Bocadillos espirituales para vivir el Tiempo Ordinario: Jueves de la 17 a. Semana – Ciclo A

“El les dijo: “Ya ven, un maestro de la ley que entiende el Reino de los cielos, se parece a un dueño de casa que va sacando de sus tesoros lo nuevo y lo antiguo”. (Mt 13,47-53)

En las casas antiguas existen esos baúles llenos de recuerdos del pasado.
Es como la historia de la familia.
Pero esos baúles suelen estar guardados del pasado.
Es un pasado muerto que solo habla del ayer.
Y muchos viven guardando ese pasado como orgullo de familia.
Pero ¿de qué sirve el orgullo del ayer si no sirven para hoy?

Me gusta la reflexión que hace el Papa Francisco a este respeto:
“la Iglesia también puede llegar reconocer costumbres propias no directamente ligadas al núcleo del Evangelio, alguna muy arraigadas a lo largo de la historia, que hoy ya no son interpretadas de la misma manera y cuyo mensaje no suele ser percibido adecuadamente. Pueden ser bellas, pero ahora no prestan el mismo servicio en orden a transmisión del Evangelio.
No tengamos reparo en revisarlas.
Del mismo modo, hay normas o preceptos eclesiales que pueden haber sido eficaces en otras épocas pero que ya no tienen la misma fuerza educativa como cauces de vida.”
Y San Agustín “advertía que los preceptos añadidos por la Iglesia posteriormente deben exigirse con moderación” para no hacer pesada las vida de los fieles y convertir nuestra religión en una esclavitud, cundo la “misericordia de Dios quiso que fuera libre”. (GE n. 43)

Está bien conservar el pasado.
Pero lo importante es sacar del pasado “lo nuevo”.
Quedarnos en el pasado, es quedarnos en lo que ya no es.
Es preciso que el pasado sea como tierra capaz de hacer brotar lo nuevo, la vida.

Jesús cita el pasado.
Pero anuncia lo nuevo.
Jesús no se queda rebuscando el baúl del pasado para repetirlo hoy.
Jesús mira al pasado, pero descubre cómo del pasado brota en lo nuevo.

El Evangelio no es un repetir el pasado.
Sino un darle nueva vida a lo viejo.
La Iglesia no es un museo donde se guarda el ayer.
Sino un museo donde, junto a los cuadros del pasado, exhibe los cuadros de lo nuevos artistas.
El pasado y lo nuevo caminan juntos como hermanos de vida.
El pasado sin lo nuevo está muerto.
Lo nuevo sin lo antiguo queda sin raíces.

Jesús nos habla de “sacar de sus tesoros lo nuevo”,
Pero sin olvidar lo “antiguo”.
No me gustan los que se niegan a que la Iglesia cambie.
Tampoco me gustan los que solo creen que lo único que vale es lo nuevo.
Yo no puedo negar el niño que un día fui.
Pero tampoco quiero quedarme en esa niño de hace tantos años.
Lo que dice el Papa:
Hay cosas que tuvieron su momento.
Pero que, dados los cambios, hoy ya no sirven.

Lo importante es “ir sacado de sus tesoros, lo nuevo y la antiguo”.
Hoy con mis años, no sean curiosos, porque no se los voy a decir, sigo sintiendo el niño que un día fui, pero siento que aquel niño ya no me sirve para vivir hoy.
Es parecido a la semilla:
Comienza por ser semilla.
Pero se hace tallo y luego espiga.
Ni tendremos espiga sin semilla.
Ni tendrá sentido la semilla que no se convierte en espiga.

Clemente Sobrado C. P.

Bocadillos espirituales para vivir el Tiempo Ordinario: Miércoles de la 17 a. Semana – Ciclo A

“Dijo Jesús a la gente: “El Reino de los Cielos se parece a un tesoro escondido en el campo: el que lo encuentra lo vuelve a esconder y, lleno de alegría, va a vender todo lo que tiene y compra el campo. El Reino de los cielos se parece también a un comerciante que busca perlas finas que, al encontrar un de gran valor, se va a vender todo lo que tiene y la compra”. (Mt 13,44-46)

Flickr: zen Sutherland

El texto lo hemos leído el pasado domingo.
Y la liturgia vuelve recordárnoslo de nuevo hoy.
Lo que nos demuestra la importancia del mismo.

Nosotros lo vamos a titular:
“El tesoro de la alegría”.
“La perla de la alegría”.
“El vender y renunciar a todo con alegría”.
Dos sencillas parábolas que pudieran marcarnos el camino de la fe.

Benedicto XVI lo expresó muy bien cuando escribió:
“No se comienza a ser cristiano por una decisión ética, sino por el encentro con un acontecimiento, con una persona, que da un nuevo rizonte a la vida y, con ello, una orientación decisiva” (DC 1)

No comenzamos a ser cristianos con la moral bajo el brazo.
No comenzamos a ser cristianos con una decisión ética.
Comenzamos a ser cristianos:
Descubriendo la belleza de Jesús.
Descubriendo la belleza de la fe.
Descubriendo la belleza del Evangelio.
De otro modo lo dijo también Jesús: “buscad primero su justicia y el resto vendrá por su cuenta”.

De ordinario:
Comenzamos aprendiendo ideas de memoria.
Comenzamos aprendiendo de memoria cosas del Evangelio.
Comenzamos aprendiendo cosas sobre Jesús.
Es que comenzamos por la cabeza.
De ahí que luego todo nos parece cuesta arriba.

¿No estará ahí el fallo de la pedagogía de nuestros padres?
¿No estará ahí el fallo de la pedagogía de la Catequesis?
¿No estará ahí el fallo de la pedagogía de la Iglesia?
Comenzamos por aprender doctrinas.
Comenzamos por aprender verdades y teorías.

El primer paso es encontrarnos con Jesús.
Presentar la belleza y la riqueza de Jesús.
Primero tendremos que descubrir la grandeza de Jesús.
Primero tendremos que enamorarnos de Jesús y su Evangelio.
Primero tiene que ser un encentro personal.
¿A caso los enamorados comienzan por las ideas que llevan en la cabeza?
¿A caso no comienzan por enamorarse el uno del otro como persona?

Mientras Jesús no sea nuestro tesoro, no venderemos nada por él.
Mientras Jesús no sea nuestra perla preciosa, no venderemos nada.
Solo cuando nos hemos encontrado con Jesús y nos hemos enamorado de él, estaremos dispuestos a vender con alegría todo lo que tenemos.
Sólo cuando Jesús sea el centro de nuestro corazón, la ética y la moral la viviremos con alegría.
Sólo cuando Jesús sea el verdadero tesoro de nuestro corazón, seremos capaces de venderlo todo, renunciar a todo por él.

Las raíces de nuestra fe no están ni en la ética ni en la moral.
Las raíces de nuestra fe están en un “encuentro personal” con El.
Cuando Jesús nos ha ilusionado, todo nos parecerá fácil.
El predicó el Evangelio, pero comenzó por la invitación a “seguirle para estar con él”.
Un cristianismo sin Jesús tesoro y perla del corazón puede ser una teoría, un sistema, una institución.
La alegría será la señal del cristiano, cuando hayamos descubierto a Jesús como el tesoro de nuestra vida.

Primero ilusionarnos con Jesús.
Luego vendrán las doctrinas sobre Jesús.
Pero doctrinas sin Jesús no pasan de teorías, de ideas que no llegan al corazón.

¿No habrá que cambiar el sistema de nuestra catequesis?
¿No habrá que cambiar el modelo de nuestra predicación?
“Yo no sé entre vosotros otra cosa que Jesús y este crucificado”.
La fuerza y la energía evangelizadora de Pablo estuvo en su encuentro con Jesús, por el cual “todo el resto lo considero pérdida”.
Personalmente no sigo ideas ni doctrinas.
Sigo al que ha ganado mi corazón. Y este es Jesús.
El resto, vendrá por su cuenta.
No somos cristianos por las ideas.
Somos cristianos porque nos hemos enamorado de Alguien.

Clemente Sobrado C. P.

Bocadillos espirituales para vivir el Tiempo Ordinario: Martes de la 17 a. Semana – Ciclo A

“Cuando Marta se enteró de que llegaba a Jesús, salió a su encuentro, mientras María se quedaba en casa. Y dijo Marta a Jesús: “Señor, si hubieras estado aquí no habría muerto mi hermano. Pero aún ahora sé que todo lo que pidas a Dios, Dios te lo concederá”. Jesús le dijo: “Tu hermano resucitará”. (Jn 11,19-27)

Dios parece no tener nuestras prisas.
Pero Dios no falla.
Nosotros puede que tengamos la impresión de que Dios siempre llega tarde, cuando ya no lo necesitamos.
Y sin embargo, Dios siempre llega a tiempo.
A tiempo, no para lo que nosotros queremos.
Pero sí a tiempo para lo que él quiere hacer en nosotros.

La figura de Marta es significativa:
A pesar de todo, le sale al encuentro.
Le sale al camino a esperar su llegada.
Es sincera en sus sentimientos.
Su amistad con Jesús no le impide decirle lo que siente y piensa:
“Señor, si hubieras estado aquí no hubiera muerto mi hermano”.
Tiene la suficiente confianza y decisión para expresarle su queja.
Tiene la suficiente sinceridad para abrirle la desilusión de su corazón.

Pero además, Marta, a pesar de sus sentimientos de frustración, sigue creyendo en las posibilidades de Jesús:
“Sé que lo que pidas a Dios, Dios te lo concederá”.
En el fondo manifiesta que no ha perdido la esperanza.
Sigue creyendo que Jesús puede cambiar las cosas.
Sigue creyendo que Jesús puede devolverle la vida al hermano.
Es un sufrimiento lógico la muerte del hermano.
Es un sufrimiento lógico su queja de que Jesús no haya hecho nada por Lázaro.
Pero, aún así, no es un sentimiento de desesperación.
Es un sentimiento abierto a la esperanza.
“Se que puedes pedir a Dios que Lázaro vuelva a la vida y que Dios te lo concederá”.
En el fondo, Marta intuye el posible milagro de la resurrección de su hermano.
Marta presiente que no todo está acaba, aunque hayan pasado ya cuatro Dios.
Sigue creyendo en las posibilidades de Dios.
Y sigue creyendo en las posibilidades de la oración de Jesús, “lo que pidas”.

Bello y doloroso modelo de la fe.
Su fe en Jesús está por encima del sufrimiento de la muerte del hermano.
Su fe en Jesús es capaz de creer que la vida puede volver a florecer.
No se deja hundir:
Ni por la desilusión.
Ni por el sentimiento de romper la amistad con Jesús.
Ni por la desilusión de la muerte.
Su corazón sufre, pero no se ha dejado aplastar.
Su corazón sufre, pero su fe es capaz de mantenerlo vivo en la esperanza.

Hermoso ejemplo:
Para cuantos nos vemos desilusionados de Dios.
Para cuantos nos vemos adoloridos de nuestros fracasos.
Para cuantos nos vemos desilusionados de nuestra amistad con Dios.

Es la fortaleza del corazón femenino.
Es la fortaleza de la fe de la mujer en la Iglesia.
Es la fortaleza de la fe que no pierde la esperanza de que la Iglesia volverá a florecer.
Es la fortaleza de seguir creyendo en el poder de la oración.
Es la fortaleza de seguir creyendo que para Dios nada hay imposible, ni la muerte.
Es la fortaleza de no encerrarse en su dolor y sale al encentro de Jesús.
Es la fortaleza de pedir el milagro de la vida.

La Iglesia necesita de ese “genio femenino” que dice el Papa.
La Iglesia necesita de esa presencia femenina para renovarse.
La Iglesia necesita de esa presencia femenina que haga el milagro de una nueva primavera.

Clemente Sobrado C. P.

Bocadillos espirituales para vivir el Tiempo Ordinario: Lunes de la 17 a. Semana – Ciclo A

Nuestra Señora de la Paz

“Jesús propuso esta otra parábola a la gente. “El reino de los cielos se parece a un grano de mostaza que uno siembra en su huerta; aunque es la más pequeña de los semillas, cuando crece es más alto que las hortalizas; se hace un arbusto más alto que las hortalizas, y vienen los pájaros a anidar en sus ramas”.
(Mt 13,31-35)

En Lima celebramos civilmente las Fiestas Patrias. Y religiosamente, la fiesta de Nuestra Señora de la Paz. Como otras veces nosotros vamos a guiarnos del calendario universal.

Bueno, después que Dios siendo tan grande se hizo tan pequeño, ya nada puede extrañarnos.
Ahora Jesús nos habla de la grandeza de lo pequeño.
Jesús nos habla de que de lo más pequeño, se pueden hacer cosas grandes.
Y que él no ha venido a formar un Imperio, como el Imperio Romano.
Ni tampoco una Nación poderosa que dispone de la bomba atómica.

A Dios le fascina:
lo pequeño que es capaz de transformar a lo grande.
lo pequeño que es capaz de cambiarlo todo.
lo pequeño que es capaz de producir cosas grandes.

Le fascinó una mujer insignificante del pueblo, para hacerla madre de su Hijo.
Le fascinó un pesebre, donde manifestarse al mundo.
Le fascinó un anciano, que lo cogió en sus brazos y lo mostró como luz de las naciones.
Y casi me atrevería a confesar que le fasciné yo, casi descalzo, con pantalón hecho de remiendos, y a quien un día se atrevió a llamar a la vida consagrada pasionista y al Sacerdocio.

Siempre me he preguntado:
¿Por qué a Dios le encanta lo sencillo?
¿Por qué a Dios le encanta lo pequeño?
¿Por qué a Dios le encanta lo que socialmente no significa nada?

El Reino de Dios, no es un Imperio.
Es como una semilla de mostaza, que a decir verdad a penas si se la ve.
La Iglesia de Dios, no es un Poder frente a los demás poderes.
Es como una semilla, llamada a crecer y extenderse por todo el mundo.
A muchos nos gustaría una Iglesia llamativa, esplendorosa.
A muchos posiblemente les encantaría una Jerarquía que se impone por su grandeza y majestad.
¿Sabían que los Cardenales antiguamente llevaban una cola de catorce metros?
Más que una de esas novias de la realeza humana.

A Dios le encanta la levadura.
Un puñadito de levadura capaz de transformar toda una masa de harina.
A Dios le la va mejor una Iglesia pobre, sencilla, sin grandezas.
Sino pequeña, pero con una gran energía transformadora del mundo.
¿Qué tiene de grandeza lo pequeño?
Lo pequeño suele ser siempre semilla de cosas grandes.
Lo pequeño revela mejor el poder de Dios y no nuestro orgullo humano.
Lo pequeño revela la fuerza de la vida.
Todo nace pequeño.
Hasta nosotros nacimos pequeños.
Nacimos de un óvulo fecundado por un espermatozoide que solo se ven al microscopio.
Y que sin embargo de ahí han nacido los grandes hombres.

La Iglesia:
No es grande ni por el número y por sus templos y manifestaciones.
Sino por ser semilla pequeña pero con gran vitalidad.
La misión de la Iglesia es ser “semilla”.
La misión de la Iglesia es sembrar “semillas”.
La misión de la Iglesia es fermento capaz de transformar a la humanidad y al mundo.
La misión de la Iglesia es ser semilla y fermento de evangelio.
La misión de la Iglesia es ser semilla y fermento de Dios.
La misión de la Iglesia es ser semilla y fermento de salvación.

Clemente Sobrado C. P.

Bocadillos espirituales para vivir el Tiempo Ordinario: Domingo 17 – Ciclo A

“El Reino de los cielos se parece a un tesoro escondido en el campo; el que lo encuentra lo vuelve a esconder y, lleno de alegría, va a vender todo lo que tiene y compara el campo. El Reino de los cielos se parece también a un comerciante que busca perlas finas que, al encontrar una de gran valor, se va a vender todo lo que tiene y la compra”. ( Mt 13,44-52)

La alegría es una de las realidades que garantizan la verdad de nuestra fe.
Nos han regalado la fe en el Bautismo.
Nos han enseñado a vivir nuestra fe.
Pero, no hemos aprendido a vivir nuestra fe como un “tesoro” ni “como un perla preciosa”.
Vivimos nuestra fe, porque queremos salvarnos.
Vivimos nuestra fe, como una especie de compromiso que no hemos asumido sino que nos la han impuesto.
Vivimos nuestra fe, no con la alegría de haber descubierto un tesoro.
Sino como una obligación.
Sino como algo que nos impone obligaciones y deberes:
Tengo que confesarme.
Tengo que ir a Misa.
Tengo que renunciar a mis placeres.
Tengo que portarme bien.
Algo así como tengo que pagar los impuestos prediales.

Y Jesús, nos quiere presentar el Reino de los cielos, y por tanto, el don de la fe:
Como quien se encentra con un tesoro.
Como quien descubre una perla preciosa.
Como quien está dispuesto a sacrificarlo todo por él.
Como quien está dispuesto a venderlo todo con “alegría”.

Jesús no nos ofrece el Evangelio:
Como un código de obligaciones.
Como un código de leyes.
Como algo que nos amarga la vida.
Sino como algo que vale más que todo.
Como algo por el cual bien vale la pena sacrificarlo todo.
Como algo por el cual sentimos la alegría de vender todo lo que tenemos.

Ser cristiano no es comprarnos una cara de austeridad.
Ser cristiano no es aceptar un camino de privaciones.
Ser cristiano no es vivir amargado y con cara de pocos amigos.
Ser cristiano es “encontrar un tesoro”.
Ser cristiano es “encontrar una perla preciosa”.
Ser cristiano es vivir de la alegría de venderlo todo para lograr el tesoro de seguirle a él.

O como dice el Papa Francisco:
“Invito a cada cristiano, en cualquier lugar y situación en se encuentre, a renovar ahora mismo su encuentro personal con Jesucristo o, al menos, a tomar la decisión de dejarse encontrar por El, de intentarlo cada día sin descanso. No hay razón para que alguien piense que esta invitación no es para él, porque “nadie queda excluido de la alegría reportada por el Señor”.

Y luego cita toda una serie de textos del Antiguo y Nuevo Testamento:
“Tú multiplicaste la alegría, acrecentaste el gozo”. (Is 9,2)
“¡Exulta sin freno, Sión, grita de alegría, Jerusalén, que viene a ti tu Rey, justo y victorioso” (Za 9,9)
El exulta de gozo por ti, te renueva con su amor, y baila por ti con gritos de júbilo” (So 3,17)
Es la alegría que se vive en medio de tus pequeñas cosas de la vida cotidiana, como respuesta a la afectuosa invitación de nuestro Padre Dios: “Hijo, en la medida de tus posibilidades trátate bien… No te prives de pasar un buen día”. Si 14,1.14)
Y no podía faltar la experiencia de María: “Mi espíritu se estremece de alegría en Dios mi Salvador” (Lc 1,47)
“Volveré a veros y se alegrará vuestro corazón, y nadie os podrá quitar vuestra alegría”. (Jn 16,22)

Es decir, el Evangelio de hoy no nos habla de un cristianismo que nos aplasta con sus leyes y obligaciones y moralismos.
Es una llamada a vivir nuestra fe con la alegría de quien “descubre un tesoro y encuentra una perla”.
Y es así como tendríamos que vivir nuestra fe.
No como una carga, sino como la fiesta de los tesoros y de las joyas preciosas.

Yo no quiero cristianos que se quejan de todo.
Yo no quiero cristianos que se lamentan de todo.
Yo quiero cristianos que se ríen de todo.
Yo quiero cristianos que hacen fiesta de todo.
Yo quiero cristianos que son la alegría y la fiesta de Dios.

Clemente Sobrado C. P.

La alegría de encontrar mi tesoro

Domingo 17 del Tiempo Ordinario – A

Me gustan estas dos parábolas por lo cortitas que son y por la belleza que encierra.
Primero, Jesús compara el Reino de Dios a un tesoro escondido.
Luego, nos habla de la fuerza que ejerce ese tesoro, hasta ser capaces de “venderlo todo por conseguirlo”.
Y no se trata de venderlo todo con la nostalgia de quedarse sin nada, sino la alegría de sacrificarlo todo por él.

Cuando llegué a la selva peruana, se hablaba mucho de que había muchos tesoros escondidos. Mi superior y un amigo mío se entusiasmaron, porque sospechaban que en uno de esos lugares había moneda antiguas escondidas.
Se compraron un detector de metales y se pasaron varias noches cavando. ¡Cuál fue su desilusión cuando se encontraron con un viejo orinal! Tenían una cara de desilusionados que daba pena.

Me imagino la cara que tendrían si logran encontrar el tesoro de esas monedas que buscaban.
Porque, como dice el refrán: “donde está tu tesoro está corazón”.
Yo añadiría: “donde está tu tesoro está la alegría de tu vida”.
“Donde está tu tesoro está la fuerza de la búsqueda”.

Pero creo que son pocos los que viven con gozo y con alegría su fe cristiana. Más bien diríamos que la vivimos con cierta resignación. Nos falta esa alegría y ese optimismo que brota de dentro de nuestro corazón como un manantial de vida. Y todo porque no hemos descubierto la riqueza y la belleza de nuestro ser cristiano, de nuestra vocación cristiana, es decir, el tesoro del Reino.

El que encontró el tesoro, dice el Evangelio:
Se fue corriendo a casa y vendió todo lo que tenía “con alegría”.
No le importó desprenderse de todo, con tal de conseguir algo que para él era importantísimo.
Su alegría y felicidad ya no estaba en lo que tenía sino en lo que había encontrado.

Me pregunto, si los cristianos consideraos:
nuestra fe como un tesoro.
a Jesús como un tesoro.
el Reino como un tesoro.
la Iglesia como un tesoro.
el Evangelio como un tesoro.
nuestra vocación como un tesoro.

¿Se nos notará por la alegría con lo vivimos?
¿Se nos notará por la alegría con que renunciamos a otras cosas?

Mientras no descubramos la importancia de la fe, seremos unos creyentes como obligados.
Mientras no descubramos el verdadero valor de la Iglesia, seremos unos miembros que habitamos en la Iglesia como quien vive en un hotel, pero que no la siente como su propia casa y su propio domicilio, como su hogar.
Mientras no descubramos la belleza del matrimonio, de la familia y del hogar, viviremos en él, pero como quien tiene que seguir adelante, pero sin la alegría del verdadero amor.
Mientras no descubramos la belleza del amor de la esposa o del esposo, seguiremos juntos aguantándonos como podamos.
¿Por qué nos cuesta tanto la fidelidad conyugal? ¿No será porque no hemos descubierto el amor verdadero como el tesoro y el sentido de nuestras vidas?
¿Por qué nos cuesta tanto regresar al hogar y preferimos quedarnos hasta tarde con los amigos?
¿No será porque no hemos descubierto el verdadero tesoro del calor de hogar y de familia?
¿Por qué nos cuesta tanto aceptar los criterios de la moral cristiana?
¿No será porque no hemos descubierto la verdadera belleza del Evangelio? “Donde está tu corazón allí está tu tesoro”.

La alegría de nuestra fe puede ser el camino que lleve a muchos otros al encuentro con Dios.
Yo no sé a cuántos habré puesto en el camino de Dios con mi predicación y mis libros, pero tengo la satisfacción de que la alegría de mi vocación religiosa y sacerdotal, fue el camino para que aquella francesa, a la que pudiéramos titular como el libro de la Sagan “Buenos días, tristeza”,
recuperase su fe, si es que algún día la tuvo,
y se encontrarse con Dios
y reencontrarse con la alegría que nunca había sentido en su corazón.
Sólo podremos ofrecer el tesoro del Reino, cuando nosotros lo hayamos encontrado y hayamos sentido la alegría de “venderlo todo con alegría”.

Señor: Gracias porque algún día descubrí el gran tesoro de tu Reino.
Gracias por la alegría de haberlo dejado todo por ese maravilloso tesoro de mi vocación.
Gracias porque esa mi alegría ha sido el mejor testimonio de haberte encontrado.
Regálanos cada día alegría de tu gracia.
Regálanos cada día la alegría de tu Evangelio.
Regálanos cada día la alegría que invite a otros a encontrarse contigo.

Clemente Sobrado C. P.

Bocadillos espirituales para vivir el Tiempo Ordinario: Sábado de la 16 a. Semana – Ciclo A

“El reino de los cielos se parece a un hombre que sembró buena semilla en su campo; pero, mientras la gente dormía, su enemigo fue y sembró cizaña en medio del trigo y se marchó. Entonces fueron los trabajadores a decirle a su amo: “Señor, ¿no sembraste buena semilla en tu campo? ¿De dónde sale la cizaña? “Un enemigo lo ha hecho”. Los trabajadores le preguntaron: “¿Quieres que vayamos a arrancarla?” “No, porque al arrancar la cizaña, podrán arrancar también el trigo. Déjenlos crecer juntos”. (Mt 13,24-30)

Las manchas se ven mejor cuando el vestido es blanco.
El pecado se ve mejor cuando la Iglesia es santa.
Los defectos se ven mejor cuando la gente es buena.
Y de seguro que la gente:
Ve mejor la mancha que llevas en el vestido, que el resto de vestido.
Ve mejor la mancha que llevas en la cara, que el resto de cara limpia.
Ve mejor los pecados los pecados de la Iglesia, que todo lo bueno que hay en ella.
Nosotros mismos vemos mejor lo malo que hacemos, que lo bueno.

Y sin embargo, nos guste o no:
Siempre habrá vestidos limpios con alguna que otra mancha.
Por eso los lavamos.
Siempre habrá gente buena con muchos defectos.
Siempre habrá una Iglesia Santa, manchada por nuestros pecados.

Jesús quiere una Iglesia Santa.
Sin embargo sabe que su Iglesia será un trigal con cizaña creciendo junto al trigo.
Sabe que su Iglesia tendrá muchos santos, pero que a su lado, también existen pecadores.
Que también los pecadores son parte de la Iglesia.
Y que la Iglesia no dejará de ser Iglesia, aunque la manchemos con nuestras infidelidades.
Y que Jesús la sigue amando, por más que vea en ellas manchas de pecado.

Frente al pecado de la Iglesia:
Unos se escandalizarán.
Otros ni se darán cuenta.
Otros gritarán que esa no es la Iglesia de Jesús.
Tampoco faltarán los puritanos que piden echar a la Iglesia a los malos.
Ni faltarán quienes quisieran una Iglesia donde crezca solo el trigo.
En cambio, Jesús ni se escandaliza ni protesta, ni excluye a los malos.

¿Razones?
La cizaña nunca se convertirá en trigo.
Pero se la podrá seleccionar a la hora de la cosecha.
Pero en la Iglesia, los buenos siempre tienen la posibilidad de ser malos.
Y los malos siempre tienen la posibilidad de ser buenos.
Ni los buenos hoy están seguros para mañana.
Ni los malos están condenados para siempre.
Todos vivimos el riesgo de las posibilidades.

En mi vida consagrada y sacerdotal he sido testigo de muchos que un día se consagraron a Dios y se ordenaron y luego abandonaron lo uno y lo otro.
En mi vida sacerdotal he sido testigo de muchos que, después de una vida destrozada, a los treinta, cuarenta o sesenta años, ha regresando con el corazón roto pidiendo misericordia.
He gozado mucho con la bondad de muchísimos corazones.
Y hasta he sentido pena de no ser tan fieles como ellos.
Pero creo que he gozado más, cuando me llega uno de esos tiburones, que a los setenta años me da un abrazo con lágrimas de gozo por haber regresado al camino y a los brazos de Dios.

Iglesia:
Sé que Jesús te quiere sacramento de salvación.
Y sé que muchos veces muchos te han abandonado por tus miserias.
Sé que sería maravillosa una Iglesia de Santos.
Pero ¿no es también maravilloso ver que muchos que no lo son, todavía pueden serlo?
Por eso, Iglesia, te amo como eres.
Quisiera que fueses como Jesús “te pensó, te quiso y te amó”.
Pero te seguiré amando como eres.
Con mi santidad y con mi pecado.
Y me sentiré feliz de poder caminar cada día codo a codo, santos y pecadores.
“Dejemos crecer juntos buenos y malos”.
Y sigamos sembrando, aunque luego veamos que también abunda la cizaña.

Clemente Sobrado C. P.