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Bocadillos espirituales para vivir el Tiempo Ordinario: Miércoles de la 21 a. Semana – Ciclo A

“Habló Jesús diciendo: “Ay de ustedes, escribas y fariseos hipócritas, que se parecen a sepulcros blanqueados ¡Por fuera tienen buena apariencia, pero por dentro están llenos de huesos y podredumbre; lo mismo ustedes, por fuera parecen justos, pero por dentro están repletos de hipocresías y crímenes”. ( Mt 23,27-32)

Confieso que tengo ganas que termine este discurso de los “Ay de vosotros”.
Uno de los mayores discursos de Jesús.
Y dirigido a los dirigentes de la religión de Israel.
Reconozco que hay que tener pantalones para decirles tantas cosas en las narices.
Y el caso es que no parece que tuviese respuesta.
Es que, cuando uno vive una dualidad de vida, tampoco se atreve a defenderse mucho porque, en el fondo, se siente tocado y sin argumentos.

En la Iglesia hemos vivido:
Un gran respeto a la autoridad.
Una gran veneración a la autoridad.
Una gran estima a la autoridad
Un gran respeto a la autoridad.
¿Quién se atrevía a criticarlos?
Hoy pareciera que se ha roto ese misterio que siempre ha rodeado a nuestras autoridades.
Y hasta es posible que nos hayamos pasado al otro lado.
Porque: ¿quién no se siente con derecho a criticarles?
Y no cabe duda de que hoy son objeto de crítica.
Y es claro que han bajado de estima para muchos.

¿Será esto una gracia de Dios a su Iglesia, que nos ayuda:
a colocarlos en su lugar?
a bajarlos de su pedestal?
a que también ellos se reconozcan en su verdad y no en su apariencia?

Jesús insiste en las apariencias vacías.
Insiste en el peligro de ser como sepulcros blanqueados por fuera, pero por dentro llenos de podredumbre y huesos.
El Papa Francisco, que desea una iglesia más humilde y cercana a la gente, decidió suprimir los títulos honoríficos, entre ellos el de “monseñor”, una medida para acabar con el clasismo y el espíritu mundano dentro de la jerarquía eclesiástica.
El Secretario de Estado del Vaticano envió una carta a los nuncios o embajadores de la Santa Sede en todo el mundo para que informen a los obispos sobre la medida”.
El único título que los obispos podrán conservar es el de “capellán de su Santidad”.

Por eso el Papa en su homilía a los Obispos en el Encuentro con la juventud en Río Janeiro les dijo paternalmente:
“Ser llamados por Jesús, llamados para evangelizar y, tercero, llamados a promover la cultura del encuentro. En muchos ambientes, y en general en este humanismo economicista que se nos impuso en el mundo, se ha abierto paso una cultura de la exclusión, una «cultura del descarte». No hay lugar para el anciano ni para el hijo no deseado; no hay tiempo para detenerse con aquel pobre en la calle.
A veces parece que, para algunos, las relaciones humanas estén reguladas por dos «dogmas»: eficiencia y pragmatismo. Queridos obispos, sacerdotes, religiosos, religiosas, y ustedes, seminaristas que se preparan para el ministerio, tengan el valor de ir contracorriente de esa cultura. ¡Tener el coraje! Tengan el valor de ir contracorriente de esta cultura eficientista, de esta cultura del descarte. El encuentro y la acogida de todos, la solidaridad, es una palabra que la están escondiendo en esta cultura, casi una mala palabra, la solidaridad y la fraternidad, son elementos que hacen nuestra civilización verdaderamente humana”.

El Papa Francisco quiere acabar con la pintura.
Quiere acabar con la apariencia y centrarse en la verdad de Jesús.
Quiere acabar con esos vacíos que se crean entre las altura y el llano.
Quiere la cultura del “encuentro y acogida de todos, la solidaridad”.
Quiere una Iglesia “de llamados” que sienten por dentro la voz de Jesús.

Yo no quiero hacerme el juez de nadie.
Jesús tuvo el coraje de decir todas estas lamentaciones a los pastores de la religión de Israel.
Tal vez hoy necesitásemos de un Papa Francisco que nos invita a desnudarnos de nuestras apariencias y volvamos a nuestra verdad evangélica.
Por eso, no quiero pensar solo en los de arriba.
Porque ¿a caso en el valle no existen demasiados sepulcros blanqueados por fuera?
Sacerdotes blanqueados.
Consagrados blanqueados.
Maridos blanqueados.
Esposas blanqueadas.
Hijos blanqueados.
Bautizados blanqueados.

Jesús nos llama a la cultura del Evangelio.
A la cultura de la verdad.
A la cultura de la autenticidad.
A la cultura del ser y no tanto del aparentar.

Clemente Sobrado C. P.

Bocadillos espirituales para vivir el Tiempo Ordinario: Martes de la 21 a. Semana – Ciclo A

“Habló Jesús diciendo: “¡Ay de ustedes, escribas y fariseos hipócritas, que pagan el diezmo de la menta, del anís y del comino, y descuidan lo más importante de la ley: la justicia, la misericordia y la fidelidad! ¡Guías ciegos, que cuelan el mosquito y se tragan el camello!… limpian por fuera la copa y el plato, mientras dentro están rebosando de robo y desenfreno! ¡Fariseo ciego! Limpia primero la copa por dentro, y así quedará limpia también por fuera! (Mt 23,23-26)

Siguen los “Ay de vosotros”.
Esta vez describe Jesús el perfil espiritual de los pastores de Israel.
Copio algo que Ecclesia publica en uno de sus editoriales y que puede clarificarnos estos lamentos de Jesús. Se refiere a las palabras del Papa Francisco tanto a los Miembros de la Curia como a los Jueces del Tribunal de la Rota:
“No han sido reflexiones de largo alcance sobre la vida de la Iglesia cuanto sobre el retrato del perfil de las actitudes y el estilo que deben acompañar a quienes ocupan cargos de responsabilidad eclesial. “Francisco ha ido al quicio de la primera y auténtica reforma que espera de la Iglesia y desea: la de corazones e inteligencias, la de los modos y comportamientos”.

El Papa habla del perfil personal y de servicio de los pastores.
Como Jesús hablaba a los pastores y responsables del pueblo de Israel.
Jesús señala: la hipocresía de “pagar el diezmo de la menta, el anís y el comino”.
Ahí había una gran fidelidad.
Pero mientras tanto, se olvidaban de lo verdaderamente importante: “la justicia, la misericordia y la fidelidad”.
¿De que sirve pagar el diezmo de minucias, si luego nos falta el sentido de la “justicia para todos”?
¿De qué sirve pagar el diezmo de mínimas cosas, si luego olvidamos la “misericordia”.
¿De que sirve pagar lo pequeño, si luego no somos “fieles a la verdad?”

Lo que decía el Papa:
“oficio judicial es una auténtica diaconía, es decir un servicio al Pueblo de Dios con vistas a la consolidación de la plena comunión entre cada uno de los fieles y entre estos y la Iglesia en su conjunto”.

Jesús es radical.
Está bien pagar el diezmo, pero sin olvidar lo esencial.
Y lo esencial del Reino es la justicia y la misericordia.
La justicia no está en contra de la misericordia.
Ni la misericordia está contra la justicia.
Ambas responden a la valoración del hombre.
Ambas buscan la dignidad del hombre.
Ambas buscan el respeto y la comprensión del hombre.

Somos capaces de colarnos el mosquito y tragarnos entero el camello.
Somos capaces de esclavizarnos de la ley, pero olvidando la dignidad del hombre.
Somos capaces de esclavizarnos de la belleza física, y luego arrastrar un corazón incapaz de amar, comprender, sentir compasión, reconocer la verdad integral del hombre.
Brillantes y lustrosos como los zapatos por fuera, y sucios y asquerosos por dentro.

Muy exigentes con los mínimos detalles, y crueles luego con lo importante.
Un corazón sin misericordia es un corazón endurecido por la incomprensión.
Muy exigentes con los niños, y luego nosotros “viva la virgen”.
Muy exigentes con nuestros fieles, y luego nosotros permitírnoslo todo.
Muy exigentes con nuestros fieles, y luego nosotros creernos con todos los privilegios.

Somos lo que llevamos en el corazón.
No la pintura que luce nuestro rostro.
Si no llevamos un corazón limpio, noble, comprensivo, nuestra justicia esclavizará a los demás.
Si no tenemos un corazón limpio, toda nuestra limpieza externa será una hipocresía.
No se puede guiar a los demás, si nosotros vivimos ciegos y no vemos la verdad del hombre.

Señor: ¿seré un ciego incapaz de verte a ti? Limpia mi corazón.
Señor: ¿seré un ciego incapaz de ver la dignidad del hermano? Limpia mi corazón.
Señor: ¿seré un ciego incapaz de comprender las debilidades del hermano? Limpia mi corazón.
Señor: “dame un corazón nuevo”.
Señor: “dame un corazón limpio” para que mis ojos estén limpios y mi actuar sea limpio.

Clemente Sobrado C. P.

Bocadillos espirituales para vivir el Tiempo Ordinario: Lunes de la 21 a. Semana – Ciclo A

“Habló Jesús diciendo: “¡Ay de ustedes, escribas y fariseos hipócritas, que cierran a los hombres el reino de los cielos! Ni entran ni dejan entrar. “¡Ay de ustedes, escribas y fariseos hipócritas, que recorréis mar y tierra para ganar un prosélito y, cuando lo consiguen, lo hacen merecedor del infierno el doble de ustedes! ¡Ay de ustedes, guías ciegos …” (Mt 23,13-22)

Un largo discurso de Jesús, que seguirá también mañana.
Se dirige directamente a los jefes responsables del pueblo.
Con siete lamentos o siente quejas o siete condenas.
Jesús se dirige a “escribas y fariseos hipócritas”.
Por tanto lo que condena es la “hipocresía”, razón del resto de quejas.
Lamentaciones que tendremos que leer:
Como Jefes de la Iglesia.
Como comunidades de la Iglesia.
Como personas de la Iglesia.
Cuando llueve, llueve para todos.
Cuando hace sol, el sol luce para todos.

En el trasfondo de todo está que la vida de los que decimos creer puede ser:
O una invitación a la fidelidad al Evangelio.
O un gran estorbo para vivir el Evangelio.
Somos como las puertas:
Se abren para entrar.
Se abren para salir.

Autoridades que debieran ser signo del Evangelio.
Autoridades que debieran ser una invitación a vivir con fidelidad.
Autoridades que viven en la “hipocresía”, aparentan y no son.
Autoridades que debieran “servir” pero viven “sirviéndose”.
Y que ni ellos lo viven.
Ni tampoco dejan que otros lo vivan.

Iglesia que está llamada a ser “luz de las gentes”.
Iglesia que puede vivir en la hipocresía del Evangelio.
Iglesia que “aparenta” y “no es”.
Iglesia que debiera ser Iglesia de Jesús y termina siendo Iglesia de los hombres.

Sacerdotes, comunidades religiosas, laicos:
Que debiéramos ser testimonio del Evangelio y somos simple cáscara.
Que debiéramos ser testigos del Evangelio y revestimos de verdad la mentira que vivimos.

Y el gran reto:
Nosotros debiéramos estar dentro, viviendo la verdad del Reino.
Pero nos quedamos en la apariencia.
No entramos ni dejamos entrar.
Ni somos ni dejamos ser.

Hacemos cristianos por el Bautismo, que nosotros no vivimos.
Hacemos cristianos por el Bautismo, que luego impedimos vivir.

Nos casamos por la Iglesia, y luego nos olvidamos del sacramento.
Nos casamos para siempre, pero luego nos divorciamos a la primera.
Nos prometemos “amarnos y servirnos todos los días de nuestra vida,
Y luego vivimos aburridos, infieles y amargados.
Ni somos ni nuestras vidas invitan a ser.
Hoy son muchos los que no quieren casarse por la Iglesia, por el testimonio de tantos amigos que ya están separados y vueltos a casar por lo civil.
E incluso no faltan quienes prefieren convivir, porque tampoco vivimos el matrimonio civil.

Nos consagramos a Dios por los consejos evangélicos.
Pero luego vivimos parecidos a los demás.
Nos ordenamos sacerdotes para entregar nuestras vidas al servicio de los demás.
Y luego vivimos una vida secular que se aprovecha de los demás.

No niego mi preocupación cristiana, consagrada y sacerdotal:
¿Vivo en mi verdad bautismal?
¿Vivo en mi verdad de consagrado?
¿Vivo en mi verdad sacerdotal?
Y me viene la pregunta:
¿Mi vida es una invitación a despertar la llamada de Dios?
¿Mi vida es un ejemplo para que mis hermanos vivan en plenitud su vocación?

Confieso mis miedos a que Jesús pueda acusarme de “hipócrita”.
Mis miedos a que mi vida sea un estorbo para que otros dejen brotar su generosidad.
Todos dependemos de todos. Nadie camina solo. Nadie se santifica solo. Somos comunidad.

Clemente Sobrado C. P.

Bocadillos espirituales para vivir el Tiempo Ordinario: Martes de la 18 a. Semana – Ciclo A

“Se acercaron a Jesús unos fariseos y escribas de Jerusalén y le preguntaron: “¿Por qué tus discípulos desprecian la tradición de nuestros mayores y no se lavan las manos antes de comer?” (Mt 15,1-2.10-14)

¿Por qué no nos quedamos en el pasado?
¿Por qué la tradición de los hombres vale más que la ley de Dios?
Hay muchos que:
No permiten se cambie nada.
Se siga repitiendo el pasado.
Nos quedemos en el ayer.
Porque todo cambio pareciera una infidelidad a Dios.

No se trata del cambio por el cambio.
Ni significa que lo de antes no vale.
Ni que solo lo nuevo tiene valor.
Lo que tiene valor es la vida.
Y la vida es un proceso, un ayer, un hoy y un mañana.

Los fariseos y escribas vivían de una tradición.
No es malo lavar las manos antes de comer.
Los mismos médicos nos lo recomiendan.
Pero por razones de limpieza y salud, no por motivos espirituales.

Con frecuencia demás importancia a la limpieza de las manos que a la limpieza de la lengua.
Muchos se escandalizan de comulgar en la mano.
Las ven sucias, por más que las laven.
Y prefieren la lengua.
¿A caso la lengua está más limpia que las manos?

Para Jesús el problema no es la suciedad de las manos.
Por más que tampoco Jesús amase la suciedad.
Para Jesús el problema es la boca, la lengua.
¡Cuánta suciedad llevamos todos en la lengua!
La suciedad de hablar mal de los demás.
La suciedad de murmurar de los demás.
La suciedad de criticar a los demás.
La suciedad de calumniar a los demás.
La suciedad de herir con nuestras palabras a los demás.
La suciedad de insultar a los demás.
La suciedad de hablar mal de Dios.
La suciedad de hablar mal de la Iglesia.
La suciedad de mentir.
La suciedad de engañar a los demás.
La suciedad de ciertas conversaciones inmorales.
La suciedad de airear los defectos de los demás.
La suciedad de desalentar a los demás.

¿Quieres seguir contando las suciedades que salen de nuestra boca?
¿Está más limpia nuestra lengua que nuestras manos?
Nos cepillamos mucho los dientes.
Pero ¿cuándo cepillamos nuestra lengua de toda la basura que hay en ella?

Se pueden lavar las manos antes de comer,
y a la vez murmurar de Jesús,
criticar a Jesús,
desacreditar a Jesús.

Un amigo mío comentaba de otro:
“Tiene una lengua tan sucia que apesta”.
Es incapaz de alabar a nadie.
Es incapaz de valorar a nadie.
Dice la verdad si se equivoca.
Pero es capaz de destruir a los demás con su lengua”.

Señor: quiero unas manos limpias.
Señor: pero antes dame una boca limpia.
Señor: dame una lengua limpia.
Porque, Señor, la lengua expresa la maldad que llevamos en el corazón.
Porque, Señor, la lengua expresa la suciedad que anida en nuestro corazón.

Clemente Sobrado C. P.

Bocadillos espirituales para vivir la Cuaresma: Lunes de la 5 a. Semana – Ciclo A

“Los escribas y fariseos, le trajeron una mujer sorprendida en adulterio y, colocándola en medio le dijeron: “Maestro, esta mujer ha sido sorprendida en flagrante adulterio. La ley de Moisés nos manda apedrear a las adúlteras; tú ¿qué dices”. Le preguntaban esto para comprometerlo y poder acusarlo. “Mujer dónde están tus acusadores? ¿Ninguno te ha condenado?” “Ninguno”. Jesús le dijo; “Tampoco yo te condeno. Vete, y en adelante no peques más”. (Jn 8. 1-11)

Con la dignidad de las personas no se puede jugar.
Y aquí los escribas y los fariseos quieren jugar
Tanto con la dignidad de Jesús.
Como con la dignidad de la mujer adúltera.
Lo que hacen con esa pobre mujer es para “comprometerlo y poder acusarlo”.
Conocían la sensibilidad y la misericordia de Jesús.
Y esto le podía confrontar con Moisés.
Y eso sería suficiente como para condenarlo.

La negación del adulterio es clara.
No hacía falta que Moisés lo dijese.
Pero hasta donde yo conozco
¿puede haber adulterio sin el hombre adúltero?
¿Y dónde está aquí el adúltero.
¿Es que solo hay piedras contra las adúlteras?

¡Cuanta hipocresía?
La ley de Moisés dice claramente:
“Si uno comete adulterio con la mujer de su prójimo, los dos adúlteros son reos de muerte”. (Lev 20,10)
“Si sorprenden a uno acostado con la mujer del otro, han de morir los dos: el que se acostó con ella y la mujer. Así extirparás la maldad de ti”. (Dt 22,22)
Y ellos mismos ¿no se sienten culpables y todos abandonan el lugar y se van con las piedras en las manos?
Si fue sorprendido en adulterio flagrante, allí tenía que estar el hombre.
¿Dónde está ahora a la hora de apedrear a la mujer?
Hay demasiado hipocresía cuando acusamos a los demás.

Hay aquí demasiado machismo.
¿Y esta es la religión y la moral de la Ley?
¡Con qué facilidad decimos lo que queremos y ocultamos lo que no nos conviene!

Nadie va a aceptar el adulterio.
Pero detrás de cada adulterio ¿no está una mujer? ¿No está una persona?
¿Las piedras son la única solución al adulterio?
La verdad que siento pena de ciertos corazones.
No les importa poner a una pobre mujer en ridículo y miedo ante las piedras.
¿Dónde está la sensibilidad de su corazón para comprender la debilidad humana?
¿No nos importa su dignidad con tal de cazar a Jesús en algo que pueda ser causa de acusación?
¿Se puede jugar tan alegremente con el pecado de los demás?
¿Se puede jugar tan alegremente con la dignidad de una mujer?
¿Se puede jugar tan alegremente con alguien al que queremos matar?

No podemos justificar el adulterio.
Pero sí podemos comprender a los adúlteros.
No podemos justificar el adulterio.
Pero sí podemos ser compasivos con los adúlteros.
No podemos justificar el adulterio.
¿Pero tendremos suficiente amor para perdonarlo?
Jesús no acepta el adulterio.
Pero mostró ternura y compasión con la adúltera.
Y la perdonó pidiéndole “no vuelva a pecar”.
“Tampoco yo te condeno. Vete, y en adelante no peques más”.
El perdón no justifica el pecado.
Nos libera del mismo.
¡Cuántos matrimonios salvaríamos si supiésemos perdonar!
¿Qué es difícil perdonar?
Depende de la capacidad de amar.

Clemente Sobrado C. P.

Bocadillos espirituales para vivir el Tiempo Ordinario: Miércoles de la 28 a. Semana

“Dijo el Señor: “¡Ay de vosotros, fariseos, que pagáis el diezmo de la hierbabuena, y la ruda y de toda clase de legumbres, mientras pasáis por alto el derecho y el amor de Dios! “¡Ay de vosotros también, maestros de la ley, que abrumáis a la gente con cargas insoportables, mientras vosotros no las tocáis con un dedo!” (Lc 11,41-46)

Siguen los “¡Ay!” de Jesús.
Siguen los “¡Ay!” de los que ven la pajita en el ojo ajeno y no la viga en el propio.
Siguen los “¡Ay!” de los que enredan sus vidas en pequeñeces, y no toman conciencia de lo importante.
Siguen los “¡Ay!” de los que:
Dan importancia a cosas insignificantes.
Pero se olvidan de lo importante.
Dan importancia a la ley.
Pero se olvidan del amor.
Dan importancia a los defectos de los demás.
Pero son incapaces de reconocer las virtudes de los otros.
Dan importancia al cumplimiento de las normas.
Pero no son capaces de sentimientos de comprensión con los más débiles.
Dan importancia al orden.
Pero se olvidan de la vida.
Dan importancia al polvo de los muebles.
Pero se olvidan de que la vida es más importante.
Dan importancia a que los niños vistan blanquitos.
Pero no entienden que los niños tienen que jugar.
Dan importancia al orden en casa.
Pero no entienden que los niños tienen que divertirse.
Dan importancia a ser rectos.
Pero no entienden de comprensión.
Dan importancia a hablar bajito para no perturbar el orden.
Pero no entienden que la vida necesita de música y canción.
Dan importancia al cumplimiento de la ley.
Pero no son capaces de amar.

¡Cuántas normas y cuántas leyes!
Pero, ¡qué poca consideración con las personas!
Cuántas veces exigimos seriedad y cara de tranca.
Y no sabemos valorar una sonrisa.
Preferimos que la gente viva tiesa, seria y aburrida.
Y no disfrutamos con la gente alegre y feliz.
Preferimos el orden a la vida.
Preferimos la justicia a la comprensión y misericordia.
Preferimos la justicia al amor.
Preferimos el culto al perdón.
Y Jesús nos dice: “Deja la ofrenda ante el altar y ve a reconciliarte”.

Somos especialistas:
En ser exigentes con los demás.
Y renunciamos a los sentimientos de comprensión de las debilidades de los otros.
En ser exigentes con los demás, aunque les hagamos pesada la vida.
Y no tenemos la delicadeza de arrimar nuestro hombro para ayudarles.
En ser estrictos con los demás.
En cambio Dios es condescendiente con nosotros.
En ser intransigentes con los demás.
En cambio Dios es amable hasta con los malos.

La exigencia está bien, siempre que tenga en cuenta la debilidad de los demás.
La exigencia es buena, siempre que nos ayude a ser mejores.
La exigencia es buena, siempre que no oscurezca el amor.
“Misericordia quiero y no sacrificios”.
Es preferible equivocarse amando, que acertar maltratando a los otros.
Antes de ser exigentes con los demás, comencemos por exigirnos a nosotros mismos.
Si hay cosas pesadas, comencemos nosotros por llevarlas, y dejemos que otros descansen.
No hacemos santos cargando los hombros de los demás con cargas pesadas, sino haciéndoles sentir que son amados.
Jesús no puso la Cruz sobre nuestros hombres, la cargó sobre los suyos.
Jesús no permitió que Pedro muriese por El como pretendía orgullosamente, fue Jesús quien dio su vida por Pedro.
No hacemos damos vida con cargas pesadas, sino haciendo felices a los demás.

Clemente Sobrado C. P.

Bocadillos espirituales para vivir el Tiempo Ordinario: Miércoles de la 24 a. Semana

“Dijo el Señor: ¿A quien se parecen los hombres de esta generación? Se parecen a unos niños, sentados en la plaza que gritan a otros. “Tocamos la flauta y no bailáis, cantamos lamentaciones y no lloráis”. Vino Juan el Bautista, que comía y bebía, y dijisteis que tenía un demonio; viene el Hijo del hombre que come y bebe y decías: “Mirad qué comilón y qué borracho, amigo de publicanos y pecadores”. (Lc 7,31-35)

En el Perú celebramos la fiesta de San Juan Macías. Nosotros vamos a utilizar el calendario universal de la Iglesia.

Para lo que nos conviene siempre tenemos razones.
Eso es lo que Jesús nos quiere decir con esta comparación.
Cuando no queremos escuchar la verdad, “no se oye, Padre”.
Cuando no queremos encontrarnos con alguien, “no me he dado cuenta”.
Cuando no queremos ver el sufrimiento ajeno, “la verdad que no lo sabía”.
Cuando no queremos escuchar a Dios, “estoy tan ocupado que no tengo tiempo”.
Cuando no queremos cambiar, “yo me siento bien”.
Cuando alguien nos pide un favor, “perdona pero estoy ocupado”.

Flickr: Francesco Michele

Nuestra mejor salida para no escuchar a Dios que nos llama, la tenemos siempre a punto: no yo estoy para esas cosas.
Nuestra mejor respuesta para no comprometernos a fondo con el Evangelio, “es que yo no quiero ser fundamentalista”.
Nuestra mejor respuesta cuando se nos habla del perdón, “es que llevo la herida dentro porque nos hizo mucho daño”.
Nuestra mejor respuesta cuando se nos pide que nos confesemos, “yo no creo en los curas”.
Nuestra mejor respuesta cuando se nos pide que creamos a la Iglesia, “la Iglesia tiene mucha hipocresía, ya estás viendo los trapos que están sacando”.
Cuando se nos pide ir a Misa, “tengo que descansar porque trabajo mucho durante la semana”.

Y a nadie debe extrañarle, Jesús se daba cuenta perfectamente de nuestras resistencias:
“Vino Juan que no comía y bebía” y dijisteis que “tenía un demonio”.
“Viene el Hijo del hombre que come y bebe” y decís “que es un comilón y un borracho”.

Es que cuando no nos interesa la verdad:
Nos escudamos en lo que sea.
Buscamos explicaciones a todo.
Tratamos de justificarnos en todo.

Lo que dice la parábola de los niños en la plaza:
“Si tocamos la flauta”, no bailáis.
“Si tocamos lamentaciones”, no lloráis.

Todo es cuestión de cuán abiertos estamos a la verdad.
De cuán abiertos estamos a la llamada de Dios.
De cuán abiertos estamos a la noticia del Evangelio.
De qué interés tenemos para cambiar.

¿Qué queremos justificar nuestras aventuras extramatrimoniales?
La respuesta está ahí: no es más que una aventura.
Además mi esposa no responde.
Y luego todo el mundo lo hace.

¿Qué queremos declararnos gnósticos o no creyentes?
Es que hoy la fe está pasada de moda.
Y además yo veo demasiado fundamentalismo.
Y luego ya ves cómo viven los cristianos.

Es decir:
Ni nos convence la austeridad de Juan, que tenía un demonio.
Ni nos convence Jesús, que es un “comilón y bebedor”.
Si nos hablan de austeridad mal.
Si nos hablan de una vida normal, peor.
Lo importante es que nos dejen libres y no nos compliquen la vida.

Clemente Sobrado C. P.