Bocadillos espirituales para vivir el Tiempo Ordinario: Martes de la 28 a. Semana – Ciclo A

“Un fariseo lo invitó a comer en su casa. El entró y se puso a la mesa. Como el fariseo se sorprendió al ver que no se lavaba las manos antes de comer el Señor le dijo: “Ustedes, los fariseos, limpian por fuera la copa y el plato, mientras que por dentro están llenos de robos y maldades. ¡Necios! El que hizo lo de fuera ¿no hizo también lo de dentro?” (Lc 11, 37.41)

El Evangelio de hoy nos revela una gran realidad.
El problema entre lo interior y lo exterior.
Una realidad que nos afecta a todos.
Una realidad que nos cuestiona a todos cada día.
Todos queremos aparentar, aunque no seamos.
Todos queremos vivir del maquillaje, más que de la realidad.
Y de esto no nos libramos nadie, bueno, casi nada.

Los fariseos nosotros los entendemos como los que aparentan y no son.
Pero quién no lleva mucho de fariseo en su vida.
Comenzamos el día haciéndonos nuestro “tartajeo” ante el espejo.
Comenzamos el día perfumándonos antes de salir a la calle.
Y a todos nos parece normal.
Yo también lo hago, porque trato de arreglar los cuatro pelos que me quedan para cubrir el pedazo de calavera que me queda.

El problema está cuando esto se convierte en un problema religioso.
Nadie quiere aparecer como mentiroso.
¿Pero cuántos dejan de mentir durante el día?
Nadie quiere aparecer como deshonesto.
¿Pero cuántos a lo largo del día metemos gato por liebre?
Nadie quiere aparecer como infiel.
¿Pero cuántos llevamos luego una doble vida?
Nadie quiere aparecer injusto.
¿Pero cuántos pagamos lo que es debido?
Nadie quiere aparecer como ladrón.
¿Pero cuántos no se llevan aunque sea unos chocolates del supermercado?

Se cuenta de Santa Gema Galgani que sus hermanos eran pícaros y sabían la delicadeza de su hermana. Un día mientras dormía le llenaron la cara de manchitas de tinta. Al despertarse le dijeron que era una mentirosa, porque a los mentirosos Dios les pintaba la cara de manchitas. Ella asustada se fue al espejo y llorando decía: “Yo no he mentido, yo no he mentido”.

Si fuese cierto que Dios nos pinta la cara con el bolígrafo cada vez que mentimos nos sentiríamos mal por ser descubiertos pero no por haber mentido.
Dios se fija poco en las apariencias.
Dios suele mirar al corazón.
Dios se fija poco en lo que aparentamos.
Pero se fija en lo que somos.
Cuidar lo de afuera no es malo.
Pero que las apariencias bonitas de afuera no escondan la fealdad de lo de dentro.

Nos acercamos a comulgar a Cristo en nuestro corazón.
Pero salimos de la Iglesia y lo primero que hacemos en chismorrear de los demás.
Rezamos nuestro Padre nuestro.
Pero ¿quién acepta de verdad a Dios como Padre y a los demás como hermanos?
Rezamos nuestro Padre nuestro.
Pero, ¿quién perdona de verdad al hermano?
Rezamos nuestro Padre nuestro.
Pero, ¿quién se compromete luego en la construcción de su Reino?
Vamos a Misa, hasta es posible que lo hagamos cada día.
Pero ¿vivimos luego el misterio pascual en nuestros corazones?

El día de mi ordenación se me dijo que “viviese lo que anunciaba y que fuese lo que celebraba?”
Figuro como buen sacerdote, pero ¿vivo lo que anuncio?
Me creo buen sacerdote, pero ¿soy lo que celebro?
Es fácil lavarse las manos.
Y, por higiene tendremos que hacerlo.
Lo difícil es lavar de verdad el corazón.
Es fácil ser guapos y bonitos por fuera.
Lo difícil es la belleza del corazón.

Dios no nos quiere sucios por fuera.
Pero sí quiere vernos limpios por dentro.
Me gustan las flores porque son las mismas por dentro y por fuera.

Clemente Sobrado C. P.

Bocadillos espirituales para vivir el Tiempo Ordinario: Lunes de la 28 a. Semana – Ciclo A

“Y aquí hay Alguien que es más que Salomón. El día del juicio, los hombres de Nínive se levantarán contra esta generación y la condenarán, porque ellos se convirtieron con la predicación de Jonás, y aquí hay Alguien más que Jonás”. (Lc 11,29-32)

Pareciera que Dios y el hombre emiten en frecuencias distintas.
Dios nos habla por medio de Jesús.
Pero nosotros preferimos escuchar a los hombres.
Dios nos presenta el gran signo de su amor en la persona de Jesús.
Pero nosotros preferimos otros signos y señales.
La Reina del Sur creyó en la sabiduría de Salomón.
Pero nosotros no creemos en la sabiduría de Dios manifestada en Jesús.
Los Ninivitas creyeron a la predicación de Jonás.
Pero nosotros no creemos a la predicación de Jesús.

¿No nos está sucediendo algo parecido también a nosotros?
Creemos a cualquier Gurú oriental.
Pero no creemos al Evangelio.
Creemos a cualquiera que dice no sé qué cosas.
Pero no creemos a la Iglesia.
Creemos a lo que enseña tal profesor.
Pero no creemos al Sacerdote cuyo ministerio es anunciar el Evangelio.
Creemos a las noticias de los periódicos.
Pero no creemos a las noticias de Dios en el Evangelio.
Creemos a cualquiera que se atreve a anunciar el fin del mundo para pasado mañana.
Pero no creemos al Evangelio que nos dice que “nadie sabe ni el día ni la hora”.

Y por eso tenemos la manía de pedirle a Dios:
Señales que nos convenzan.
Signos que sean de nuestro agrado.
Signos que nosotros quisiéramos.

El gran signo de Dios es la encarnación de Jesús.
Pero parece que solo nos sirve para la gran cena de Navidad.
Jesús está haciendo a diario signos que nos hablan de Dios.
Cada día:
curaba enfermos.
se acercaba a los pobres y necesitados.
sentía lástima de los que no tenían que comer.
se le estremecían las entrañas de compasión por los que sufrían.
salía a favor de los pecadores y comían con ellos.

Sin embargo, exigían otros signos.
Llegó a ofrecer el mayor de todos los signos: su muerte por nosotros.
¿Tampoco este signo es válido?

Y hoy nos sigue ofreciendo infinidad de signos:
La Iglesia como sacramento de salvación.
Su Palabra como Palabra del Padre.
Su presencia en la Eucaristía.
El perdón en el sacramento de la Penitencia.
La comunión como sacramento de vida.

¿Tampoco estos serán signos suficientes para creer en El?
La entrega de tantos hombres y mujeres al servicio de los enfermos.
La entrega de tantos hombres y mujeres al servicio de los necesitados.
La entrega de tantos hombres y mujeres que sacrifican su vida por la fe.
¿Tampoco estos son signos que hacen visible a Dios?

¿Qué signos y señales tendrá que hacer Dios para que nos fiemos de Él?

Clemente Sobrado C. P.

Bocadillos espirituales para vivir el Tiempo Ordinario: Domingo 28 – Ciclo A

“El reino de los cielos se parece a un rey que celebraba la boda de su hijo. Mandó criados para que avisaran a los convidados a la boda, pero no quisieron ir. Vayan ahora a los cruces de los caminos, y a todos los que encuentren invítenlos a la boda Los criados salieron a los caminos y reunieron a todos los que encontraron, malos y buenos”. (Mt 22,1-14)

Dios no invita a velorios.
Dios invita siempre a la fiesta.
Dios no invita a una vida sin alegría.
Dios invita siempre a la celebración de bodas.
Dios invita siempre al banquete de la vida.

Yo me pregunto:
¿Por qué los hombres aceptamos ir a cualquier boda?
¿Por qué nos resistimos a aceptar la invitación de Dios?
¿Por qué tenemos miedo tanto miedo a las invitaciones de Dios?
Nos invita a ser sus hijos y nosotros nos resistimos.
Nos invita a compartir su propia vida y nos resistimos.
Nos invita a la vida de la gracia, y nosotros preferimos el otro camino.
Nos invita a la comunidad eclesial, y nosotros preferimos nuestro individualismo.
Nos invita a vivir la fiesta de la fe, y nosotros ponemos todas las dificultades.
Nos invita a vivir la alegría de ser hermanos, y nosotros preferimos sentirnos como extraños.

Creo que los cristianos tenemos una gran deuda con Dios:
El quiere que vivamos la fiesta, y nosotros pensamos que eso debe ser aburrido.
El quiere un cristianismo alegre, y nosotros se lo ponemos tan serio que no anima a nadie.
El quiere ser un padre, y nosotros lo hemos declarado un suegro amargado.
Dios quiere vernos sonreír, y nosotros ponemos cara de pocos amigos.
El habla de boda y nosotros empeñados en velorios.
Creo que estamos en deuda de devolverle a Dios:
la sonrisa.
la fiesta de la alegría.
su verdadero rostro.
En deuda de devolverle su verdad a Dios deformada por nosotros.
Alguien escribió con humor negro: “En el cristianismo, todo aquello que nos agrada, o es pecado o engorda”.
Hemos hablado más del pecado que de la gracia.
Hemos hablado más del infierno que del cielo.
Hemos hablado más de la muerte que de la vida.
Hemos hablado más de la condenación que de la salvación.
Hemos hablado más del juicio que del abrazo comprensivo de Padre.

¿No seremos nosotros los culpables:
De que muchos se resistan a asistir a la boda?
De que muchos pongan excusas de participar en el banquete de bodas?
De que muchos hayan perdido el apetito de la boda de Dios con nosotros?
De que muchos hayan perdido el apetito de la fiesta dominical?
De que muchos hayan perdido el gusto de la vida de gracia y se sientan mejor viviendo de espaldas?

Es preciso devolverle a Dios el sentido de boda.
Es preciso devolverle al cristianismo el sentido de fiesta.
Hagamos apetecible la llamada de Dios.

Digamos como Isaías:
“Tú multiplicaste la alegría, acrecentaste el gozo” (9,2)
“Dad gritos de gozo y júbilo”. (12,9)

O con Zacarías:
“¡Exulta sin freno, Sión, grita de alegría, Jerusalén, que viene a ti tu Rey, justo y victorioso!” (9,9)

O como dice el Papa Francisco:
“Con Jesucristo siempre nace y renace la alegría. En esta Exhortación quiero dirigirme a los fieles cristianos, para invitarlos a una nueva etapa evangelizadora marcada por esa alegría, e iniciar caminos para la marcha de la Iglesia en los próximos años”.

La nueva evangelización tendrá que ser la evangelización de la boda, que atraiga a todos y no espante a nadie; donde todos quieran entrar y ninguno quiera salir.

Clemente Sobrado C. P.

Dios repartiendo invitaciones de boda

Domingo 28 del Tiempo Ordinario – A

Uno de los problemas de los novios antes de casarse es hacer la lista de los invitados y repartir las tarjetas de invitación. A mí me suelen llegar bastantes. Y debo confesar que no les hago ni caso. Reconozco que es una falta de cortesía.

Pero lo que nunca me hubiera imaginado es ver a Dios repartiendo a domicilio tarjetas de invitación para la Boda de su Hijo. Hasta ahí no llegaba mi fantasía e imaginación. Pero al leer el Evangelio de hoy, debo reconocer que es verdad. Dios siempre salta sobre todos mis esquemas mentales.

A Dios le encanta utilizar nuestras realidades humanas para expresase a sí mismo y decirnos algo de su corazón. Y una de esas realidades que Dios más ha utilizado, ha sido desde siempre la imagen de “alianza”, “boda”, “compromiso nupcial”. Es que la boda implica el gran acontecimiento de dos que se aman y se quiere. Y esta es la realidad de Dios en relación con nosotros.
No quiere ser un simple compañero de viaje.
No quiere una simple amistad donde cada uno vive lo suyo.
Dios se declara “novio” y luego “esposo”.

LRODCW

Dios siente que la relación de su hijo primero fue de “novio” y Jesús mismo lo reconoció. “Los amigos del novio no están para ayunar mientras el novio está con ellos”. Pero el noviazgo tiene que terminar en algo más definitivo. La boda. El compromiso definitivo. Y aquí vemos a Dios cursando las invitaciones a los invitados de preferencia. Y lo curioso es que, quienes asistimos a tantas bodas, luego no tenemos tiempo para asistir a la boda del Hijo de Dios con la humanidad, y con cada uno de nosotros.

Lo de siempre. Todos queremos quedar bien delante de él. Y cada uno nos inventamos mil y una excusas para no participar de dicha boda. Y los primeros en negarse fueron precisamente quienes primero fueron invitados: los sumos sacerdotes, los ancianos. Es que nosotros nos sentimos bien con la antigua boda del Sinaí, no renunciamos a la nueva boda y la nueva alianza de Dios con nosotros.

La excusa es siempre la misma: nuestras ocupaciones, nuestros quehaceres. No queremos quedar mal, pero nunca nos faltan disculpas ante Dios. Seguimos prefiriendo la alianza de la ley a la alianza del amor. Y todos tenemos nuestras excusas:
Estoy muy ocupado.
Tengo mucho que hacer.
Tengo demasiado trabajo.
Estoy demasiado cansado.

Cada domingo, Dios celebra la boda de su Hijo con todos nosotros en la celebración de la Eucaristía, que si la entendemos bien es toda una boda del Resucitado con nosotros, al dársenos en comunión. En la comunión del pan y del vino. Pero nosotros no tenemos tiempo.
Antes son los familiares que han llegado a casa.
Antes son los quehaceres de la familia.
Antes son nuestras salidas en familia.
Incluso no disponemos de tiempo para pasarnos un rato con él, comenzando también hoy por quienes debiéramos ser los primeros en meternos en la boda. Porque también sacerdotes y religiosos tenemos tiempo para todo. Y nos falta tiempo para dedicarnos a la oración que es el momento del encuentro con El.
Primero hacemos todo lo que tenemos que hacer.
Luego, si nos queda tiempo, pues se lo dedicamos a El.
Así nuestra oración ocupa siempre el último lugar del día.
Cuando ya estamos cansados.
Cuando ya hemos visto la última película de la TV.
Cuando ya el sueño nos vence.

Pero no por eso Dios va a fracasar. El banquete de bodas está preparado.
Y como los invitados no entienden o no quieren participar, Dios sale a los caminos e invita a todos. A todos indiferentemente. Bueno y malos. Ya que los demasiado buenos no tenemos tiempo, Dios invita a los sencillamente buenos e incluso, a los que nosotros consideramos malos.
Y la sala del banquete se llena.
Y la comida no se pierde.
Y la boda se celebra.
Y todos comen y beben y se divierten en el gozo del amor esponsal del Hijo.
Y los buenos se quedan con su bondad pero sin boda.
Se quedan con el cumplimiento de la ley, pero sin experimentar el amor.
Y los malos se aprovechan para hacerse comensales.

Dios nos invita a la fiesta y nosotros preferimos seguir en el velorio.
Dios nos invita a la fiesta, pero nosotros no tenemos sentido de fiesta.
Dios nos invita a la fiesta de la fe y nosotros preferimos seguir metidos en la oscuridad de nuestra razón.
Dios nos invita a vivir el gozo y la alegría de una fiesta de bodas.
Y nosotros preferimos seguir con la seriedad legalista de la ley.
Dios es fiesta, es música, es alegría, es baile.
Y a nosotros eso nos parece poco serio y poco formal.
Nosotros seguimos cumpliendo con el deber, con la ley, con la obligación.
Y mientras tanto, los malos se divierten disfrutando de la fiesta del amor de Dios.
Lo decía en su tiempo Max Weber: “carecemos de oído para lo religioso”.

Clemente Sobrado C. P.

Bocadillos espirituales para vivir el Tiempo Ordinario: Sábado de la 27 a. Semana – Ciclo A

“Mientras Jesús estaba hablando, una mujer levantó la voz en medio de la multitud, diciendo: “¡Dichoso el vientre que te llevó y los pechos que amamantaron!” Pero él respondió: “Mejor, dichosos los que escuchan la palabra de Dios y la cumplen”. (Lc 11,27-28)

Los hijos son siempre el mejor monumento de los padres.
Los hijos son la grandeza de los padres.
Esta mujer del pueblo lo sabe bien.
Cuando ve las maravillas que hace Jesús y sus palabras, más que alabarle a él, alaba a la madre que le dio la vida.
Se admira de Jesús, pero ella piensa en la grandeza de la madre.

Pero, como mujer, piensa en María también como mujer madre.
No hay duda que llevarlo en su seno es un título de grandeza de María.
Tampoco hay duda que haberle amamantado es algo grande para a María.
Piensa como mujer.
Piensa en María como mujer.
Piensa en María como Madre.
Piensa en el vientre como el que lo llevó nueve meses.
Piensa en los pechos que lo alimentaron.
Piensa como mujer y piensa como madre.

Jesús no niega esa grandeza humana de su madre.
Pero para Jesús la verdadera grandeza de su madre es otra.
Para Jesús la grandeza de su madre está:
En haber escuchado la Palabra.
En haber creído en la Palabra.
En haberse dejado transformar por la Palabra.
En haber vivido de la Palabra.

María es grande por haber prestado su vientre virginal al Hijo de Dios.
María es grande por haber prestado sus pechos para alimentar al Hijo de Dios.
Pero María es mucho más grande por haber dicho: “Hágase en mi tu Palabra”.
Ver a María embarazada y, cómo cada día, Dios creía en su vientre, es tierno y bello.
Ver a María dando de mamar a Dios encarnado es hermoso.
Pero más bello y hermoso es:
“creer en la Palabra”,
dejarse transformar por la Palabra,
fiarse de la Palabra.
Al fin y a cabo lo que la hace Madre es la aceptación de la Palabra.
Es madre fruto de la Palabra.

Buena lección para todas las mujeres.
También para todos los hombres.
Somos grandes por tantas cosas grandes que hacemos.
Somos grandes por tantas cosas bellas que hacemos.
Somos grandes por tantas cosas buenas que hacemos.
Somos grandes por tantas bondades de nuestro corazón.

Pero lo que nos hace realmente grandes delante de Dios es que:
Escuchamos su Palabra.
Creemos en su Palabra.
Aceptamos su Palabra.
Vivimos de su Palabra.
Nos dejamos guiar de su Palabra.
Es su Palabra la que nos hace hijos suyos.
Es la Palabra la que nos hace hermanos.
Es la Palabra la que nos hace cristianos.
Somos los hombres y mujeres de la Palabra.
La misma Iglesia es la Iglesia de la Palabra.

Esposos ¿queréis amaros de verdad?
Creed en la Palabra y las palabras.
Sacerdote: ¿quieres vivir de verdad tu ministerio?
Cree en la Palabra y proclama la Palabra.

Clemente Sobrado C. P.

Bocadillos espirituales para vivir el Tiempo Ordinario: Viernes de la 27 a. Semana – Ciclo A

“Si echa los demonios es por arte de Belcebú, el príncipe de los demonios. El leyendo sus pensamientos, les dijo: Todo reino dividido contra sí mismo va a la ruina y se derrumba casa tras casa. Pero si yo echo los demonios con el dedo de Dios, entonces es que el reino de Dios ha llegado a vosotros”. ( Lc 11,15-26)

La mejor señal del reino de Dios es la unidad.
La mejor señal anti-reino de es la división.
El Papa Francisco quiere una Iglesia unida.
Unidad que no significa “uniformidad”.
Por algo recitamos en el Credo “Creo en la Iglesia una”.

Durante siglos, uno de los problemas ha sido la división de la Iglesia:
Primero fue la ruptura con la Iglesia Oriental.
Luego fue la ruptura protestante.
Un Cristo rasgado y dividido.
Y todos en nombre de Cristo que es lo peor.

Pero peor es todavía la división dentro de la Iglesia misma.
Quiero citar unas frase del Papa Francisco:
“Me duele comprobar cómo en algunas comunidad cristianas, y aún entre personas consagradas, consentimos diversas formas de odios, calumnias, difamaciones, venganzas, celos, deseos de imponer las propias ideas a costa de cualquier cosa, y hasta persecuciones que parecen una caza de brujas,
¿A quién vamos a evangelizar con estos comportamientos?”
El Papa quiere trabajar por una Iglesia en la que “todos puedan admirar cómo os cuidáis los unos a otros, cómo os dar aliento mutuamente y cómo os acompañáis”.

Una Iglesia dividida no es la Iglesia de Jesús.
Una Iglesia donde cada uno se cree dueño de la verdad, no es la Iglesia de Jesús.
Una Iglesia donde cada grupo se cree el único, no es la Iglesia de Jesús.
Hubo un tiempo en que lo que dividía la Iglesia era la teología: Jesús y Dominicos, Suarez y Santo Tomás.
Hubo una división entre Carmelitas y Dominicos sobre la mística.
En vez de ser místicos se prefería discutir sobre mística.

Hoy en la Iglesia existen demasiadas divisiones:
¡Cuánto se ha discutido sobre la Teología de la Liberación!
Y hoy Gutierrez es aplaudido clamorosamente en el Vaticano.
Se habla de división y poder entre Jesuitas y el Opus.
Se habla carismas únicos y los que están fuera no son cristianos de verdad.
Esos no están escritos en el Libro de la vida.
Y todos nos defendemos tras “ser miembros todos de la Iglesia”.

Jesús nos dejó un mandato: “Sed uno como vuestro Padre celestial es uno”.
Sin embargo, a nosotros nos encanta la división.
Los que no piensan como nosotros “actúan por obra de Belcebú”.
En cambio Jesús actúa con el poder del “dedo de Dios”.
Podemos pensar distinto, pero no por eso vivir divididos.
La división en la Iglesia comienza siendo un escándalo.
Un escándalo que nos impide unir nuestras fuerzas para construir el reino de Dios.
Un escándalo que es el gran obstáculo para anunciar el Evangelio.
Un escándalo que no une sino que divide.
Y toda división no viene de Dios.
Toda división viene de nuestro orgullo y nuestra vanidad.

Los carismas tienen un mismo origen: el Espíritu Santo.
Los carismas tienen una misma finalidad: el bien común del Pueblo de Dios.
Los carismas que dividen no vienen del Espíritu.
Por eso, San Pablo, ante la división carismática de sus Iglesias, les dice que, el mayor de los todos los carismas es la caridad, el amor.
Obedezcamos al Espíritu.
Porque el Espíritu es el principio de unión de la Iglesia.
Una Iglesia dividida no vive del Espíritu.
Una Iglesia comunión es la Iglesia alimentada por el Espíritu.
“La unión hace la fuera”.
“La división crea la debilidad”.

Trabajemos por una Iglesia donde todos nos preocupemos de los demás.
Trabajemos por una Iglesia donde todos sepamos compartir el mismo Evangelio, el mismo Espíritu.

Clemente Sobrado C. P.

Bocadillos espirituales para vivir el Tiempo Ordinario: Jueves de la 27 a. Semana – Ciclo A

“Dijo Jesús a sus discípulos: “Si alguno de vosotros tiene un amigo, y vine durante la medianoche para decirle: “Amigo, préstame tres panes, pues uno de mis amigos ha venido de viaje y no tengo nada que ofrecerle. Y, desde dentro, el otro le responde: “No me molestes; la puerta está cerrada; mis niños y yo estamos acostados; no puedo levantarme para dártelos”. Si el otro insiste llamando, yo os digo que, si no se levanta y se los da por ser amigo suyo, al menos por la oportunidad se levantará y se le dará cuanto necesite. Pues así os digo a vosotros”. (Lc 11,5-13)

La oración es un estado de ánimo.
Es una actitud del corazón.
No es un momento en que me acuerdo de Dios y luego si te he visto no me acuerdo.
La oración es una actitud del corazón que vive constantemente la experiencia de Dios.
Por eso:
No es cuestión de hacer una Novena y que Dios escuche.
No es cuestión de rezar un Rosario y comprar el corazón de Dios.
Algo así como si la oración crease deberes en el corazón de Dios.
Crease derechos en nosotros, para que Dios cambie.
No la puerta a la que se llama y alguien responde de inmediato.
No es un teléfono cuyo número marcamos y alguien responde al otro lado.
La oración no es simplemente para tengo necesidad de Dios.
La oración no es para emergencias.
La oración es una relación con Dios.

Por eso, la oración no es para que Dios cambie de parecer.
Ni es para que me eche una mano cuando lo necesito.
La oración es una amistad.
La misma Santa Teresa en su biografía dice: “Y ahora comenzamos a hablar de cosas de amistad”.
La oración es una relación de amistad con Dios.
Y la amigo no es aquel a quien acudo cuando lo necesito, sino cuando él me necesita.
La oración es como la respiración del alma.
No podemos respirar cuando queremos y dejar de respirar cuando no queremos.

La oración expresa lo que es y significa Dios en nuestro corazón.
La oración no es para cambiar a Dios sino cambiarnos a nosotros.
Jesús no cambió la voluntad de Dios en la Oración del Huerto.
Pero Jesús quedó fortalecido para afrontar solo la Pasión, cuando todos le abandonaron.

La primera condición cuando le pedimos algo a Dios, es “pero hágase tu voluntad”.
No es una imposición, es una aceptación de la realidad.
La oración es insistencia.
La oración es constancia.
La oración no es para que Dios haga lo que nosotros tenemos que hacer.
La oración no es para que Dios solucione nuestros problemas.
La oración es para que nuestra alma se llene de fe y de confianza en él.
La oración es la amistad que insiste y espera.
La oración, aunque no consigamos lo que pedimos, nunca es inútil.
La oración como las vitaminas, fortalece nuestro espíritu.

Por eso Jesús dice: “si vosotros que sois malos, sabéis dar cosas buenas a vuestros hijos, ¿cuánto más vuestro Padre celestial dará el Espíritu Santo a los que lo piden”.
El gran fruto de la oración será siempre el amor de Dios.
El gran fruto de la oración será el Espíritu Santo que nos santifica.

Clemente Sobrado C. P.