Bocadillos espirituales para vivir el Tiempo Ordinario: Domingo 21 – Ciclo A

“Jesús preguntó a sus discípulos: “¿Quién dice la gente que es el Hijo del hombre?” Y les preguntó: “Y vosotros quién decís que soy yo?” Simón Pedro tomó la palabra y dijo: “Tú eres el Mesías, el Hijo de Dios vivo”. “Dichoso tú Simón porque eso no te lo ha revelado nadie de carne y hueso, sino mi Padre que está en el cielo. Ahora yo te digo: Tú eres Pero, y sobre esta piedra edificará mi Iglesia, y el poder del infierno no la derrotará. Te daré las llaves del reino de los cielos: lo que ates en la tierra quedará atado en cielo, y lo que desates en la tierra, quedará desatado en el cielo”. (Mt 16,13-20)

Una confesión que es revelación del Padre.
Una confesión de la primacía de Pedro en la Iglesia.
Una confesión que anuncia el nacimiento de la Iglesia y el responsable de la misma.
Todo esto parece todo un panegírico de Pedro.
Todo esto parece toda una confesión de la misión de Pedro como cabeza de la misma.
Incluso con los poderes de la Iglesia: De atar y desatar.

Todo esto, visto así, es todo un elogio a Pedro.
Pero es preciso leer el testo entero, lo que sigue a continuación.
Uno de los problemas es leer solo un texto sacada de su contesto.
Porque a continuación Jesús:
Anunciará su propia suerte.
Anunciará su condena a muerte.
Anunciará su destino final, la muerte en la Cruz.

Y entonces el significado adquiere otras dimensiones.
Jesús alaba a Pedro por su confesión.
Jesús le encarga ser la cabeza que le hace visible en la Iglesia.
No podemos olvidar que la verdadera cabeza de la Iglesia es Jesús: “edificaré “mi” Iglesia.
Y que por tanto, la suerte de Pedro, no puede ser otra que la de Jesús.

La Iglesia es el sacramento de la presencia de Jesús.
La Iglesia está llamada a visibilizar a Jesús.
La Iglesia está llamada a anunciar a Jesús.
La Iglesia está llamada a manifestar la verdad de Jesús.
La Iglesia está llamada a vivir como vivió Jesús.
La Iglesia está llamada a hacer visible a Jesús hoy entre los hombres.

Por tanto la Iglesia está llamada:
A ser como Jesús.
A hacer lo que hacía Jesús.
A hablar como hablaba Jesús.
A correr la suerte de Jesús.

La Iglesia no es nuestra.
Jesús la construye con nosotros.
Pero sin dejar de ser El quien está presente y quien actúa en ella.
Una Iglesia sin Jesús no es Iglesia.
El modelo de Iglesia no es la sociedad.
El modelo de Iglesia es Jesús.
De ahí que quien represente a Jesús tendrá que ser como Jesús.
Pobre como Jesús.
Humilde como Jesús.
Valiente como Jesús.
Correr los riesgos de Jesús.

El elogio de Pedro, no termina ahí.
Fue inspirado por el Padre.
Pero ahora tendrá que ser como el Hijo.
Deberá manifestar al Hijo.
Y seguir los caminos del Hijo.
Deberá ser un servidor como el Hijo, que “no vino a que le sirvan sino a servir”.
Que tendrá que subir a Jerusalén y allí ser apresado, juzgado, condenado.

Para muchos no resulta fácil comprender los gestos del Papa Francisco.
Pero es que el Papa Francisco trata de cambiar la Iglesia para que se parezca más a Jesús.
El mismo quiere ser una imagen más clara y significativa Jesús.
Y para quienes estamos acostumbrados a una Iglesia y a un Papa viviendo siempre en las alturas de la grandeza y del poder nos puede resultar hasta escandaloso.

Clemente Sobrado C. P.

¡Cuidado con el colesterol!

Domingo 21 del Tiempo Ordinario – A

Jesús pregunta primero sobre lo que la “gente piensa y dice”. Y la verdad es que la gente no tiene ni idea de lo que realmente es Jesús. Saben que no es como los demás. Pero no saben quién es.
Sin embargo, a Jesús le interesa más el saber ¿qué piensan ellos?
¿No sabía Jesús de sobra lo que pensaba la gente y lo que pensaban los suyos? Sin duda alguna.
Pero sucede que, a veces, ciertas preguntas, como que nos desinstalan y remueven los propios cimientos. Porque, además, lo curioso del relato es que él mismo que pregunta y está preguntando sobre sí mismo.

La pregunta, además era fundamental. Porque la verdadera fe no es cuestión de un examen de religión ni siquiera un examen de teología. La verdadera fe se conoce de la actitud que tenemos frente a El y de lo que él significa para nosotros.
Podemos llamarnos creyentes, y andarnos por las ramas. Y puede sucedernos como con el colesterol, eso que llaman la muerte secreta, que nos va matando sin enterarnos.

Algo parecido puede sucedernos con la fe.
Creer que creemos, pero no sabemos en qué ni en quién.
Creer que creemos, pero no saber responder de nuestra fe.
Una fe que es más una doctrina que una vivencia.
Una fe que es más un conocer de segunda mano que una experiencia personal.

La pregunta “¿y vosotros quién decís que soy?” Implica todo un cuestionamiento a nuestra fe:
¿Qué idea tenemos de El?
Y más que nada: ¿Qué significa El en nuestras vidas?
¿Qué pensamos de El? Sí. Pero ¿qué vivimos de Él?
¿Qué decimos de El? Sí. Pero ¿qué lugar ocupa en nuestras vidas?

¿Quién es Jesús, entonces? Alguien que tiene que perturbar.
Alguien que obliga a abandonar nuestra tranquila seguridad.
Alguien que no nos puede dejar tranquilos en nuestras actitudes y posturas y falta de compromiso, y olvido de los demás, y cerrar los ojos ante los otros.
Jesús está llamado, de alguna manera, a ser y convertirnos en “un escándalo”.
Y el problema de nuestra fe está en que son más los que se acurrucan y acomodan fácilmente a El, que aquellos que sufren un impacto y un escándalo.

Hablar de Jesús y no provocar escándalo alguno, es señal de que hablamos más desde nosotros que desde El.
A pesar de que a Jesús siempre la presentamos con una larga barba, de hecho, el Jesús que anima nuestras vidas, está bien afeitado.
Le hemos quitado esa mordiente que molesta y fastidia.
Y nos hemos quedado con un Jesús sentimental y dulzarrón.
¿Será por eso que hay tantos cristianos con una glucosa muy elevada y con una diabetes espiritual incurable y con un colesterol no controlado?

¿Quién es Jesús para nosotros hoy?
¿Alguien que nos impacta y sacude las fibras de nuestro corazón y de nuestro ser?
¿Alguien que apasiona nuestra mente y nuestro corazón?
¿Alguien que compromete no sólo nuestra moral, nuestra ética, sino todo nuestro ser?
¿Alguien que da sentido y dirección a nuestras vidas?
¿Alguien capaz de sacarnos de nuestros egoísmos y comprometernos con los demás?

¿Quién es Jesús para nosotros hoy?
Cada uno tendrá su propia respuesta.
Nuestra fe dependerá de la respuesta que cada uno dé a la pregunta
¿Quién decís vosotros que soy yo?
¿Qué significo realmente yo en vuestras vidas?
Porque nuestra fe es en “un Viviente” y es una “fe viva y para la vida”.

Señor: hay preguntas molestas. Y no porque no sepamos las respuestas,
sino porque las respuestas nos comprometen.
Sabemos que existes: pero no nos preguntamos ¿qué eres para nosotros?
Decimos que estás a nuestro lado vives en la Iglesia:
pero no nos preguntamos ¿qué significas para nosotros?
Sabemos que tú eres la base de nuestra fe, pero nosotros seguimos jugando con nuestras pequeñas ideas.
Sabemos que allí donde tú entras todo está llamado a cambiar.
Que como Pedro podamos confesar: “Tú eres el Mesías, el hijo de Dios vivo”.
Pero luego preguntarnos ¿dónde vives y dónde te haces vida?

Clemente Sobrado C. P.

Bocadillos espirituales para vivir el Tiempo Ordinario: Sábado de la 20 a. Semana – Ciclo A

“Jesús habló a la gente y a sus discípulos, diciendo: “En la cátedra de Moisés se han sentado los escribas y fariseos; hagan lo que ellos digan; pero no hagan los que ellos hacen. Ellos hacen fardos pesados e insoportables u se los cargan a la gente en los hombros, pero ellos no están dispuestos ni quisiera a moverlos con un dedo. Que les hagan reverencia en la calle y los llame maestros. Ustedes no se dejen llamar maestros, porque uno es vuestro Maestro, y todo ustedes son hermanos”. (Mt 23,1-12)

Un Evangelio provocativo.
Pero un Evangelio que trata de cambiar las cosas.
Un Evangelio que se dirige a los altos jefes como a todo el que quiera seguirle.
Un evangelio que tiene toda la actualidad y frescura de siempre.
Siempre habrá jefes que están arriba.
Pero jefes que se preocupan más de manifestar su poder y dominio que de amar a los de abajo.
Autoridades que dicen cosas buenas.
Pero que no las viven.
Por eso, tenemos que someternos a las enseñanzas de los de arriba.
Pero no imitarles.
Lo que significa un autoritarismo doctrinal.
Pero significa una pobreza espiritual personal.
“Hacer lo que dicen, pero no comportarnos como ellos se comportan”.
Es toda una crítica a los que están en los altos mandos.
Es una crítica, no a lo que dicen, sino a lo que hacen.
Es una crítica a los de arriba que se creen con derecho a imponer pesadas cargas a los de abajo, pero que ellos no empujan ni con un dedo.

Ya lo había dicho Jesús en otro contesto:
Los de arriba son los que someten a los de abajo.
Por eso no aspiréis a ocupar los altos puestos.
Mandar no es aplastar a los de abajo.
Mandar no es poner bajo sospecha a todos los de abajo.
Mandar no es hacer esclavos.
Cuando mandar es hacer libres a los que viven esclavos.

El Papa Francisco lo dijo de otra manera:
“No quiero una Iglesia preocupada por ser el centro y que termina clausurada en una maraña de obsesiones y procedimientos”.
“Lo que necesita hoy la Iglesia es capacidad de curar heridas y dar calor a los corazones”.

Y que Jesús traduce de otra manera:
“Nada de sentirse maestros”.
Porque la verdad de la Iglesia es otra.
Es la de “todos ustedes son hermanos”.
Hoy, como siempre, abundan los “maestros”.
Y faltan “los hermanos”.
Hoy abundan los “padres”,
Pero olvidamos que el “único Padre es Dios”.
Jesús no quiere: una Iglesia copia de la sociedad.
Jesús quiere una Iglesia que revele el amor del Padre.
Jesús quiere una Iglesia que manifieste que lo importante no es estar en lo “alto”.
Sino una Iglesia donde se ponga de manifiesta la “fraternidad” entre los de arriba y los abajo.
Todos somos hermanos, por más que tengamos oficios y ministerios diferentes.
Pero no una Iglesia de títulos donde ya no sabemos “qué título darle”.
No quiere una Iglesia de trapos que llamen la atención.
Sino una Iglesia donde todos seamos comunidad de hermanos.
No una Iglesia, donde unos tienen toda la verdad, y ordenan callar a los que disienten.
No una Iglesia, donde unos tienen todos los honores, cuando los demás no significan nada.
No quiere una Iglesia, donde unos tienen derecho a imponer cargas pesadas, pero otros no son sino siervos que los cuiden y lleven los fardos pesados.

No lo olvidemos, si no queremos traicionar el Evangelio:
Padre solo es uno: Dios.
Consejeros solo es uno: Jesús.
Maestro solo es uno: Jesús.
Todos los demás, somos “hermanos”.
No una Iglesia, sentada en la cátedra de Moisés.
Sino una Iglesia de hijos y hermanos.
Una Iglesia de la caridad.
Una Iglesia con distintos servicios.
Pero servicios al amor y a la fraternidad.
La gran fidelidad de los de arriba al Evangelio es crear una Iglesia de hermanos.

Clemente Sobrado C. P.

Bocadillos espirituales para vivir el Tiempo Ordinario: Viernes de la 20 a. Semana – Ciclo A

“Al oír que Jesús había hecho callar a los saduceos, formaron grupo, y uno de ellos, que era experto en la Ley, le preguntó para ponerlo a prueba: “Maestro, ¿cuál es el mandamiento principal de la Ley?” El le dijo: “Amarás al Señor, tu Dios, con todo tu corazón, con toda tu alma, con todo tu ser”. Esta mandamiento es el principal y primero. El segundo es semejante a él: “Amarás a tu prójimo como a ti mismo”. De estos dos mandamientos dependen toda la Ley y los profetas”. (Mt 22,34-40)

A menos amor, más leyes.
A poco amor, multiplicación de leyes.
A más leyes, más trampas.
A la ley también se le puede sacar la vuelta.
No pretendamos solucionar los problemas multiplicando las leyes.

A Jesús no le preguntan:
No porque quieren saber, ni buscar la esencia de sus vidas.
Sino “para ponerlo a prueba”.
Y quien se “fue por lana, volvió trasquilado”.
Si antes había hecho callar a los fariseos, ahora les hace callar a todos.
Eso sí, cuando se trata de poner la zancadilla al otro, todos nos unimos.

La respuesta de Jesús es clara:
La primer y principal de las leyes es el amor.
Un amor total a Dios.
Un amor como a ti mismo al prójimo.
Donde hay amor a Dios y amor al prójimo, están de más todas las leyes.

La primera ley no es el sábado.
Tampoco el culto del Templo.
Tampoco el resto de prohibiciones.
La primera de todas las leyes es “amar a Dios con todo tu corazón, con toda tu alma y con todo tu ser”.
Quien ama así a Dios no necesita de otras leyes.
Solo que no hay primero sin segundo.
No primera ley sin segunda.
Y la segunda es “amar al prójimo como a ti mismo”.
En dos golpes de timón, Jesús condensa la ley y los profetas.
El mundo no cambiará con muchas leyes.
El mundo cambiará con mucho amor.
Con mucho amor a Dios.
Pero con mucho amor al prójimo.
Solo esto sería suficiente para un mundo nuevo.

Quisiera hacer de escriba y preguntarte ahora ti:
¿Cuál es tu ley principal?
¿Vives de las dos leyes del amor y de las demás leyes?

Permíteme unas sugerencias, que a la vez son una especie de examen:
Nunca digas no a cuanto signifique esfuerzo. Tampoco intentes ganar el mundo ni convertirlo en base a tus esfuerzos. El mejor camino para ganarte los corazones de la gente es amarlos. El amor es como el sol. Derrite la nieve fría del corazón.
No digas que ya no puedes hacer más por tu hijo. Ni lo dejes por imposible. Cuando creas que ya no puedes hacer más, aún te queda algo más por hacer: amarlo un poco más. No insistas. Tú ama no más.
Cuando amas, las cosas vuelven a nacer. ¿Recuerdas a Mandino? “Amaré la luz porque me señala el camino. Pero amaré también la oscuridad, porque me enseña las estrellas”. Es que cuando se ama, todo se ve al revés.
Nuestro hijo se resiste al diálogo. Parece que tuviese blindado el corazón. No pierdas la paciencia. Lo que sucede es que ha amurallado su corazón con la duda, la inseguridad, el miedo. Cuando sienta que tú le amas, sus murallas caerán. La puerta se te abrirá. Mientras tanto no fuerces la puerta, porque la cerrará aún más.
¿Quieres amar a los demás? Comienza por amarte a ti mismo. El mejor amor no es el que se da sino el que se percibe sin decirlo ni anunciarlo.
El primer amor que tus hijos necesitan no es que los ames a ellos sino que ellos vean cómo os amáis vosotros como marido y mujer. Vuestro amor de esposos es la garantía de vuestro amor de padres.
Quien ama sabe esperar. Cuando quieres cortar un árbol, los primeros golpes apenas mueven el tronco. Pero golpe a golpe terminas derribando el árbol. No te canses de amar. El amor irá ablandando las resistencias. A golpes de amor cambiaremos todos.

Clemente Sobrado C. P.

Bocadillos espirituales para vivir el Tiempo Ordinario: Jueves de la 20 a. Semana – Ciclo A

“El reino de los cielos se parece a un rey que celebraba la boda de su hijo. Mandó criados que avisaran a los invitados: “Tengo preparado el banquete, he matado terneros y reses cebadas y todo está a punto. Vengan a la boda” Los invitado no hicieron caso: uno se marchó a sus tierras, otro a sus negocios, otros agarraron a los criados y los maltrataron hasta matarlos. Los criados salieron a los caminos y reunieron a todos los que encontraron, malos y buenos. La sala del banquete se llenó. Reparó que uno no llevaba traje de fiesta y le dijo: “Amigo, ¿cómo has entrado aquí sin vestirte de fiesta?” (Mt 22,1-14)

Es típico del Evangelio comparar el Reino de Dios:
Con una boda.
A Jesús como el novio.
No es una invitación a una vida sin alegría.
No es una invitación a una vida amargada.
No es una invitación a una vida donde todo está prohibido.
Dios invita siempre a la fiesta.
Dios invita a la fiesta donde el banquete está preparado.
El Evangelio es invitación a la fiesta de Dios con los hombres.

Tengo mis dudas:
De si cuantos anunciamos el Evangelio, lo anunciamos como fiesta.
De si no pondremos demasiado el acento en lo prohibido.
De si no pondremos demasiado el acento en el velorio más que en lo festivo.

Como también tengo mis dudas:
Si viviremos nuestra fe como una boda y un banquete.
Si viviremos nuestra fe como una fiesta con Dios.
O la viviremos como una carga que tenemos que soportar.

Son muchos los invitados.
Pero son muchos los que prefieren sus tierras y negocios.
Son muchos los invitados.
Pero son muchos los que su propio banquete al banquete de Dios.
Todos tenemos demasiadas excusas para justificar nuestra no asistencia.

Sin embargo, Dios nunca fracasa.
La boda se celebrará.
El banquete se celebrará.
La sala se llenará.
Ahora Dios invita a todos.
Los criados se ponen en el cruces de los caminos de la vida e invitan a todos.
Y lo curioso “a malos y buenos”.
También los malos están invitados a la boda de Dios.
Dios invita a los que nadie invita.
Dios invita no a los que tenían preferencia.
Ahora los invitados no tienen nombre, son todos, son todos los nombres.

El Reino es Boda.
El Evangelio es fiesta.
Invitados todos, también los malos.
También ellos tienen su puesto en esta fiesta de bodas.
También ellos tienen su lugar reservado en las bodas del Hijo.

Tenemos que cambiarle el rostro al cristianismo.
Tenemos que cambiarle el rostro al Evangelio.
Tenemos que cambiarles el rostro a los creyentes.
Tenemos que cambiarle el rostro a nuestra Iglesia.
Tenemos que cambiarle el rostro a nuestras Misas.

El mundo nos tiene que conocer:
Por nuestra alegría.
Por nuestros rostro sonriente.
Por nuestro sentido festivo.
Por nuestro rostro de celebración.
Nos debieran reconocer por nuestra alegría.
Jesús dijo que le conocerían a él si nos amamos.
¿No habría que decir que a los cristianos se nos conoce porque nos amamos y por lo felices y alegres, y chistosos que somos?
¿A caso el chiste del buen humor no es señal de nuestra alegría?
¿A caso no debieran reconocernos por lo “festivos y fiesteros” que somos?

Pero, cuidado.
Invitación, boda, fiesta, banquete, todo está maravilloso.
Pero no podemos luego estar de cualquier manera en la fiesta.
Necesitamos estar vestidos festivamente.
Necesitamos estar vestidos del amor y de la gracia del que nos invitó.
No queremos cristianos tristes, sin el traje de la alegría del amor.
No queremos cristianos tristes, sin el traje de la alegría de la gracia.

Clemente Sobrado C. P.

Bocadillos espirituales para vivir el Tiempo Ordinario: Miércoles de la 20 a. Semana – Ciclo A

“Dijo Jesús a sus discípulos esta parábola: “El reino de los cielos se paree a un propietario que al amanecer salió a contratar trabajadores para su viña. Después de contratar a los trabajadores por un denario al día, los mandó a su viña. Salió otra vez a media mañana… salió de nuevo al medio día y a media tarde. Salió al caer de la tarde. Vinieron los del atardecer y recibieron un denario cada uno. Quiero darle a este último igual que a ti. ¿Es que vas tener envidia porque yo soy bueno? Así lo últimos serán los primeros y los primeros los últimos”. (Mt 20,1-16)

Estoy seguro que muchos pondrán el acento en “en esas justicias del amor”.
Pagar al de última hora como al que ha aguantado todo el día el bochorno de el calor, no parece, en nuestros esquemas economicistas, muy justo.
Claro, no es lo mismo leer las cosas desde el corazón del Padre que desde el nuestro.

Pero yo me voy a quedar con las distintas invitaciones.
No todos somos llamados a la misma hora.
No todos sentimos convertido nuestro corazón a la misma hora.
No todos somos creyentes desde niños.
También hay invitado de mediodía y media tarde y del atardecer.

Recuerdo que en mi Promoción se dio algo curioso:
Unos ingresaron al seminario tan jovencitos que luego necesitaron dispensa para poder ordenarse.
Otros ingresamos jóvenes, pero con edad suficiente para no necesitar dispensa.
En cambio, mientras unos teníamos trece, catorce años, uno ingresó a los veinticinco, terminada su carrera de violinista. Y se vino con su violín al seminario.

La vida de la gracia de la llamada de Dios es misteriosa:
Unos somos tocados de la gracia de niños.
Otros de jóvenes.
Otros ya de adultos.
Y algunos casi cogidos por los pelos a última hora.
Aún recuerdo aquel abogado que se sintió tocado por la gracia en el Santuario de Fátima a los setenta años y quien confesé entre lágrimas en la Capillita de la Virgen a las cinco de la mañana.

Son muchos los que están sentados en la plaza de la vida:
Porque nadie les anunció el Evangelio.
Porque nadie les llevó la Buena Noticia de la salvación.
Algunos están desde la madrugada esperando.
Otros siguen sentados jugando a las cartas ya casi envejecidos.
Y cada uno es llamado a la “hora de Dios” en sus corazones.

¿No recuerdan el cuento aquel de un sacerdote?
Entró jovencito a la vida consagrada.
Toda una vida de exigencias y fidelidades.
Y tenía un amigo a quien quiso convertir y no lo logró.
Lo llamaba “piel del diablo”.
Se murió “piel del diablo” ya muy entrado en años.
Y al poco murió el sacerdote.
Y ¡vaya sorpresa, casi quiso darse la vuelta y no quedarse en el cielo!
No era posible. Al primero que encuentra es precisamente “a piel del diablo”.
¿Tú aquí?
Y en esto escuchó la voz del Padre que le dice: “sí, tú no pudiste, pero logré convertirlo a última hora”.
Cuentan que, el buen Sacerdote exclamó: ¡vaya, toda una vida de austeridad para que ahora tenga que estar con este “piel del diablo” que vivió como le dio la gana! No te entiendo, Señor.
Nunca me has entendido, porque siempre has creído que mi corazón era como el tuyo. Mi corazón es así, sigo tocando a la puerta hasta que me abran, incluso si tengo que esperar al último suspiro.

Dios nunca tiene prisas. Por eso llama a cualquier hora.
Dios nunca tiene nuestras prisas que nos desalientan.
Dios sabe esperar sin desalentarse.
La gracia siempre es sorpresiva:
Padres, no os desalentéis porque vuestro hijo dice que ya no tiene fe. Esperen.
Sacerdotes, nunca os deis por vencidos.
A donde nosotros no podemos llegar, puede llegar Dios.
Si no nos encontramos en la misa dominical ahora, es posible que algún día nos encontremos en la misa pascual del cielo.

Clemente Sobrado C. P.

Bocadillos espirituales para vivir el Tiempo Ordinario: Martes de la 20 a. Semana – Ciclo A

“Dijo Jesús a sus discípulos: “Les aseguro que difícilmente entrará un rico en el reino de los cielos.” Al oírlo, los discípulos quedaron sorprendidos y dijeron: “Entonces, ¿quién puede salvarse?” Jesús, mirando fijamente, dijo: “Para los hombres es imposible, pero Dios lo puede todo.” “Ustedes que me han seguido, también se sentarán en doce tronos para juzgar a las doce tribus de Israel. Y todo el que por mi nombre, deje casa, hermanos… recibirá y heredará la vida eterna.” (Mt 19,23-30)

Sigue el diálogo de Jesús con sus discípulos.
La negativa del joven rico a dejar sus riquezas para seguir a Jesús, termina siendo un ejemplo claro para la catequesis de Jesús.
No le sigue:
Porque no tengas ganas de algo más.
Porque no tenga la ilusión ser más que lo que es.
Porque no tenga ganas de aspirar a algo más.

Pero tiene un problema:
No se puede seguir a Jesús como quien cambia de casa y se lleva consigo todo lo que tiene.
No se puede seguir a Jesús con el camión de transportes cargado.
No se puede seguir a Jesús llevándose consigo todas sus riquezas.
Y por eso, da vuelta atrás y regresa a su casa triste.
Y el mismo Jesús que se había hecho ilusiones lo ve marchar desilusionado.

Esto le da a Jesús pie para hacer una afirmación muy dura:
“difícilmente entrará un rico en el reino de los cielos”.
No por ser rico.
Sino porque valora más lo que tiene que el ser discípulo de Jesús.
Ser rico no es ningún pecado.
El pecado está en el corazón del rico que pone como valor de su vida sus riquezas.
El pecado está en el corazón del rico apegado a sus riquezas.
El pecado está en el corazón del rico que no descubre que Jesús es más que todas sus riquezas.
El pecado está en el corazón del rico que prefiere sus riquezas a seguir con libertad a Jesús.
No son las riquezas las que impiden entrar en el reino.
Es la actitud que tenemos frente a las riquezas las que nos estorban.

Y claro, si el apego a las riquezas es un obstáculo para entrar en el Reino, significa:
que las riquezas son también el gran obstáculo para que todos tengan lo suficiente.
que las riquezas de unos son la causa de la pobreza de otros.
que hay pobres porque hay ricos que lo acaparan todo.
que hay pobres, porque hay ricos, para quienes sus riquezas son más importantes que los pobres.
que hay pobres, porque hay ricos insensibles a la pobreza de los demás.
que hay pobres, porque hay ricos incapaces de renunciar a lo que tienen para otros tengan algo.

Y quien no valora a los pobres:
no está en condición de abrirse a los valores del Evangelio.
porque su corazón está pegado a sus riquezas, y así nunca entenderá el Evangelio.
Si no somos capaces de dar lo tenemos a los pobres para entregarse a Jesús, ¿cómo lo hará con los pobres?
Es problema de riquezas y del apego del corazón

De todos modos, siempre queda una esperanza.
Lo que parece imposible para los hombres siempre será posible para Dios.
La gracia de la conversión del corazón siempre es una posibilidad para todos.

El mundo de la riqueza y la pobreza:
No cambiará sin la conversión del corazón.
No cambiará sin el cambio del corazón.
No es un problema de justicia social.
Es un problema de gracia, de conversión.
Y Dios no niega su gracia tampoco a los ricos.
Y por eso también los ricos pueden convertirse.
Y por eso también los ricos pueden salvarse.
“Para los hombres es imposible,
pero Dios lo puede todo”.

No se trata de teorías ni de ideologías.
Se trata de conversión, fruto de la gracia.
Y por eso, humanamente es imposible que un rico entre en el reino de los cielos.
Pero visto desde la gracia, la salvación es para todos, ricos y pobres.
No nos salvamos porque dejamos.
Nos salvamos porque le seguimos.
Y le seguimos dejándolo todo.

Clemente Sobrado C. P.