Dios es como el azúcar

Santísima Trinidad – Ciclo A

La profesora pregunta: ¿Cómo sabemos que Dios existe? Cada uno fue dando su propia respuesta. Pero la profesora seguía insistiendo como si no estuviese satisfecha con las respuestas. Queriendo echarles un mano añadió: Y cómo saber que Dios existe si ninguno lo hemos visto? Todos se quedaron callados. Para los niños es evidente que lo que no se ve o se toca no existe. Hasta que un pequeño que era tímido, levantó la mano y tímidamente y respondió: Señorita. Dios es como el azúcar. Mi madre me dijo que DIOS ES COMO EL AZÚCAR en mi leche que ella prepara todas las mañanas. Yo no veo el azúcar que está dentro de la taza en medio de la leche, pero si ella me lo saca, queda sin sabor.
Dios existe, y está siempre en el medio de nosotros, solo que no lo vemos. Yo quería enseñaros y sois vosotros quienes me habéis enseñado a mí. Yo ahora sé que Dios es nuestro azúcar en la vida. La profesora emocionada le dio un beso.

¿A alguien de nosotros se le ocurriría definir a Dios como una cucharada o un terrón de azúcar? De seguro que nosotros daríamos una definición de Dios mucho más técnica y científica. Pero bastante más inútil. La prueba el mismo título de la fiesta de hoy: “Santísima Trinidad”. Y con eso ya nos quedamos tan tranquilos. Con decir que son “tres pero que son uno”, que ni usted ni yo sabemos como es esa matemática que uno sea tres y que tres sean uno, de seguro nos quedaríamos satisfechos. Ninguno entenderíamos nada pero nos quedaríamos tranquilos.

Estoy seguro que la mamá de ese niño no entendía demasiada teología, pero sí tenía algo que es fundamental cuando se trata de hablar de Dios. Hablaba no del Dios que se nos da en ideas, sino del Dios que ella experimentaba en su corazón. No sé si los teólogos estarán muy de acuerdo con un “Dios terrón de azúcar”, lo que sí sé, es que aquella madre vivía la verdad de Dios en el corazón humano.

Porque, al fin y al cabo, Dios no es una idea. Dios es una realidad para nuestra vida. Y una realidad que da sentido y da sabor a nuestra vida.
Nadie ve el azúcar disuelto en la taza de leche o en la taza de café.
Pero todos sabemos que la leche sabe de otra manera y también el café.
Y que a Dios nadie le ha visto, lo dice San Pablo: “A Dios nadie le ha visto”.
Pero a Dios son muchos los que lo sienten, lo experimentan y lo viven.

Además, si el Dios de nuestra fe es, como nos dirá San Juan, “un Dios amor”, y su esencia es “el amor”, con mucha más razón. Porque ¿alguien ha visto el amor? No lo hemos visto. Pero todos sabemos que existe, y nos sentimos amados y todos amamos. El amor se expresa y manifiesta en la experiencia de la vida, y no en las grandes explicaciones de los psicólogos.

Dios Padre es el azúcar la paternidad divina.
Es el azúcar que da gusto y gozo y dulzura a nuestra filiacion.
Es el azúcar que da sentido a la vida.
El azúcar que da el gusto por la vida vivida como don y regalo de cada día.
Tampoco nosotros lo vemos, pero sentimos su presencia.
Es como el padre de familia cuya sola presencia llena la casa y nos da seguridad.

Dios Hijo es el azúcar de la filiación divina.
Es el azúcar de no sentirnos cualquier cosa sino hijos de Dios.
Es el azúcar de sentirnos amados no como extraños sino como hijos.
Es el azúcar que cada día endulza nuestra vida revelándonos al Padre.
Es el azúcar de saber que “nos amó hasta el extremo” y entregó su vida por nosotros.

Dios Espíritu Santo es el azúcar del amor divino.
Es el azúcar que nos hace experimentar a Dios en el corazón.
Es el azúcar que nos hace sentirnos habitados por El.
Es el azúcar que da gusto y sentido a nuestras decisiones.
Es el azúcar que nos hace gustar a Dios en nuestra oración.
Es el azúcar que nos hace gustar la alegría de nuestra fe.
Es el azúcar que nos hace sabrosa la convivencia en la fraternidad.
Es el azúcar que nos hace disfrutar en la vida de la comunidad.
El misterio de la Santísima Trinidad no es solo el misterio de Dios, es también el misterio de cada uno de nosotros. Porque el verdadero cielo de Dios somos cada uno de nosotros. “Y vendremos a él y haremos morada en él”.
Nos pasamos muchas horas mirando al Sagrario, porque es allí donde Dios habita sacramentalmente.
Y apenas si tenemos tiempo para mirarnos a nosotros por dentro, donde sabemos que el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo lo han convertido en su verdadera casa.
Hablamos con El como si lo tuviésemos lejos, a la otra orilla, cuando lo tenemos tan cerca de nosotros.
“Yo estoy en mi Padre, y vosotros en Mí y yo en vosotros… Si alguno me ama guardará mi palabra, y mi Padre lo amará, y vendremos a él y en él haremos morada… (Jn 14,20-23 y 15,4)
Y Pablo nos dirá: “Alegraos, enmendaos, amaos; tened un mismo sentir y vivid en paz, Y el Dios del amor y de la paz estará con vosotros”. (2Co 13,11)

La vida sin Dios está vacía.
La vida con Dios está llena, a rebosar.
La vida sin Dios pierde sentido.
La vida con Dios tiene una meta y una dirección.
La vida sin Dios está llena de cosas.
La vida con Dios está llena de Dios.
Dios no cabe en nuestra cabeza, por eso podemos decir poco de él. Pero Dios cabe en nuestro corazón.

Padre, Tú nos has hecho a tu imagen y semejanza. Que seamos tu mejor revelación.
Padre, Tú nos has regalado el don de tu vida. Que en ella te glorifiquemos.
Hijo: que nos has revelado al Padre. Que sepamos aceptarle.
Hijo: que nos has revelado el amor del Padre. Que lo vivamos.
Espíritu Santo: “Entra hasta el fondo del alma, divina luz, y enriquécenos.
Mira el vacío del hombre, si tú le faltas por dentro;
mira el poder del pecado, cuando no envías tu aliento.”

Clemente Sobrado C. P.

 

Bocadillos espirituales para vivir el Tiempo Ordinario: Sábado de la 10 a. Semana – Ciclo A

“Dijo Jesús a sus discípulos: “Habéis oído que se dijo a los antiguos. “No jurarás en falso” y “cumplirás tus votos al Señor”. Pues yo os digo que no juréis en absoluto… A vosotros os basta decir “sí” o “no”. Lo que pasa de ahí, viene del maligno”. (Mt 5,33-37)

Jesús conoce demasiado bien el corazón humano.
Nos cuesta:
Vivir en la verdad.
Decir la verdad.
Se coherentes con la verdad.

Por eso:
Creemos tan poco en los demás.
Porque, casi diría, que no nos creemos a nosotros mismos.
Y como no creemos en lo otros, exigimos firmas, sellos, notarios y tantas cosas más.,
Y como los demás tampoco nos creen, nos exigen afirmemos lo que decimos con juramentos y firmas notariales:
“Juro por Dios”.
“Juro por mi madre”.
“Juro por mis hijos”.
Bueno, creo hay infinidad de juramentos.

Siento vergüenza que los demás no crean a mis palabras.
Siento vergüenza que los demás no crean a mis contratos.
Siento vergüenza que los demás no se fíen de mí.
Y que tengamos que acudir a no sé cuantos ritualismos para que alguien me crea.

Y el caso es que ni con tanto juramento y tanta firma cumplimos con la verdad.
Hacemos juramento de fidelidad a nuestra consagración a Dios.
Y al tiempo ya hablamos de que “no tenemos vocación”.
Hacemos juramento de amor el día de la boda.
¿Y os dais cuenta de qué pronto el amor se enfría?
Hacemos juramente de “amarnos y servirnos todos los días de mi vida”.
Y pasan unos años y tenemos que contratar un abogado para iniciar el divorcio.
Pedimos un préstamos con firma de Notario.
Y no terminamos nunca de devolverlo.
Y hasta es posible tengamos que comprarnos un abogado.

Confieso que nunca me había parado a pensar en estas realidades.
Pero Jesús nos conocía muy bien.
¿Será así el hombre o nos habrán hecho así?
¿Seremos así o la realidad nos ha configurado así?

Para Jesús esto es una degradación del ser humano.
Para Jesús el hombre está llamado a la verdad.
No para engañar al otro.
No para mentir al otro.
No para vivir en la informalidad de la palabra.

Para Jesús:
El hombre está llamado a vivir en la verdad.
El hombre está llamado a vivir de la verdad.
El hombre está llamado a ser transparente.
El hombre está llamado a ser fiel a sí mismo.
El hombre está llamado a ser fiel a su palabra.

De ahí que Jesús nos prohíba cualquier juramento.
Para Jesús nuestra vida tiene que ser “sí” o “no”.
Todo lo demás viene del Maligno.
Yo diría que el hombre está llamado:
A ser él mismo.
A ser fiel a sí mismo.
A ser fiel a su verdad.
Cualquier otra actitud es deformar la verdad del hombre.
Es dejar de ser él mismo.
Es no valer por sí mismo, sino por su juramento.
Es no valer por sí mismo, sino por la firma notarial.
Es no valor por sí mismo, sino por el valor que recibe de otros.

Me duele que no crean en mí.
Me duele que no se fíen de mí.
Me duele que no tengan confianza en mí.
Porque significa que yo no valgo y no soy digno de crédito.
Mi verdad me viene de mis juramentos y de un notario.

Señor, tú dijiste que eras “el camino, la verdad y la vida”.
Señor, hazme verdadero, auténtico, de una pieza.

Clemente Sobrado C. P.

 

Bocadillos espirituales para vivir el Tiempo Ordinario: Viernes de la 10 a. Semana – Ciclo A

“Habéis oído el mandamiento “no cometerás adulterio”. Pero, yo os digo: “El que mira a una mujer casada deseándola, ya ha sido adúltero con ella en su interior”. (Mt 5,27-32)

“Habéis oído”, “pero yo os digo”.
Hoy oímos muchas cosas.
Vivimos la cultura de las noticias,
Vivimos la cultura de las comunicaciones.
Radio colgado de las orejas.
Televisión, música, tablets.
Teléfonos y celulares de todo tipo y estilo.
Hoy todo es palabra y todo es imagen.
Y el caso es que no podemos vivir sin esos ruidos.

Por eso, creo que ya no tenemos tiempo:
Para pensar.
Para reflexionar, porque todo es tan rápido.
Para ser nosotros mismos.
Estamos llenos de los demás, menos de nosotros.
¿Dónde estamos nosotros?
Son los otros los que piensan por nosotros.
Son los otros los que nos imponen sus ideas.

“Pero yo os digo”
¿Coincide lo que se nos dice con lo que nos dice Jesús?
A Jesús le hemos llamado palabra.
Pero Jesús tiene otra manera de hablar:
Sin ruido.
Más que a las orejas, Jesús habla al corazón.
También habla a nuestra inteligencia.
Pero Jesús nos habla de otra manera.
Y nos dice cosas diferentes.
No nos impone el griterío de palabras.
Pero nos ofrece un modo de pensar diferente.

Los demás nos hacen quedar con lo exterior.
Jesús quiere hablar al interior.
Jesús no dice lo que dicen todos.
Jesús nos dice algo nuevo.
Nos dice que la verdad o la mentira la llevamos dentro.
Así no es necesario un adulterio físico, para el que necesitamos escondernos.
Jesús nos dice que el adulterio lo llevamos en el corazón.
Lo llevamos en el simple deseo.
Lo llevamos en el simple pensamiento.
Porque el adulterio:
no es algo que hacemos a escondidas.
es algo que llevamos en los ojos.
es algo que llevamos en el pensamiento.
es algo que llevamos en el deseo del corazón.
es una decisión, hasta puede ser una fantasía.

Jesús habla distinto a la ley.
La ley habla desde afuera.
Jesús habla desde adentro.
Es que nuestra verdad no es algo externo a nosotros.
Sino algo interno a nosotros.
No es la verdad impuesta.
Es la verdad aceptada y amada y querida.

Es una manera nueva de ver las cosas.
Unos ojos que no desnuda a la mujer que se nos cruza.
Sino que descubren:
la belleza de su dignidad.
la belleza de su corazón.
la belleza de sus sentimientos.
la belleza de su misión.

Jesús nos ve por fuera.
Pero nos quiere ver por dentro.
Quiere ver lo que pensamos y deseamos interiormente.
Porque esa es nuestra verdad.
Porque esa es nuestra esencia.
Las acciones externas son fruto de lo que cada uno lleva dentro.
Por eso, la conversión no comienza por fuera, por dejar de hacer esto o lo otro.
La conversión comienza:
Por un corazón nuevo.
Por unos sentimientos nuevos.
Por unos deseos nuevos.
Por unos pensamientos nuevos.

No miremos tanto lo que hacemos. Miremos lo que amamos.
No miremos tanto lo externo. Miremos lo que desea nuestro corazón.
Otros os dirán otras cosas. ¿Escuchamos las que nos dice Jesús?
No lo de antes, sino lo de ahora.

Clemente Sobrado C. P.

Bocadillos espirituales para vivir el Tiempo Ordinario: Jesucristo, Sumo y Eterno Sacerdote – Ciclo A

“Tomad esto, repartidlo entre vosotros; por os digo que no beberé desde ahora del fruto de la vida, hasta que venga el reino de Dios”. Y, tomando pan, pronunció la acción de gracias, lo partió y se lo dio diciendo: “Esto es mi cuerpo, que se entrega por vosotros; haced esto en memoria mía”.
(Lc 22,14-20)

La Liturgia celebra hoy la fiesta de Jesucristo, Sumo y Eterno Sacerdote.
De ahí que el Evangelio sea la institución de la Eucaristía, que anuncia el verdadero sacerdocio de Jesús en la Cruz y que aquí lo expresa en la transformación del pan y del vino, como cuerpo entregado, como sangre derramada.

El verdadero sacerdocio se ejerce en la Cruz.
Y que Jesús inicia ya en la institución de la Eucaristía.
Y cuyos símbolos son el pan y el vino.
Un sacerdocio que no es tanto hacer cosas.
Un sacerdocio que es:
“Entregarse por los demás”
“Derramar su sangre por todos”.
Y un sacerdocio que Jesús comparte con los suyos.
Los sacerdotes de la nueva ley.
Y un sacerdocio que tiene la misión:
Darnos a comer el cuerpo entregado,
La sangre derramada de Jesús.
Y que recibe un mandato: “Haced esto en memoria mía”.

La Eucaristía no es un simple acto de piedad.
Es “hacer memoria del misterio pascual de Jesús”.
Es “recordar lo que El hizo por nosotros”.
Pero es también hacernos todos sacerdotes, por el don del Bautismo.
Y es convertirnos todos en Eucaristía.
Es ser todos eucaristía:
Es convertirnos todos en pan que se entrega por los demás.
Es convertirnos todos en sangre derramada por todos.

Eucaristía:
Es el misterio de la Cruz y Resurrección.
Es hacerse uno mismo eucaristía.
Es entregarse y sacrificarse hasta la muerte por los demás.
Por eso mismo, la Eucaristía.
Es la que hace a la Iglesia como Iglesia.
Es la que hace a cada creyente verdadera Iglesia.
Es la que nos configura a todos con la persona de Jesús.
Es la que nos configura a todos con la muerte de Jesús.

No se trata de “oír Misa”.
La misa no es algo que se oye o escucha.
La misa es algo que se celebra.
La misa es algo que se realiza.
La misa es participar en el sacerdocio de Jesús:
“haciéndonos cada uno pan que se entrega”.
“Haciéndonos cada uno sangre que se derrama por todos”.

En la Misa:
Todos somos sacerdotes con el sacerdote en el sacerdocio de Jesús.
Todos hacemos “memoria”:
No recordando el pasado.
Sino “haciéndonos cada uno cuerpo entregado”.
Sino “haciéndonos cada uno sangre “derramada”.
En la Misa hay:
Una comunión del Sacerdote con Cristo Sacerdote.
Una comunión de todos con el Sacerdote que preside.
Una comunión de todos con el sacerdocio de Cristo.
Una comunión de todos con el sacerdocio de todos.
Es una comunión sacerdotal que revive y actualiza el misterio pascual.
Es una comunión sacerdotal que actualiza en nuestra vida lo mismo que hizo Jesús.

Es preciso cambiar de mentalidad sobre la Misa:
Primero: saber que es una vivencia y un actualizar el sacerdocio de Jesús en la Cruz.
Segundo: es sentirnos nosotros celebrantes.
No solo en el momento de la misa sino hacer de nuestras vidas una Misa.
Por eso tampoco podemos hablar de llegar antes o después.
Jesús no llegó tarde a la Cruz, ni a la muerte.

Clemente Sobrado C. P.

Bocadillos espirituales para vivir el Tiempo Ordinario: Miércoles de la 10 a. Semana – Ciclo A

Jesús dijo a sus discípulos: “No creáis que he venido a abolir la Ley y los profetas: no he venido a abolir sino a dar plenitud”. (Mt 10,7-13)

Dios no destruye lo que hizo una vez.
Pero Dios tampoco deja las cosas como nacieron.
Dios es vida y como todo germen vivo hace que todo crezca.
Dios no destruye nada.
Pero lo renueva todo.

¿Hacer para destruir?
¡Qué mal gusto!
¿Hacer para que todo crezca?
¡Esa es sabiduría!
Dios no destruye la ley que un día nos dio.
Pero Jesús la lleva a su plena perfección.

Me encanta este actuar de Jesús.
No siempre podemos hacer las cosas perfectas.
Pero cada día podemos mejorarlas.
No siempre podemos hacer las definitivas.
Pero cada día podemos irles dando un retoque que las mejore.

El matrimonio no es perfecto el día de la boda.
Pero cada día podemos hacer que sea mejor.
Cada día nuestro matrimonio puede ser más bello.
En vez de esa manía que nos ha entrado de dar terminada nuestra unión.
Cada día podemos darle un toquecito y ser los dos más unidos.

Cuando comenzamos:
Nuestro amor no es perfecto.
Posiblemente tiene mucho de egoísmo.
Pero no solucionamos el problema separándonos.
Y podemos cada día afirmarlo, purificarlo, ahondarlo.
El mejor amor no es el de jóvenes.
Pero puede ser el de hombre y mujer ya maduros.
El amor no se solucionar renunciando a amarnos.
Sino empeñándonos en madurarlo en nuestra gratuidad y generosidad y servicialidad.

Nuestros hijos no son perfectos cuando nacen.
Pero cada día podemos hacer de ellos algo muy bueno.
Cada día podemos ayudarles a ser mejores.
No podemos desanimarnos de las deficiencias de niños.
Tenemos que ilusionarnos de la obra que podemos hacer ellos cuando crecen.
No es destruyendo que se construye.
No es destruyendo que las cosas mejoran.

Cuando me ordeno de sacerdote me creo bueno.
Pero con el caminar de la vida, mi sacerdocio va mejorando.
Nuestras vidas son como las del violinista o pianista.
Comienza tocando bastante bien.
Pero con el correr de los días va perfeccionándose.

Por eso me gusto lo que dice Jesús: No he venido a destruir la ley, sino a darle plenitud.
Esta debiera ser la actitud de cada uno de nosotros.
No destruyamos que lo imperfecto.
Pero dediquémonos a perfeccionarlo.
Nada nace perfecto.
Pero todo debiera morir perfecto.
Estoy seguro de que hoy soy bueno.
Pero más seguro de que mañana puedo ser mejor.
De malo puedo ser bueno.
De bueno, puedo ser mejor.
De mejor, puedo ser santo.
Y de santo hasta puedo ser más simpático.

Clemente Sobrado C. P.

Bocadillos espirituales para vivir el Tiempo Ordinario: Martes de la 10 a. Semana – Ciclo A

“Dijo Jesús a sus discípulos: “Ustedes son la sal de la tierra. Pero si la sal se vuelve insípida, ¿con qué la salarán? No sirve más que para tirarla fuera y que la gente la pise. Ustedes son la luz del mundo, No se puede ocultar una ciudad puesta en lo alto de un monte. Tampoco se enciende una lámpara para meterla debajo de un cajón, sino para aponerla en el candelero y así alumbre a todos los de casa. Alumbre la luz de ustedes delante de los hombres, para que vean sus buenas obras y den gloria a su Padre que esta en el cielo”. (Mt 5,13-16)

¿Recuerdan la película “El hombre invisible”?
Bueno personalmente yo no la he visto. Y además si era invisible…
A veces pienso si no tendremos que hablar también de “cristianos invisibles”.
Que se dicen cristianos, pero no se les ve su cristianismo.
Que se dicen cristianos, pero donde están todo sigue igual.
Que se dicen cristianos, pero donde están hacen invisible su fe.

Jesús no pensó en cristianos invisibles.
Tampoco en cristianos cuya presencia no se nota.
Jesús pensó en cristianos “que somos sal”.
Cristianos llamados a cambiar la realidad.
Cristianos llamados a crear un mundo:
Con sabor a hermanos.
Con sabor a fraternidad.
Con sabor a justicia.
Con sabor a igualdad.
Con sabor a pan en todas las mesas.
Familias con sabor a “hogar”.
Con sabor a paz y armonía.

Jesús pensó en cristianos “que somos sal”:
Metidos en medio del mundo.
Metidos en medio de la Iglesia.
Metidos en medio de los hombres.
Que como la sal nos hacemos uno más entre ellos.

Jesús nos pensó como “luz”.
La fe será siempre algo personal.
Pero la fe no es para esconderla.
La fe es para iluminarnos por dentro.
Pero la fe no es para apagarla para los demás.
La fe es para vivirla y que los demás la vean.
La fe es para alumbrar nuestras vidas.
Pero para que nosotros iluminemos las vidas de los demás.
La fe no consiste en una serie de ideas.
La fe es una vida.
Y la vida es para ser vista.
Nadie vive a ocultas, salvo que huya de la policía.
Una vida que no se ve, no existe como vida.

Siempre me ha llamado la atención:
Con que libertad se proclaman los incrédulos o ateos.
Y el miedo y la cobardía con que nosotros nos declaramos creyentes.
Como si estuviésemos acomplejados.
Hoy se habla mucho del “orgulo gay”.
¿Seríamos capaces de hablar del “orgullo de cristianos”?

Jesús no tuvo reparo en hablar siempre en público.
Jesús no tuvo complejo de declararse “el Hijo del hombre”.
Jesús no nos dice:
Que seamos cristianos a escondidas.
Que seamos cristianos allí donde huele a cera, la Iglesia.
Sino que “se vean nuestras buenas obras”.
Sino que “se nos vea, seamos testigos, enseñemos”.
Sino que seamos luz que alumbra a los que están en casa.
Sino que “vean nuestras buenas obras y den gloria al Padre”.

Cristianos que “como la sal” nos disolvemos en la sociedad para darle un nuevo sabor.
Cristianos que “como la luz” tenemos que estar en el candelero para alumbrar al resto.
Que sientan que el mundo tiene otro gusto.
Que sientan que el mundo es más bello y hermoso.
Que sientan que todavía hay luz para ver el camino.

Pienso en el Papa Francisco:
¿Verdad que la Iglesia parece que comienza a tener un nuevo sabor a Evangelio?
¿Verdad que la Iglesia parece que comienza a tener una nueva iluminación?
¿No estaremos llamados a ser todos “Panchitos sal”, “Panchitos luz”?

Y nos quedamos con lo que dice el la Exhortación “La alegría del Evangelio”:
“Quiero dirigirme a todos los fieles para invitarlos a una nueva etapa evangelizadora marcada por la alegría, e indicar caminos para la marcha de la Iglesia en los próximos años”.

Clemente Sobrado C. P.

Bocadillos espirituales para vivir el Tiempo Ordinario: Lunes de la 10 a. Semana – Ciclo A

“Dichosos los pobres en el espíritu, porque de ellos es el Reino de los cielos. Dichosos los que lloran porque ellos serán consolados. Dichos los sufridos, porque ellos heredarán la tierra. Dichosos los que tienen hambre y sed de justicia, porque ellos quedarán saciados. Dichosos los misericordiosos, porque ellos alcanzarán misericordia. Dichosos los limpios de corazón, porque ellos verán a Dios…” (Mt 5,1-12)

Ayer terminaba el tiempo pascual con la explosión del Espíritu Santo.
Hoy ya comienza el tiempo ordinario.
¡Y vaya si comienza bien! Nada menos que con las Bienaventuranzas.

No quiero juzgar a nadie.
Pero sí tengo derecho a juzgarme a mí.
Por eso me pregunto:
¿Qué importancia hemos les hemos dado en nuestras vidas?
¿Cuántos han tomado las bienaventuranzas como criterio e ideal de sus vidas?
Todos solemos confesarnos tomando como esquema los Diez Mandamientos.
Es decir, seguimos confesándonos por el Antiguo Testamento.
¿Alguien se confiesa por las bienaventuranzas?
En una ocasión daba Ejercicios Espirituales a Religiosos y se me ocurrió preguntar: “¿Alguno se confiesa en base a las bienaventuranzas?”
La respuesta fue un gran silencio. Y aquí el que calla consiente.
Para no sentirme raro, tuve que decir: perdonen, pero yo tampoco, todavía estoy con Moisés y no he llegado a Jesús.

Son los ocho criterios que Jesús propone como la gran novedad del Reino.
Son los ocho criterios que Jesús propone como caminos para lograr el ideal del Reino.
Son los ocho criterios que Jesús propone como caminos de felicidad.
Pueden parecer caminos extraños.
Y lo son.
Pero si somos sinceros preguntémonos:
¿Nos hacen felices las riquezas que esclavizan nuestros corazones?
¿No habrá felicidad en el desprendimiento del corazón, que en el corazón blindado por el ansia de tener y el miedo a la devaluación de la moneda o a la caída de la Bolsa de Valores?
No es la pobreza la que nos hace felices, porque entonces el mundo sería muy feliz.
Es la pobreza del corazón que vive libre y puede volar sin cargar con todo lo que tiene.

¿Alguien puede decir que la injusticia hace felices a los hombres?
¿No habrá más felicidad en luchar por la justicia, en tener hambre y sed de que en el mundo haya más justicia?
Incluso, ¿no serán más felices aquellos que son perseguidos y maltratados porque consagran sus vidas a anunciar y luchar por la justicia para todos?
¿Serán más felices quienes venden la justicia por unos billetes bajo los papeles?

El papa Francisco hizo una denuncia sobre la cultura del soborno y la corrupción que impera tanto a nivel público como privado. Y se atrevió a llamarle: “un dinero sucio” que se convierte en “pan sucio para los hijos”.
“Se comienza con un sobre y después es como la droga”, clamó ante el pequeño grupo de personas que asistían.
“Dios recomendó llevar el pan a la casa con nuestro trabajo honesto” y “no dar de comer a los hijos con pan sucio”.
“Hijos, quizás educados en colegios caros, quizás crecidos en ambientes cultos, que han recibido de su papá como alimento la suciedad, porque su padre, llevando pan sucio a casa ha perdido la dignidad. ¡Y esto es un pecado grave!”, dijo.

¿Y serán más felices los que llevan el corazón sucio que impide ver a Dios, que aquellos de corazón limpio que sí pueden verle?
¿Y será más felices esos intransigentes que se convierten en jueces de todo el mundo, que los “misericordiosos” que saben comprender las debilidades humanas y saben amar a pesar de todo?
¿Y serán más felices los que prefieren esconder o disimular su fe para evitar les insulten y persigan y calumnien por causa de Jesús y el Evangelio?

¿No será que la felicidad de las Bienaventuranzas es una felicidad al revés?
Al revés de la felicidad del mundo, ciertamente.
Desde niño sé que aprendiste los Diez Mandamientos.
Perdona, pero me atrevería a hacer un concurso sobre cuántos saben de memoria las ocho Bienaventuranzas. ¿No creen que debiéramos aprenderlas y tomarlas como luz que ilumine los caminos de nuestra vida?

Clemente Sobrado C. P.