Bocadillos espirituales para vivir el Tiempo Ordinario: Jueves de la 24 a. Semana – Ciclo A

“Una mujer de la ciudad, una pecadora, vino con un frasco de perfume y, colocándose detrás juntos a sus pies llorando, se puso a regarle los pies con sus lágrimas, se los enjugaba con su cabellos, los cubría de besos y se los ungía con el perfume. Por eso te digo; sus muchos pecados están perdonados, porque tiene mucho amor, pero al que poco se le perdona, poco amor. Y a ella le dijo: “Tus pecados están perdonados”. “Tu fe te ha salvado, vete en paz”. (Lc 7,36-50)

¿Quién es capaz de conocer el corazón humano?
El corazón es un misterio.
Y al fin y al cabo lo que nos define no es nuestra inteligencia.
Lo es lo que sabemos.
Ni es lo que tenemos.
Ni siquiera es lo que hacemos.
Sino lo que amamos.

Todos hablamos alegremente de esas pobres “mujeres de la vida”.
Y que otros llaman “mujeres de la mala vida”.
Cuando escucho esto, algo se me revuelve dentro y me pregunto:
¡Y quienes las compran son hombres de buena vida!

Hay vidas que todos marginamos como “gente de mala vida”.
Y todos nos imaginamos que nosotros somos “somos gente de buena vida”.
Vamos a Misa.
Y hasta nos confesamos.
Y comulgamos.
Y decimos que rezamos.
Pero, no decimos que somos clientes de esas “mujeres de mala vida”.
Personalmente me indignan estas expresiones.
Porque, ¿acaso sabemos lo que llevan en su corazón?

Cuando leo este Evangelio, mi corazón se estremece.
Esta mujer pecadora pública irrumpe en la cena sin prejuicios al qué dirán.
Hay en ella como una especie de ansiedad y posible asco de su vida.
Hay en ella como una necesidad de sentirse persona.
Hay en ella como una necesidad de sentirse mujer de verdad.
Hay en ella como una necesidad de sentirse mercancía de las pasiones ajenas.
Hay en ella como una necesidad de recuperar su dignidad.
Hay en ella como una necesidad de sentirse libre.

Se ve en ella una pecadora que se siente a disgusto con ella misma,
Busca alguien que no la busque como un objeto que se compra.
Busca alguien que sepa reconocerla como persona.
Busca alguien que pueda devolverle su dignidad.
Y no le importa lo que dirán.
Se postra a los pies de Jesús.
Derrama el perfume que posiblemente era fruto de su pecado.
Lava sus pies con sus lágrimas de angustia y confianza a la vez.
Los seca con sus cabellos como expresión de su esperanza.

¡Qué misterioso es el corazón humano!
A cuantos marginamos como “gente de mala vida”.
Y no sabemos la tragedia que anida en su corazón.
Mientras todos la miran como “la pecadora del pueblo”.
Mientras todos la miran como “la pecadora que algunos frecuentaron” y hundieron en su desgracia:
Alguien da la cara por ella.
Jesús es un invitado peligroso.
Porque es capaz de ponerte al descubierto.
Porque es capaz de reconstruir lo que ellos mismos habían destruido.
Porque es capaz de devolver la alegría que ellos mismos mataron.
Porque es capaz de dar la vida a la que ellos dieron muerte.

Jesús siente asco por los buenos que desprecian a los malos.
Pero Jesús siente cariño por los malos a quienes desprecian los buenos.
Jesús no condena a los malos.
Primero mira la verdad de su corazón.
Y cuando ve un corazón, incluso pecador, pero que ama, Jesús perdona, Jesús renueva.
No lo importa el escándalo de los buenos.
Lo que El quiere es la salvación de todos, también de los malos.
Es posible que muchas de esas pobres mujeres que llamamos elegantemente de las cuatro letras, lleven un corazón ansioso de vida, de verdad y de amor.
Por eso, no condenemos a nadie porque nos podemos llevar la sorpresa e Simón y sus invitados.
Que los buenos quedan marginados.
Y los malos “su fe los ha salvado y se vuelven a casa en paz”.

Señor: a esas pobres mujeres convertidas en objetos de placer,
dales amor en su corazón.
Señor: a esas pobres mujeres de las que todos hablamos mal,
sepan encontrar en ti el camino de una nueva vida.
Señor: que no me escandalice de ellas,
que mi corazón las ame y pueda ganarlas con tu amor.

Clemente Sobrado C. P.

Bocadillos espirituales para vivir el Tiempo Ordinario: Miércoles de la 24 a. Semana – Ciclo A

“Dijo el Señor: “¿A quien se parecen los hombres de esta generación? ¿A quien los compararemos? Se parecen a unos niños sentados en la plaza, que gritan a otros: “Hemos tocado la flauta y no han bailado, cantamos lamentaciones y no han llorado”. (Lc 7,31-37)

Me gusta la comparación de Jesús.
Es que Jesús no era tan serio como tantas veces pensamos.
También sabía decir las cosas serias con buen humor.

¿Qué nos quiere decir hoy?
Algo muy sencillo: es difícil acertar con nosotros.
Si tocan la flauta, no bailamos.
Si cantan lamentaciones, no lloramos.
Si no comemos ni bebemos como Juan, decimos que tiene un demonio.
Si comemos y bebemos como Jesús, somos unos comilones y unos borrachos.

Si hablamos del Evangelio, somos unos fanáticos.
Si callamos y no decimos nada, somos unos cobardes.
Si luchamos por la justicia social, somos unos comunistas.
Si no hacemos nada por los pobres, somos unos acomodados.
Si ponemos cara de serios, nos dicen amargados.
Si nos atrevemos a contar chistes, nos llaman superficiales.
Si rezamos mucho, nos dicen beatos.
Si no rezamos, nos dicen que nos olvidamos de Dios.
Si ayunamos, dicen que no sabemos vivir.
Si comemos, nos dicen que somos unos “tragones”.
Si no bebemos, dicen que con nosotros no hay fiesta.
Si bebemos, nos dicen que somos unos borrachos.

Bueno, ¿ustedes entienden algo?
Si tomamos en serio nuestra vida, nos califican de amargados.
Si tomamos en serio ser santos, de seguro que dirán que vivimos la vida.
Si somos diferentes a los demás, nos dicen “intimistas e insociables”.
Si somos como los demás, nos dicen que no tenemos personalidad.
Si somos serviciales, dicen que se aprovechan de nosotros.
Si dejamos que cada uno haga lo suyo, nos califican de faltos de solidaridad.
Si sonreímos a alguien, dicen ¿qué le querrá pedir?
Si ponemos cara de tranca, dicen que somos unos antipáticos.

Insisto, ¿ustedes entienden algo?
Bueno, pues a mí no me llama ya la atención.
Porque Jesús pasó por la misma experiencia.
La llamaron “comilón y borracho, amigo de publicanos y pecadores”.
Pero él no hizo cado a las habladuría.
Es que si usted va a hacer caso de lo que la gente dice, está refrito.
Y nunca acertará.
Y será del gusto de todos.

Por eso me encanta Jesús:
Le dijeron de todo, pero él siguió su camino.
Le llamaron de todo, pero él siguió siendo él mismo.
Es que lo importante es:
Conocerse uno a sí mismo.
Conocer cada uno su identidad.
Conocer cada uno qué espera Dios de él.
Sentir que su verdad no depende de lo que diga la gente.
Sentir que su verdad solo depende de cada uno.
Sentir que su verdad solo depende de lo que Dios piensa de él.

Vivir pendiente de lo que hablen de uno es vivir esclavizado.
Vivir pendiente de los digan de uno, es vivir desde los demás.
Por eso mi opción es:
Yo tengo que ser yo mismo.
Yo tengo que escucharle a El.
Yo tengo que ser fiel a su palabra.
Quiero ser yo mismo y no lo que otros piensen.
Quiero ser libre y vivir con libertad.

¿Ustedes qué dicen?

Clemente Sobrado C. P.

Bocadillos espirituales para vivir el Tiempo Ordinario: Martes de la 24 a. Semana – Ciclo A

“Iba Jesús camino de una ciudad llamada Naín, e iban con él sus discípulos y mucha gente. Cuando se acercaba a la entrada de la ciudad, resultó que sacaban a enterrar a un muerto, hijo único de su madre que era viuda; y mucha gente del pueblo la acompañaba. Al verla, el Señor tuvo compasión de ella y le dijo: “No llores”. Se acercó al ataúd, lo tocó, los que lo llevaban se detuvieron, y Jesús dijo: “¡Muchacho, a ti te lo digo, levántate!” El muerto se incorporó y empezó a hablar, y Jesús se lo entregó a su madre”. (Lc 7,11-17)

¡Cuántos veces hemos acompañado a un muerto al cementerio!
Una manera de acompañar y solidarizarse con el dolor de la familia.
Una manera de consuelo y de compartir el mismo dolor.

Jesús camina con sus discípulos a la ciudad de Naín.
Y al llegar un encuentro: la muerte y de la vida.
De los que llevan a un muerto a enterrar.
De Jesús que es la vida y capaz de despertar a la vida a los muertos.
Jesús no es de los que se une a la procesión que va al cementerio.
Jesús es el que detienen al que caminan al cementerio.

Una madre que llora la soledad de su único hijo.
Antes había llorado la soledad del esposo.
Ahora llora la soledad del único hijo.
Y Jesús no es de los testigos que ve pasar la muerte y la soledad.
Jesús, conoce muy bien el corazón de las madres.
Y “sintió compasión de ella”.
Jesús no es insensible a las lágrimas del que sufre.
Menos todavía a las lágrimas de una madre que acompaña a su hijo muerto.

Jesús comienza con una palabra de consuelo y esperanza:
“le dijo: “No llores”.
E inmediatamente toca el ataúd y ahora habla con el hijo:
“¡Muchacho, a ti te lo digo: Levántate”.
La vida vuelve a florecer y Jesús “se lo entregó a su madre”.
“El muchacho se incorporó y empezó a hablar” y regresó a los brazos de su madre.

Caminar por los caminos de la vida:
con los ojos abiertos.
con el corazón sensible a las lágrimas de los que sufren.
derramando consuelo y esperanza a los que la han perdido.
tocando lo que está muerto.
devolviendo la vida.
venciendo la muerte y derramando vida.
secando lágrimas.
devolviendo la alegría a los corazones que lloran.

Es posible que nosotros no podamos detener la procesión camino del cementerio.
Pero:
Cuántas lágrimas de madre, no encontramos y que podemos secar.
El papa Benedicto decía: “¿quién es mi prójimo? aquel que está a mí lado y puedo hacer algo por él”.
Cuántas ilusiones muertas encontramos y que nosotros podemos despertar.
Cuántas esperanzas muertas encontramos y que nosotros podemos avivar.
Cuántos corazones muertos de pena y que nosotros podemos revivir.
Cuántos muertos de hambre a los que nosotros pudiéramos dar un pan.

Hay mucha muerte en los caminos, en las familias, en el trabajo.
Y nosotros estamos llamados a tener sentimientos de compasión.
Estamos llamados a ser portadores de vida.
Es preciso que tomemos conciencia:
De que por la fe estamos vivos.
De que por la gracia estamos vivos.
De que por el amor estamos vivos.
De que por ser templos del Espíritu estamos vivos.
Y que por eso, nuestra misión es llevar vida donde quiera que estemos.
Dios nos ha llamado a ser vida de los demás.

Clemente Sobrado C. P.

Bocadillos espirituales para vivir el Tiempo Ordinario: Nuestra Señora de los Dolores

“Junto a la cruz de Jesús estaban su madre, la hermana de su madre, María, la de Cleofás, y María, la Magdalena. Jesús al ver a su madre y cerca al discípulo que tanto quería, dijo a su madre: “Mujer, ahí tienes a tu hijo”. Luego dijo al discípulo: “Ahí tienes a tu madre”. Y desde aquella hora, el discípulo la recibió en su casa”.
(Jn 19,25-27)

La madre siempre es algo especial en nuestras vidas.
Nos calentó con su cariño cuando nacimos.
Nos calentó con sus brazos y sus besos.
Nos alimentó con la leche de su seno.
Nos limpió cuando nos ensuciábamos.
Las que pierden el sueño para vigilar el nuestro.
Pueden ser ricas o pobres, pero siempre están ahí.

Pero las madres son las que:
nunca faltan en lo momentos difíciles.
nunca nos dejan solos cuando las necesitamos.
nunca nos abandonan cuando sufrimos.
nunca nos abandonan a la hora de la muerte.

Durante la Pasión:
Los discípulos brillan por su ausencia.
Lo dejaron solo y abandonado.
Solo en la trágica noche del huerto.
Sólo cuando lo apresan y lo llevan al tribunal.
Sólo cuando lo juzgan y condenan a ser crucificado.
Uno que se atreve un poco más, termina negándolo.
Y a la hora de la Cruz y la Muerte ¿dónde están?

Sin embargo:
Al pie de la cruz no podía faltar la Madre.
A la hora del grito de soledad y abandono, no podía faltar la madre.
El momento de la soledad crucificada, está la madre.
No derrumbada por el dolor propio y del Hijo.
“Al pie de la Cruz estaba su madre”.
A la hora del sufrimiento estaba la madre.
No porque pudiese hacer algo, sino porque su simple presencia era ya un consuelo.
Aunque está de pie junto a la cruz, su corazón está también clavado en la cruz.

La hora de la muerte como la hora de la resurrección:
Es la hora de las mujeres.
De esas que llamamos el “sexo débil”.
¿Y dónde está el sexo “sexo fuerte”.
El valiente Pedro ¿dónde está?
Sólo tiene el coraje de estar el “que ama”.
Sólo el amor está donde no están los demás.

Allí está la Madre:
La que dijo sí para encarnarlo en su seno.
La que ahora dice sí cuando lo ve colgado de la cruz.
A la mujer le negamos el ministerio sacerdotal.
Y sin embargo, junto a la cruz, como un sacerdote que levanta la hostia y el cáliz, allí la madre, la mujer.
Juntos el sacerdocio del Hijo que se ofrece y el sacerdocio de la madre que ofrece a su Hijo.

Presencia dolorosa.
Pero presencia fecunda.
Fecunda como el “Sí” de la Anunciación.
“Mujer, ahí tienes a tu hijo”.
“Hijo, ahí tienes a tu madre”.
Jesús no la deja huérfana.
Nos la deja a nosotros.
Los vestidos se los reparten los soldados.
Pero a nosotros nos regala a su Madre.
Ahora su casa será la del “discípulo”.
Ahora la casa de María seremos cada uno de nosotros.

Clemente Sobrado C. P.

Bocadillos espirituales para vivir el Tiempo Ordinario: La Exaltación de la Cruz

“Lo mismo que Moisés elevó la serpiente en el desierto, así tiene que ser elevado el Hijo del hombre, para que todo el que cree en él tenga vida eterna. Tanto amó Dios al mundo que entregó su Hijo único para que no perezca ninguno de los que creen en él, sino que tengan vida eterna”. (Jn 3,13-17)

Domingo 24 del Tiempo Ordinario. Pero que hoy queda suplido por la fiesta de la Exaltación de la Santa Cruz,
Nuestra cultura rechaza la cruz.
Nuestra cultura es víctima del placer.
Pero carece de sensibilidad para con la Cruz.
La ve como un castigo, un sufrimiento.
En cambio, Dios la ve como fuente de vida en un mundo de muerte.
La Cruz tiene sus raíces en el desierto en un momento de muerte y como signo de vida.
Ahora, la Cruz es signo del amor con que Dios ama al mundo y fuente de vida para que “todo el que crea en él tenga vida eterna”.

La cruz estuve presente en toda la vida de Jesús.
Es que la cruz tiene distintas formas y estilos.
La cruz sigue también acompañándonos cada día.
También ella puede tener estilos diferentes.
Pero no eso deja de ser cruz.
Y no por eso deja de ser “ícono” de cómo ama Dios al mundo.
No me gustan esas cruces bonitas colgadas al cuello.
Me gustan esas cruces no hechas a medida y de poco valor.
La Cruz es hundimiento y humillación.
Pero la Cruz es también exaltación: “Cuando sea levantado en alto atraerá todos hacia mí”.

¿Cuál ha ser nuestra actitud frente a la Cruz?
A la de Jesús y también hacia la nuestra..
La dos tiene la misma forma.
La dos tiene la misma fuerza transformadora.
Sólo unos consejos:

No vivas recordando las cruces de tu pasado.
Algunos se pasan la vida recordando lo triste que ha sido su vida. Esas cruces ya las has vivido. Vive ahora las del presente. Así no tendrás que revivirlas mañana. Porque las cruces que se aceptan con generosidad se viven y se olvidan. No vuelven a doler más.

Tampoco vivas imaginando las cruces del mañana.
¿Sabes cuáles van a ser? Además, Dios no te ha garantizado fuerzas para llevar las cruces de hoy y las de mañana juntas. Dios da las fuerzas necesarias para las cruces de cada día. Para las de mañana, tendrás que esperar a mañana. Vivir hoy las cruces del mañana es llevar exceso de peso. Y eso hay que pagarlo.

Vive las cruces reales. No las imaginarias.
Muchos tienen más cruces en su cabeza que sobre sus hombros. Pero como no saben ver la luz, siempre se están imaginando cosas. De las cruces de hoy podrás culpar a alguien. De las cruces imaginarias, tú eres el único culpable. ¿No crees que ya son suficientes las cruces de verdad, sin necesidad de inventarte otras?

Las cruces son para ser llevadas a hombros.
Pero mejor si las llevas en el corazón. Te lo aseguro. Las cruces cuando se llevan con el corazón pesan mucho menos. El corazón tiene más resistencia que tus hombros, por muy forzudos que los tengas.

Algo importante.
No soluciones el problema de tus cruces tirándolas encima de los hombros de los demás. Las cruces se llevan o te llevan. Pero tus cruces sólo valen para ti. No están hechas a la medida de ellos. Si estás de mal humor, ¿por qué lo tienen que pagar los demás? Si estás furioso porque las cosas te salieron mal, ¿qué culpa tienen los tuyos? Aguántate.

Ah, un consejo. Las cruces no se miden ni se pesan.
¿Cómo sabes tú que tus cruces pesan más que las del vecino? ¿Cómo sabes tú que las cruces de tu vecino son más llevaderas que las tuyas? ¿Porque él camina feliz bajo su peso? Eso no es problema de la madera de la cruz que es más liviana. Es que posiblemente él le ha puesto más ilusión, más esperanza, más corazón.

Y otra cosa. No culpes a Dios de que te envió esta o aquella cruz, y luego te pones a rezarle para que te la quite.
Es decirle que se equivocó contigo y que se corrija… Hay muchos que primero hacen a Dios culpable de sus cruces. Y luego cuando le rezan lo hacen dudando: ¿me hará caso? Bueno, si Dios me manda las cruces y luego me las quita pareciera estar jugando. Y Dios es muy serio.

Clemente Sobrado C. P.

Esconderse en las Llagas de Jesús

Exaltación de la Santa Cruz

Este año el Domingo 24 coincide con la celebración de la exaltación de la Santa Cruz a la que la Liturgia de preferencia.
Jesús lo dijo: “Cuanto sea levantado en alto atraeré a todos hacia mí”.
Y a Nicodemo le dice: “Tanto amó Dios al mundo que entregó a su Hijo único para que no perezca ninguno de los que creen en él, sino que tengan vida eterna”.
Mi Fundador escribía:
“Procure permanecer escondido en las llagas santísimas de Jesús, que será enriquecido de todo bien y de toda verdadera luz, para volar hacia la perfección según su estado”. (San Pablo de la Cruz L. l, 558)

Más que explicaciones te ofrezco con camino para que vivas y te metas en ese misterio de la Cruz:
Esta meditación puedes comenzarla poniendo primero paz en tu espíritu, reconociendo humildemente tu pobreza espiritual, y la poca fidelidad que tienes a las exigencias del amor de Dios.

Pon tus ojos y los ojos de tu corazón en el Crucificado. Y contempla todas las llagas de su cuerpo entregado y maltratado colgado de la Cruz.
Anda repasando con tu mirada cada una de sus heridas, hazlo despacio identificándote con cada una de ellas.
Repasa luego las cinco llagas: las de sus manos y las de sus pies y la llaga del Costado.
Contempla cada llaga, como si cada una tuviese un letrero: amor. Así ama Dios.

Y después quédate mirando la gran llaga, la del Costado, por la que puedes meterte hasta el corazón mismo de Jesús.
– métete en esa llaga abierta hasta el fondo.
– siente dentro el calor del corazón de Jesús.
– siéntete amado por Él.
– siéntete acogido por Él.
– siente la seguridad de ese refugio amoroso del Corazón de Dios.

Vive ahí dentro como si fuese tu propia casa.
Siéntete a gusto ahí dentro.
Contempla también a Jesús, llagado hoy en tantos hermanos nuestros.
Intenta tocar a ese Jesús pobre que tantas veces se cruza en tu camino.

Es el momento de sentirse bañado por la sangre que mana del Costado de Jesús
sentir que de ahí dentro nació la Iglesia
bebe a gusto en la fuente misma de la Iglesia.
reaviva tu fe en la Iglesia.
siéntete tú mismo Iglesia.

Es también el momento de meter en las llagas de Jesús a los enfermos, a los ancianos, a los que sufren soledad, a los que viven pidiendo limosna y sienten el rechazo de la sociedad.
Haz la prueba de ir metiendo en la llaga del Costado a cada una de las personas necesitadas, pobres, enfermas…

Vivencia para el día, repite con frecuencia:

Señor:
Cuando me sienta solo, en tus llagas, escóndeme.
Cuando esté triste, en tus llagas, escóndeme.
Cuando esté sufriendo, en tus llagas, escóndeme.
Cuando me sienta incomprendido, en tus llagas, escóndeme.
Cuando sienta que te he ofendido, en tus llagas, escóndeme.
Cuando sienta miedo de acercarme a Ti, en tus llagas, escóndeme.

Señor:
Cuando mis hermanos sientan la desesperanza, en tus llagas, escóndelos.
Cuando mis hermanos sientan la frialdad de los demás, en tus llagas, escóndelos.
Cuando mis hermanos sientan la dureza de la pobreza, en tus llagas, escóndelos.
Cuando mis hermanos sientan la inseguridad del futuro, en tus llagas, escóndelos.
Cuando mis hermanos sientan la injusticia social, en tus llagas, escóndelos.

Clemente Sobrado C. P.

Bocadillos espirituales para vivir el Tiempo Ordinario: Sábado de la 23 a. Semana – Ciclo A

“El que se acerca a mí, escucha mis palabras y las pone por obra, os voy a decir a quien se parece; se parece a uno que edificaba una casa: cavó, ahondó y puso los cimientos sobre roca; vino una crecida, arremetió el río contra aquella casa, y no pudo tambalearla, porque estaba sólidamente construida. El que escucha y no pone por obra se parece a uno que edificó una casa sobre tierra, sin cimiento; arremetió contra ella el río, y enseguida se derrumbó y quedó hecha una gran ruina”. (Lc 6,43-49)

Seguir a Jesús no es nada fácil.
Ser cristiano no es nada fácil.
Ser sacerdote no es nada fácil.
Ser esposos no es nada fácil.
Vivir a la luz del Evangelio la vida de negocios no es nada fácil.

Y no es nada fácil:
Por las exigencias que todo esto implica.
Por las dificultades que hay en el camino.
Por las tentaciones que encontramos en el camino.
Todos tenemos nuestras tormentas psicológicas y espirituales.

Además, no se trata de hacer cosas.
Se trata de vivir, de identificarnos con nosotros mismos y nuestra misión
Por eso Jesús nos pide:
Que no bastan los sentimientos que cambian cada día.
Que es necesario tener buenos cimientos.
Me encantan ciertos árboles que tienen unas raíces profundas y que se extienden y expanden por la tierra.

El cimiento, para Jesús, es su palabra.
Una palabra que no basta oírla.
Una palabra que hay que interiorizarla.
Una palabra que es preciso convertir en nuestra propia raíz.
Una palabra que es preciso convertirla en nuestro propio cimiento.
Una palabra que es preciso hacerla vida.

Cuando uno ve la facilidad con que se derrumba nuestro matrimonio, ¿no será señal que no está fundamentado en la palabra de Dios?
Cuando uno ve con qué facilidad abandonamos nuestra vocación de consagrados, ¿no será señal que nuestra consagración carecía del cimiento de la Palabra de Dios?
Cuando uno ve con qué facilidad vivimos una doble vida, cristianos en la Iglesia y mundanos en la calle, ¿no será porque nuestra fe no tiene raíces?

Hay demasiadas vidas sin raíces.
Hay demasiados amores sin raíces.
Hay demasiados consagrados sin raíces.
Hay demasiados casados sin raíces.
Hay demasiados cristianos sin raíces.

Leemos la Palabra de Dios pero no echa raíces.
Leemos la Palabra de Dios pero queda en la superficie.
Leemos la Palabra de Dios para no la hacemos vida.
Y no es cuestión de leerla.
Ni es cuestión de proclamarla.
Es cuestión de hacerla vida.

¿Cuántas parejas fundamentan su amor en la Palabra de Dios?
¿Cuántas parejas proclaman entre ellas la Palabra de Dios?
No basta tener la Biblia como adorno en la sala.
El verdadero estante de la Biblia es nuestro corazón.
¿Cuántos sacerdotes leemos la Biblia para nosotros mismos?
Es fácil leerla para saber qué decir el domingo a los fieles.
Pero no es lo hablo lo que da base a mi vocación, sino lo que vivo.

Son muchos los edificios que se derrumban por faltan de cimientos seguros.
Somos muchos los cristianos los que nos derrumbamos por falta de cimientos.
Y por eso no tenemos consistencia a la hora de las dificultades.
Y por eso no tenemos raíces profundas ante las tormentas de la vida.
“El que escucha y pone por obra mis palabras se mantuvo firme porque sólido”
“El que escucha y no pone por ora quedó hecha una ruina”.

Clemente Sobrado C. P.