Bocadillos espirituales para vivir la Semana Santa: Viernes Santo – Ciclo A

Pasión del Señor

“Tengo sed”. (Jn 19, 28)

- Señor, ¿de qué tienes sed? ¿Cuál es tu verdadera sed? ¿Quieres decirme que tu sangre te quema por dentro porque estás deshidratado? Eso es comprensible por todo lo que ha sucedido desde la noche de ayer. ¿Pero es ésa tu verdadera sed? ¿No hay algo más hondo en ese grito de tu corazón?

- Un día, sentado junto al pozo de Jacob, le pediste de beber a una mujer. Y terminaste por olvidarte de tu sed y Tú mismo te hiciste agua viva en su corazón femenino. Ahora, en tu Cruz, vuelves a tener sed. Y terminarás dándonos las últimas gotas que te quedaban de agua y sangre, cuando tuvimos la osadía de punzar tu corazón ya muerto.

- En el corazón humano hay muchas maneras de tener sed. Hay quienes están pidiendo un vaso de agua. Pero hay quienes están pidiendo un poco de amor, de comprensión, de compañía. Hay quienes están sedientos de un poco más de sentido en sus vidas.

- Demasiado has sufrido para que ahora te quejes de tu falta de agua. En tu corazón hay algo mucho más profundo. Estás muriendo y ves florecer las primeras semillas de tu Reino. Pero también sabes que demasiados corazones siguen aún cerrados a tus invitaciones. Todavía quedan demasiadas resistencias en el corazón humano al Evangelio que les ofreces como Buena Noticia de sus vidas.

- Morir no es un problema para ti. Pero ver la inutilidad de tu muerte, te angustia el corazón. Tu sed es de corazones, sed de almas. Sed de hombres que se dejen ganar por tu amor redentor. Es la sed del Reino la que te quema por dentro. Es la sed del hombre nuevo la que arde dentro. Es la sed de que el amor del Padre no se pierda y no sea inútil en la vida de los hombres. No te importa dejarte morir. Te importa que tu muerte no sea inútil. Que no tengas que morir inútilmente, porque los hombres siguen empeñados en negarse a creer en el amor.

Hay quienes satisfacen su sed con un poco de agua. Pero tu sed sólo será satisfecha cuando el reinado de Dios sea una realidad en el corazón de los hombres.
“Dios mío. Dios mío. ¿por qué me has abandonado?” (Mc 15, 34)

- Es terrible sentirse solo. Sentir que no hay nadie a tu lado. La soledad encoge el espíritu y lo ahoga. Pero más terrible tiene que ser sentir el silencio de Dios en la vida. Duele el silencio de los hombres. Pero el silencio de Dios ahoga.

En el Calvario se oyen demasiadas voces. Pero todas son voces humanas, que a la hora de morir no dicen nada, no significan nada. ¿Y Dios? ¿Dónde está Dios en la muerte de Jesús? ¿No había puesto Él toda su confianza en el Padre? ¿Y dónde está ahora el Padre? Ahora que todo le ha fallado, que todo lo tiene en contra, ¿dónde está el Padre? El Padre calla. No tiene voz. Sólo se escucha su silencio.

Jesús comenzó su experiencia con los hombres mezclándose con ellos, metiéndose en la fila de los pecadores que buscaban su purificación en el bautismo de Juan. ¿Será que ahora Jesús debe hacer la experiencia del silencio de Dios en la historia del pecado? ¿Será que el Reino de Dios hay que construirlo en medio del griterío humano que se resiste y el silencio misterioso de Dios que calla?

- Eres la verdad y te acusan de mentiroso. Y Dios calla. Eres la vida y te están quitando la vida. Y Dios calla. Eres el camino y aquí no se ven caminos, todo parece condenado al fracaso. Y Dios calla. La semilla que se siembra en la tierra necesita un tiempo de silencio, de noche oscura, de olvido, antes de brotar. ¿También en el Calvario habrá que esperar la hora de Dios? Pero mientras tanto, Dios no da la cara.

Hay momentos en la vida en los que al corazón sólo le queda gritar: ¿Dónde está Dios? ¿Existe realmente Dios? ¿Es verdad el amor de Dios? ¿Dónde está? ¿Será que Dios deja que primero triunfe el mal, el pecado, la muerte, para luego revelarse a sí mismo como lo que hay más allá del mal, del pecado y de la muerte? Señor, no entendemos tu silencio. No logramos comprenderlo. Sólo nos queda respetarlo. Pero ya que nosotros no te escuchamos a Ti, que al menos Tú puedas escuchar nuestro grito de soledad e impotencia.
“Padre, en tus manos pongo mi espíritu” (Lc 23, 46)

- Más allá de la muerte no está el vacío. Más allá de la muerte hay unas manos que esperan. Morir no es lanzarse al vacío de la nada. Morir es dejarse caer en las manos invisibles del Padre. La muerte de Jesús nos habla de trascendencia. Su muerte no es el final, sino la puerta de salida a lo que está más allá, al otro lado.

La muerte de Jesús no es morir sino un dejarse morir. No sufre la muerte sino que Él mismo activa la muerte en Él. Muere viviendo. “En tus manos, pongo mi espíritu”. No se tiene miedo a la muerte cuando se ha vivido por encima de la muerte. Para seguirle a Él, puso como condición haber vencido los miedos a la muerte. Estar dispuestos a jugarse todas las cartas, hasta la propia vida.

Dios habla callado durante las horas de agonía. Y sigue callado. Sin embargo sigue vivo en el corazón de Jesús. Sabe que el Padre calla. Pero está ahí. Sabe que el Padre no hace nada. Pero está ahí con las manos extendidas. Sabe que el Padre no da la cara. Pero está.

- Vino del Padre. Vivió en el Padre. Y vuelve al Padre. Es la historia de cada vida. Nuestras raíces se ahondan en el corazón del Padre. Nacimos de un pensamiento del corazón de Dios. Dios piensa con el corazón. Estamos llamados a vivir la experiencia gozosa de ser “hijos del Padre” por la gracia del Bautismo. Y nuestro horizonte vuelve a ser el Padre. Estamos de camino a la casa del Padre.

“Padre, este es mi deseo. Que aquellos que me diste estén conmigo donde yo estoy. Y contemplen mi gloria, la que me diste antes de la creación del mundo”. Esta es la oración de Jesús en la Última Cena.

Clemente Sobrado C. P.

Bocadillos espirituales para vivir la Semana Santa: Jueves Santo – Ciclo A

La Cena del Señor

“Antes de la fiesta de Pascua, sabiendo Jesús que había llegado la hora de pasar de este mundo al Padre, habiendo amado a los suyos que estaban en el mundo, los amó hasta el extremo… se levanta de la mesa, se quita el manto y, tomando una toalla, se la ciñe y se pone a lavarles los pies a los discípulos, secándoselos con la toalla. ¿Comprenden lo que he hecho con ustedes? Les he dado ejemplo, para que lo que hice con ustedes, ustedes también lo hagan”. (Jn 13,1-15)

La Ultima Cena está llena de sorpresas.
Algo así como si Jesús se guardase las últimas cartas para ese momento.
Servicio.
Amor.
Eucaristía.
Revelación de la interioridad de su corazón.

Pedro se resiste a que Jesús le lave los pies.
¿Era por humildad?
¿Era por miedo al compromiso?
Porque en realidad aún no hemos aprendido a servir a los demás.
Y tampoco a dejarnos servir.
Preferimos que los demás se hagan nuestros esclavos a que nos ofrezcan el servicio de su amor.
Y quien no se deja amar, nunca aprenderá a amar.
Lo dijo Jesús en ese entonces: “No lo entiendes ahora, lo entenderás luego”.

Nos cuesta perdonar.
Pero ¿cuánto nos resistimos a ser perdonados?
Quien no se deja cambiar interiormente por el perdón de los demás, aunque estos tengan igualmente fallos como él, nunca será capaz de entender el perdón.
La Eucaristía es el sacramento que hace presente el misterio de la Cruz.
Y ésta no es sino el servicio de gratuidad y amor de Dios al hombre.
Es por ello que vivir la Eucaristía requiere esa actitud, conciencia y vivencia del servicio.
El que no sabe servir, nunca ha vivido de verdad la Eucaristía.

Jesús instituye la Eucaristía como una nueva encarnación.
La encarnación de Dios en la pobreza de un pedazo de pan.
Instituye la Eucaristía como anuncio de su Pasión y Muerte y Resurrección:
“Cuerpo entregado”.
“Sangre derramada”.
La Eucaristía será, a partir de entonces, la prolongación histórico-temporal del misterio de la Cruz, sacramento del amor supremo de Dios. Será:

Memoria: Recuerdo. Recuerdo de un pasado que se hace presente: “Anunciamos tu Muerte, proclamamos tu Resurrección”.
Sin memoria no existe el pasado.
Sin memoria no existe la muerte de Cristo.
Los cristianos nos reunimos dominicalmente para hacer “memoria”, “recordar”, “actualizar” este acontecimiento salvífico.

Presencia: El cristianismo es la religión de la encarnación, de la presencia de Dios en medio de nosotros.
El Dios cristiano es el Dios que camina, que convive cada día con la historia de cada uno de nosotros.
La Eucaristía se celebra para hacernos sentir esta su presencia en nuestras vidas.
La Eucaristía nos sitúa a todos en esa Ultima Cena de Jesús y en su Pasión, Muerte y Resurrección.

Comunidad. La Eucaristía es lugar de encuentro.
Mesa de hermanos.
Mesa de familia.
Mesa en la que compartimos juntos el mismo pan.
Mesa en la que compartimos juntos nuestro amor.

Hoy es el día del amor fraterno.
Hoy es el día de la reconciliación.
Hoy es el día en el que tienen que desaparecer todas nuestras divisiones y resentimientos.

Hoy contemplo mis manos celebrantes y veo las manos de Jesús con el pan que se consagra y se reparte.
Como sacerdote, me siento el Jesús de la Ultima Cena.
Solo le pido:
Me dé su capacidad de servir a los hermanos.
Me dé su capacidad de convertirme en el pan que coman otros.
Me dé la capacidad de “ser pan entregado y sangre derramada” por todos.

Clemente Sobrado C. P.

Bocadillos espirituales para vivir la Semana Santa: Miércoles Santo – Ciclo A

“Os aseguro que uno de vosotros me va a entregar” (Mt 26,45-57)

Judas no tiene cara de Judas

Resulta curioso. Cuando vemos un cuadro del grupo de los doce, no resulta fácil distinguir a cada uno de ellos. Cada uno puede ser el otro. Porque nada les diferencia. En cambio todos identifican, hasta los niños, la figura de Judas.


En primer lugar todo el mundo lo identifican por la bolsa del dinero que tiene siempre en sus manos. Y luego, siempre le asignamos un rostro tan extraño que lo diferencia del resto. ¿Es realmente ese el Judas que nos describen los Evangelios?
El Judas de los Evangelios no lleva distintivo alguno. No hay ninguna cara que pueda llamarse, “la cara de Judas”. Todas las caras son de Judas. Y Judas es capaz de llevar todas las caras.

A lo largo de la vida pública, no disponemos de rasgo alguno que nos haga entender que Judas era un extraño en el grupo. Aparece como uno de tantos. Como un cualquiera de ellos. Su actitud y su comportamiento no dio lugar a crear sospechas sobre su persona. Si nos atenemos a los textos del Evangelio percibimos que Judas siempre ha sido considerado como uno más del grupo:
“Entonces, uno de los Doce, llamado Judas Iscariote…” (Mt 26,14) “Entonces, Judas Iscariote, uno de los Doce …” (Mc 14,10) “El era uno de los nuestros y obtuvo un puesto en este ministerio”. ( Hch 1,17)

Tal vez encontremos ahí el misterio de los buenos y los malos. Ni los buenos son buenos por su cara, ni los malos lo son por la suya. Uno puede llevar eso que llamamos “cara de santo”, por más que su vida tenga muy poco de santidad. Y otro puede llevar una cara un tanto extraña con una vida de verdadera santidad. La santidad como la verdad no tienen una cara especial. Porque la verdad de Judas no está en la cara, ni siquiera en las apariencias externas. La verdad de Judas, como la verdad de cualquiera, no está en la cara sino en el corazón.
No hay una cara para los ladrones.
Ni una cara para los asesinos.
Ni una cara para los infieles.
Ni una cara para los mentirosos.
Todos ellos llevan la cara de cualquiera. Lo que define al ladrón, al asesino, al infiel o al mentiroso es el corazón. Eso que no se ve y se esconde.
Es más, cuando Jesús en la Ultima Cena anuncia o denuncia la presencia de un traidor en el grupo, todos quedan sorprendidos y nadie sospecha de nadie. Juan nos ofrece una serie de detalles sobre el particular:
“Yo os aseguro que uno de vosotros me entregará” (Jn 13,21)
“Los discípulos se miraban unos a otros, sin saber de quién hablaba. Uno de sus discípulos, el que Jesús amaba estaba a la mesa al lado de Jesús. Simón Pedro le hace una seña y le dice: “Pregúntale de quién está hablando”. (Jn 13,23-30)

Incluso, cuando Judas sale fuera, abandona el grupo, ninguno de ellos sospecha que pueda ser él. Y hasta llegan a leer las palabras de Jesús en una clave de enorme respeto hacia Judas. “Como Judas tenía la bolsa, algunos pensaban que Jesús quería decirle: “Compra lo que nos hace falta para la fiesta, o que la mandaba dar algo a los pobres”. (Jn 13,29)

El corazón humano es un misterio de gracia y de pecado. Un misterio de verdad y de mentira. Un misterio difícil de comprender, incluso para uno mismo. Somos y no somos. Estamos y no estamos. Hay una presencia de nosotros que no es sino apariencia. Porque nadie está de verdad si no está su corazón. El misterio del corazón del hombre se reduce a un problema de “presencias”. O la presencia del Espíritu Santo o la presencia de la carne. O estamos habitados por el Espíritu de Dios o estamos habitados por nuestro propio espíritu que es el espíritu del mundo.

¿Qué sucedió en el corazón de Judas esa noche del Jueves Santo? Rodeado de un mundo de misterio, rodeado de un clima de bondad, de amor y salvación, y sin embargo el corazón de Judas está en otra parte. Está impermeable a la verdad que se celebra. Los cantos rodados del río, duros como el acero. Por fuera están mojados. Pero por dentro están secos. Metidos en el río, mojados por fuera y secos en su interior. Uno puede estar metido en el misterio de Dios. Aparentemente mojado del misterio. Y sin embargo, tener el corazón seco, impermeabilizado al misterio de la gracia.

La delicadeza y la ternura de Jesús no logró penetrar dentro de Judas. Incluso, la finura con la que Jesús habló de un “traidor sentado a la mesa” no logró mojar su espíritu. ¿Juzgarle? ¿Condenarle? ¿Alguien se atreve? Mejor comenzamos cada uno por mirarnos por dentro. Ahí donde se juega la suerte de cada uno de nosotros. Ahí donde está en juego nuestra libertad de abrirnos al don de Dios y nuestra libertad de encerrarnos sobre nosotros mismos. Ahí precisamente donde Dios quisiera regalarnos “un corazón nuevo”, pero donde caballerosamente respeta nuestra libertad.

Hay un dato en el Evangelio de Marcos bien significativo y que bien pudiera ser la clave de lectura para cada uno de nosotros.
“Jesús dijo: Yo os aseguro que me entregará uno de vosotros, que come conmigo. Ellos empezaron a entristecerse y a decir uno tras otro: “¿Acaso soy yo?” (Mc 14,18-19)

Todos ellos están tan ajenos a la verdad de Judas, que cada uno siente que ese posible traidor sentado a la mesa: “puedo ser yo”. Se entristecen todos. Y cada uno comienza a cuestionarse a sí mismo. Perciben que todos pueden ser traidores.
La gran verdad del hombre delante de Dios. Resulta fácil pensar que los demás son malos, que los demás son infieles. Y sin embargo, antes de pensar en los otros, la primera interrogante nace en el corazón de cada uno. Antes de pensar que el malo “eres tú”, tengo que pensar que el malo “puedo ser yo”. “¿Acaso soy yo, Señor?”

Clemente Sobrado C. P.

Bocadillos espirituales para vivir la Semana Santa: Martes Santo – Ciclo A

“Les aseguro que uno de ustedes me entregará” Entonces, apoyándose en el pecho de Jesús, le preguntó: “Señor, ¿quién es?” “Aquel a quien yo le dé este trozo de pan mojado”. Simón Pedro le dijo: “Señor, ¿a dónde vas?” “A donde yo voy tú no puedes seguirme ahora, me seguirás más tarde”. Pedro insistió: “Señor, ¿por qué no puedo seguirte ahora? Yo daré mi vida por ti”. Jesús le contestó: “¿Con que darás tu vida por mí? Pues te aseguro que antes que cante el gallo, me negarás tres veces”. (Jn 13,21-33.36-38)

Un Evangelio para tomarlo en serio.
No como una historia del pasado, sino como una realidad del presente.
En esta escena hubo mucho de hipocresía, como también mucho de autosuficiencia.
Pero que tiene el coraje de ponerlas al descubierto.

Un traidor secreto y maquillado.
Es la figura de Judas.
Aparentemente uno como los demás.
Nadie sospechaba de él.
Cuando vemos una foto de la Ultima Cena para que lo reconozcamos a Judas tienen que ponerle la bolsa en la mano, de lo contrario nadie lo reconocería.
Es que el pecado y la traición suelen maquillarse de verdad.
Judas debió de tener un maquillador de primera, pues nadie lo pudo identificar.
Aparentemente uno como el resto.

Solo que a Jesús le repugna la hipocresía.
A Jesús le repugna ese empeño de “cultivar nuestra imagen”, por más que detrás se oculte la mentira, el pecado, la traición.
Esto tuvo lugar ayer.
Pero ¿no sigue siendo realidad también hoy?
La Iglesia ha cuidado mucho su imagen ante los fieles.
Nadie nos atrevíamos a criticarla, por más que viésemos cosas que no nos gustaban.
Pero la Iglesia llevaba dentro mucha basura, mucho pus.
Fue preciso que los medios de comunicación pusiesen al descubierto lo que con tanto cuidado se trataba de ocultar.
Seguía hablando de santidad.
Pero por dentro arrastraba mucho de infidelidad y traición a sí misma.
Fue un momento doloroso, pero necesario.
Y esa no era la Iglesia que Jesús quería: no la Iglesia del “parecer” sino la Iglesia del “ser”, por más que eso hiciese caerse muchos ídolos del pedestal evangélico.

En esta Semana Santa, la Iglesia:
¿No tendrá que mirarse por dentro?
¿No tendrá que sincerarse consigo misma?
¿No tendrá que quitarse su maquillaje y aparecer tal y como es?
Y cuando hablo de Iglesia hablo de todos los que formamos la Iglesia.
Es preferible la sinceridad de la verdad que el secreto de las apariencias.

Un gallo descubrirá una negación.
El Evangelio se atreve a decir lo que nosotros no somos capaces.
Pedro, la cabeza de la Iglesia, confiesa estar dispuesto a dar su vida por Jesús.
Posiblemente hablaba con sinceridad.
Pero no reconocía su condición humana y sus debilidades.
Y Jesús no tiene reparos en hacer una confesión pública del pecado del “primer Papa”.
“Antes que cante el gallo me habrás negado tres veces”.
Hay que tener amor a la verdad para denunciar el pecado del que sería el primer Jefe y Cabeza de la Iglesia.
Hay que tener amor a la verdad para poner al descubierto el pecado del primer Papa.
Pedro se creía seguro de su fidelidad.
Y Pedro no contaba con su debilidad.
Y Jesús no tiene reparo en confesar públicamente la primera infidelidad del primer Papa.
Es que la Iglesia nunca será ella misma en la mentira.
Es que la Iglesia logrará ser ella misma siempre que viva en la verdad.
Tener miedo a la verdad es vivir en la hipocresía de la mentira.
Tener la valentía de confesar sus debilidades es la transparencia de su verdad.

La Semana Santa es la semana de la transparencia.
Revela el pecado del hombre.
Revela la verdad de Dios.
Revela el corazón mentiroso del hombre.
Revela el corazón limpio y transparente de Dios.

Clemente Sobrado C. P.

Bocadillos espirituales para vivir la Semana Santa: Lunes Santo – Ciclo A

“Seis días antes de la Pascua, fue Jesús a Betania, donde vivía Lázaro, a quien había resucitado de entre los muertos. Allí le ofrecieron una cena. María tomó una libra de perfume de nardo, auténtico y costoso, le ungió a Jesús los pies y los secó con su cabello. Y la casa se llenó de fragancia del perfume. Judas Iscariote, uno de sus discípulos, que lo iba a entregar, dice: “¿Por qué no se ha vendido este perfume en trescientos denarios para dárselos a los pobres?” Esto lo dijo, no porque le importaran los pobres, sino porque era un ladrón y como tenía la bolsa se llevaba lo que iban echando en ella”. (Jn 12,1-1-11)

Mientras unos andan buscándolo para matarlo, Jesús es acogido amistosamente en Betania, en casa de sus amigos Lázaro, Marta y María.
Faltan seis días para la Pascua.
Y a Jesús lo están buscando por todas partes.
Mientras tanto él se retira y busca el abrigo de sus amigos.

Hacer el bien tiene su mérito.
Pero también sus riesgos.
La resurrección de Lázaro es para muchos una grata invitación a seguirle.
Pero para los Jefes es todo un peligro.
Por eso Jesús anda con cuidado.
No es de los valentones provocadores.
Así comienza la Semana Santa.

Una cena con dos caras.
Una cena que es toda una lección para todos nosotros.

“María derrama una libra de perfume de nardo ungiendo los pies de Jesús”.
Una manera nueva de ver el seguimiento de Jesús.
Hasta el mejor perfume vale la pena sacrificarlo por él.
Una manera nueva de ver la religión.
Una religión vista, no como ley, sino como boda.
Una religión vista como la boda de Dios con los hombres.
Una religión vista como fiesta del amor nupcial de Dios y los hombres.
Una religión con el perfume del buen aroma de la fiesta.
Una religión con perfume de entierro pero también de pascua.

Cuando se ha descubierto la verdad de Jesús:
Poco importa sacrificar el mejor de los perfumes.
Poco importa sacrificar lo mejor que tenemos por él.
Basta recordar la parábola del “tesoro escondido”.

Importante recuperar el sentido nupcial de nuestra fe.
Los profetas lo anunciaron siglos antes.
Jesús no tiene reparo en llamarse novio.
Recuperar el sentido del desprendimiento y de la fiesta.

“¿Por qué no se ha vendido este perfume en trescientos denarios para dárselo a los pobres?”
Mientras el amor de María perfuma los pies de Jesús, allí mismo no falta quien siente pena y desilusión.
Judas no entiende se pueda derramar ese nardo tan valioso y así llenar la casa perfume.
Mientras el corazón de María arde de amor, el corazón de Judas sufre de egoísmo.
Mientras María celebra la presencia de Jesús con lo mejor que tiene, a Judas se le retuerce el corazón de pena.

No lo dice abiertamente.
Judas es de los que sabe disimular su egoísmo.
Y por eso dice que está pensando en los pobres.
Son muchos los que hablan mucho de los pobres, pero no hacen nada.
Son muchos los que dicen luchar por los pobres, pero mientras tanto engordan su billetera.
Son muchos los que dicen interesarse por los pobres, pero sin meter la mano al bolsillo.

El Evangelio mismo lo dice:
“no porque le importasen los pobres”,
“sino porque era ladrón”.
Los pobres se han convertido en bandera.
Políticos que quieren subir para servir a los pobres.
También en la Iglesia son utilizados los pobres para ganarse algunos peldaños.
Y nos olvidamos que el pecado contra los pobres es un pecado contra Dios.
Que el pecado contra los pobres es menospreciar a los pobres.

A María le bailaba el corazón de alegría por Jesús.
A Judas se le estrecha el corazón de pena por algo que se vendería muy bien.
María anuncia y celebra con anticipo la Resurrección de Jesús.
Judas manifiesta el corazón que lo traicionará por treinta cochinas monedas.

Necesitamos:
Una fe y una Iglesia que huela a perfume de nardo.
Necesitamos una Iglesia que hable de los pobres.
Pero más una Iglesia que huela a pobre.

Clemente Sobrado C. P.

Vivir la Semana Santa

Todas las semanas son santas. Pero ésta tiene un algo especial, pues recuerda la última semana de vida de Jesús, y los grandes acontecimientos de su Pasión, Muerte y Resurrección.

Bien le pudiéramos llamar la Semana de la plenitud de Dios y también de la plenitud del hombre.
Porque es el final de toda la historia de Dios con el hombre.
Siglos de historia, Dios revelándose poco a poco al hombre y descubriendo la verdadera dignidad del hombre.
Hasta entonces, Dios se había manifestado de a poquitos.
Como quien dice, Dios iba abriendo pequeñas rendijillas para dejar salir algo de sí mismo para que el hombre lo reconociese.

Pero en esta Semana Santa:
Dios se abrió del todo.
Si dijo todo.
Se dio todo.
Se entregó todo.
A partir de su muerte, Dios ya no tiene nada más que decirnos de sí mismo.
Quien se da entera, se da del todo y no tiene nada más que dar.

Ahora sí que podemos decir que Dios es “amor”, que Dios “nos ama”. “Tanto amó Dios al mundo que entregó a su Hijo único”.
Pero cuando Dios se dice entero, y se revela como amor, nos está revelando y manifestando también a nosotros en nuestra verdadera dignidad.
¿Tanto ama Dios?
Y ¿tan grande es el hombre?

La Semana Santa es la plenitud de lo humano y lo divino de Dios.
La humanidad de lo divino, llega a su más honda profundidad.
Y lo divino de la humanidad llega a la plenitud de humanidad.

La Semana Santa huele a dolor, a sangre, a clavos y a maderos.
Por eso huele a muerte.
Pero, la Semana Santa huele, sobre todo a entrega, a libertad, a fidelidad, a generosidad.
Habla de muerte, pero anunciando la vida.
Vemos muerte, pero esperando la vida.
Tocamos la muerte, para luego encontrarnos con la vida.

Porque la Semana Santa no termina en la Cruz ni en el Calvario.
La Semana Santa termina en la explosión de la vida que rompe los lazos de la muerte y se hace Pascua de Resurrección.

Por eso, es una Semana:
donde los ruidos están de sobra
y se necesita el silencio.
Porque es más lo que tendremos que escuchar que lo que tenemos que decir.
¿No podríamos regalarnos unos minutos de silencio para escuchar esa palabra hecha de muerte pero proclamando la vida?

Clemente Sobrado C. P.

Bocadillos espirituales para vivir la Semana Santa: Domingo de Ramos – Ciclo A

La fe de los sencillos

El Domingo de Ramos es la fiesta de los sencillos, de quienes necesitan expresar sus sentimientos en manifestaciones populares, simples como su propia fe y su propio corazón.

Cuando el corazón no está manchado de falsos intereses se expresa en cosas simples, pero auténticas.
Cristo dijo: “Bienaventurados los limpios de corazón, porque ellos verán a Dios”
La gente del pueblo rindió en este día su homenaje público a la divinidad de Jesús el Mesías, “el que viene en nombre del Señor”.
Tal vez no fue una fe muy ilustrada, pero era fe. Lo aceptaban y se entregaban a El.

Fue el pueblo sencillo el que abrió la semana santa, poniendo luz y calor en la figura de Jesús.
Serán luego los grandes quienes la oscurezcan en estos días.
Pero el pueblo ya ha dicho su palabra.
Volverá a callar el Viernes Santo, ya que su propia sencillez se dejará manipular por sus propios jefes espirituales.
Pero en su corazón seguirá creyendo en Jesús de Nazaret el “bendito de Dios”.

Domingo de Ramos es la confesión pública de la fe de un pueblo.
No basta creer en privado.
Hay que expresar también esa fe en la vida social, en la vida pública.
Suele existir una falta de coherencia:
entre pensamiento y vida,
entre lo privado y lo público,
entre nuestro ser y nuestro obrar.

Ramos es la reacción espontánea del pueblo y la rabia de los jefes al sentirse desbordados y no secundados por las masas.
A las masas se las pretende atar siempre a nuestros gustos y caprichos y egoísmos. Las gentes sencillas no siempre conectan con nuestras ideas abstractas.
Prefieren la sencillez y espontaneidad de un Mesías montado en un borrico.
Prefieren todo aquello que sabe a vida, que sabe a sinceridad.

Por eso es preciso ahondar nuestra fe, para no ser tan fácilmente manipulados por ideologías interesadas.
Necesitamos profundizar aquello que creemos,
conocerlo mejor,
saber dar razón de nuestra esperanza.

Es la primera vez que Jesús decide dejarse llevar del entusiasmo de la gente.
Es la primera vez que mezclado entre la gente, decide hacer su ingreso en Jerusalén provocando la ira y la rabia de los jefes.
No lo hace con signos de solemnidad sino con signos de pobreza.
No entra en carro blindado.
Tampoco en brioso caballo.
A El le basta un borrico.

¿Cómo comenzamos nosotros esta Semana Grande?
Es la Semana de Dios.
Pero también es la Semana del hombre.
En ella se revela Dios.
En ella se revela el corazón del hombre.
No la veamos como la semana de los demás.
Veámosla como “nuestra, mi” semana.
La de Jesús comenzó con cantos del pueblo-
Y terminó con el triunfo de la Resurrección.
Pero entre tanto, los hombres juzgando y condenando a Dios.

Clemente Sobrado C. P.