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El misterio de la Santisima Trinidad

Junio 7, 2009 · Dejar un comentario

Categorías: Ciclo B · Tiempo ordinario
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Dios en el banquillo

Junio 4, 2009 · Dejar un comentario

1df1Santisima Trinidad – B

Al hombre siempre le ha ido bien con Dios. Pero a Dios siempre le ha ido mal con los hombres. Dios siempre ha salido malparado con los hombres. Y cuanto peor van las cosas, Dios se complica más la vida. Cuanta más miseria vamos descubriendo en la vida, más nos seguimos preguntando ¿Y Dios qué hace? Cuantos más inocentes mueren inútilmente, más preguntas nacen en el corazón del hombre: ¿Y Dios dónde está? Cuando todo marcha bien, nadie se preocupa de él. Pero cuando todo está que no hay por donde agarrarlo, entonces todos comenzamos, de alguna manera, a cuestionarle, a preguntarle.

Cuando Dios era griego
Cuando Dios era griego, todo estaba resuelto. Dios era impasible, inmutable. Además vivía encerrado en sí mismo. No podía contagiarse de nuestra condición humana. A lo más se creaba todo un Olimpo de dioses que, personificaban y justificaban nuestro mundo de placeres. Los borrachos tenían su Dios “Baco”, y menos mal que entonces no se conocía la cocaína, porque también hubiera aparecido en el cielo de los dioses, el “Dios Coca”. Los dioses vivían con cierta libertad en relación a nosotros.

Cuando Dios se hizo judío
El problema comenzó cuando Dios se hizo judío, hebreo, cristiano. Ahí lo complicó todo. Porque se presentó como el Dios de y para los hombres, el Dios de la historia. Declaró al pueblo hebreo como su pueblo. Y pactó una alianza de amistad con él. Y entonces, todo lo que sucedía al pueblo se lo cargaban a El.

Y peor todavía cuando Dios se encarna, asume nuestra condición humana en su Hijo Jesús. Y Jesús declara a Dios “Padre mío y padre vuestro”. ¿Qué padre que tenga entrañas de padre, va a dejar que sus hijos sufran miseria, hambre, desnudez, orfandad? Sigue siendo el Dios omnipotente y omnisciente, que todo lo puede y todo lo sabe, y además es amor, ahora no hay nada que pueda disculparlo. Si puede y no nos evita el sufrimiento ¿cómo explicar su amor? Si es Padre ¿qué hace por sus hijos?

Cuando todo depende de la voluntad de Dios
Y para complicarle más la cosa a Dios, nosotros nos hemos empeñado en leer todo lo que sucede, no desde nuestras responsabilidades, sino desde la cariñosa voluntad de Dios.

¿Que uno está en la miseria? Es la voluntad de Dios. Aquí te lo pasarás mal, pero Dios te reserva en compensación el cielo. ¿Qué uno está enfermo? Es la voluntad de Dios que quiere purificarte de tus pecados y así santificarte. ¿Qué el hijo murió en un accidente? Tranquilos, es la voluntad de Dios, que así lo ha permitido.

Claro, nadie se atreve a decir que Dios hizo la pobreza, ni que Dios hizo la enfermedad, o que Dios provocó el accidente de moto, porque ya sería el colmo. Pero nos bastaba la fácil salida de que “no lo hizo Dios, pero lo permitió”. Cosa que, a decir verdad, siempre me ha sacado ronchas y me ha avinagrado el estómago. Al fin y al cabo, hacerlo por sí mismo o permitir que otro lo haga, me da lo mismo.

Con eso de “es la voluntad de Dios”, hemos logrado salir al paso. Pero haciéndole un muy mal servicio a Dios. Porque le hemos dejado muy mal delante de sus hijos, los hombres.

Cuando todo depende del hombre
Hoy ya no podemos permitirnos ese lujo de justificar nuestras irresponsabilidades y nuestras culpabilidades. Es cierto que el freudismo y el marxismo, cayeron, sin quererlo, en una especie del “Dios que todo lo permite”, al culpabilizar de todo a los demás, a la sociedad, “al ello” que se esconde en el fondo de nuestro espíritu.

¿Que el hijo es un adicto? Claro, la culpa los padres. ¿Que hay miseria en el mundo? La culpa la sociedad. ¿Que el matrimonio anda mal? La culpa el ambiente cultural.

Hoy diera la impresión de que estamos en una situación como las que se describen en los relatos pascuales: “al amanecer, estando oscuro” o al “atardecer” cuando ya se va la luz del sol.

Queremos salir de ese culpar de todo al otro, pero aún no logramos asumir la conciencia de nuestra personal responsabilidad. Antes todo se lo cargábamos a Dios. Hoy todo se lo cargamos a los demás. Esperemos que algún día dejemos de culpabilizar a Dios y asumamos cada uno nuestras propias culpas y responsabilidades de todo lo que acontece.

El hombre al banquillo
¿No será el momento de relevar a Dios del banquillo y sentar en él al hombre? La guerra absurda que acaba de terminar, pero sin terminar del todo, ya se la hemos colgado a Dios. Los unos y los otros.

¿Cuándo diremos que hay hambre porque nosotros nos enriquecemos privando de lo justo a los demás? ¿Cuándo diremos que hay guerras porque nosotros tenemos intereses secretos y orgullos inconfesables?

Comprometernos todos en la construcción de un mundo más humano y más justo, es devolverle a Dios sus legítimos derechos y asumir nosotros las responsabilidades que habíamos delegado en él.

¿Cuándo diremos que Dios no quiere ver a tanto niño abandonado en la calle y que la culpa la tenemos nosotros? ¿Cuándo diremos que Dios no es el responsable de tanto emigrante que tiene que desarraigarse de su tierra, buscando pan en otras partes y que nosotros somos los culpables de esas situaciones injustas?

Construir la paz, suprimir la miseria, trabajar para que todos tengan una vida digna, es recuperar el rostro de Dios. Si Dios ha querido revelarse en el mundo, en el hombre y en la historia, cuanto mejor sea el mundo, cuando más auténtico sea el hombre, cuanto más humana sea la historia, tanto más ayudaremos a revelar el verdadero rostro de Dios. Lo haremos más creíble y más amable.

Oración
Señor: Perdona que hayamos sido tan malos testigos tuyos en el mundo.
Perdona que te hayamos hecho responsable de todos nuestros males.
Perdona que hayamos convertido tu amor en una manera de negarte ante los hombres.
Perdona que no hayamos asumido nuestras verdaderas responsabilidades.
Perdona que no hayamos hecho más creíble tu amor para con todos.
Tú sabrás comprendernos.

Clemente Sobrado C. P.

www.iglesiaquecamina.com

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Categorías: Ciclo B · Tiempo ordinario
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¡Ven, Espíritu Santo!

Mayo 31, 2009 · Dejar un comentario

Categorías: Ciclo B · homilia · pascua
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El Espíritu Santo para situaciones difíciles

Mayo 27, 2009 · Dejar un comentario

Domingo de Pentecostés – B

Pentecostés los encuentra en una situación difícil y complicada. ¿Qué hacer y a dónde ir? De repente, el Espíritu Santo se hace presente en sus vidas y cambia todo el panorama de sus vidas.

Lo que veían oscuro, ahora lo ven claro.
Lo que veían con miedo, ahora lo miran con valentía.
Lo que los encerraba, ahora les abre puertas y ventanas.
Lo que los tenía en silencio, ahora los convierte en palabra de Evangelio.

El Espíritu Santo es el aliento de todos los días para el cristiano. Pero, sobre todo, es el que nos alienta precisamente en los momentos difíciles. Nunca más actual que hoy esta presencia del Espíritu Santo en nuestras vidas y en la vida de la Iglesia.
Hoy la Iglesia tiene demasiados retos.
Hoy la Iglesia tiene demasiados desafíos.
Hoy la Iglesia tiene demasiadas preguntas.
Hoy la Iglesia tiene demasiados miedos.

Los hombres de hoy tienen más preguntas que respuestas.
Los hombres de hoy buscan respuestas. Pero respuestas reales a sus problemas e inquietudes. Y respuestas actuales, no repetición del pasado que ya no existe.
Dios nunca ha tenido miedo al futuro. Más bien, toda la historia de la salvación ha sido la de “sacar de la esclavitud”, “sacar del pasado”  y poner al Pueblo de Dios en marcha hacia nuevas ilusiones y nuevas esperanzas.

Hoy sentimos como cierto miedo a las preguntas.  Y quien no escucha las preguntas de los hombres no tiene autoridad para dar respuestas.
Hoy sentimos como miedo a dar ciertos pasos hacia delante. Y quien teme a caminar, se queda paralizado.
Por eso, hoy la Iglesia necesita de un nuevo Pentecostés.
Un Pentecostés que nos ayude a dar cara a los interrogantes de los hombres hoy.
Un Pentecostés que nos quite el miedo al riesgo y nos lance a la aventura de lo nuevo.
Un Pentecostés que nos invite no a ir por detrás llegando siempre tarde, sino a ir por delante abriendo nuevos caminos a los hombres hoy.
Un Pentecostés que nos ayude a hablar las lenguas de todos los pueblos y de todos los hombres.
Un Pentecostés que sea como el comienzo de una Iglesia nueva que abre caminos en medio de tantas dificultades.

No es el tiempo de una Iglesia que se dedique a criticar lo que hacen los demás.
No es el tiempo de una Iglesia que se asusta de los cambios y de que los gobiernos pretendan prescindir de ella y quitarle autoridad.
Es el tiempo del Espíritu.
El Espíritu creador que todo lo renueva. El Espíritu que todo lo ilumina.
El Espíritu que busca nuevos caminos.
El Espíritu que busca nuevos métodos de evangelización.
El Espíritu que abre a los hombres a una nueva esperanza.
El Espíritu que nos abre al mundo y a sus problemas.
El Espíritu que se atreve a dialogar con todos, con todas las culturas y todas las religiones.
El Espíritu que nos da confianza en nosotros mismos y nos hace superar nuestros complejos de inferioridad o inseguridades.
El Espíritu que nos abre a los nuevos Movimientos que nos hacen sentir como envejecidos a los antiguos.
El Espíritu que nos abre a esos Movimientos que rompen nuestros esquemas gastados y arrastran tras ellos a quienes nosotros no somos capaces de convocar. El Espíritu que nos abre a esos nuevos Movimientos que son los mejores testigos de que lo viejo ya está condenado a desaparecer si no se rejuvenece.

La Iglesia necesita hoy de un nuevo Pentecostés. O mejor dicho, necesita creer en ese nuevo Pentecostés y no apagar el Espíritu que lo está renovando y cambiando todo. Mucha gente abandona hoy la Iglesia. ¿Será porque es la Iglesia del Espíritu? ¿No será precisamente porque lo viejo y las rígidas estructuras ahogan el Espíritu? Nadie negará que la Iglesia está perdiendo socialmente credibilidad. ¿Será porque vive animada por el Espíritu? ¿Será porque en ella no encuentran el Espíritu?

Oración
“Ven Espíritu divino:
“Entra hasta el fondo del alma,
divina luz, y enriquécenos. mira el vacío del hombre,
Si tú le faltas por dentro: Mira el poder del pecado,
Cuando no envías tu aliento.
Riega la tierra en sequía, sana el corazón enfermo,
Lava las manchas, infunde calor de vida en el hielo,
Doma el espíritu indómito, guía al que tuerce el sendero”

Clemente Sobrado C. P.

www.iglesiaquecamina.com

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“Lo que Dios ha unido…”

Febrero 17, 2009 · Dejar un comentario

Domingo 7 del Tiempo Ordinario – Ciclo B

Sí. Lo que Dios ha unido “que no lo separe el hombre”. Si bien el texto se dice de la pareja, hay otras muchas cosas que Dios ha unido y que nosotros separamos.
Dios ha unido cuerpo y alma: e hizo al hombre.
Dios ha unido al hombre y a la mujer: e hizo la pareja.
Dios ha unido la historia de la salvación y la salvación de la historia: una sola historia.
Dios ha unido: lo divino y lo humano: en la encarnación de su Hijo.

¿Y a qué viene todo esto? Hasta ahora Jesús sanaba los cuerpos. Todas son curaciones de los cuerpos.
Pero en el Evangelio de hoy Jesús nos habla también de la sanación del alma. “Hijo, tus pecados quedan perdonados”.

Le traen un paralítico para que lo cure. Nadie le había pedido que lo confesase para que pudiese comulgar. Y Jesús se olvida de la parálisis del cuerpo y comienza por sanarle el alma. Y ahí comienza el tremendo escándalo de los “escribas” que están siempre al acecho.
Que sane los cuerpos, todo lo que quiera.
¿Pero que ahora se meta a perdonar pecados?

Dos visiones diferentes sobre el hombre:
Para los escribas cuerpo y alma son realidades diferentes.
Para Jesús el hombre es un ser integral: cuerpo y alma.
Ya había curado muchos cuerpos.
Pero eso no era sino una parte del hombre.
Y ahora quiere demostrar que no basta curar los cuerpos sino también las    almas.

Es preciso sanar y curar al hombre integralmente: cuerpo y alma, materia y espíritu.
Dios no nos hizo solo cuerpos, ni solo estómagos.
Dios nos hizo también seres espirituales.
No como dos realidades paralelas sino como una sola realidad.
Ni el cuerpo sin el alma.
Ni el alma sin el cuerpo.
Sino un todo: cuerpo y alma.

Hemos hablado mucho de “salvar mi alma”, pero hemos hablado poco de “salvar el cuerpo”. No resucitaremos solo con el alma, sino que la resurrección nos resucitará enteros, como personas, cuerpo y alma.
Tenemos que valorar el alma.
Pero también es preciso valorar el cuerpo.
El cuerpo no es una basura que se tira.
Ni el alma una perla que hay que guardar bien.

Jesús, al paralítico comenzó por sanarle primero el alma, para luego sanarle el cuerpo. Lo sanó enterito. Todos quisiéramos que nos sanase de nuestras enfermedades físicas. Y posiblemente demos menos importancia a la sanación de nuestras almas, olvidando que muchas de nuestras enfermedades las sentimos en el cuerpo, pero nacen del alma. “Mente sana en cuerpo sano y cuerpo sano en mente sana”.

Durante mucho tiempo diera la impresión de que solo nos interesaba el alma y nos olvidábamos del cuerpo. En cambio hoy, uno siente que hemos invertido los papeles. Hoy todo se centra en el cuerpo y, si nos acordamos, algún día por ahí, pensamos también en el alma. Vivimos la manía de dividir lo que Dios ha unido.

Para muchos, la Iglesia tiene que centrarse en el cuidado y cultivo de nuestras almas.
Para otros, eso se llama espiritualismo.
Para muchos, la Iglesia tiene que dar de comer a los necesitados.
Para otros, eso se llama materialismo.

flickr: www.viajar24h.com

flickr: www.viajar24h.com

Cuando en realidad la misión de la Iglesia debe ser la de asumir al hombre entero, cuerpo y alma. Ni solo el alma sino también el cuerpo. Ni solo el cuerpo sino también el alma. La Iglesia no puede dividir ni separar lo que Dios ha unido.
El hombre es un ser inmanente.
Y también un ser trascendente.
El hombre pertenece al mundo y pertenece al cielo.
La felicidad del hombre tiene que ser humana y espiritual.
Tenemos que atender a las necesidades espirituales del hombre.
Y tenemos que atender a sus necesidades humanas.
Ni un compromiso solo espiritualista.
Ni solo un compromiso humanista.

Jesús ni es un humanista ni un espiritualista. Jesús asume al hombre entero.
Por eso lo quiere sanar en su alma y en su cuerpo.

No quiere que la gente lo tenga por un simple curandero.
Y por eso sana también el alma liberándola del pecado, que es la peor enfermedad del alma.
Y además les quiere demostrar que es mucho más fácil sanar el cuerpo que el alma. Y hace que la curación de los cuerpos pueda ser una señal de la necesidad y también de su poder de curación de las almas. “Pues para que veáis que el Hijo del hombre tiene potestad en la tierra para perdonar pecados, dijo al paralítico: “Levántate, coge tu camilla y vete a casa”.

Oración
Señor: Danos esa visión integral del hombre.
Que demos de comer al hambriento que no tiene pan. Pero que también le regalemos el pan de tu Palabra que alimenta su espíritu.
Que despertemos en él una visión de su cuerpo como la que tiene de su alma.
Que le ayudemos a ser feliz en su cuerpo, pero también hagamos posible la felicidad espiritual de su alma.

Clemente Sobrado C. P.

www.iglesiaquecamina.com

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