Con los ojos del amor
Noviembre 9, 2009 · Dejar un comentario
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Hasta vaciar los bolsillos
Noviembre 5, 2009 · Dejar un comentario
Domingo 32 b del ordinario
Cuando era seminarista, en el Seminario había como medio centenar de colmenas. Cuando llegó el momento de extraer la miel, el encargado, nos dijo el primer día: “pueden comerse toda la miel que quieran”. Para mí me sonó a fiesta. Por fin podía comer miel hasta saciarme. Pero cuál fue mi desilusión cuando después de hartarme de miel sentí que mi lengua se había como anestesiado. Había perdido el gusto y hasta la miel me repugnaba verla.
Había perdido la sensibilidad en mi lengua y en toda mi boca.
¿No nos estará sucediendo esto mismo con nuestra sociedad de bienestar que, de tanto consumo, perdemos la sensibilidad frente a las necesidades de los demás?
El Evangelio de hoy despierta en mí dos consideraciones:
Una, la sensibilidad de los necesitados hacia los necesitados.
Otra, el estilo de ver y mirar que tiene Jesús.
Es que en la vida todo depende de cómo la vemos y la miramos.
Sensibilidad de los necesitados
Es interesante la frase de Jesús, mientras contempla a la viuda echando su limosna en el cepillo del templo. “ésta, que pasa necesidad, ha echado todo lo que tenía para vivir”. Es posible que su propia experiencia de “vivir en la necesidad”, la hubiese sensibilizado frente a quienes como ella están con la soga al cuello. Pareciera que es preciso pasar por esas experiencias dolorosas para comprender la experiencia de los demás.
Quien nunca ha pasado hambre, no sabe lo que es el hambre.
Quien nunca ha sufrido sed, no sabe lo que es tener sed.
Quien nunca ha estado enfermo, no sabe lo que es la enfermedad.
Quien nunca ha estado en la cárcel, no sabe lo que es estar preso.
Quien nunca ha estado solo, no sabe lo que es la soledad.
Quien nunca ha carecido de una casa cómoda, no sabe lo que es que llegue la noche y no saber donde dormir.
A veces las propias necesidades nos hacen comprender mejor las necesidades del otro, mientras que quienes nunca las han experimentado solo las conocen de memoria pero nunca les llegan al corazón. La pobre viuda, pasaba necesidad, por eso, desde sus propias carencias fue capaz de dar todo lo que tenía para vivir. ¿Alguien da más?
El estilo de ver y mirar
Pero el Evangelio de hoy nos enseña también otra cosa. ¿Cómo miramos nosotros las cosas? Alguien pudiera decir: con esos centavitos de la vieja viuda, el tesoro de Templo no se engordará demasiado. En cambio, Jesús vio la cosa, no desde la capacidad de almacenamiento de las arcas del Templo, sino desde la generosidad del corazón. Las cosas son como las miramos.
Tagore escribía: “¡Abre de par en par las puertas, que entre la luz de la mañana!” Todos, al levantarnos, abrimos las ventanas para que se airee la habitación. Porque una habitación cerrada mucho tiempo termina oliendo a humedad. Con nuestras vidas suele suceder algo parecido.
Si nos cerramos a los demás, poco a poco nos irá entrando la humedad y el moho en el corazón.
Si nos cerramos a los demás, poco a poco nos irá entrando la humedad a nuestras ideas y a nuestro modo de pensar.
Pero si cada mañana comenzamos por abrir nuestras mentes a los demás, veremos que todos tienen una luz nueva.
Si cada mañana comenzamos el día abriendo nuestros corazones a los demás, nos iremos dando cuenta durante el día de que los demás son mejores de lo que pensábamos. Que no eran tan malos y que incluso pueden ayudarnos a ser nosotros mejores.
Si cada mañana comenzamos el día abriendo nuestra mano a los demás, luego los sentiremos más amigos y más cercanos a nosotros.
Alguien escribió que “el mundo es no como es sino como nosotros lo vemos”. Algo parecido pudiéramos decir de los demás. No suelen ser lo que son sino como nosotros somos capaces de verlos. Todo depende de cómo los miramos. Todo depende de cómo los vemos. Podrán tener muchos defectos. Pero para nosotros seguirán siendo como nosotros los vemos y miramos.
¿Cómo es para ti el mundo? Dime cómo lo miras.
¿Cómo son para ti los demás? Dime cómo los miras”.
¿Cómo es Dios para ti? Dime cómo lo miras.
Las ventanas no solo dejan entrar la luz en la habitación, también nos dejan ver la belleza del parque. La ventana de nuestros ojos no solo nos deja ver a los demás, sino que nos hace ver el interior y la verdad de sus vidas.
Oración
Señor: No te pido me hagas pasar hambre, pero sí que me des sensibilidad
con los que pasan hambre.
No te pido que me dejes solo, pero sí que me des sensibilidad para los sufren soledad.
No te pido que me olvides, pero sí que me des sensibilidad para todos los olvidados.
Señor: Dame tus ojos para que pueda ver como tú ves, mirar como tú miras.
Porque quisiera ver a los demás, como tú los ves.
Quisiera ver el mundo como tú lo ves.
Clemente Sobrado C. P.
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Llamados a la santidad
Noviembre 1, 2009 · Dejar un comentario
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Etiquetado: bienavanturanza, iglesia, santidad, santo
¿Santo yo?
Octubre 29, 2009 · Dejar un comentario
Domingo 31 b – Todos los santos
Cuando a alguien le dices que es “un Santo” se pega un susto como si le llamases qué sé yo. Es que nos han puesto eso de la santidad tan lejana y además para tipos extraterrestres, que cuando nos hablan de que “tenemos que ser santos”, la verdad que no lo creemos.
Nos hemos hecho una idea extraña del santo y de la santidad. Es que nos han acostumbrado a que sencillamente seamos “gente buena”, es decir, “que no hacemos mal a nadie”, pero todavía eso de que el bautizado está llamado a la santidad no entra en nuestras cabezas. Y el caso es que todos nos quedamos tan tranquilos.
Yo no sé qué diríamos si cuando nacemos a todos se nos dice: “tú conténtate con ser enano”. Lo de ser un tipo alto déjalo para los de la NBA. Tú, contento con ser uno de los “siete enanitos”.
Nos han presentado los santos como unos seres tan extraños que todos nos hemos resignado a ser “normales”, es decir “enanos”. Y demás felices de serlo en el circo de la gracia y del bautismo.
Y nos lo dicen a la cara. Cuando uno quiere tomar en serio su bautismo y el Evangelio, inmediatamente el ambiente nos reclama gritando: “no hagas tonterías, sé normal”. Como si el quedarnos achatados espiritualmente fuese una normalidad. Lo grande no nos pertenece, al menos, no es para nosotros. El llegar a la adultez de la fe y a la maduración de la gracia no nos perteneciese.
En todo queremos ser capeones. Menos en santidad.
En alpinismo queremos llegar a las más altas cimas. Menos en santidad.
En atletismo queremos ganarnos la medalla de oro. Menos en santidad.
En fútbol queremos ser capeones. Menos en santidad.
En ciclismo todos esperan de nosotros nos vistamos la camiseta de líderes. Menos en santidad.
En todo luchamos y la gente nos anima y grita para alentarnos.
Menos en santidad.
Por eso me atrevería a decir que para ser santos es preciso ser sordos.
Es preciso no escuchar lo que se dice a nuestro alrededor.
Por eso se dice de aquel muchacho del pueblo que ganó la competencia.
Tenían que subir y treparse a un árbol engrasado y muy resbaladizo.
Había uno que no tenía trazas de poder hacer algo.
Y la gente le gritaba: “¡tú no puedes!”, “¡tú no puedes!”
Hasta que por fin, fue el único en llegar hasta arriba.
Todo el mundo se quedó admirado.
¿Y saben por qué ganó, a pesar de todo? El muchacho era sordo y no escuchaba los gritos de desaliento de la gente.
¿No nos sucederá algo parecido con eso que llamamos santidad?
Uno tiene que ser sordo y no escuchar a la gente, sino a Dios que le habla al corazón y le da alientos y ánimos para seguir luchando hasta el final.
Unamuno escribía que el santo y el héroe viven en la soledad, porque ellos escuchan voces misteriosas dentro de su corazón, y que los demás no escuchan. Por eso no los comprendemos ni los entendemos.
Hay algo que me extraña en este Día de Todos los Santos, nuestro día. ¿Y saben lo que es? Las misas en las que celebramos esta santidad de todos, suelen estar relativamente vacías, al menos por estas tierras. ¿Saben por qué?
La gente en vez de celebrar la santidad acude a los cementerios, a visitar a sus muertos, que ya no están allí, sino gozando de su santidad en el cielo. Pero los muertos parecen sentimentalmente más importantes que la santidad de los vivos.
Llevamos flores a los sepulcros, pero no ofrecemos en este día un ramo de flores a los santos de nuestra familia y de la comunidad cristiana.
Entre los siete criterios que Juan Pablo II marcó como iluminadores de la pastoral del nuevo milenio, el primero en señalar es “la santidad” y escribía: “En primer lugar, no dudo en decir que la perspectiva en la que debe situarse el camino personal es el de la santidad. …. Es el momento de proponer de nuevo a todos con convicción este “alto grado” de la vida cristiana ordinaria. La vida entera de la comunidad eclesial y de las familias cristianas debe ir en esa dirección”. (NMI n.31)
Oración
Señor: Tú eres el Santo. Y a nosotros nos quieres santos.
Nos has hecho demasiado grandes para que nos quedemos pequeños.
Nos has hecho con un corazón demasiado grande para que nosotros lo achiquemos.
Señor, que no seamos menos de lo que Tú quieres que seamos.
Que no seamos buenos si podemos ser santos.
Que no seamos menos si podemos ser más.
Clemente Sobrado C. P.
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Que puedo hacer por ti
Octubre 25, 2009 · Dejar un comentario
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