

“Pedro, volviéndose, vio que los seguía el discípulo a quien Jesús tanto amaba… Al verlo, Pedro dice a Jesús: “Señor, y este, ¿qué?” Jesús le contesta: “Si quiero que se quede hasta que yo venga, a ti, ¿qué? Tú, sígueme”. (Jn 21,20-25)

Da gusto la vida cuando uno deja de pensar solo en sí mismo.
Da gusto la vida cuando uno piensa también en los demás.
La verdadera alegría nos viene de rebote.
La verdadera alegría nos viene cuando nos preocupamos de los otros.
La verdadera alegría nos viene cuando vemos felices a los otros.

¡Cómo has cambiado, Pedro!
Ya aprendiste la lección de olvidarte de ti y pensar en los demás.
Ya aprendiste la lección de “amar más que los demás”.
Ya aprendiste la lección apacentar a los demás.
Ahora, te olvidas de ti y piensas en tu hermano.
“Señor, ¿y éste qué?”

Está bien todo lo que me pides a mí.
Está bien todo lo que me prometes a mí.
Pero, ¿cómo le va a ir a mi hermano Juanito?
Sí, a ese que tú tanto querías.
Sabes, Señor, aun no salgo de mi asombro:
Yo que fui tan rudo en no querer aceptar tu mensaje.
Yo que te negué tres veces.
Y a mí me pones al frente.
¿No se lo merecía más el “discípulo tuyo predilecto”?
Señor, tienes cada cosa…

Está bien, Pedrito, que te preocupes de tu amigo y mi amigo Juan.
Por ahí se comienza.
Comienzas bien.

Pero, ahora lo principal es no tratar de saber qué pasará con El.
Ahora lo importante es lo que pasará contigo.
Y ya lo sabes: “¡Tú sígueme!”.

Porque es siguiéndome:
Que el amor se irá adueñando de ti.
Que el amor se fortalecerá ti.
Que el amor se hará vida en ti.
Que el amor te hará vivir para los demás.

Por eso necesitas “seguirme”.
Un seguirme que es parecerte cada vez más a mí.
Un seguirme que es pensar como yo pienso.
Un seguirme que es tener los mismos valores que yo.
Un seguirme que es hacer cada día la voluntad del Padre.
Un seguirme que es ser fiel cada día a la misión del Padre.
Un seguirme que es ser fiel hasta dar también tu vida.
Un seguirme que ha de ser la norma y criterio meta de tu vida.
Un seguirme que es configurarte cada día conmigo.

Solo “siguiéndome”:
Podrás apacentar a mis ovejas.
Podrás pastorear y no mandar a mis ovejas.
Podrás ir delante de ellas guiándolas y no empujándolas con tu cayado.
Podrás ir delante de ellas y ellas te seguirán y escucharán también tu voz.
Para eso te llamé: para que me siguieras.
Para eso te pedí dejases tus redes y tu barca: para que me siguieras.
De la suerte y la vida de los demás ya me encargo yo.
Cada uno tendréis vuestro camino.

Clemente Sobrado C. P.

Viento a toda vela

Pentecostés – Ciclo C

Flickr: lars hammar

“Señor, hoy o mañana…el barco está ya listo
Y solo espera tu orden para poder zarpar;
Las gentes del contorno atónitos me han visto
Cogiendo de la playa las redes y las velas tendidas a secar.
¡Señor, cuando tú quieras!… ¿A dónde irá la nave?
¡Lo ignoro, mas tus brazos abiertos siempre están Luché, sufrí, mi vida fue igual a la del ave
Errante y solitaria que cruza por las olas que vienen y se van.
Azul el mar tranquilo, azul también el cielo.
La lona empieza a inflarse con un leve rumor.
Señor, cuando tú quieras agitaré el pañuelo
A los que deja el barco sobre la playa negra del mar y del dolor”.
(Ricardo Nieto: Sicut navis)

Me han gustado estos versos de Ricardo Nieto, precisamente en este día de Pentecostés. Porque es el día en el que Jesús desamarra las barcas de nuestras vidas y las envía a navegar por el mundo.
Y no es que El se quede en la orilla viéndonos navegar movidos por el viento del Espíritu, sino que también él viaja en nuestras barcas.

Un día ordenó a sus discípulos a abandonar sus barcas y sus redes y los peces.
Y hoy nos regala la nueva barca que es la Iglesia, para que vayamos a anunciar y proclamar su Evangelio.

No vamos de pesca.
Vamos de anunciadores y proclamadores de la Buena Noticia de Dios.
Vamos de testigos que, con el fuego del Espíritu queremos sentimos que arde nuestro corazón y queremos encender el corazón del mundo.
Vamos de caminantes, empujados por el viento del Espíritu esparcidos por el mundo sin fronteras.
Es el momento en el que el Espíritu infla las lonas de la barca de la Iglesia y la contempla como navega en busca de nuevos faros que nos señalan la dirección y la meta.

El fuego de Pentecostés:
Ha quemado en nosotros nuestros individualismos.
Ha quemado en nosotros nuestros miedos.
Ha quemado en nosotros nuestras indiferencias.
Ha quemado en nosotros nuestras marginaciones.
Ha quemado en nosotros nuestros partidismos.
Ha quemado en nosotros nuestros pequeños nacionalismos.
Y ha ensanchado nuestros corazones para que entren todos en ellos.
Y ha ensanchado nuestras mentes para no encerrarnos en nuestras ideas.
Y ha ensanchado nuestros pequeños horizontes.
Y ha ensanchado nuestras pequeñas fronteras por un mundo sin fronteras.

El fuego de Pentecostés:
Ha encendido el fuego del amor en nuestros corazones.
Ha encendido el fuego del amor para amar a todos nuestros hermanos.
He encendido el fuego del amor para sentirnos todos una misma Iglesia.
Ha encendido el fuego del amor para sentirnos todos una misma comunidad.
Ha encendido el fuego del amor y la preocupación para que todos conozcan el Evangelio.
Ha encendido el fuego del amor y el compromiso por todos aquellos que nos necesitan.

El viento de Pentecostés:
Ha puesto alas a nuestros espíritu.
Ha puesto alas a nuestros pies para lanzarnos por los caminos del mundo.
Ha puesto alas a nuestras vidas para que no nos quedemos sentados cómodamente.
Ha puesto alas a nuestros sueños para que soñemos un mundo nuevo.
Ha puesto alas a nuestros sueños para que soñemos un mundo de hermanos.
Ha puesto alas a nuestros sueños para que soñemos un mundo que sea tu Reino.
Ha puesto alas a nuestros sueños para que soñemos un mundo donde todos seamos iguales.
Ha puesto alas a nuestros sueños para que soñemos un mundo de justicia para todos.
Ha puesto alas a nuestros sueños para que soñemos un mundo sin hambre.
Ha puesto alas a nuestros sueños para que soñemos un mundo donde todo hombre y mujer sienta respetada su dignidad humana.

“Señor, hoy o mañana…el barco está ya listo
Y solo espera tu orden para poder zarpar;
Las gentes del contorno atónitos me han visto
Cogiendo de la playa las redes y las velas tendidas a secar.
¡Señor, cuando tú quieras!… ¿A dónde irá la nave?
¡Lo ignoro, mas tus brazos abiertos siempre están!
Luché, sufrí, mi vida fue igual a la del ave
Errante y solitaria que cruza por las olas que vienen y se van.
Azul el mar tranquilo, azul también el cielo.
La lona empieza a inflarse con un leve rumor.
Señor, cuando tú quieras agitaré el pañuelo
A los que deja el barco sobre la playa negra del mar y del dolor.”
(Ricardo Nieto)

Porque es Pentecostés hoy y mañana.
Porque cada día es Pentecostés en nuestras vidas y en la Iglesia.

Clemente Sobrado C. P.

Bocadillos espirituales para vivir la Pascua: Viernes de la 7 a. Semana – Ciclo C

“Después de comer con ellos, dice a Simón Pedro: “Simón, hijo de Juan, ¿me amas más que estos? El le contestó: “Sí, Señor, tú sabes que te quiero”. Jesús le dice: “Apacienta mis corderos”. Por segunda vez le pregunta: “Simón, hijo de Juan, ¿me amas?” El le contestó: “Sí, Señor, tú sabes que te quiero”. El le dice: “Pastorea mis ovejas”. Por tercera vez le pregunta: “Simón, hijo de Juan, me ¿me quieres?” Se entristeció Pedro de que le preguntara por tercera vez si lo quería y le contestó: “Señor, tú conoces todo, tú sabes que te quiero”. Jesús le dice: “Apacienta mis ovejas”. (Jn 21,15-19)

Esos momentos de amistad que se suelen vivir después de las comidas, suelen ser momentos oportunos para hablar de muchas cosas, incluso suele ser el momento de los chistes.
Jesús aprovecha también ese momento, no para contar chistes, pero sí para examinar el corazón de Pedro como responsable y jefe del grupo y de la Iglesia.
Es un momento íntimo.
Es un momento de relajación de las tensiones.
Es un momento oportuno para decirnos cosas y hacernos preguntas.
En mi tierra hay un refrán que dice: “Cuando quieras pedir algo a tu padre, espera a que coma bien, y beba mejor, y luego después del café, hazle tu pedido y verás que te lo concede”.

No sé si en esa comida de Jesús habría café.
Pero sí era un momento oportuno para hablar distensionados y con naturalidad.
Es que el comer juntos compartiendo el mismo pan como que nos libera a todos.
Y es ahí donde Jesús examina a Pedro.
Tres preguntas.
Pero las tres son iguales.
Jesús no pregunta por sus cualidades organizativas del grupo.
Jesús no pregunta por sus cualidades de jefe planificador.
Jesús pregunta una sola cosa, la que es esencial para todo seguidor y para toda la Iglesia.
Jesús pregunta por el amor.
Y no sobre ¿qué es o qué entiende por amor, que ahí somos especialistas?
Pregunta: “¿Me amas?”
Y aún añade: ya que vas a ser el pastor de mi rebaño, “¿me amas más que estos?”

Todos tenemos que amar.
Pero lo que tiene que distinguir a los Pastores Jefes de la Iglesia es “amar más que todos”.
Lo que tiene que distinguir al Papa es: “¿Es el que más ama en la Iglesia?”
Lo que tiene que distinguir al Obispo es: “¿Es el que más ama en la Diócesis?”
Lo que tiene que distinguir al Párroco es: “¿Es el que más ama en la Parroquia?”
Lo que tiene que distinguir a los Superiores de las comunidades es: “¿Es el que más ama de la comunidad?”

El mejor Papa no es el que más poder tiene en la Iglesia sino el que más ama.
El mejor Obispo no es el que más poder tiene la Diócesis sino el que más ama.
El mejor Párroco no es el que más poder tiene en la Parroquia sino el que más ama.
El mejor Superior no es el que más poder tiene en la Comunidad sino el que más ama.

La razón es clara:
Su misión es apacentar a los fieles.
Su misión es pastorear a los fieles.
Es decir, su misión es:
Que los fieles vivan con alegría y felicidad.
Que los fieles tengan vida.
Y no hay vida sin amor.
Y no hay vida si el pastor no entrega la suya.
Y no hay vida donde no entregamos nuestra vida.
Y no entregamos nuestra vida donde no hay un más grande que el del resto.

Señor: Te pido que la Iglesia esté bien organizada y planificada.
Señor: Te pido que, por encima de todo, sea una Iglesia de amor.
Señor: Te pido que, todos nos amemos.
Señor: Te pido que, sobre todo seamos más amados que gobernados.

Clemente Sobrado C. P.