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Bocadillos espirituales para vivir la Cuaresma: Lunes de la 5 a. Semana – Ciclo A

“Los escribas y fariseos, le trajeron una mujer sorprendida en adulterio y, colocándola en medio le dijeron: “Maestro, esta mujer ha sido sorprendida en flagrante adulterio. La ley de Moisés nos manda apedrear a las adúlteras; tú ¿qué dices”. Le preguntaban esto para comprometerlo y poder acusarlo. “Mujer dónde están tus acusadores? ¿Ninguno te ha condenado?” “Ninguno”. Jesús le dijo; “Tampoco yo te condeno. Vete, y en adelante no peques más”. (Jn 8. 1-11)

Con la dignidad de las personas no se puede jugar.
Y aquí los escribas y los fariseos quieren jugar
Tanto con la dignidad de Jesús.
Como con la dignidad de la mujer adúltera.
Lo que hacen con esa pobre mujer es para “comprometerlo y poder acusarlo”.
Conocían la sensibilidad y la misericordia de Jesús.
Y esto le podía confrontar con Moisés.
Y eso sería suficiente como para condenarlo.

La negación del adulterio es clara.
No hacía falta que Moisés lo dijese.
Pero hasta donde yo conozco
¿puede haber adulterio sin el hombre adúltero?
¿Y dónde está aquí el adúltero.
¿Es que solo hay piedras contra las adúlteras?

¡Cuanta hipocresía?
La ley de Moisés dice claramente:
“Si uno comete adulterio con la mujer de su prójimo, los dos adúlteros son reos de muerte”. (Lev 20,10)
“Si sorprenden a uno acostado con la mujer del otro, han de morir los dos: el que se acostó con ella y la mujer. Así extirparás la maldad de ti”. (Dt 22,22)
Y ellos mismos ¿no se sienten culpables y todos abandonan el lugar y se van con las piedras en las manos?
Si fue sorprendido en adulterio flagrante, allí tenía que estar el hombre.
¿Dónde está ahora a la hora de apedrear a la mujer?
Hay demasiado hipocresía cuando acusamos a los demás.

Hay aquí demasiado machismo.
¿Y esta es la religión y la moral de la Ley?
¡Con qué facilidad decimos lo que queremos y ocultamos lo que no nos conviene!

Nadie va a aceptar el adulterio.
Pero detrás de cada adulterio ¿no está una mujer? ¿No está una persona?
¿Las piedras son la única solución al adulterio?
La verdad que siento pena de ciertos corazones.
No les importa poner a una pobre mujer en ridículo y miedo ante las piedras.
¿Dónde está la sensibilidad de su corazón para comprender la debilidad humana?
¿No nos importa su dignidad con tal de cazar a Jesús en algo que pueda ser causa de acusación?
¿Se puede jugar tan alegremente con el pecado de los demás?
¿Se puede jugar tan alegremente con la dignidad de una mujer?
¿Se puede jugar tan alegremente con alguien al que queremos matar?

No podemos justificar el adulterio.
Pero sí podemos comprender a los adúlteros.
No podemos justificar el adulterio.
Pero sí podemos ser compasivos con los adúlteros.
No podemos justificar el adulterio.
¿Pero tendremos suficiente amor para perdonarlo?
Jesús no acepta el adulterio.
Pero mostró ternura y compasión con la adúltera.
Y la perdonó pidiéndole “no vuelva a pecar”.
“Tampoco yo te condeno. Vete, y en adelante no peques más”.
El perdón no justifica el pecado.
Nos libera del mismo.
¡Cuántos matrimonios salvaríamos si supiésemos perdonar!
¿Qué es difícil perdonar?
Depende de la capacidad de amar.

Clemente Sobrado C. P.

Bocadillos espirituales para vivir el Tiempo Ordinario: Miércoles de la 28 a. Semana

“Dijo el Señor: “¡Ay de vosotros, fariseos, que pagáis el diezmo de la hierbabuena, y la ruda y de toda clase de legumbres, mientras pasáis por alto el derecho y el amor de Dios! “¡Ay de vosotros también, maestros de la ley, que abrumáis a la gente con cargas insoportables, mientras vosotros no las tocáis con un dedo!” (Lc 11,41-46)

Siguen los “¡Ay!” de Jesús.
Siguen los “¡Ay!” de los que ven la pajita en el ojo ajeno y no la viga en el propio.
Siguen los “¡Ay!” de los que enredan sus vidas en pequeñeces, y no toman conciencia de lo importante.
Siguen los “¡Ay!” de los que:
Dan importancia a cosas insignificantes.
Pero se olvidan de lo importante.
Dan importancia a la ley.
Pero se olvidan del amor.
Dan importancia a los defectos de los demás.
Pero son incapaces de reconocer las virtudes de los otros.
Dan importancia al cumplimiento de las normas.
Pero no son capaces de sentimientos de comprensión con los más débiles.
Dan importancia al orden.
Pero se olvidan de la vida.
Dan importancia al polvo de los muebles.
Pero se olvidan de que la vida es más importante.
Dan importancia a que los niños vistan blanquitos.
Pero no entienden que los niños tienen que jugar.
Dan importancia al orden en casa.
Pero no entienden que los niños tienen que divertirse.
Dan importancia a ser rectos.
Pero no entienden de comprensión.
Dan importancia a hablar bajito para no perturbar el orden.
Pero no entienden que la vida necesita de música y canción.
Dan importancia al cumplimiento de la ley.
Pero no son capaces de amar.

¡Cuántas normas y cuántas leyes!
Pero, ¡qué poca consideración con las personas!
Cuántas veces exigimos seriedad y cara de tranca.
Y no sabemos valorar una sonrisa.
Preferimos que la gente viva tiesa, seria y aburrida.
Y no disfrutamos con la gente alegre y feliz.
Preferimos el orden a la vida.
Preferimos la justicia a la comprensión y misericordia.
Preferimos la justicia al amor.
Preferimos el culto al perdón.
Y Jesús nos dice: “Deja la ofrenda ante el altar y ve a reconciliarte”.

Somos especialistas:
En ser exigentes con los demás.
Y renunciamos a los sentimientos de comprensión de las debilidades de los otros.
En ser exigentes con los demás, aunque les hagamos pesada la vida.
Y no tenemos la delicadeza de arrimar nuestro hombro para ayudarles.
En ser estrictos con los demás.
En cambio Dios es condescendiente con nosotros.
En ser intransigentes con los demás.
En cambio Dios es amable hasta con los malos.

La exigencia está bien, siempre que tenga en cuenta la debilidad de los demás.
La exigencia es buena, siempre que nos ayude a ser mejores.
La exigencia es buena, siempre que no oscurezca el amor.
“Misericordia quiero y no sacrificios”.
Es preferible equivocarse amando, que acertar maltratando a los otros.
Antes de ser exigentes con los demás, comencemos por exigirnos a nosotros mismos.
Si hay cosas pesadas, comencemos nosotros por llevarlas, y dejemos que otros descansen.
No hacemos santos cargando los hombros de los demás con cargas pesadas, sino haciéndoles sentir que son amados.
Jesús no puso la Cruz sobre nuestros hombres, la cargó sobre los suyos.
Jesús no permitió que Pedro muriese por El como pretendía orgullosamente, fue Jesús quien dio su vida por Pedro.
No hacemos damos vida con cargas pesadas, sino haciendo felices a los demás.

Clemente Sobrado C. P.

Bocadillos espirituales para vivir el Tiempo Ordinario: Miércoles de la 24 a. Semana

“Dijo el Señor: ¿A quien se parecen los hombres de esta generación? Se parecen a unos niños, sentados en la plaza que gritan a otros. “Tocamos la flauta y no bailáis, cantamos lamentaciones y no lloráis”. Vino Juan el Bautista, que comía y bebía, y dijisteis que tenía un demonio; viene el Hijo del hombre que come y bebe y decías: “Mirad qué comilón y qué borracho, amigo de publicanos y pecadores”. (Lc 7,31-35)

En el Perú celebramos la fiesta de San Juan Macías. Nosotros vamos a utilizar el calendario universal de la Iglesia.

Para lo que nos conviene siempre tenemos razones.
Eso es lo que Jesús nos quiere decir con esta comparación.
Cuando no queremos escuchar la verdad, “no se oye, Padre”.
Cuando no queremos encontrarnos con alguien, “no me he dado cuenta”.
Cuando no queremos ver el sufrimiento ajeno, “la verdad que no lo sabía”.
Cuando no queremos escuchar a Dios, “estoy tan ocupado que no tengo tiempo”.
Cuando no queremos cambiar, “yo me siento bien”.
Cuando alguien nos pide un favor, “perdona pero estoy ocupado”.

Flickr: Francesco Michele

Nuestra mejor salida para no escuchar a Dios que nos llama, la tenemos siempre a punto: no yo estoy para esas cosas.
Nuestra mejor respuesta para no comprometernos a fondo con el Evangelio, “es que yo no quiero ser fundamentalista”.
Nuestra mejor respuesta cuando se nos habla del perdón, “es que llevo la herida dentro porque nos hizo mucho daño”.
Nuestra mejor respuesta cuando se nos pide que nos confesemos, “yo no creo en los curas”.
Nuestra mejor respuesta cuando se nos pide que creamos a la Iglesia, “la Iglesia tiene mucha hipocresía, ya estás viendo los trapos que están sacando”.
Cuando se nos pide ir a Misa, “tengo que descansar porque trabajo mucho durante la semana”.

Y a nadie debe extrañarle, Jesús se daba cuenta perfectamente de nuestras resistencias:
“Vino Juan que no comía y bebía” y dijisteis que “tenía un demonio”.
“Viene el Hijo del hombre que come y bebe” y decís “que es un comilón y un borracho”.

Es que cuando no nos interesa la verdad:
Nos escudamos en lo que sea.
Buscamos explicaciones a todo.
Tratamos de justificarnos en todo.

Lo que dice la parábola de los niños en la plaza:
“Si tocamos la flauta”, no bailáis.
“Si tocamos lamentaciones”, no lloráis.

Todo es cuestión de cuán abiertos estamos a la verdad.
De cuán abiertos estamos a la llamada de Dios.
De cuán abiertos estamos a la noticia del Evangelio.
De qué interés tenemos para cambiar.

¿Qué queremos justificar nuestras aventuras extramatrimoniales?
La respuesta está ahí: no es más que una aventura.
Además mi esposa no responde.
Y luego todo el mundo lo hace.

¿Qué queremos declararnos gnósticos o no creyentes?
Es que hoy la fe está pasada de moda.
Y además yo veo demasiado fundamentalismo.
Y luego ya ves cómo viven los cristianos.

Es decir:
Ni nos convence la austeridad de Juan, que tenía un demonio.
Ni nos convence Jesús, que es un “comilón y bebedor”.
Si nos hablan de austeridad mal.
Si nos hablan de una vida normal, peor.
Lo importante es que nos dejen libres y no nos compliquen la vida.

Clemente Sobrado C. P.

Bocadillos espirituales para vivir el Tiempo Ordinario: Miércoles de la 21 a. Semana

“Habló Jesús diciendo: “¡Ay de vosotros, escribas y fariseos hipócritas, que os parecéis a los sepulcros blanqueados! Por fuera tienen buena apariencia pero por dentro están llenos de huesos y podredumbre; lo mismo vosotros: por fuera parecéis justos, pero por dentro estáis repletos de hipocresías y crímenes”. (Mt 23, 27-32)

Jesús vuelve a insistir en nuestra verdad y en nuestra mentira. Y lo hace con un lenguaje bien provocativo: “Sepulcros blanqueados”. Blancos por fuera y lleno de podredumbre por dentro.

Permítanme unas ideas sobre la verdad y la mentira y sobre la belleza interior del que vive la verdad, por si le ayuda a reflexionar un poco:

Verdad y mentira
La verdad duele. Pero cura. La mentira no duele. Pero mata. Por eso el mentiroso está muerto. Es árbol que florece por fuera, pero ya está podrido por dentro.
La verdad es la sinceridad del alma que no teme verse desnuda. Mientras que la mentira es la hipocresía y el miedo del corazón a verse como es. No nos tememos tanto a nosotros mismos, sino a qué dirán y pensarán los demás.
La verdad no es tanto problema de ideas, cuanto problema de vida. Se pueden tener muy buenas ideas y vivir como un mentiroso. Quien vive con limpieza y rectitud no necesita de la mentira. La verdad le basta.
La mentira es la gran tentación y traición del amor. La mentira engaña y además es una falta de respeto a los demás. Y donde hay engaño y falta de respeto no hay amor. El amor mismo sería una mentira. ¡Cuántos “te amo”, “te quiero”, no son sino el camuflaje de un egoísmo y del instinto!
Decir la verdad y siempre la verdad puede tener complicaciones. Pero tan sólo con quienes prefieren vivir en la mentira. La verdad nunca molesta a quienes viven de la verdad.
El pecado es una manera sutil de mentirnos a nosotros mismos y a los demás y a Dios. A nosotros, porque pretende meternos gato por liebre. A los demás, porque queremos engañarlos. Y a Dios, porque luego buscamos excusas.
Quien miente no es. Disimula y aparenta ser. Por eso tiene tanto miedo a su verdad. El mentiroso no sabe vivir la vida, sino sólo la apariencia. El mentiroso vive más lo que no es, que lo que de verdad es. Vive su imagen no su realidad.

Admírate de ti mismo si vives tu verdad
Te admiras de la belleza de un cuadro. ¿Y por qué no te admiras de la belleza de ti mismo, que eres el cuadro más maravilloso de todos? A ti te pintaron los pinceles creadores de Dios.

Flickr: Robert Stromberg

Te admiras de la belleza de una estatua. ¿Y por qué no te admiras de ti mismo? Tu cuerpo es la más bella estatua que se haya hecho. Y la cincelaron las manos creadoras de Dios. ¿Y sabes? El mismo Dios después de crearte, se quedó pasmado de ti… Hasta Dios se sorprendió de lo bien que le saliste…
Te admiras de la belleza de un paisaje. ¿Y por qué no te admiras de ti mismo? La belleza de tu corazón es mucho mayor. Es la belleza del corazón de Dios reflejada en él. ¿Por qué miras siempre hacia afuera si dentro llevas tanta belleza escondida?
Te admiras de las cosas que hacen los animalitos. Y entonces dices: “casi parecen tener inteligencia”. Sí, ellos “casi” tienen inteligencia. Pero tú la tienes. Tú eres inteligente. ¿Por qué no admiras el que Dios te haya regalado una inteligencia que te hace superior a todos los demás seres?
Te admiras de las estrellas con las que Dios ha dibujado de noche los cielos. ¿Y no te admiras del cielo de tu alma dibujado a diario por cantidad de luces, de llamadas, de inspiraciones, de exigencias, con las que tachona tu espíritu? Si te miraras bien desde dentro verías que el cielo de tu alma está iluminado, aún en tus noches sin luz.
Te admiras de que la gente te ame y haya quien te diga que está enamorado de ti. ¿Y nunca te has admirado de que Dios sea el gran enamorado de tu vida? De tu corazón, de tu cuerpo, de tu alma, de tu libertad… Tan enamorado que no dudó en dar su vida por ti en la Cruz. ¿No es esa una locura de amor?

Olvídate del sepulcro que, acaso fuiste, y vive la alegría del jardín florido que eres o puedes ser.

Clemente Sobrado C. P.

Bocadillos espirituales para vivir el Tiempo Ordinario: Lunes de la 21 a. Semana

“Habló Jesús diciendo: “¡Ay de vosotros, escribas y fariseos hipócritas, que cerráis a los hombres el reino de los cielos! Ni entráis vosotros ni dejáis entrar a los que quieren”. (Mt 23,13-22)

Jesús no es de los que andan con medias tintas.
Jesús no es de los andan con las medias verdades.
Jesús no es de los que dice las cosas para quedar bien El.
Jesús dice las cosas:
No solo a la gente sencilla, que también necesita escucharle.
Sino que se atreve a decirlas también a los de arriba.
Esta vez más que al pueblo habla a los Jefes: “escribas y fariseos”.
Y hasta se atreve a ponerles un calificativo bien provocativo: “hipócritas”.

No basta estar arriba para garantizar la verdad de lo que dicen.
No basta estar arriba para garantizar la verdad de lo que hacen.
Estar arriba es todo un compromiso:
El compromiso de ayudar a la gente a entrar.
No el compromiso de ser un estorbo para que la gente sencilla pueda entrar.
Estar arriba no es garantía alguna “de que ellos sí entrarán”.
Puede que desde arriba, “ni entren ni dejen entrar” a los que sí quieren entrar.

Un Evangelio que vale para todos. Porque todos podemos ser un estorbo que cerramos la puerta del Reino a quienes quisieran entrar.
Pero aquí hay una llamada clara a los jefes religiosos:
A los “escribas”, maestros de la verdad.
A los “fariseos”, maestros de la religiosidad.
Unos y otros, debieran ser señales en el camino.
Y unos y otros ni se deciden entrar ni dejan entrar a los demás.
En vez de abrir la puerta la cierran.

También en la Iglesia:
Hay muchos “escribas”, muchos maestros de la verdad y del Evangelio.
Pero que muchas veces enseñan más “su verdad” que el Evangelio.
Buscan que los demás “piensen como ellos” y no como “Jesús”.
El ocupar un alto cargo, no es garantía de verdad ni de autenticidad.
Yo me preguntaría si muchas decisiones y prohibiciones responden a la libertad del Reino, a nuestras mentalidades.
Si muchos a quines se han silenciado en la Iglesia responden a la libertad de pensamiento del Evangelio y a la acción del Espíritu, o más bien a intereses y modos de pensar de unos cuantos que quieren imponerse.
No conozco mayor dictadura que la de obligar a que los demás piensen como yo.

Hoy muchos “fariseos hipócritas”, que aparentan ser y no son.
“Hipócritas” que aparentan una cosa y son otra.
Por doloroso que nos resulte a todos, y escandaloso a muchos otros, la Iglesia está pasando por momentos bien difíciles, pero a mi me parecen interesantes, pues se han descubierto muchas “hipocresías”.
Mucho ropaje por fuera y por dentro demasiada mentira.
Hasta Benedicto XVI al renunciar habla con el dolor de su corazón de cómo “hemos desfigurado el rostro de la Iglesia” y todo “por luchas de intereses y poder”.
Muchos silencios culpables y responsables se han roto, y han puesto de manifiesto el “pus” que infectaba a la Iglesia por dentro.

Hay sufrimientos que son buenos porque sanan.
Hay muchos sufrimientos que son buenos porque destapan la hipocresía.
Hay muchos sufrimientos que son buenos porque ponen al descubierto llagas infectadas y que tratamos de ocultar con el silencio.

Señor: te confieso que hoy te leo y siento miedo.
Señor; te confieso que hoy al leerte me hago muchas preguntas.
Señor: te confieso que hoy al escucharte me haces cuestionarme sobre lo que llevo dentro de mí de “letrado” y de “fariseo hipócrita”.
Señor: sé que muchas enfermedades solo se curan con cirugía.
Que la cirugía que estás haciendo hoy a tu Iglesia nos sirva para recuperar nuestra verdad, y dejemos de impedir que muchos que quieren entrar, se queden fuera.
Aunque a decir verdad, ¿no nos sucederá que los que creemos fuera están dentro y los que creíamos dentro estén fuera?
Perdona, Señor, nuestras mentiras e hipocresías y dejemos el camino libre para que entren todos.

Clemente Sobrado C. P.

Bocadillos espirituales para vivir el Tiempo Ordinario: Miércoles de la 11 a. Semana – Ciclo C

“Cuidad de no practicar vuestra justicia delante los hombres para ser vistos por ellos…
Cuando hagas limosna, no vayas tocando la trompeta por delante, como lo hipócritas en las sinagogas y en las calles…
Cuando oréis, no seáis como los hipócritas, a quienes les gusta rezar de pie en las sinagogas y en las esquinas de las plazas.
Cuando ayunéis, no andéis cabizbajos, como los hipócritas que desfiguran la cara para hacer ver a ola gente que ayunan”. (Mt 6,1.6.16-18)

Aquí el que no corre vuela.
Aquí nos mojamos todos.
Jesús no anda con bromas y destapa la mentira del corazón humano.
Y de esto no nos salvamos ninguno.
Unos porque hacen limosna a toque de trompeta.
Otros porque oran para que los vean.
Otros porque ayunan con cara de ceniza.

Y otros porque hablamos bonito para que crean que somos lo que decimos.
Y otros porque hablamos mucho de Dios, por más que luego no nos acordemos de él.
Y otros porque hablamos mucho de justicia, aunque luego paguemos lo mínimo a la empleada del hogar.
Y otros porque hablamos mucho de justicia social, aunque luego no demos cara por nadie.
Y otros porque hablamos mucho de los pobres, pero cerramos con doble llave la Caja Fuerte.
Y otros porque hablamos muchos de paz, y en casa vivimos peleados con todos.
Y otros porque hablamos mucho del amor, y luego vivimos enfundados en nuestro egoísmo.

Jesús es de los que predica:
La transparencia de la vida.
La verdad de la vida.
La coherencia de la vida.
La unidad entre lo que decimos ser y lo que somos.
La unidad entre lo que damos y lo que teníamos que dar.
La unidad entre los que ayunamos y la austeridad de nuestra vida.

Y estoy seguro de que hoy:
La gente es mucho más sincera.
La gente ora con mucha más sinceridad, aunque rece como quien exige a Dios.
La gente hoy no vive en la hipocresía del ayuno, porque apenas hay alguien que ayune.
Yo no creo que hoy exista tanta hipocresía ni en la limosna, ni en la oración ni en el ayuno.

Pero también en esto hemos avanzado y evolucionado.
La hipocresía hoy abunda, si no miremos nuestro corazón y el de los demás.
Solo que las hipocresías han cambiado de nombre y de terno o vestido.
Es la hipocresía del amor vivido en la infidelidad.
Es la hipocresía de la verdad revestida con el traje de la mentira.
Es la hipocresía del aparentar ser y no ser.
Es la hipocresía de mistificar muchas cosas, por más que estén lejos del Evangelio.
Es la hipocresía de la amistad que, en el fondo no pasa de ser la anestesia para aprovecharse de los demás.
Es la hipocresía del que hace voto de pobreza, y luego no le falta nada.
Es la hipocresía del que hace voto de obediencia, y luego hace lo que le da la gana.
Es la hipocresía del que hace voto de castidad, y luego vive con el corazón lleno de deseos insatisfechos.
Es la hipocresía del que jura amor “hasta que la vida nos separe”, y vive de un amor de “alquiler”.
Es la hipocresía de buscar grandes títulos para “servir a los demás” y luego se sirve de todos.

La hipocresía de que habla Jesús posiblemente la hayamos superado.
Pero hoy brota una nueva primavera de hipocresías.
Es solo problema de cambio de nombres.
Porque, no lo olvidemos, la hipocresía es demasiado sutil y no siempre es fácil detectarla.
Y lo que Jesús quiere y anuncia es que:
Vivamos en la verdad.
Pensemos con la verdad.
Seamos testigos de la verdad.
Que es una manera de vivir delante de Dios.
Que es un amanera de vivir ante los ojos de Dios.
Que es una manera de ser delante de Dios.

Clemente Sobrado C. P.

Bocadillos espirituales para vivir el Tiempo Ordinario: Sábado de la Novena Semana – Ciclo B

“¡Cuidado con los escribas! Les encanta pasearse con amplio ropaje y que les hagan reverencias en la plaza. Buscan los asientos de honor en las sinagogas y los primeros puestos en los banquetes y devoran los vienes de las viudas, con pretexto de largos rezos”. (Mc 12,35-37)

Nos encanta el exhibicionismo.
Nos encanta llamar la atención.
Nos encanta ser distintos y que se fijen en nosotros.

Me van a perdonar todos esos que hoy:
Les encanta llevar esos tatuajes que tienen bien poco de bonitos, pero llaman la atención.
Les encanta llevar esos aros en las orejas, porque los hace distintos, dicen que modernos.
Les encanta llevar esos blue jeans rotos que dan pena.
La verdad que no sé si son de protesta o de moda.
Nunca entendí que los rotos sean signo de modernidad.

Pero, tampoco quiero tirar piedras en tejado ajeno, porque también en casa hay demasiados escribas.
Y no quiero excluirme, porque también es posible que en mi vida haya exhibicionismos camuflados.
Siempre resulta más fácil ver las rarezas de los otros que las propias.
Siempre resulta más fácil apuntar con el dedo a los “escribas de enfrente” que a los que tenemos en casa.
Siempre resulta más fácil condenar a los demás, que reconocernos a nosotros mismos.

En mi larga vida he visto de todo.
Felizmente, también he sido testigo de muchos cambios.
He sido testigo de “las sillas gestatorias”.
He sido testigo de las grandes “tiaras pontificias”.
He sido testigo de las grandes “colas cardenalicias”.
He sido testigo de muchas cosas que nos hacían distintos a los demás.

Tengo que reconocer y dar gracias a Dios:
De que muchas cosas han cambiado.
De que se ha recuperado la sencillez.
De que se ha recuperado aquello que somos sin necesidad de ese barroco que nos ha distinguido.

Sin embargo, debo reconocer que, de alguna manera, muchos llevamos en el corazón ese tufillo de vanidad que pretende hacernos distintos.
Siempre se ha dicho que “el hábito no hace al monje”.
Pero también debo reconocer que le ayuda a serlo.

Lo más fácil es revestirse de apariencias.
Lo difícil es ser lo que uno es.
Lo más fácil es llamar la atención.
Lo difícil es ser uno más.
No ser uno más del montón.
Sino que podamos ser distintos al resto:
Por nuestra verdad.
Por nuestra coherencia de vida.
Por nuestra sencillez de vida.
Por la autenticidad de la vida.

Me gustan las flores porque son lo que son y no tratan de imitar a las demás.
Me gustan las rosas porque cada rosal tiene las suyas y no imita al que tiene al lado.
Me gustan las margaritas, porque aunque sean chiquitas, siguen embelleciendo los prados y jardines.
Me gustan las violetas, porque no cambian de vestido.
Siguen siendo siempre ellas mismas.
Y siguen siendo bellas y hermosas.
Y siguen siendo sencillas y admiradas en la simplicidad de sus colores.

Siempre me he preguntado el por qué de esa proliferación de tantos centros de maquillaje. Nos hacen guapos siendo feos. Nos hacen llamativos hasta lograr que nadie nos reconozca.

Me gustó un chiste que alguien me envió de un cubano. El pobre hombre había tenido un accidente y los médicos los reconstruyeron lo mejor posible. Pero él no se sentía a gusto. Y un día se acercó al malecón y comenzó a desprenderse de todos los ortopédicos que llevaba encima:
Sacó su pierna artificial y la tiró al mar.
Sacó su mano artificial y la tiró al mar.
Sacó una oreja artificial y la tiró al mar.
Y así se fue desprendiendo de todo.

Un borrachito que lo estaba observando gritó: “Oye, tú eres bien listo, te estás yendo a Miami a pedacitos”.
Creo que somos muchos los que nos vamos a Miami a pedacitos.
Si nos quitan todo lo que llevamos postizo ¿qué nos quedaría?
Posiblemente no saldríamos tanto a la plaza para que nos vean y nos hagan reverencias.

Clemente Sobrado C. P.