Bocadillos espirituales para vivir el Tiempo Ordinario: Sagrado Corazón de Jesús – Ciclo A

“Exclamó Jesús: “Te doy gracias, Padre, Señor de cielo y tierra, porque has escondido estas cosas a los sabios y entendidos y se las has revelado a la gente sencilla. Venid a mí todos los que estáis cansados y agobiados y yo os aliviaré. Cargad con mi yugo y aprended de mí, que soy manso y humilde de corazón, y encontraréis vuestro descanso. Porque mi yugo es llevadero y mi carga ligera”. (Mt 11,25-30)

Celebramos hoy la Solemnidad del Sagrado Corazón de Jesús.
Celebramos la fiesta no de la inteligencia y razón.
Sino la fiesta del corazón.
Javier Álvarez Osorio lo llama: “El corazón de Jesús es un Corazón del viernes, el día de la Cruz”, citado por el Equipo de San Pablo.
Corazón del viernes, porque es el Viernes Santo donde mejor se manifiesta la verdad de su amor.

El Evangelio lo expresa bellamente.
El Evangelista sorprende a Jesús hablando con el Padre.
Expresando sus sentimientos con el Padre.
Y una de las cosas que comenta con el Padre es:
No es la inteligencia la que entiende el misterio del amor.
Sino que es el corazón.
Por eso no son los grandes sabios los que mejor entienden el misterio del corazón de Dios.
Los que entienden el misterio de Dios son los sencillos, los que no saben mucho, pero tienen un corazón grande.

No es fácil entender el misterio de la Cruz con la razón.
Al contrario, la crucifixión y la cruz hasta pareciera algo irracional.
La crucifixión habla de la irracionalidad del hombre.
La crucifixión habla de la brutalidad del hombre.
La Pasión no es fácil entenderla con la cabeza.
Sólo podremos entenderla con el corazón.
Mi Fundador, San Pablo de la Cruz, introdujo una linda jaculatoria:
“Que la Pasión de Jesucristo esté siempre grabada en nuestros corazones”.
Porque la Pasión y Muerte de Jesús es cosa del amor de Dios.
Porque la Pasión y Muerte de Jesús es cosa del corazón de Dios.
Al amor solo lo entiende el amor.
Y al corazón solo lo entiende el corazón.

Por eso de ese Corazón traspasado de Jesús:
Brota la última gota de sangre.
Brota el agua que lava la última gota de Sangre.
Brota la Iglesia, hecha sacramento del Corazón de Jesús.
Brota el cristianismo, sacramento del amor de Dios a los hombres.

Por eso son los sencillos los que mejor entienden el misterio de la gracia.
Porque:
Los sencillos no entenderán grandes teologías.
Los sencillos no entenderán grandes ideas.
Los sencillos tal vez no entienden todo ese proceso de juicios contra el inocente.

Pero los sencillos:
Entienden el amor.
Entienden lo que es ser amado.
Son capaces de “tener los mismos sentimientos que Cristo Jesús”.
Entienden que se puede cargar con el yugo de Jesús, porque es yugo de amor.
Aprenden la mansedumbre y humildad del corazón.
Y encuentran descanso, alivio, esperanza en el corazón de Dios.

La fiesta del Corazón de Jesús, como fiesta del “Corazón del Viernes”, es la fiesta:
De los que buscan el amor.
De los que creen en el amor.
De los que se sienten amados.
De los que sienten que Dios es de ellos y para ellos.
De los que se comprometen a amar.

Clemente Sobrado C. P.

Bocadillos espirituales para vivir el Tiempo Ordinario: Jueves de la 12 a. Semana – Ciclo A

“El que escucha estas palabras mías y las pone en práctica se parece a aquel hombre prudente que edificó su casa sobre roca. Cayó la lluvia, se salieron los ríos, soplaron los vientos y descargaron contra la casa; pero no se hundió, porque estaba cimentada sobre roca. El que escucha estas palabras mías y no las pone en práctica se parece a aquel hombre necio que edifico su casa sobre arena. Cayó la lluvia, se salieron los ríos, soplaron los vientos y rompieron contra la casa, y se hundió totalmente”. (Mt 7,21-29)

Para Jesús no es suficiente:
Orar, si la oración no se convierte en vida.
Leer la Palabra de Dios, si no la convertimos en vida.
Para Jesús la oración como la Palabra son necesarias.
Pero lo que da valor a la oración es nuestra vida.
Lo que da valor a las prácticas de piedad es la vida.
Todo lo que no se hace vida, queda en palabras.
Es linda la frase de Juan: “Y la palabra se hizo carne”.
Dios se hace realidad, Dios se hace hombre.
La Palabra que no se encarna queda en simple palabra.
La comunión que “no se hace carne” en nosotros queda en piadosismo.
La lectura de la Biblia personal o en grupos que “no se hace carne”, queda en autosatisfaccion.
Dios solo reconoce la “vida”.
Dios solo reconoce lo que somos.

Jesús es realista. Para construir:
es preciso examinar el terreno.
es preciso saber dónde construimos.
es preciso saber sobre qué construimos.
La casa puede ser muy bonita y hermosa.
Pero lo fundamental es lo que no se ve, los cimientos.
La casa no se sostiene por lo hermosa que es, sino por las bases, los cimientos sobre la que se levanta.
Cuanto más grande y alta es la casa, requiere mejores cimientos.
El árbol puede ser hermoso.
Pero la base está en lo que no se ve, las raíces.

Para Jesús, seguirle es emprender una gran obra.
Pero el seguimiento no suele ser nada fácil.
Seguir a Jesús encuentra grandes problemas en el camino.
Seguir a Jesús hasta el final es ver en el horizonte la Cruz.
El seguimiento de Jesús es vivir como vivió Jesús.
El seguimiento de Jesús es arriesgarse como se arriesgó El.

Es fácil comenzar, lo difícil es continuar hasta el final.
Es fácil celebrar una boda solemne.
Lo difícil es vivir luego lo que se han prometido.
Es fácil amarse el día de la boda.
Lo difícil es “amarte y servirte todos los días de mi vida”.
Por eso, es importante examinar sobre qué basamos nuestro amor.
¿En la ilusión?
¿En la fantasía?
¿En lo solemne y bello de nuestra boda?

¿Estamos dispuestos a vivir el sacramento del matrimonio?
¿Somos capaces de ser fieles hasta a nuestra palabra hasta el final?
¿Tenemos una personalidad suficiente madura para construir juntos?

Es fácil bautizarse, lo difícil es luego vivir bautismalmente.
Es fácil consagrarse a Dios, lo difícil es vivir como consagrados hasta el final.

Ser cristiano no es comenzar y luego tomar otro camino.
Ser consagrado no es comenzar y luego cansarse en el camino.

Es fundamental ver sobre qué construimos.
¿Sobre la roca de la Palabra de Dios?
¿Sobre la roca de la vida de Jesús?
¿Sobre la roca de a llamada de Dios?
La vida no es los que comienzan.
La vida es de los que, aun en las dificultades, son capaces de llegar al final.
Está bien que nos podamos recrear en el tronco y ramas del árbol.
Pero lo que regamos son las raíces.
Si las raíces se pudren, toda esa belleza se seca y pudre.

Clemente Sobrado C. P.

Bocadillos espirituales para vivir el Tiempo Ordinario: Miércoles de la 12 a. Semana – Ciclo A

“Dijo Jesús a sus discípulos: “Cuidado con los falsos profetas; se acercan con piel de oveja, pero por dentro son lobos rapaces. Por sus frutos los conoceréis”. (Mt 7,15-20)

Abundan los profetas.
Profetas de desgracias.
Profetas de vidas al margen del Evangelio.
Profetas de vidas que han de vivir al ritmo del mundo.
Profetas de que todo debe seguir igual.
Profetas de que todo debe cambiar.
Profetas de la libertad sin controles.
Profetas de vidas sin referencia a Dios.

El profeta:
No es el que habla por si mismo.
El verdadero profeta es el que ha escuchado a Dios.
El verdadero profeta es el que ha recibido de Dios una misión.
El verdadero profeta, de ordinario, suele molestar nuestras comodidades.
El verdadero profeta, suele provocarnos.
El verdadero profeta, no es de los que anuncia lo fácil.
El verdadero profeta, no es de los que nos ponen las cosas fáciles.
El verdadero profeta, no es de los que nos deja donde estamos.
El verdadero profeta, no es de los que no nos inquieta.
El verdadero profeta, de ordinario, suele molestar.

Jesús nos pone en vilo contra los falsos profetas.
Esos que habla por sí mismos.
Pero nunca han escuchado a Dios, por más que lo citen.
Esos profetas que hablan en nombre propio.
Pero no tienen autoridad para hablar en nombre de Dios.
Por eso los verdaderos profetas no suelen ser aplaudidos.
Más bien son aquellos que estorban.
Porque los verdaderos profetas anuncian siempre el plan de Dios.
Porque los verdaderos profetas nos enfrentan con nuestras comodidades.
Porque los verdaderos profetas molestan e inquietan.

Hoy abundan los falsos profetas:
Que proclaman lo que nos gusta.
Que proclaman lo que no nos exige.
Que proclaman el bienestar de unos y el malestar de otros.
Que proclaman la modernidad que nos lleva por el camino de lo fácil.

Profetas que anuncian más los criterios del mundo que los criterios del Evangelio.
Profetas que anuncian más lo que nos gusto que lo que es según el gusto de Dios.
Profetas que anuncian la libertad sin controles que la libertad en fidelidad a Dios.

Por eso, Jesús no da un criterio e discernimiento entre los buenos y malos profetas.
“Por sus frutos los conoceréis”.
¿Cuáles son los frutos del amor de los jóvenes?
¿Cuáles son los frutos de la familia hoy?
¿Cuáles son los frutos de la pareja hoy?
¿Cuáles son los frutos de la ajusticia hoy?
¿Cuáles son los frutos de la práctica religiosa hoy?
¿Cuáles son los frutos de la verdad hoy?
¿Cuáles son los frutos del compromiso con los demás hoy?
¿Cuáles son los frutos del comportamiento con nuestros ancianos hoy?
¿Cuáles son los frutos del respeto a la vida hoy?
¿Cuáles son los frutos del respeto a la dignidad humana hoy?
¿Cuáles son los frutos de nuestro compromiso con la Iglesia hoy?
¿Cuáles son los frutos de la vida de la juventud hoy?
¿Cuáles son los frutos de la formación de los niños hoy?
¿Cuáles son los frutos de nuestro compromiso con la justicia social hoy?

No me toca responder a mí.
Es cada uno que tiene que responderse a sí mismo.
¿A qué profetas sigue?
¿A qué profetas escucha?
¿A qué profetas da la razón?

Clemente Sobrado C. P.

Bocadillos espirituales para vivir el Tiempo Ordinario: Nacimiento de San Juan Bautista – Ciclo A

“Los vecinos quedaron sobrecogidos, y corrió la noticia por toda la montaña de Judea. Y todos los que lo oían reflexionaban diciendo: “¿Qué va a ser este niño?” Porque la mano del Señor estaba con él”. (Lc 1,57-66)

Flickr: Hobo Mama

“Se enteraron los vecinos y parientes”.
¿No se habían enterado hasta el nacimiento?
Alguien ha afirmado que, de vergüenza Isabel se retiró a una finca vecina para esconder el misterio de Dios en su vientre. Lucas dice claramente que: “Días después, concibió su mujer Isabel; y se mantuvo oculta durante cinco meses, diciendo: Esto es lo que ha hecho por mí el Señor en los días en que se dignó quitar mi oprobio entre los hombres”. (Lc 1,24-25)

Se puede ocultar el embarazo.
No se puede ocultar al hijo.
Para ellos, el hijo esperado en el silencio que madura la fe.
Para los vecinos y parientes, el hijo de la sorpresa.
Y todos lo ven como “que el Señor le había hecho gran misericordia y la felicitaban”.

Todos pedimos, cada día, milagros a Dios.
Y sin embargo qué poco vivimos el milagro de la maternidad de nuestras madres.
Qué poco vivimos el milagro de la vida.
Qué poco vivimos ese milagro que Dios puede hacer de regalarnos la vida.
Cuando nos nace un niño, lo primero que hacemos es buscarle parecidos familiares, cuando en realidad el recién nacido no se parece todavía a nadie.
Y sin embargo, ¡qué poco nos fijamos en ese don y esa gracia de Dios!

Y la gran pregunta que se hacen todos: “¿Qué va a ser este niño?”
Dicen que cada niño nace “con un pan bajo el brazo”.
Yo no he visto a ningún niño con un pan.
Sí he visto a los recién nacidos pidiendo la tetita de mamá.
Nos acordamos del pan, y sin embargo:

Pero qué poco decimos que cada niño nace, trae consigo un gran interrogante:
¿Qué será?
Una misión.
El nacimiento de Juan era todo un misterio de la “misericordia de Dios”.
Pero el nacimiento de Juan era todo un misterio de la “misión que Dios tenía para él”.
No sería “sacerdote” como su padre.
Sería el “mensajero” que prepara caminos.
No sería el “hombre del templo” y “del culto”
Sería el “hombre del desierto” y “del anuncio”.
No sería el “hombre que recuerda el pasado”.
Sería el “hombre que anuncia la proximidad de lo nuevo”
No será el “hombre que anuncia la esperanza”.
Sería el “hombre que anuncia que la esperanza ya es realidad”.
No sería el “hombre de la Ley”.
Sería el “hombre que abre caminos donde no hay caminos”.

El nacimiento de Juan el Bautista:
Es la primera ruptura con el pasado.
Ya no se llamará Zacarías, porque no será como su padre.
Se llamará Juan porque anunciará lo nuevo que está allí mismo a su lado en el vientre virginal de María.
El misterio de lo nuevo en un vientre que lleva dentro la “novedad”.
El misterio de lo nuevo que acaba salir de un vientre que llevaba el “anuncio”.

Todo nacimiento es un misterio.
Por eso, cada uno somos fruto del misterio de la misericordia de Dios.
Y todos somos el misterio del anuncio de lo nuevo.
No somos repetición de nadie.
Somos únicos.
Y somos preparadores de los caminos de Dios.

Clemente Sobrado C. P.

Bocadillos espirituales para vivir el Tiempo Ordinario: Lunes de la 12 a. Semana – Ciclo A

“Dijo Jesús a sus discípulos: “No juzguéis y no os juzgarán; porque os van a juzgar como juzgué vosotros, y la medida que uséis, la usarán con vosotros. ¿Por qué te fijas en la mota que tiene tu hermano en el ojo y no reparasen la vida que llevas en el tuyo?” (Mt 7, 1-5)

Jesús pronto descubrió nuestra vocación:
Vocación de Jueces.
Vocación de policías.
Pero para él nuestra primera vocación es la de:
Vernos a nosotros.
Conocernos a nosotros.
Juzgarnos a nosotros.

A todos nos resulta más fácil:
Ver los defectos de los demás.
Descubrir los fallos de los demás.
Ver las debilidades de los demás.
Conocemos mejor a los otros que a nosotros mismos.
Vemos mejor lo defectos de los otros que los nuestros.
Vemos mejor lo malo de los otros que lo que hacemos nosotros.

Recuerdo que me vino un esposo porque tenía problemas de pareja.
Le dejé hablar largo rato.
Todo el tiempo no hizo sino airear los defectos de la esposa.
Cuando ya me enteré de cómo era la esposa y me cansé de escuchar la confesión que me hizo de ella, le interrumpí y le dije:
“Bueno, ya confesaste a tu mujer, pero todavía no me has dicho nada de ti”.

Jesús no niega que los demás tengan defectos.
Lo que no dice es:
Que nadie nos ha nombrado jueces de la vida de los demás.
Que nadie tiene derecho a hacerse juez de los otros.
Que nadie es juez de los demás.

Que nuestra actitud ha de ser de comprensión.
Que nuestra actitud ha de ser de amor.
Que nuestra actitud ha de ser de ayuda.

Y que si queremos saber cómo nos han de juzgar a nosotros, veamos cómo juzgamos nosotros a los demás.
Nuestra relación con los otros es la medida que usarán para juzgarnos a nosotros.
No juzgarán con amor si juzgamos con amor.
Nos comprenderán si nosotros comprendemos.
Nos mirarán con amor si miramos con amor.
Nuestra actitud para con los demás será la que Dios usará con nosotros.

Antes de fijarnos en los defectos de los demás, hemos de fijarnos en los nuestros.
Antes de fijarnos en los fallos de los otros, hemos de fijarnos en los nuestros.
Antes de de ver lo malo que hay en los otros, hemos de ver el mal que llevamos nosotros.
Antes de juzgar a los demás, hemos de juzgarnos a nosotros.
Antes de condenar a los demás, hemos de condenar nuestras propias vidas.
Porque es mirándonos a nosotros que aprenderemos a mirar a los demás.
Porque es fijándonos en nosotros que aprenderemos a fijarnos en los demás.
Porque es conociéndonos a nosotros que aprenderemos a conocer a los demás.

Tengo una experiencia curiosa:
Y es cuando alguien me dice: “Padre, tiene que confesar a fulano”.
No me dice: “Padre, confiéseme a mí y luego a mi compañero”.
Diera la impresión de que el único que necesita de la confesión es siempre el otro, no yo.
Seamos jueces de nosotros mismos.
No jueces de los demás.
Miremos primero nuestro corazón para luego mirar el corazón de los otros.

Clemente Sobrado C. P.

Bocadillos espirituales para vivir el Tiempo Ordinario: Corpus Christi – Ciclo A

“Dijo Jesús a los judíos: “Yo soy el pan vivo que ha bajado del cielo, el que coma de este pan vivirá para siempre. Y el pan que yo daré es mi carne para la vida del mundo”. Entonces Jesús les dijo: “Os aseguro que si no coméis la carne del Hijo del hombre y no bebéis su sangre, no tenéis vida en vosotros. El que come mi carne y bebe mi sangre tiene vida eterna, y yo lo resucitaré en el último día”. (n 6,51-58)

Celebramos hoy la festividad del Cuerpo y Sangre de Cristo.
Es decir:
Celebramos el pan y la sangre de Cristo.
Celebramos la vida de Dios en nosotros.
Celebramos a Jesús que se hace pan de vida.
Celebramos a Jesús que comparte ya ahora su vida con nosotros.
Celebramos a Jesús que nos da la vida ya ahora.

Ya no es la fiesta del pan, fruto de la siega.
Celebramos a Alguien que se hace pan.
Celebramos a Dios que en Jesús se hace pan diario para nosotros.

Pero celebrar:
No es pensar solo en el acontecimiento de Jesús “pan de vida”.
Celebrar es hacernos también nosotros “pan de vida”.
No hay verdadera celebración donde no nos convertimos en lo que celebramos.
No hay verdadera celebración si nosotros nos “hacemos pan” para los demás.
Celebrar es “hacer esto en memoria mía”.
Por tanto es recordar el amor de Jesús que no solo se encarnó en la naturaleza humano.
Es recordar el amor de Jesús que se encarna en un pedazo de pan y se “hacer carne”.
Y la mejor recordación es convertirnos nosotros en lo que se convirtió Jesús.
La mejor celebración es hacernos nosotros mismos “carne que han de comer los demás”.

La Eucaristía significa:
Que cada uno de nosotros nos llenamos de vida.
Que cada uno de nosotros nos llenamos de vida eterna, la vida de Dios.
Que cada uno caminamos por la vida con la vida de Dios en notros.

Pero también significa:
Comunión con Jesús.
Y hacernos comunión no es solo comer un pedazo de pan.
Es transformarnos en Jesús.
Es transformarnos en pan que han de comer los demás.
Es transformarnos en pan que da vida a los demás.
Es transformarnos en pan que nos damos a los demás.

Se habla mucho hoy:
de dar de comer al hambriento.
de dar de comer pan al que no tiene pan.
Pero, como cristianos que comulgamos a Jesús, estamos llamados a algo más:
Estamos llamados a dar de nuestro pan.
Estamos llamados a darnos nosotros mismos a los demás.
Estamos llamados a que los demás puedan vivir de nosotros.
Estamos llamados a dejarnos comer por los demás.
Estamos llamados a renunciar a nosotros mismos para que otros puedan vivir.

Flickr: jm_photos

Permítanme un recuerdo que no puedo olvidar.
Eran aquellos años de la post guerra.
En mi casa no siempre había pan en la mesa.
Y cuando había un mendrugo, la abuela lo repartía en tres pedazos, para los tres nietos.
Mientras ella nos miraba sin probar bocado.
Era la “abuela hecha eucaristía”.
Era la “abuela hecha pan para que sus nietos pudiesen vivir”.
No era la vida eterna.
Pero era la vida humana de unos niños que pasaban hambre.

También hoy hay muchos que mueren de hambre.
También hoy hay muchos a quienes nos sobra el pan.
También hoy se necesitan cristianos que “sean eucaristía”.
Cristianos que se dan y entregan a sí mismos para que otros vivan.

El Corpus no puede ser solo “un recuerdo”.
El Corpus tiene que convertirse en “cristianos eucaristía”.
Comulgar a Cristo nos asimila a Cristo.
Comulgar no es para ser mejores personas.
Comulgar es para ser los “nuevos Cristos” que se encarnan en un pedazo de pan.

No es fácil entenderlo.
Tampoco los judíos lo entendían: “¿Cómo puede éste darnos a comer su carne?”
Tampoco hoy es fácil entender a los cristianos “que somos capaces de dar nuestra carne a los demás”.
Cristianos que damos vida y damos nuestra vida entregándonos a los demás.

Clemente Sobrado C. P.

Comer o dar de comer

Cuerpo y Sangre de Cristo (Corpus Christi) – Ciclo A

Hace unos días, alguien me envió a mi correo electrónico, una leyenda que dicen que es china, yo, la verdad que no lo he averiguado. Pero ya la conocía. Hasta donde recuerdo se trata de ¿cuál es la diferencia entre el cielo y el infierno? Dice el cuento que la diferencia es muy pequeña.

El maestro quiso que su discípulo lo experimentase por su cuenta. Para ello, lo llevó al infierno primero. Y se dio con una sala. Al centro una mesa llenita de arroz. Y en torno, a los condenados, cada uno con una cuchara muy larga en la mano. Tan larga que, cuando quería meter el arroz en su boca hambrienta le era imposible. Allí estaba el arroz. Y todos se morían de hambre. Lo pasó luego a otra sala, la del cielo. La escena era la misma. ¿Y dónde está la diferencia si el panorama es el mismo? ¿Tú crees que es el mismo? ¿No te das cuenta de que aquí comen todos y ninguno pasa hambre? La gran diferencia está en que el infierno cada uno piensa en su propia hambre, mientras que aquí cada uno piensa en el hambre del otro. Nadie come de su propia cuchara, sino de la cuchara del otro.

Por más que la leyenda sea demasiado materialista para graficar tanto el infierno como el cielo, tiene un contenido bastante gráfico. El infierno del egoísmo del que no come ni da de comer. Y la felicidad del que se olvida de su propia hambre para que coman los demás.

¿No es éste el simbolismo y significado de esta Festividad del Cuerpo y Sangre de Cristo?
La fiesta del “Cuerpo entregado por vosotros”.
La fiesta de la Sangre “derramada por todos vosotros”.
La fiesta de Dios “hecho pan” para que nadie tenga hambre.
La fiesta de Dios “hecho pan” para que todos puedan comer”.

El mundo para muchos es un infierno.
Nadie piensa en el otro. Nadie se preocupa del otro.
Nadie cede el paso al otro. Nadie busca la alegría del otro.
El mundo es una especie de zoológico de todos los egoísmos.
Pero, eso sí, todos nos quejamos de que:
Hay hambre. Hay pobres. Hay tristes.
Hay corazones solitarios. Hay corazones sin esperanza.

¿Te atreverías tú a convertir el mundo en un cielo en la tierra? ¿Te parece difícil?
Al menos, confesemos que es posible. Este será el primer paso.
Este fue el intento de Jesús en la multiplicación de los panes.
Sintió lástima de aquella gente que le seguía con el estómago vacío.
Cuando quiso dar una respuesta, los discípulos creyeron que era imposible.
El único que creyó que era posible fue Jesús.
Y ese fue el intento de Jesús cuando dijo a sus discípulos: “El que come mi carne y bebe mi sangre tiene vida eterna”. “Mi carne es verdadera comida, y mi sangre es verdadera bebida”.
Ya no se trata de dar y repartir panes. Se trata de darse uno mismo como pan a los demás. Se trata de ser el pan que los demás puedan comer.

Reclamó los cinco panes y los dos peces que tenían. Los liberó del egoísmo del grupo.
Y los puso en libertad para que todos pudiesen comer. Y comieron y comieron lo que quisieron. Y aún sobró…
En la Ultima Cena tomó el pan que había sobrado en la mesa, lo bendigo e hizo el milagro. No de multiplicarlo, sino convertirlo en su propio cuerpo y así darse El mismo como pan.

El mundo no será feliz por el hecho de que la Bolsa de Valores esté en auge.
El mundo no será feliz por el hecho de que el producto bruto haya crecido.
El mundo no será feliz porque los impuestos recaudados hayan subido la reserva nacional.
El mundo no es feliz cuando cada uno piensa sólo en sí.
Pensando en nosotros podemos ser testigos de que el pan abunda, pero la mayoría sigue con hambre.
Tendremos la cuchara en la mano, pero seguiremos con hambre. El egoísmo hace cucharas demasiado grandes para que pueda comer con ellas.

El mundo comienza a ser feliz, a hacerse un pedacito de cielo, cuando:
Yo me olvido de mí para pensar en ti.
Yo me olvido de mi comodidad y pienso en la tuya.
Yo me olvido de mi hambre y pienso en la tuya.
Yo me olvido de mi sed y te doy de beber a ti.
Yo me olvido de mi vestido y te regalo uno a ti.
Yo me olvido de mis necesidades y me preocupo de las tuyas.

La sociedad comenzará a ser distinta:
Cuando mi cuchara no me alimente a mí, sino que te dé de comer a ti.
Cuando mi arroz lo comparta contigo.
Cuando mi pan sea también tu pan.
Cuando mi vida sea parte de la tuya.

Ya ves, la diferencia entre el cielo y el infierno parece pequeña y es enorme.
Es la diferencia entre “el amor y el egoísmo”.
Es la diferencia entre “todo es para todos”, o “todo lo quiero para mí”.
Es la diferencia entre “lo mío es solo para mí”, y lo “tuyo también es mío”.

Señor: Hoy celebramos el misterio de Cuerpo hecho pan.
Y el misterio de tu Sangre hecha vino.
Celebramos el misterio de tu vida que ya no te pertenece y nos regalas generoso a todos.
Celebramos el misterio de tu muerte que se hace vida de todos.
Tu mesa es la mesa de todos. Tu pan es el pan de todos.
Tu vino es el vino de todos.
Cuando salgas a nuestras calles en esa Procesión del Corpus, fíjate al pasar cuántos están necesitando de pan, de alegría, de paz, de esperanza. Y son hermanos tuyos. Y decimos que también nuestros. Todos podemos comer tu pan. Pero el nuestro solo es para nosotros. Discúlpanos, Señor.

Clemente Sobrado C. P.