Domingo 14 b del ordinario
El Evangelio de hoy resulta muy curioso. Y revela nuestros esquemas mentales, nuestra manera de pensar y valorar. La gente se admira y se hace lenguas de la sabiduría de Jesús. Pero lo que ya no entiende es que “sea el hijo del carpintero”.
No nos asusta la grandeza de Dios. Pero nos escandaliza su sencillez y cuando se hace pequeño. “Y esto les resultaba escandaloso”. No se escandalizan de que Dios tenga una sabiduría especial, sea omnipotente, haga milagros, sea grande. Pero nos escandaliza verlo de carpintero del pueblo.
Toda su admiración por “su sabiduría”, sus “milagros” se viene abajo cuando se dan cuenta de que Jesús es el hijo del carpintero y conocen a toda su parentela que no pertenecía a la clase alta sino a la clase sencilla y pobre del pueblo. Su apellido no era de los que sonaban y hacían historia.
Dios empeñado en rebajarse hasta hacerse hombre y carpintero. Y nosotros empeñados en elevar a Dios tan alto que ni lo podemos ver. Dios empeñado en hacerse uno de nosotros y como nosotros. Y nosotros empeñados en hacerlo distinto a nosotros.
Eso de rebajarse como que no nos va.
¿Quién quiere vaciarse de sus títulos o dignidades?
¿O al menos, no exhibirlas como un trofeo?
Todos queremos subir, aunque sea a cuenta de los demás.
Todos sacamos nuestros pergaminos para que la gente nos considere que somos alguien.
Todos queremos que delante de nuestros nombres pongan: Don, Su Eminencia, Su excelencia, Reverendísimo, Ilustrísimo.
Es que esos títulos lucen, a uno le dan brillo.
Uno puede ser un don nadie, pero con uno de esos títulos por delante, todo el mundo se te rinde.
Si Jesús hubiese sido Ingeniero, Arquitecto, Senador, Presidente de la República, Obispo o aunque no sea más que Párroco o Superior de una Comunidad o Presidente de alguna entidad pública, o algo así, todos le creerían. Pero, como era “hijo del carpintero” y su familia no era de renombre en el pueblo, “se escandalizaban de él”.
Por eso Dios nos suele resultar desconcertante, porque camina en siempre en dirección contraria a nosotros.
El queriendo acercarse al hombre y nosotros empeñados en verlo desde lejos.
El queriendo parecerse a nosotros y nosotros empeñados en hacerlo distinto.
El queriendo familiarizarse con nosotros y nosotros empeños en sentirlo extraño.
El queriendo hacerse sencillo y nosotros empeñados en hacerlo complicado.
El queriendo que le tratemos de tú y nosotros tercos en llamarle “Señor”.
El queriendo hacerse débil y nosotros seguimos tercos con eso de “omnipotente”.
El queriendo hacerse pobre por nosotros y nosotros tercos en querer verlo rico.
El queriendo inspirarnos confianza y nosotros tercos en tratarlo siempre con grave reverencia: “Señor”.
Y el caso es que, con esas nuestras actitudes, le impedimos hacer su obra en nosotros. “Y no pudo hacer allí ningún milagro”. “Y se extrañó de su falta de fe”.
Porque es fácil creer en un Dios que nosotros hacemos y creamos a la medida de nuestras mentalidades.
Pero la fe no consiste en creer en el Dios que nosotros nos inventamos sino en el Dios que se nos revela tal y cual quiere que le conozcamos.
Dios no quiere imponerse por su poder sino por su amor.
Dios no quiere que le amemos por su grandeza sino por su sencillez.
Dios no quiere que le temamos por omnipotencia, sino que le amemos por hacerse como nosotros.
Dios quiso ser carpintero, arregla sillas, arregla patas de mesa.
Dios quiso ser carpintero para oler a viruta y aserrín.
Dios quiso ser carpintero para oler a madera.
Y esto lo transferimos luego a la realidad de la vida. Un amigo mío era socio de una empresa. Su otro socio decidió retirarse y él le compró su parte. Pero le dio un consejo: “Oye, supongo que tirarás ese “Vokswagen” y te comprarás un “Mercedes” aunque sea de segunda mano, porque ¿qué banco te va a prestar dinero si te ven con ese carro?
Es que para nosotros las apariencias valen mucho, aunque sea de segunda mano. Pero que sea de los que suenan alto. Lo mismito le pasó a Jesús: habla bonito, dice cosas extraordinarias, tiene una sabiduría única, pero no tiene carro, es un simple carpintero.
Oración
Señor: Cuando mi pobreza me impedía soñar, solo pude pensar:
“Seré zapatero o carpintero”.
Y ni fui zapatero ni fui carpintero.
Pero en aquel entonces no se me hubiera pasado por la cabeza,
que eso de ser carpintero no vale para ser Dios.
Pero un día tú sin renunciar a tu condición divina, te hiciste carpintero.
Por eso los tuyos no quisieron creer en ti.
Pero te doy gracias porque sabes mucho de maderas y de clavos.
Porque así te has hecho más cercano y asequible a nosotros.
No te pido que arregles mis sillas rotas,
sino que seas el carpintero que arreglas cada día mi corazón roto.
Clemente Sobrado C. P.
(Si este mensaje te ha dicho algo, compártelo con tus amistades)



1 respuesta hasta el momento ↓
mario santander aguirre // Julio 5, 2009 a 3:37 pm
apreciado y queridisimo padre clemente :
antes que nada quiero agradeceros por vuestras palabras tan reconfortantes hoy que me confese con ud.
efectivamente, debo vencer el ostracismo y el miedo en el que estaba a raiz de la mala experiencia del asalto que tuve el miercoles. muchisimas gracias padre , que Dios siempre lo bendiga, y rece siempre por mi.
padre escuche hoy vuestra homilia, y efectivamente, me hizo reir un poco, porque aun hay gente retrograda que sigue echando la culpa a la iglesia de eventos que ya pasaron , como la inquisicion y las cruzadas.
y como ud. dijo, muchas personas no creen en lso sacerdotes por que algunos casos y escandaletes, hacen que la gente generalice (me incluyo, ya que es uno de mis peores defectos), ejm: el escandalo del padre alberto cutie o el padre martin .
nuevamente padre clemente un saludo a la distancia.
mario santander