Mensaje a los Amigos

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La alegria de nuestra fe y nuestra esperanza

Julio 12, 2009 · Dejar un comentario

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Escucha la Homilía del Domingo 12 de julio del 2009

flickr: IMISSMYJUNO

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Alegres por ser amigos de Jesús

Mayo 17, 2009 · Dejar un comentario

Categorías: Ciclo B · homilia · pascua
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Recuperar la alegria de vivir

Mayo 14, 2009 · 3 comentarios

Domingo 6 b de Pascua

Digo recuperarla, porque en realidad la hemos perdido. Mejor dicho, la hemos reemplazado por esas alegrías trapo. Hemos reemplazado la alegría por el placer, por tener cosas, por el triunfar, por el distraernos de nosotros mismos, por el pensar en puras fantasías huyendo de nosotros mismos.

Y además, hemos perdido la alegría de nuestra fe y de nuestra vocación, porque todos nos han metido miedo en el corazón y nos han presentado un Dios juez supremo dispuesto a sentenciarnos a todos.

Por eso, el Evangelio de hoy me encanta porque es una llamada a la alegría. Un Jesús que no nos invita a llorar, ni a gemir, ni a vivir como una Doña Lamentos, ni con dolores de estómago o de hígado, sino que nos dice claramente:

“Os he hablado de esto para que mi alegría esté en vosotros, y vuestra alegría llegue a plenitud”.

1df2Pero la invitación de Jesús no es una invitación en el vacío. Es una invitación motivada. Nos ofrece las razones suficientes para estar alegres. Leed el Evangelio de hoy y las encontraréis bien claritas:
“Como el Padre me ha amado, así os he amado yo, permaneced en mi amor”.
“Nadie tiene amor más grande que el que da la vida por sus amigos”.
“Vosotros sois mis amigos”.
“Ya no os llamo siervos”.
“A vosotros os llamo amigos”.
“No sois vosotros quienes me habéis elegido, soy yo quien os ha elegido y os he destinado a que vayáis y deis fruto y vuestro fruto dure”.

En una palabra, las verdaderas razones de la alegría de un cristiano son:
El amor. El amor de Dios, el amor de cada uno de nosotros.
La elección. El sentirnos elegidos y preferidos por El.
La amistad. Saber que nuestras relaciones con Dios son relaciones no de simples vecinos sino de verdadera amistad.
Nada de esclavos y esclavitud. Nos movemos en el clima y calor de los amigos.

Por eso no se trata de una alegría cualquiera. Se trata de la alegría “plena”, como plena es la alegría de Jesús en su relación con el Padre. Hasta el misterio de la Cruz es para el cristiano un motivo más de alegría, porque en ella, Dios nos revela su amor y su amistad, entregando a su propio Hijo.

Uno de las verdaderas señales de la autenticidad y la experiencia de nuestra fe tendría que ser la alegría. Si Santa Teresa dijo que “un santo triste es un triste santo”, nosotros debiéramos decir que “un cristiano triste es un triste cristiano”. Una de mis primeras experiencias sacerdotales fue cómo mi alegría dio comienzo a la conversión de una joven de treinta y ocho años en Marsella. Terminada la Universidad en Roma, me pasé tres meses supliendo a un Párroco en Marsella. Vivía con los papás del párroco que eran una belleza de personas. Y apareció esta Señorita que llevaba las marcas de la tristeza. Toda una tragedia de vida. Hasta que un día me dice: “¿por qué usted está siempre tan alegre y sonriente?” Ahí percibí que la gracia ya la había tocado. Aproveché la oportunidad hasta que logré reintegrarla a la Iglesia y confieso que ha sido una de las almas más finas que he tenido en mi sacerdocio.

Personalmente me he sentido impactado por la experiencia de José Luís Martín Descalzo, sacerdote y periodista. Acababa de terminar su libro “Razones para la alegría”. El editor le urgía que cuanto antes se lo presentase. Y él le responde: El libro estaba acabo. Hoy mismo escribo el prólogo. Y escribe: “Pero esta mañana ha ocurrido “algo”. ¿Me ponía a llorar? ¿Me dedicaba a compadecerme? Me ha parecido más lógico intentar hacer algo. Pero, ¿cómo escribir un prólogo sobre la alegría cuando acaba de derrumbarse un trozo de alma, cuando aún estás intentando tragarte la notita de que en lo que te resta de vida permanecerás cinco horas, un día sí y un día no, atado a una máquina?” (Problema de diálisis) “Me detengo y pienso que hoy es el día exacto para hablar de la alegría”.
Y termina el Prólogo con un P. S. “Una nueva razón para la alegría: cuarenta y ocho horas después de escrito este prologuillo, en el que yo aprovechaba mi enfermedad para pavonearme un poco de héroe, el médico me concede un mes de “amnistía”. Me alegra, claro. Y después de reírme un poquito de mi melodramática introducción, me dispongo a robarle a la enfermedad un mes, o dos. O todos los que se deje.”.

Por eso comienza el libro con un título provocativo: “El sacramento de la sonrisa”, y dice: “Si yo tuviera que pedirle a Dios un don, un solo don, un regalo celeste, le pediría, creo que sin dudarlo, que me concediera el supremo arte de la sonrisa. Es, me parece, la cima de las expresiones humanas”.

Dios necesita de:

De cristianos con más alegría en el alma.
De cristianos que sepan sonreírse a sí mismo y a los demás.
De una Iglesia que deje sus excesivas formalidades.
De una Iglesia que se olvide de personajes tan majestuosos.
De una Iglesia que deja la demasiada seriedad en sus celebraciones.
De una Iglesia que vuelva a sonreír, que sea “sacramento de la sonrisa”,
“sacramento de la alegría” de Cristo que vive en ella. Sacramento de la alegría de Dios.

Oración
Señor: Sé que los problemas de la vida no son precisamente
una invitación a la alegría.
Sé que la enfermedad no es una invitación a la alegría.
Pero también sé que, aún así, tengo tu invitación y tu llamada.
Tengo tu amistad y que cuentas con la mía.
Tengo tu amor que nunca me fallará.
Por eso, dame la gracia de ser cada día, el “sacramento de tu alegría”.

Clemente Sobrado C. P.

www.iglesiaquecamina.com

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Estemos alegres en el Señor

Diciembre 14, 2008 · Dejar un comentario

Categorías: Adviento · Ciclo B
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La alegría del cristiano

Julio 27, 2008 · 3 comentarios

Domingo 17 del Tiempo Ordinario – Ciclo A

Cada vez que leo esta pequeña parábola del tesoro escondido, me viene a la mente una gozosa experiencia de mis primeros años de Sacerdote. Era el año 1956. Yo regresaba de Roma, con todos mis títulos de universitario. Y me quedé en Marsella, supliendo al Párroco de Saint Paul de la Viste. Mientras él tomaba sus vacaciones yo me quedé haciendo sus veces, en compañía de su padres Arturo y María. ¡Qué lindos viejos! Fueron tres meses encantadores chapurreando mi mal francés.

Un día, llego una Señorita de treinta y ocho años. A mí me parecía la propaganda de la tristeza. Madre soltera. Su padre marxista acérrimo que no podía a un cura ni en foto. Se quedó con nosotros un mes. Durante el día lo pasaba en la Clínica atendiendo a su padre. Y al atardecer subía y pasaba la noche con nosotros.

Después de la cena, yo me divertía con los viejos contando chistes y hasta me atrevía a cantar junto con el viejo las lindas canciones napolitanas. Nadie nos pagaba por cantar, pero nos divertíamos mucho.
Hasta que un día, la buena Celina, que era el nombre de la chica, me hizo una pregunta de frente: “Padre, ¿por qué usted está siempre tan alegre y sonriente?” Intuí a donde iba su pregunta. Mi respuesta fue simple: “Porque soy feliz con mi vida de sacerdote!” Los viejos que la conocían mucho me contaron toda la tragedia de su vida. Era madre soltera. No tenía fe. Nunca había practicado nada, a pesar de estar bautizada. Pero yo sentí que algo estaba pasando en su corazón. A partir de ese momento se me acercaba y yo notaba que me quería hablar.

Poco a poco se fue abriendo hasta que abrió de par en par su corazón: “Padre yo no practico, no voy a misa, no me confieso”. Traté de darle una mano, hasta que un día, me pidió que quería confesarse y comenzar algo nuevo, porque quería tener mi alegría. No les sigo toda la historia. Sólo les diré que después de confesarla se me echó al cuello llorando de emoción que pensé me estrangulaba. A partir de ese momento, fue tal su cambio, que tengo la impresión de que fue una de las almas más bellas que encontré en mi camino de sacerdote. Y a través de ella y de algunos contactos míos, el viejo comunista y ateo también se convirtió a Dios.

¿A qué viene todo esto? Quisiera equivocarme. Pero creo que son pocos los que viven con gozo y con alegría su fe cristiana. Más bien diríamos que la vivimos con cierta resignación. Pero nos falta esa alegría y ese optimismo que brota de dentro de nuestro corazón como un manantial de vida. Y todo porque no hemos descubierto la riqueza y la belleza de nuestro ser cristiano, de nuestra vocación cristiana, es decir, el tesoro del Reino.

Ack Ook

flickr: Ack Ook

El que encontró el tesoro, dice el Evangelio, se fue corriendo a casa y vendió todo lo que tenía “con alegría”. No le importó desprenderse de todo, con tal de conseguir algo que para él era importantísimo. Su alegría y felicidad ya no estaba en lo que tenía sino en lo que había encontrado.

Mientras no descubramos la importancia de la fe, seremos unos creyentes como obligados.
Mientras no descubramos el verdadero valor de la Iglesia, seremos unos miembros que habitamos en la Iglesia como quien vive en un hotel, pero que no la siente como su propia casa y su propio domicilio, como su hogar.
Mientras no descubramos la belleza del matrimonio, de la familia y del hogar, viviremos en él, pero como quien tiene que seguir adelante, pero sin la alegría del verdadero amor.
Mientras no descubramos la belleza del amor de la esposa o del esposo, seguiremos juntos aguantándonos como podamos.

¿Por qué nos cuesta tanto la fidelidad conyugal? ¿No será porque no hemos descubierto el amor verdadero como el tesoro y el sentido de nuestras vidas?
¿Por qué nos cuesta tanto regresar al hogar y preferimos quedarnos hasta tarde con los amigos? ¿No será porque no hemos descubierto el verdadero tesoro del calor de hogar y de familia?
¿Por qué nos cuesta tanto aceptar los criterios de la moral cristiana? ¿No será porque no hemos descubierto la verdadera belleza del Evangelio? “Donde está tu corazón allí está tu tesoro”.

ruurmo

flickr: ruurmo

Santo Tomás habla de “los preámbulos de la fe”. Pero creo que se olvidó de uno: “el testimonio de la alegría del cristiano”. La alegría de nuestra fe puede ser el camino que lleve a muchos otros al encuentro con Dios. En un mundo donde todos vivimos de una alegría postiza y prestada por las cosas, la verdadera alegría de la fe, la verdadera alegría de haber encontrado a Dios como el verdadero tesoro de nuestras vidas, puede ser el mejor anuncio de Dios y de la vocación cristiana.

Yo no sé a cuántos habré puesto en el camino de Dios con mi predicación y mis libros, pero tengo la satisfacción de que la  alegría de mi vocación religiosa y sacerdotal, fue el camino de aquella francesa a la que pudiéramos titular como el libro de la Sagán “Buenos días, tristeza”, para recuperar su fe, si es que algún día la tuvo, y de encontrarse con Dios y reencontrarse con la alegría que nunca había sentido en su corazón. Sólo podremos ofrecer el tesoro del Reino, cuando nosotros lo hayamos encontrado y hayamos sentido la alegría de “venderlo todo con alegría”.

Oración

Señor: Gracias porque algún día descubriste el gran tesoro de tu Reino.
Gracias por la alegría de haberlo dejado todo por ese maravilloso tesoro.
Gracias porque esa mi alegría ha sido el mejor testimonio de haberte encontrado.
Regálanos cada día alegría de tu gracia.
Regálanos cada día la alegría de tu Evangelio.
Regálanos cada día la alegría que invite a otros a encontrarse contigo.

Clemente Sobrado C. P.
www.iglesiaquecamina.com

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