Bocadillos espirituales para vivir el Tiempo Ordinario: Martes de la 16 a. Semana – Ciclo A

Santa María Magdalena

“Fuera, junto al sepulcro, estaba María, llorando. Mientras lloraba, se asomó u vio dos ángeles vestidos de blanco, sentados, uno a la cabecera y otro a los pies, donde había estado el cuerpo de Jesús. Ellos le preguntaron: “Mujer ¿por qué lloras? Da media vueltas y ve a Jesús de pie, pero no sabía que era Jesús. Jesús le dice: Mujer ¿por qué lloras? ¿a quién buscas? Jesús le dice: “¡María!” Ella se vuelve y la dice: “¡Maestro!” (Jn 20,11-18)

El corazón femenino tiene sus intuiciones.
No ve nada, pero sigue buscando.
Es capaz de ver hortelanos y descubrir en ellos a Jesús.
La Magdalena tiene un corazón enamorado de Jesús.
Tiene un corazón que no se resigna a vivir sin Jesús.
Es consciente de cuánto le debe.
Es consciente de dónde la sacó.
Y su corazón no puede olvidar lo que Jesús ha hacho en ella.
No tiene miedo a la oscuridad y acude de madrugada al sepulcro.

Por algo el Papa Francisco nos dice que la Iglesia:
No puede prescindir de “genio femenino”.
La Iglesia necesita de la mujer.
Es la mujer el primer testigo de que Jesús está vivo.
No se queda mirando el sepulcro vacío.
Se dedica a buscarlo.

“Mujer, ¿por qué lloras?”
Cuando el corazón siente el vacío lo expresa en lágrimas.
Cuando el corazón siente el vacío de Jesús lo expresa en ternura.
No importa que esté muerto.
No importa lo hayan robado.
El sigue vivo en su corazón.
Llora la ausencia, porque el corazón sin El se convierte en sepulcro vacío.

Hay demasiadas lágrimas junto a los sepulcros.
Hay demasiadas lágrimas junto a los sepulcros cerrados de los cementerios.
Tal vez porque:
Aún no hemos descubierto que los sepulcros estás vacíos.
Aún no hemos creído de verdad que nuestros seres queridos tampoco están allí.
Aún no hemos creído que nuestros seres queridos también siguen vivos.
Aun no hemos descubierto que la semilla de vida que llevamos dentro, ya ha brotado en nueva vida.
No pueden ser lágrimas de desesperación.
No pueden ser lágrimas de desesperanza.
Aunque también entendemos que cuando los ojos no ven, el corazón llora.
Cuando los ojos no ven nada, el corazón se llena de vacío.

La primera señal de que ha resucitado:
Es encontrarse con El.
Es sentir que Jesús pronuncia nuestro nombre.
María volvió a la vida cuando sintió que Jesús decía su nombre.
“María”.
Recién entonces se le abren los ojos.
Recién entonces comienza a latir el corazón.
Recién entonces comienza ella a vivir.
Recién entonces comienza a ser ella misma.

Y será ella la primera en llevar la noticia a los hermanos.
“Anda, ve a mis hermanos y diles: “Subo al Padre mío y vuestro”.
La verdadera alegría pascual se expresa:
Cuando nos sentimos llamados por nuestro nombre.
Cuando Jesús mismo dice nuestro nombre.
Cuando Jesús mismo nos hace testigos de la novedad de la Pascua.

No entenderemos la Pascua porque nos lo contaron.
No entenderemos la Pascua porque nos lo han dicho.
La Pascua es un encuentro.
La Pascua es sentir que el Resucitado dice nuestro nombre.
La Pascua es cuando nos hacemos sus testigos.
La Pascua es cuando regresamos a los hermanos.
La Pascua es cuando somos portadores de la buena noticia.
La Pascua es cuando somos capaces de llevar la alegría a los que están tristes.
La Pascua es cuando en vez de quedarnos a la puerta del sepulcro buscamos entre las flores del jardín.
En el primer jardín fue Dios que buscaba al hombre y decía su nombre: “Adán, ¿dónde estás?”
En el segundo jardín es una mujer que busca a Dios y se siente llamada por él.

Clemente Sobrado C. P.

Bocadillos espirituales para vivir el Tiempo Ordinario: Lunes de la 16 a. Semana – Ciclo A

“Algunos escribas y fariseos dijeron a Jesús: “Maestro, queremos ver un signo tuyo”. El les contestó: “Esta generación perversa y adúltera exige un signo: pero no se le dará más signo que el del profeta Jonás. Tres días y tres noches estuvo Jonás en el vientre del cetáceo; pues tres días y tres noches estará el Hijo del hombre en el seno de la tierra”. (Mt 12,38-42)

A los hombres les pedimos razones para creerles.
A Dios le pedimos señales, signos o milagros.
Parece que nos cuesta creer a las personas.
Necesitamos tener razones.
Nos cuesta creer en Jesús.
Le exigimos milagros o señales o signos, como quien llamarles.

Diera la impresión que no creemos tanto en Dios como persona.
Sino que también él tiene que justificarse ante nosotros.
No le creemos a Jesús como persona.
Sino que le exigimos señales que le acrediten.

El Evangelio está lleno de signos.
Pero nos cuesta creer en ellos.
Le exigimos signos y señales que a nosotros nos convenzan.
“No hay peor sordo que el que no quiere oír”.
“Ni peor ciego que el que no quiere ver”.
Nos cuesta creer a los signos con los que Dios se revela y manifiesta.
Le exigimos aquellos signos que a nosotros nos interesan.

Y ese no parece ser el camino de la fe.
Ni el camino para conocer a Jesús.
El verdadero camino de la fe es Jesús mismo.
El verdadero camino de la fe es la persona misma de Jesús.
Porque Jesús es el signo que Dios nos ha enviado.
Es como si nosotros creyésemos más a las ideas que a las personas.
Es como si nosotros creyésemos más a lo que nosotros pensamos que a lo que piensa Dios.

Jesús ha hecho ya demasiados signos.
Sin embargo el ciego o el que no quiere ver no los reconoce.
El gran signo o señal de Dios no son las ideas.
El gran signo o señal de Dios es una persona.
El gran signo o señal de Dios es su propio Hijo.
Y el Hijo se revelará en plenitud en su Muerte y Resurrección.

Por eso creer:
No es creer en las ideas.
No es creer en las ideologías.
No es creer en las filosofías.
El objeto de nuestra fe es la persona misma del Jesús.
Y este “Muerto y Resucitado”.
Pablo dirá: “Si Jesús no resucitó, vana será nuestra fe”.
Y añadirá: “Yo no quiero saber otra cosa que Cristo y este Crucificado”.
La Cruz que pareciera la negación de la divinidad de Jesús, termina siendo la gran revelación del Padre y de él como Hijo.

Una cruz y una muerte:
Que estarán ratificadas por la resurrección.
Por eso mismo, Jesús les dice, que no se les dará otro signo que el de “Jonás que vivió tres días en el vientre del cetáceo”.
Pablo lo dirá en el primer Credo del cristiano:
“Porque os transmití, en primer lugar, lo que a mí vez recibí: que Cristo murió por nuestros pecados, según las Escrituras, que fue sepultado y que resucitó al tercer día según las Escrituras, que se apreció a Cefas y luego a los Doce… y en último término se me apreció a mí, como a un abortivo” (1Co 15,3-8)

Nuestra fe no depende de las señales que nosotros quisiéramos.
Nuestra fe depende de la Muerte y Resurrección de Jesús.
Y que nosotros confesamos cuando celebramos la Eucaristía: “Este es el sacramento de nuestra fe. Anunciamos tu muerte y proclamamos tu resurrección”.

No le pidamos razones a Dios para creer en él.
Más bien será El quien nos pide razones de la falta de nuestra fe.
No pidamos las razones que a nosotros nos conviene.
Aceptemos las razones que El nos da: “amarnos hasta dar su vida por nosotros y resucitar por nosotros”.

Clemente Sobrado C. P.

Bocadillos espirituales para vivir el Tiempo Ordinario: Domingo 16 o – Ciclo A

“El reino de los cielos se parece a un hombre que sembró buena semilla en su campo; pero, mientras la gente dormía, su enemigo fue y sembró cizaña en medio del trigo y se marchó. Cuando empezaba a verdear y se formaba la espiga apareció también la cizaña. Entonces fueron los trabajadores a decirle al amo: “Señor, ¿no sembraste buena semilla en tu campo? ¿De dónde sale la cizaña?” ¿Quieres que vayamos a arrancarla?” “No, porque, al arrancar la cizaña, podrían arrancar también el trigo. Déjenlas crecer juntas, hasta la cosecha”. (Mt 13,24-30)

En el Credo, todos recitamos “creo en la Iglesia una, santa”.
Pero también recitamos “creo en el perdón de los pecados”.
Santidad y pecado no se conllevan.
Y sin embargo crecen juntos.
Tienen origen distinto:
La santidad es la semilla sembrada por Dios.
El pecado es sembrado por el enemigo.
Es la triste realidad de la Iglesia, como también del corazón humano.
San Pablo tiene experiencia de ello: “Sé lo que debo hacer y hago lo contrario”.

Es la realidad del bien y del mal.
Ambos tienen origen diferente.
Pero ambos conviven en la misma tierra.
Todos llevamos la gracia en nuestro corazón.
Pero todos somos víctimas del pecado.
Es el eterno misterio del bien y del mal.
Es el eterno misterio de esa lucha que todos llevamos dentro.
Es el eterno misterio de la Iglesia:
Iglesia santa.
Pero Iglesia que necesita del perdón.
Iglesia donde el bien y el mal crecen juntos.
Iglesia donde santos y pecadores se encuentran cada día.

Dos reflexiones que se nos imponen:
Dios es el sembrador del bien.
El mal no procede de Dios.
Por eso es falso cuando decimos ¿por qué Dios me envía esto o lo otro?
Somos demasiados los que culpamos a Dios de lo malo que nos sucede.
Somos demasiados los que culpamos a Dios de lo malo que sufrimos.
¿Por qué me sucede esto, si yo soy gente de bien?
¿Por qué Dios me envía tales desgracias?

Y nos olvidamos de las verdaderas causas.
Nos olvidamos que el egoísmo es causa de muchos de nuestros sufrimientos.
Nos olvidamos de que no tenemos trabajo porque otros quieren ganar más.
Nos olvidamos de que alguien nos ha calumniado por su corazón podrido.
Nos olvidamos de que alguien nos ha robado el pan que es nuestro, por ganarse alguito más.

Nuestra reacción es la de cuestionar el por qué del mal.
Y nuestra tentación es:
la de arrancar el mal o la cizaña que hay en la Iglesia.
la de una Iglesia solo de santos.
la de una Iglesia que excluya y eche fuera a los malos.

Y nos olvidamos:
Que no somos nosotros quienes debemos juzgar a los malos.
Que no somos nosotros quienes debemos arrancar a los malos.
Que no somos nosotros quienes hemos de hacer la selección.
Eso le corresponde a Dios.
Pero cuando llegue el tiempo de la cosecha.
Cuando llegue el tiempo final de la selección.
Que los que hoy son malos, mañana pueden ser buenos.
“Podemos arrancar también el trigo”.

A nosotros lo único que nos corresponde es:
No dormirnos, mientras otros están despiertos.
No dormirnos, mientras otros siembran el mal.
No dormirnos, mientras otros siembran cizaña.
Está bien que nos duela ver el trigo con la cizaña en la Iglesia.
Pero peor está el que dejemos que otros siembren cizaña mientras dormimos.
Pero peor está el que nos escandalicemos de una Iglesia donde gracia y pecado son parte de nuestra realidad.
Peor está el que los buenos nos echemos a dormir y luego nos llevemos el susto de lo malo que nos rodea.

Más que pensar en arrancar la cizaña, mejor si estamos despiertos y atentos a cuidar nuestro trigo.
La Iglesia es santa.
Pero también en ella existe el pecado.
¿Por qué en vez de escandalizarnos de la cizaña en la Iglesia, no nos preguntamos por qué nosotros nos echamos a dormir?
Que el pecado en la Iglesia se debe al enemigo que lo siembra.
Pero también a los buenos que nos dormimos tranquilamente.
En vez de pensar en excluir a los malos, mejor nos preocupamos de vivir atentos y despiertos.

Clemente Sobrado C. P.

Vocación de jueces

Domingo 16 del Tiempo Ordinario – A

Siempre me ha gustado esta parábola, por varios motivos.
Uno en el que insistimos poco: “mientras la gente dormía”.
Y el otro, por la facilidad con que nos hacemos jueces de los buenos y los malos.
De lo que es cizaña y lo que es trigo.
Primero decimos que “sembramos buena semilla”.
Sembramos buena semilla en los hijos.
Sembramos buena semilla en nuestro matrimonio.
Sembramos buena semilla en la Iglesia.
Sembramos buena semilla en la realidad de la vida.
La verdad que nos consideramos sembradores de primera.

Confieso que no estoy tan seguro de que sembremos tan buena semilla.
No estoy seguro que los padres siembren hoy semilla “primera clase”.
No estoy seguro que los mismos sacerdotes “sembremos semilla de “primera”.
Para ello tendríamos que someter a crítica:
Nuestras homilías.
Nuestras preparaciones pre-sacramentales.
Nuestras preparaciones para la atención a la gente.
¿No habrá más de improvisación que de preparación?
¿No habrá más de salir del paso que de preocupación por los fieles?
Respeto a los demás.
Pero sigo preocupado por mí mismo.

En segundo lugar:
¿Qué poca importancia damos a eso de “quedarnos dormidos”?
Quisiera saber cuánto nos preocupa el anuncio del Evangelio.
Quisiera saber cuán despiertos estamos para ver la realidad.
Quisiera saber cuán preocupados estamos por lo que acontece a nuestro alrededor.
Quisiera saber cuánto espíritu crítico tenemos de los que sucede.
Quisiera saber cuánto espíritu de discernimiento tenemos.
Personalmente tengo la impresión, y quisiera equivocarme:
Que los cristianos dormimos demasiado.
Que los cristianos estamos demasiado acomodados.
Que los cristianos vivimos poco preocupados de la suerte del Evangelio.
Que el Señor me perdone si me equivoco.
Y quisiera equivocarme.

Pero de lo que sí tengo menos dudas es:
De que nos encanta ser jueces de los demás.
De que somos especialistas en ver la cizaña.
De que somos especialistas en decidir quiénes han de quedar en la Iglesia y quiénes deben ser excluidos.
De que somos especialistas en arrancar a los malos.
De que somos especialistas en condenar a los que nosotros llamamos malos.
De que somos especialistas en juzgar quiénes son buenos y quiénes son malos.

Me preocupa la facilidad con que:
Excluimos a los malos.
Sin percibir que el que hoy es malo, mañana puede ser bueno.
Sin percibir que el que hoy es pecador, mañana puede ser santo.
Sin percibir que una de las grandes virtudes de las personas es la de “poder cambiar”.
Sin percibir que aquellos a quienes excluimos, posiblemente están más dentro que nosotros.

En mi vida sacerdotal, Dios me ha dado la gracia:
De ser testigo de muchos cambios.
De ser testigo de que muchos que hoy son indiferentes, mañana son grandes creyentes.
Tal vez por eso me encantan las vidas de los grandes convertidos.
Personalmente soy devoto del filósofo García Morente.
Soy devoto de un Bergson, que, en el fondo era cristiano, aunque las circunstancias le condicionaron para no dar el paso al bautismo.

Creo que una de las frases más maravillosas de Jesús fue: “No juzguéis a nadie”.
Es que, ¿quien conoce el corazón de los demás?
¿Quién nos ha hecho jueces del corazón de los demás?
Dejemos que sea el Señor quien, a la hora de la siega diga cuál es el trigo y cuál la cizaña.
Mi experiencia de confesionario, me ha enseñado mucho de Evangelio.
Me ha enseñado mucho del corazón de Jesús.
Y ahora, veo que el Papa Panchito, nos dice “no os canséis de ser misericordiosos”.

Clemente Sobrado C. P.

Bocadillos espirituales para vivir el Tiempo Ordinario: Sábado de la 15 a. Semana – Ciclo A

“Los fariseos planeaban el modo de acabar con Jesús. Pero Jesús se enteró, se marchó de allí, y muchos le siguieron. El los curó a todos, mandándoles que no lo descubrieran. Así se cumplí lo que dijo Isaías: “Mirad a mi siervo, mi elegido, mi amado, mi predilecto. Sobre él he puesto mi espíritu para que anuncie el derecho a las naciones. No porfiará, no gritará, no voceará por las calles. La caña cascada no la quebrará, la mecha vacilante no la apagará, hasta implantar el derecho; en su nombre esperarán las naciones”. (Mt 12,14-21)

Mientras unos planean como acabar con Jesús, porque estorba,
Jesús evita la violencia y se retiró.
Jesús no es de los que provocan y arman líos en las calles y rompen escaparates.
Mientras unos planean como eliminarlo, porque molesta,
Jesús se dedica a sanar y curar a todos.
Pero sin exhibicionismos. “Mandándoles que no lo descubrieran”.
Mientras unos cranean como matar, otros cranean cómo hacer el bien.
Mientras unos se las inventan como hacer daño, otros discurren cómo hacer el bien en silencio.

Mientras unos ven en Jesús un peligro,
El Padre lo llama: mi siervo, mi elegido, mi amado, mi predilecto.
Dos maneras de ver a los demás.
Mientras unos lo ven un riesgo para sus comodidades y tranquilidad,
Dios lo ve con el cariño de su corazón como amado, predilecto, elegido.
Todo depende cómo miramos a los demás.
Todo depende con los ojos con que nos miramos.
Todo depende con el corazón con que vemos a los otros.
Donde unos ven enemigos, otros íntimos amigos.
Donde unos ven estorbos, otros ven hijos amados.

A nosotros:
Nos encantan los mítines.
Nos encantan los alborotos.
Nos encantan los vidrios rotos y los comercios vacíos por el alboroto.
Nos encantan las grandes manifestaciones de protesta.
No encanta conseguir nuestros logros con la violencia, las pedradas, y los palos.
Basta ver nuestras manifestaciones de protesta.

A Jesús le va mejor:
No la protesta.
No el grito y el vocerío callejero.
Es que el bien nunca saca tanto ruido como el mal.
Como alguien dijo: Más ruido saca el árbol podrido que se cae que todo el bosque sano que crece.
Para decir la verdad no hace falta gritar.
El volumen de voz no hace que las cosas sean más verdaderas.
La verdad se puede decir en voz baja, casi al oído.
La bondad no necesita manifestaciones.
La bondad se puede hacer sin que el resto se entere.

Además, Jesús no es de los que se aprovecha de la debilidad de los demás.
Al contrario:
Lo que se está resquebrando, él no lo quebrará, sino que lo fortalecerá.
Lo que se está apagando, él no terminará de apagarlo, sino le dará fuerza para que arda más.
A Jesús le importa el derecho de las personas, de las naciones.
Y luchará hasta que el derecho se implante.
Pero no lo hará con la violencia.
No lo hará quebrantando él mismo el derecho de los otros.
No implantará el derecho con la fuerza, ni a gritos, armando desorden.

El lo implantará movido por el Espíritu. “Sobre él he puesto mi espíritu”.
El lo implantará porque El mismo está lleno de espíritu.
No gritará en que tiene serenidad en su corazón.
No hará violencia quien tiene paz en su corazón.
No odiará quien tiene el corazón rebosando de amor.
No destruirá quien tiene paz, alegría y bondad en el corazón.
No será la lucha de ideologías, la lucha de partidos, ni la lucha de poder.
Lo único que esperan los pueblos es “la actuación del Espíritu”.

Clemente Sobrado C. P.

Bocadillos espirituales para vivir el Tiempo Ordinario: Viernes de la 15 a. Semana – Ciclo A

“Jesús atravesaba un sembrado en sábado y los discípulos, que tenían hambre, empezaron a arrancar espigas y a comérselas. Los fariseos, al ver esto, le dijeron: “Mira, tus discípulos están haciendo una cosa que no está permitida en sábado”.
“Pues le digo que aquí hay alguien que es más que el templo. Si comprendieran lo que significa “quiero misericordia y no sacrificios”, no condenarían a los que no tienen culpa. Porque el Hijo del hombre es señor del sábado”. (Mt 12,1-8)

Bueno, amigos, prohibido tener hambre en sábado.
Digámoslo de otra manera: prohibido tener hambre en Domingo.
Claro que, algunos tienen hambre toda la semana.
Para quienes tenemos el estómago lleno los siete días de la semana, no sabemos lo que es tener hambre.
Y quien no sabe lo que es pasar hambre, fácilmente se escandaliza de que los hambrientos quebranten el descanso dominical para poder comer algo.

Aquí quisiera recordar la frase del Papa francisco a los jóvenes:
“… Por favor, no miréis la vida desde el balcón. Implicaos allí donde están los desafíos, que os piden ayuda para llevar adelante la vida, el desarrollo, la lucha en favor de la dignidad de las personas, la lucha contra la pobreza, la lucha por los valores y tantas luchas que encontramos cada día.
… ¡No hay que resignarse a la monotonía del vivir cotidiano, sino cultivar proyectos de amplio respiro, ir más allá de lo ordinario: no os dejéis robar el entusiasmo juvenil!”
“Queridos jóvenes, por favor, no balconeen la vida, métanse en ella, Jesús no se quedó en el balcón, se metió; no balconeen la vida, métanse en ella como hizo Jesús.”

Claro que el Papa estaba pensando en la evangelización.
Pero también en el compromiso.
Personalmente yo le daría esta otra versión:
“Cristianos no miremos la vida desde el balcón de la propia abundancia”.
“Cristianos no miremos la vida desde el culto y desde la ley”,
La vida hay que mirarla:
Desde el contacto con los que tienen hambre.
Desde el contacto con los que no tienen que comer.
Desde el contacto con los que tienen el estómago vacío.

El templo es bueno y necesario.
La ley es buena y necesaria.
Pero por encima del templo y de la ley está el hombre.
Por encima de del templo y de la ley está la dignidad y el hambre de los hombres.
No cambiaremos el mundo en tanto que las leyes sean más importantes que las personas.
No cambiaremos el hambre del mundo en tanto nuestra piedad sea más importante que las personas.
Para cambiar el mundo:
Tenemos que comenzar por dar prioridad al hombre y a la mujer.
Tenemos que comenzar por dar prioridad a las personas sobre el falso orden social.
Incluso tenemos que comenzar por dar prioridad a las personas sobre las prácticas religiosas.

Para Jesús:
El saciar el hambre de los discípulos es más importante que la Ley.
El saciar el hambre de los discípulos es más importante que el sábado o domingo.

Por eso nos dice con toda claridad:
“quiero misericordia y no sacrificios”.
Quiero que den de comer al que tiene hambre, incluso si no tienen tiempo para hacer sus rezos.
Estoy pensando en algo que puede extrañar:
¿Qué sucedería si el próximo domingo nadie va a Misa porque todos se han dedicado a trabajar para que los que no tienen pan, puedan comer durante la semana?
¿Tendrían que confesarse para poder comulgar el otro domingo?
Personalmente yo daría de comulgar a todo el mundo, porque Jesús prefiere la “misericordia a los sacrificios”.

Cambiaremos de mentalidad el día que sepamos lo que es “tener hambre”.
No será fácil cambiar de modo de pensar mientras vivamos hartos.
¿Ustedes saben lo que es tener hambre?
Disculpen, pero este hermano suyo, sí sabe lo que es tener el estómago vacío.
De niño me tocaron años difíciles.
Pero eso, no tendría escrúpulos de que los hambrientos de hoy, “arranquen las espigas y puedan comer algo, aunque sea domingo”.

Perdóname, Señor, porque que me has enseñado que “la misericordia es más que los holocaustos”. Y que a ti te duele tu estómago cuando ves tantos estómagos vacíos porque los buenos aún no hemos comprendido lo que es la misericordia y el compartir.

Clemente Sobrado C. P.

Bocadillos espirituales para vivir el Tiempo Ordinario: Jueves de la 15 a. Semana – Ciclo A

“Exclamó Jesús: “Venid a mí todos los que estáis cansados y agobiados, y yo os aliviaré. Cargad con mi yugo y aprended de mí, que soy manso y humilde corazón, y encontraréis vuestro descanso. Porque mi yugo es llevadero y mi carga aligera”. (Mt 11,28-30)

Unos amigos míos me invitaron a acompañarlos en su casa de playa “para que descanse unos días”. Agradecí su buena voluntad, pero no acepté, porque no me gusta la playa.
Entiendo que todos necesitamos de unos días de descanso.
El descanso es media vida y sobre todo un buen remedio contra el “estrés”.

Y hoy recibo otra invitación.
También se trata de un amigo.
Solo que este amigo se llama Jesús, alguien que tuvo poco tiempo para descansar.
Pero que tiene todo el tiempo del mundo para que otros podamos descansar con él.

Lo malo es que nosotros:
Tenemos tiempo para irnos a la playa a tomar un tiempo de descanso,
pero no tenemos tiempo para pasarnos un rato con Jesús.
Tenemos tiempo para irnos a respirar a la montaña,
pero no tenemos tiempo para sentarnos como María a escuchar a Jesús.
Tenemos tiempo para irnos al casino a distraernos,
pero no tenemos tiempo para sentarnos con Jesús.
Tenemos tiempo para ver TV o escuchar música,
pero no tenemos tiempo para escucharle a El.
Por eso vivimos siempre tensos, nerviosos, preocupados y ansiosos.

Jesús es nuestro descanso:
Porque “él es manso”, tranquilo.
Porque su “corazón es humilde”.
Y la mansedumbre y la humildad inspiran siempre serenidad y paz.
Un rato de oración, olvidados de los demás quehaceres, y poniendo nuestro corazón en sintonía con el suyo como buenos amigos, es el mejor relax y el mejor descanso.
Con frecuencia acudimos a los médicos para que nos receten un tranquilizante.
Puede calmarnos, pero pasado el efecto químico volvemos a las andadas.
En cambio un tiempo de charla amigable con nuestro amigo Jesús, no cuesta en la farmacia y serena nuestro corazón.

Además, una de las razones de nuestras tensiones está:
En el mal humor de los demás.
Y Jesús siempre tiene buen humor.
En que los demás nos dicen palabras hirientes.
Y Jesús nos habla siempre palabras de bondad y amabilidad.

Y algo bien importante:
Todos andamos tensos porque sentimos el peso de un montón de leyes.
Andamos tensos por esa cantidad de prohibiciones.
Andamos tensos por esa infinidad de cargas que llevamos encima.
Andamos tensos porque todo lo tenemos que hacer a la hora.
Perdonen la expresión, pero con frecuencia, somos “burros de carga”.
Todos tienen derecho a exigirnos.
Todos tienen derecho a imponernos obligaciones.
Todos tienen derecho a amenazarnos si no hacemos las cosas a tiempo.

En cambio Jesús no nos impone cargas pesadas.
Las pesadas las lleva El.
Las livianas nos las regala a nosotros.
No nos impone leyes humanas.
Solo nos impone lo mejor que él sabe hacer: el amor.
Y el que es amado, tiene paz y serenidad.
El que se siente amado, se siente tranquilo.
El que se siente amado, siente la alegría del corazón.
Y a nosotros solo nos impone el mandamiento de amarnos.
Cuanto más nos amamos, menos problemas tendremos.
Cuanto más nos amamos, más fácilmente nos soportamos.
Cuanto más nos amamos, más fácilmente nos comprendemos.

Invitación: descansemos, no impongamos cargas a los demás, seamos humildes y sencillos. Tengamos un corazón grande. Amemos como él somos amados.
Y no abandonemos su compañía.
Todos los días un buen rato sentados a su lado escuchándole.
Y la vida se revestirá de paz, de alegría y de gozo.
La vida se hará más llevadera y no nos pesará.

Clemente Sobrado C. P.