Bocadillos espirituales para vivir el Tiempo Ordinario: Miércoles de la 20 a. Semana – Ciclo A

“Dijo Jesús a sus discípulos esta parábola: “El reino de los cielos se paree a un propietario que al amanecer salió a contratar trabajadores para su viña. Después de contratar a los trabajadores por un denario al día, los mandó a su viña. Salió otra vez a media mañana… salió de nuevo al medio día y a media tarde. Salió al caer de la tarde. Vinieron los del atardecer y recibieron un denario cada uno. Quiero darle a este último igual que a ti. ¿Es que vas tener envidia porque yo soy bueno? Así lo últimos serán los primeros y los primeros los últimos”. (Mt 20,1-16)

Estoy seguro que muchos pondrán el acento en “en esas justicias del amor”.
Pagar al de última hora como al que ha aguantado todo el día el bochorno de el calor, no parece, en nuestros esquemas economicistas, muy justo.
Claro, no es lo mismo leer las cosas desde el corazón del Padre que desde el nuestro.

Pero yo me voy a quedar con las distintas invitaciones.
No todos somos llamados a la misma hora.
No todos sentimos convertido nuestro corazón a la misma hora.
No todos somos creyentes desde niños.
También hay invitado de mediodía y media tarde y del atardecer.

Recuerdo que en mi Promoción se dio algo curioso:
Unos ingresaron al seminario tan jovencitos que luego necesitaron dispensa para poder ordenarse.
Otros ingresamos jóvenes, pero con edad suficiente para no necesitar dispensa.
En cambio, mientras unos teníamos trece, catorce años, uno ingresó a los veinticinco, terminada su carrera de violinista. Y se vino con su violín al seminario.

La vida de la gracia de la llamada de Dios es misteriosa:
Unos somos tocados de la gracia de niños.
Otros de jóvenes.
Otros ya de adultos.
Y algunos casi cogidos por los pelos a última hora.
Aún recuerdo aquel abogado que se sintió tocado por la gracia en el Santuario de Fátima a los setenta años y quien confesé entre lágrimas en la Capillita de la Virgen a las cinco de la mañana.

Son muchos los que están sentados en la plaza de la vida:
Porque nadie les anunció el Evangelio.
Porque nadie les llevó la Buena Noticia de la salvación.
Algunos están desde la madrugada esperando.
Otros siguen sentados jugando a las cartas ya casi envejecidos.
Y cada uno es llamado a la “hora de Dios” en sus corazones.

¿No recuerdan el cuento aquel de un sacerdote?
Entró jovencito a la vida consagrada.
Toda una vida de exigencias y fidelidades.
Y tenía un amigo a quien quiso convertir y no lo logró.
Lo llamaba “piel del diablo”.
Se murió “piel del diablo” ya muy entrado en años.
Y al poco murió el sacerdote.
Y ¡vaya sorpresa, casi quiso darse la vuelta y no quedarse en el cielo!
No era posible. Al primero que encuentra es precisamente “a piel del diablo”.
¿Tú aquí?
Y en esto escuchó la voz del Padre que le dice: “sí, tú no pudiste, pero logré convertirlo a última hora”.
Cuentan que, el buen Sacerdote exclamó: ¡vaya, toda una vida de austeridad para que ahora tenga que estar con este “piel del diablo” que vivió como le dio la gana! No te entiendo, Señor.
Nunca me has entendido, porque siempre has creído que mi corazón era como el tuyo. Mi corazón es así, sigo tocando a la puerta hasta que me abran, incluso si tengo que esperar al último suspiro.

Dios nunca tiene prisas. Por eso llama a cualquier hora.
Dios nunca tiene nuestras prisas que nos desalientan.
Dios sabe esperar sin desalentarse.
La gracia siempre es sorpresiva:
Padres, no os desalentéis porque vuestro hijo dice que ya no tiene fe. Esperen.
Sacerdotes, nunca os deis por vencidos.
A donde nosotros no podemos llegar, puede llegar Dios.
Si no nos encontramos en la misa dominical ahora, es posible que algún día nos encontremos en la misa pascual del cielo.

Clemente Sobrado C. P.

Bocadillos espirituales para vivir el Tiempo Ordinario: Martes de la 20 a. Semana – Ciclo A

“Dijo Jesús a sus discípulos: “Les aseguro que difícilmente entrará un rico en el reino de los cielos.” Al oírlo, los discípulos quedaron sorprendidos y dijeron: “Entonces, ¿quién puede salvarse?” Jesús, mirando fijamente, dijo: “Para los hombres es imposible, pero Dios lo puede todo.” “Ustedes que me han seguido, también se sentarán en doce tronos para juzgar a las doce tribus de Israel. Y todo el que por mi nombre, deje casa, hermanos… recibirá y heredará la vida eterna.” (Mt 19,23-30)

Sigue el diálogo de Jesús con sus discípulos.
La negativa del joven rico a dejar sus riquezas para seguir a Jesús, termina siendo un ejemplo claro para la catequesis de Jesús.
No le sigue:
Porque no tengas ganas de algo más.
Porque no tenga la ilusión ser más que lo que es.
Porque no tenga ganas de aspirar a algo más.

Pero tiene un problema:
No se puede seguir a Jesús como quien cambia de casa y se lleva consigo todo lo que tiene.
No se puede seguir a Jesús con el camión de transportes cargado.
No se puede seguir a Jesús llevándose consigo todas sus riquezas.
Y por eso, da vuelta atrás y regresa a su casa triste.
Y el mismo Jesús que se había hecho ilusiones lo ve marchar desilusionado.

Esto le da a Jesús pie para hacer una afirmación muy dura:
“difícilmente entrará un rico en el reino de los cielos”.
No por ser rico.
Sino porque valora más lo que tiene que el ser discípulo de Jesús.
Ser rico no es ningún pecado.
El pecado está en el corazón del rico que pone como valor de su vida sus riquezas.
El pecado está en el corazón del rico apegado a sus riquezas.
El pecado está en el corazón del rico que no descubre que Jesús es más que todas sus riquezas.
El pecado está en el corazón del rico que prefiere sus riquezas a seguir con libertad a Jesús.
No son las riquezas las que impiden entrar en el reino.
Es la actitud que tenemos frente a las riquezas las que nos estorban.

Y claro, si el apego a las riquezas es un obstáculo para entrar en el Reino, significa:
que las riquezas son también el gran obstáculo para que todos tengan lo suficiente.
que las riquezas de unos son la causa de la pobreza de otros.
que hay pobres porque hay ricos que lo acaparan todo.
que hay pobres, porque hay ricos, para quienes sus riquezas son más importantes que los pobres.
que hay pobres, porque hay ricos insensibles a la pobreza de los demás.
que hay pobres, porque hay ricos incapaces de renunciar a lo que tienen para otros tengan algo.

Y quien no valora a los pobres:
no está en condición de abrirse a los valores del Evangelio.
porque su corazón está pegado a sus riquezas, y así nunca entenderá el Evangelio.
Si no somos capaces de dar lo tenemos a los pobres para entregarse a Jesús, ¿cómo lo hará con los pobres?
Es problema de riquezas y del apego del corazón

De todos modos, siempre queda una esperanza.
Lo que parece imposible para los hombres siempre será posible para Dios.
La gracia de la conversión del corazón siempre es una posibilidad para todos.

El mundo de la riqueza y la pobreza:
No cambiará sin la conversión del corazón.
No cambiará sin el cambio del corazón.
No es un problema de justicia social.
Es un problema de gracia, de conversión.
Y Dios no niega su gracia tampoco a los ricos.
Y por eso también los ricos pueden convertirse.
Y por eso también los ricos pueden salvarse.
“Para los hombres es imposible,
pero Dios lo puede todo”.

No se trata de teorías ni de ideologías.
Se trata de conversión, fruto de la gracia.
Y por eso, humanamente es imposible que un rico entre en el reino de los cielos.
Pero visto desde la gracia, la salvación es para todos, ricos y pobres.
No nos salvamos porque dejamos.
Nos salvamos porque le seguimos.
Y le seguimos dejándolo todo.

Clemente Sobrado C. P.

Bocadillos espirituales para vivir el Tiempo Ordinario: Lunes de la 20 a. Semana – Ciclo A

“Se acercó uno a Jesús y le preguntó: “Maestro, ¿qué he de hacer de bueno para obtener la vida eterna?” Mira, si quieres entrar en la vida, mandamientos”. “Si quieres ser perfecto, vende lo que tienes, da el dinero a los pobres y así tendrás un tesoro en el cielo, y luego ven y sígueme”. El joven se retiró, entristecido porque poseía muchos bienes”. (Mt 19,16-22)

Con frecuencia escucho: “Padre, yo soy un buen cristiano: no robo y no mato”.
Acabáramos.
Tú serás una buena persona según la Ley de los Mandamientos.
Además, tú los has reducido a dos.
Lo mismo hizo Jesús: los redujo al primero de amar a Dios y al segundo de amar al prójimo.
En tanto que tú los ha reducido a “no robar ni matar”.

Los mandamientos nos hacen buena gente.
Pero no nos hacen cristianos.
Por algo dijo Jesús: “Antes se dijo, pero “Yo os digo”.
Con los mandamientos somos buena gente, y posiblemente nos salvemos.
Pero los diez mandamientos los tiene que cumplir cualquier pagano.
Porque todos tienen que: honrar al padre y a la madre, no mentir, no robar, no cometer adulterio, no matar etc.
Todo esto es de ley natural.
Pero, si quieres ser cristiano, la canción es otra.
Si quieres seguir a Jesús, la cosa es distinta.

Este joven que se presenta a Jesús era gente buena.
Posiblemente se salvaría cumpliendo los mandamientos.
Pero Jesús descubre que él hay algo más serio.
Está el seguimiento de Jesús.
No seguimos a Jesús con el Decálogo.
A Jesús le seguimos con lo que “yo os digo”.
Y Jesús le dice: si quieres seguirme el camino es otro.
Si quieres seguirme comienza por vender lo que tienes.
Si quieres seguirme da tus bienes a los pobres.
Si quieres seguirme, despréndete de lo que tienes.
Dáselo a los pobres.
Luego, ya desnudo, calato, sin nada, abandonándolo todo, sígueme.

Es posible que la mayoría de nosotros:
Nos quedemos en el Antiguo Testamento.
Nos quedemos en el cumplimiento de la Ley.
Nos quedemos en cumplir los mandamientos.
Nos quedemos en ser gente buena.

Pero no lleguemos a ser cristianos.
Buenos, sí.
Cristianos, no.
Salvarnos, sí.
Ser perfectos como Dios quiere de nosotros, no.
Porque nos quedamos en el cumplimiento del Decálogo.
Pero somos incapaces de desprendernos de lo que tenemos.
Somos incapaces de dar lo que tenemos a los pobres.
Somos incapaces de seguirle sin nada, ligeros de equipaje.

Nos olvidamos de que ser cristianos es mucho más que ser buenos.
Nos olvidamos de que ser cristianos es mucho más que seguirle con todo lo que tenemos.
Nos olvidamos de que ser cristianos es no tener más que a Jesús.
Nos olvidamos de que ser cristianos es tener como único valor a Jesús.
Nos olvidamos de que ser cristianos es desprendernos de todo.

El problema no está en seguir a Jesús.
El problema es seguirle libres de equipaje.
El problema es hasta donde Jesús es más importante que todo lo que tenemos.
El problema es desprendernos de todo por él.
Podemos ser buenos cargando con todo lo que tenemos.
Pero solo podemos seguir a Jesús liberándonos, vendiendo todo lo que tenemos.

Es posible que todos tengamos muchas ilusiones de ser discípulos de Jesús.
Pero es posible que muchos demos marcha atrás y nos quedemos en ser buenos con todo lo que tenemos.
El seguimiento de Jesús queda en un buen deseo.
Pero la realidad se queda sin renunciar a nada.
Jesús subió a la cruz desnudo.
A Jesús solo se le puede seguir desnudo.

Clemente Sobrado C. P.

Bocadillos espirituales para vivir el Tiempo Ordinario: Domingo 20 – Ciclo A

“Jesús se marchó de allí y se retiró al país de Tiro y Sidón. Entonces una mujer cananea, procedente de aquellos lugares, se puso a gritarle: “Ten compasión de mí, Señor, Hijo de David. Mi hija tiene un demonio muy malo. El no responde nada. Entonces los discípulos se le acercan a decirle: “Atiéndela que viene detrás gritando”. “No está bien echar a los perros el pan de los hijos”. “Tienes razón, Señor, pero también los perros se comen las migajas que caen de la mesa de los amos”. “Mujer, qué grande es tu fe: que se cumpla como deseas”. (Mt 15,21-28)

Le voy a poner como título periodístico: “Evangelio de las sorpresas”.
Sorpresa es ver a Jesús en tierra pagana.
Sorpresa es ver que también entre los paganos hay fe.
Sorpresa es la fe de una mujer pagana.
Sorpresa es el cambio de actitud de Jesús, que de compararla con los perros, termina alabando su fe.

Todos tenemos, de alguna manera, la tendencia a pensar:
Que solo nosotros tenemos la verdad.
Que solo nosotros tenemos fe verdadera.
Que solo nosotros nos merecemos los favores de Dios.
Que Dios solo nos ama a nosotros que creemos en él.

Y aquí Jesús nos da una gran lección. En primer lugar actúa como situándose en lugar nuestro.
Comienza por no responder a los gritos de la mujer.
Comienza por guardar silencio como si sus gritos no le llegasen.
Expresa su resistencia a atenderla.
Y hasta le pone una imagen bien poco delicado, y si despreciativa.
“El pan de los hijos no se tira a los perros”.
Este no suele ser el modo de pensar ni de actuar de Jesús.
Jesús no hace acepción de personas.
Creo que más bien quiere ponerse en nuestro lugar, revelando cómo solemos pensar nosotros.
Además, quiere demostrarnos cómo también los paganos tienen fe.
Y cómo a veces los paganos, los que no pertenecen a la Iglesia, pueden tener más fe que los que estamos dentro.

Una invitación a cambiar de modo de pensar:
Comienza por no encerrarse en su propio territorio religioso.
Se va a territorio de paganos.
Demostrando la universalidad del Evangelio y del Reino.

El Papa Francisco es bien claro:
“la Iglesia vive hoy encerrada en sí misma, paralizada por los miedos y demasiado alejada de los problemas y sufrimientos como para dar sabor a la vida moderna y ofrecerle la luz del Evangelio. “Hemos de salir a las periferias”.

Mucho tiempo hemos vivido con la mentalidad de que “fuera de la Iglesia no hay salvación”.
Y nos hemos olvidado que la Iglesia es más que sus estructuras.
Que la Iglesia existe allí donde actúa el Espíritu.
Y que, por eso, también fuera de la Iglesia puede haber mucha fe.
Lo cual no significa que no debamos anunciarles el Evangelio.
Esta era una mujer pagana y Jesús reconoce: “Mujer, qué grande es tu fe”.
Conocemos muy poco la acción del Espíritu más allá de las estructuras eclesiales.
El Cardenal Martín publicó un libro con un título provocativo para muchos: “La oración de los que no creen”.
Y creo en Milán “La cátedra de los no creyentes”.
Por algo decía el filósofo místico judío: “Rezar es la gran recompensa de ser hombres”.
Esta mujer era pagana. “y se puso a gritarle: “Ten compasión de mí, Señor, Hijo de David”.
Y su fe y su oración lograron el milagro de la curación de su hija, cosa que muchas veces nosotros no conseguimos.

No vivamos “encerrados en nosotros mismos y en nuestros miedos” que dice el Papa.
Dios es más que la Iglesia.
La salvación es universal y se ofrece a todos.
Nunca descubriremos el misterio de la universalidad de la salvación.
La acción del Espíritu no puede ser limitada por los muros de nuestra comunidad.
Demos gracias, porque vivimos una fe consciente e iluminada.
Pero no menospreciemos la fe que no vemos en tantos corazones ajenos aparentemente a nosotros.
Los grandes tesoros no están a flor de tierra sino que hay que buscarlos en la profundidad.

Clemente Sobrado C. P.

Y la vieja le ganó la batalla a Dios

Domingo 20 del Tiempo Ordinario – A

El título parece un tanto provocativo. Y lo es. Pero es que yo no encuentro otro mejor para calificar el Evangelio de hoy. Porque aquí vemos como una especie de batalla entre la vieja cananea y Jesús.

Jesús a veces tiene unos gestos que pueden desconcertar a cualquiera. Nos dice “pedid y recibiréis”, y luego cuando esta pobre vieja se le acerca y le ruega, él parece hacerse el desentendido y el desinteresado del problema de su hija. Y hasta utiliza un trato no acostumbrado en El. Un trato despectivo: “No está bien echar a los perros el pan de los hijos”. ¡Está bien, Señor, pero no olvides que la has llamado “perra”! ¿Te parece justo que los demás sean hijos y ella, una simple perra?

Y sin embargo, ¡qué bella escena la que hoy nos ofreces!

¡Y qué bella y maravillosa lección nos das de la oración de confianza y de la fe hecha oración o la oración hecha fe! Una fe y una oración que fue capaz de ganarte el corazón. Casi me atrevería a decirte: ¿y no te da vergüenza dejarte ganar por una vieja cargosa y fastidiosa que no te deja en paz hasta que arranca el milagro de tus manos?

Primero te pide tengas compasión de ella y sanes a su hija. Y tú no le respondes nada. Como quien se hace el sordo.
Luego son tus mismos discípulos que hacen de mediadores: “Atiéndela, que viene detrás gritando”.
Ante tu silencio, ella sigue esperando con confianza. Y te sigue, hasta que te alcanza y se pone delante de ti. Y te insiste en su ruego: “Señor, socórreme”.
Tu respuesta ciertamente no fue de lo más cortés: “No está bien echar a los perros el pan de los hijos”.
Pero ella te cogió de la palabra: “Tienes razón, Señor, pero también los perros se comen las migajas que caen de la mesa de los amos”. Ahí te ganó. Te dejó sin piso. Ya no te quedaba otra cosa que atenderla. Ya no tenías argumentos para no hacerle caso. “Mujer, qué grande es tu fe, que se cumpla lo que deseas”.

Es el milagro más bonito que Jesús hizo en su Evangelio.
Es la más bella lección de la verdadera oración y la verdadera fe.
Y no es que Dios necesite que lo convenzan, ni que logremos que nos preste atención.
A Dios no hace falta convencerle porque ya está El mismo convencido.
Ni hace falta gritarle para que nos preste atención, porque nunca deja de estar atento a nuestras necesidades.

Con ello nos ha querido hacer ver que la oración es mucho más la fe y la confianza en Dios que una manera de convencerle a Dios. Jesús quiso hacerla pasar por la oscuridad de la fe y de la confianza, para que aprendamos a no desalentarnos jamás, por más que no siempre las cosas salgan como nosotros queremos y deseamos. Ya lo había dicho El: “Hay que orar sin desfallecer”.

La verdadera oración tiene que brotar más de la fe y la confianza en El, que de nuestras mismas necesidades. No es cuestión de presentarle a Dios nuestras necesidades, que ya se las conoce de sobra. Es cuestión de fe, de orar con fe. Y una fe que es la confianza absoluta, capaz de superar todos los obstáculos y oscuridades. Confiar aún cuando sintamos la impresión de que El no quiere escucharnos.

Es por ello que Jesús, felicita y alaba a la pobre anciana por su fe. El pasado domingo veíamos que Pedro duda. Y Jesús le recrimina por su poca fe. “¡Qué poca fe! ¿Por qué has dudado?
Y hoy, nos presenta la otra cara de la medalla. Y no es Pedro, el jefe, el cabeza de la Iglesia.
Es una pobre anciana, que ni siquiera es parte de la Iglesia, sino una simple cananea pagana.
Y resulta que esta pagana tiene más fe que Pedro.
Resulta que quien no es ni miembro de la Iglesia, tiene más fe en Dios que el mismo jefe de la Iglesia.

No sólo hay fe entre quienes nos decimos creyentes. También puede haber mucha fe entre aquellos que llamamos paganos. Porque el Espíritu “sopla donde quiera y cuando quiera”. El Espíritu no está encasillado en nuestros moldes frecuentemente estrechos. El Espíritu es libre como “un viento que sopla”.

Es una pagana la que enseña a Pedro a tener fe.
Es una pagana la que enseña a Pedro a no dudar.
Es una pagana la que nos enseña lo que es la confianza en Dios.
Es una pagana propuesta por el mismo Jesús como modelo de fe, de oración y de constancia.

“Si nosotros oramos a Dios no es para lograr que nos ame más y se preocupe con más atención de nosotros. Dios no puede amarnos más de lo que nos ama”. (Pagola)
La verdadera oración no es para cambiar a Dios, sino para cambiarnos a nosotros.
La verdadera oración tiene que nacer de nuestra fe y aumentar y fortalecer nuestra fe.
La verdadera oración tiene que estar marcada por nuestra constancia, incluso si vemos que Dios no nos escucha.

Y aprendamos algo fundamental. También fuera de la Iglesia hay mucha bondad. También fuera de la Iglesia puede haber mucha fe. No solo comen el pan quienes se sientan como hijos a la mesa. También los perros comen de las migajas que caen de la mesa. Y puede que, con frecuencia alimenten más esas migajas, que el pan entero que cortamos en la mesa.

Oración
Señor: Yo sé que Tú siempre me escuchas. Sólo que yo no sé esperar.
Te pido más por necesidad, que por la fe y la confianza que tengo en Ti.
Te pido más para probarte a ti, que por la confianza que tengo en Ti.
Te pido, Señor, me des esa fe de la mujer que venció tu indiferencia.
Te pido, Señor, me des esa fe que alabaste en ella.
Te pido, Señor, que, aunque no me des el pan entero, no me dejes sin las migajas.
Porque tus migajas pueden ser un buen pan para cuantos tenemos hambre de ti.
Gracias, Señor, porque he aprendido que la oración es tu debilidad y mi fortaleza.

Clemente Sobrado C. P.

Bocadillos espirituales para vivir el Tiempo Ordinario: Sábado de la 19 a. Semana – Ciclo A

“Le acercaron unos niños a Jesús para que les impusiera las manos y rezara por ellos, pero los discípulos los regañaban. Jesús les dijo: “Dejen que los niños vengan a mí y no se lo impidáis, porque de los que son como los niños es el reino de los cielos. Y después de haberles impuesto las manos se fue de allí”. (Mt 19,13-15)

De nuevo aparecen los niños en la vida de Jesús.
Y de nuevo Jesús propone a los niños como los candidatos al reino de los cielos.
Los discípulos no están de acuerdo que los niños molesten al Maestro.
Y también los discípulos tenían su mal humor, por eso les “regañaban”.
Todo el mundo tiene derecho:
A gritar a los niños.
A retirar a los niños.
A maltratar a los niños.
Menos Jesús que siempre da la cara por ellos.
Hemos vivido dolorosas experiencias en el trato que hemos dado a los niños.
No voy a echar más leña al fuego.
Por el contrario, cuando veo a Jesús abrazar y bendecir e imponer sus manos en la cabecita de los niños, siento ganas a estas alturas de mi años, de volver a ser niño.

Sí, yo quiero volver a ser niño.
Porque a Dios le encantan los niños. Y siendo niño pudiera regalarle una alegría más a Dios. Me encanta ver a Dios feliz por sus hijos, feliz por las cosas que Él mismo ha hecho. ¿Quisieras ser hoy una alegría más en el corazón de Dios Padre?

Sí, yo quisiera volver a ser niño.
Porque me gustaría volver a aquella inocencia de niño, cuando a Dios me atrevía a llamarlo “papi”. Me gustaría volver a aquella inocencia que me hacía sentir a Dios tan bueno que no me daba miedo. ¿Quisieras llamar hoy “papi” a Dios, en vez de decirle, “Señor”?

Sí, yo quisiera volver a ser niño.
Porque me gustaría volver a sentir el gusto por el juego. Jugar a canicas. Patear una pelota de trapo. Y sentirme feliz. Es que ya creo que he perdido el gusto y la alegría por las cosas sencillas y simples. Sólo juego con las cosas complicadas y esas no me causan alegría.

Sí, yo quisiera volver a ser niño.
Andar descalzo por casa, pelearme con mis hermanitos porque me han cogido mis cosas. Es que me parece tan maravillosa una vida hecha de cosas pequeñas, de pequeñas travesuras, de pequeñas aventuras. Al menos así recuperaría la alegría de una cara ya cansada de tantas preocupaciones serias.

Sí, yo quisiera volver a ser niño.
Patalear cuando no me dejan ver la televisión, no me dejan salir fuera a la calle a jugar con mis amigos y alejarme de casa hasta la plaza. Es que resulta tan bonito el enfado de un niño que al rato siguiente se olvida de sus pucheritos y rabietas y vuelve a sonreír de nuevo…

Sí, yo quisiera volver a ser niño.
Volver a sentir la necesidad de estar junto a mami y a papi, interrumpirles cuando están hablando cosas serias, aunque se enfaden y me manden a la cama. Es que me parece estupendo el que a los mayores se les distraiga de sus grandes problemas y preocupaciones para que se preocupen un poco de los problemas chiquitos.

Sí, yo quisiera volver a ser niño.
Porque así me sentiría más cerca del Reino de Dios.
Jesús lo dijo, si no os hacéis como niños, no entraréis.
El Reino de Dios es de los que son como ellos.
¿Y sabes lo maravilloso que es el que te digan que tú ya estás en el Reino de Jesús?
Sé que a muchos también hoy les molestan los niños en la Iglesia.
No están quietos.
Hablan y hasta gritan.
No dejan escuchar y distraen.

Sin embargo estoy seguro de que también Jesús nos dice:
Déjenles jugar que eso me divierte.
Déjenlos hablar que eso rompe tanta seriedad.
Los niños dan vida a la familia.
También a la Iglesia, aunque muchos “les regañen”.
Porque también hoy quiero imponerles las manos y bendecirles.

Clemente Sobrado C. P.

Bocadillos espirituales para vivir el Tiempo Ordinario: La Asunción de María – Ciclo A

“Alégrate, llena de gracia, el Señor está contigo”. “No temas, María, porque has hallado gracia delante de Dios; vas a concebir en tu seno y vas a dar a luz un hijo, a quien pondrás por nombre Jesús. El Espíritu Santo vendrá sobre ti, y el poder del Altísimo te cubrirá con su sombra” Dijo María: “He aquí la esclava del Señor, hágase en mí según tu palabra”. (Lc 1,39-56)

La Asunción de María. La fiesta de agosto.
La Asunción de María, la fiesta de Dios.
La Asunción de María, la fiesta de cada uno de nosotros.
Fiesta de María, porque es como su resurrección, su Pascua.
Fiesta de Dios, porque celebra a la Madre de su Hijo.
Fiesta nuestra, porque nos marca el camino a donde peregrinamos.

Fiesta de la alegría de la gracia. “Alégrate, llena de gracia”.
Fiesta de la presencia de Dios llenándonos por dentro.
Fiesta del encuentro de Dios con su pequeña criatura.
Fiesta del encuentro de Dios con su pequeña María.
Fiesta del encuentro de Dios y la pequeña María en una plenitud de gracia.

Ya no es el hombre que mira al cielo.
Es Dios que se abaja al encuentro con nuestra naturaleza humana.
Ya no es el hombre el que ora a Dios pidiendo cosas.
Es Dios que se rebaja pidiendo permiso a una tierna jovencita del pueblo.
No es el hombre el que pide a Dios.
Es Dios el que pide a una mujer.
No es el hombre el que expresa la necesidad de Dios.
Es Dios el que expresa la necesidad de un vientre femenino.
No es el hombre el que pide ser Dios.
Es Dios el que pide permiso para ser hombre.

Es Dios al encuentro de lo pequeño.
Es Dios que entra en nuestra humanidad por el camino de los pequeños.
Es Dios que no se impone por la fuerza al hombre.
Es Dios que pide permiso a su criatura.
No es el hombre el que espera la respuesta de Dios.
Es Dios quien espera la respuesta de una virgen.

Dios quiere hacer cosas grandes.
Pero Dios necesita de la colaboración del hombre.
Dios quiera llevar a cabo su encarnación.
Pero Dios necesita del sí de una virgen.
A la hora de su muerte necesitó de un sepulcro prestado por tres días.
A la hora de encarnarse necesitó del vientre de una mujer nueve meses.

Dios comienza a experimentar la historia humana.
María comienza a experimentar la historia de Dios. ¿Cuáles pudieron ser sus sentimientos?
Yo lo llevaba y Él me llevaba a mí.
Yo lo tenía y Él me tenía a mí.
Él iba dentro de mí y yo dentro de Él.
No sé si Él crecía en mí o yo crecía en Él.
Fuera, todo era silencio.
Y dentro, todo era palabra.
Fuera todo era tan sencillo, y dentro todo resultaba tan complicado.
No entiendo a Dios. ¿Por qué ha de buscar siempre lo más pequeño, lo más inútil para llevar a cabo sus cosas?
¿No pudo encontrar una mujer más digna que yo?
¿Será que los más dignos no le sirven al Señor y necesita recurrir siempre a lo inútil? Pensar que la prima de Ain Karen está esperando un hijo… y yo esperando.
Ella, que ya había renunciado a las posibilidades de la maternidad. Yo que nunca había pensado en ser madre.

Hoy, esa mujer virgen sorprendida por Dios, da la sorpresa a Dios al entrar en el cielo.
En la encarnación nadie se enteró.
Hoy, en la Asunción, el cielo entero se viste de fiesta.
En el cielo estaba el Padre y el Hijo.
Pero faltaba la Madre.
El cielo quedó llano con el Padre, el Hijo, el Espíritu y María, la Madre.

Clemente Sobrado C. P.