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Bocadillos espirituales para vivir el Tiempo Ordinario: Jueves de la 28 a. Semana – Ciclo A

“Dijo el Señor: “¡Ay de ustedes, que edifican sepulcros a los profetas, a quienes sus antepasados mataron! Así se hacen testigos y cómplices de lo que hicieron sus antepasados, porque ellos los mataron y ustedes les edifican sepulcros. ¡Ay de ustedes, maestros de la Ley, que se han quedado con la llave del saber; no han entrado ustedes y han cerrado el paso a los que intentaban entrar”. (Lc 11,47-54)

La peor mentira es la manipulación de la verdad.
La peor religión es la manipulación de la verdad.
El peor favor que le podemos hacer a Dios es manipular a Dios.
Y la religión se presta a muchas manipulaciones.

Primero matamos a los profetas.
Luego les levantamos monumentos y edificamos sepulcros.
Pero seguimos sin creer en ellos.
Y los seguimos matando.
Reconocemos a los profetas.
Pero luego imponemos nuestras propias ideas.
Reconocemos a los profetas, pero preferimos vivir de nuestros propias interpretaciones.

A cuántos matamos porque piensan distinto.
A cuántos matamos porque su predicación nos molesta.
A cuántos matamos porque su enseñanza nos baja de nuestro pedestal.
Leemos el Evangelio de la misericordia, pero luego preferimos nuestra justicia.
Leemos el Evangelio de la justicia, pero luego preferimos condenar a los que “perturban el orden social injusto”.

Nos hacemos con la llave del Evangelio:
E impedimos que otros también piensen.
E impedimos que otros también reflexionen.
E impedimos que otros también expresen su verdad.
Imponemos silencio a los que hablan.
Suprimimos lo que otros escriben.
Declaramos sospechosos a los que no piensan como nosotros.
O incluso a los que ponen en peligro nuestros puestos.

El Padre José María Lagrange ante la pregunta de su amigo Guitton, ¿qué era para él un hereje, le respondió: “el que llega antes que los demás”.
Pero hasta que los demás lleguemos:
le condenamos,
le silenciamos,
le prohibimos,
le excluimos.

Los profetas son:
los que siempre van por delante,
los que han escuchado antes la voz de Dios,
los que han visto antes el camino de Dios.

Por eso, el camino de los profetas es siempre peligroso, arriesgado.
Hablamos del Evangelio pero es para los demás.
Leemos el Evangelio pero es para enseñarlo a los demás.
Y lo leemos pasado por el filtro de nuestros intereses.
Y así ni lo vivimos nosotros ni dejamos que otros lo vivan.
Ni entramos ni dejamos entrar.
“Preferimos quedarnos con la llave del saber”.
Y cerramos el camino a los que también quieren saber.
La primera reacción hacia Jesús fue: “la gente se admiraba de su autoridad, porque no enseñaba como los escribas”.
Jesús no repetía la Ley como los escribas.
Jesús tenía libertad para criticar, incluso a la Ley.
No la Ley por sí misma sino por la lectura que de ella hacían los escribas.

Por eso, los “escribas y fariseos empezaron a acosarlo con muchas preguntas capciosas, para sorprenderlo con sus propias palabras”.

La Iglesia necesita profetas.
El mundo necesita profetas.
La vida cristiana necesita profetas.
Profetas que despierten la conciencia.
Profetas que abran caminos nuevos al Evangelio de la misericordia y la justicia.
Profetas que despierten nuestro sueño y muevan nuestras inmovilidades.
Profetas que abran a la esperanza a los que no la tienen.

Clemente Sobrado C. P.

Bocadillos espirituales para vivir el Tiempo Ordinario: Miércoles de la 28 a. Semana – Ciclo A

“Dijo el Señor: “¡Ay de vosotros, fariseos, que pagáis el diezmo de la menta, de la ruda y de toda clase de legumbres, mientras pasáis por alto el derecho y el amor de Dios!” Un maestro de la Ley intervino y le dijo: “Maestro, diciendo esto nos ofendes también a nosotros”. “Ay de ustedes, maestros de la Ley, que imponen a la gente cargas insoportables mientras ustedes no las tocan ni con un dedo”. (Lc 11, 47-54)

Mientras las verdades se las digan a otros, no pasa nada.
El problema es cuando las verdades nos las dicen a nosotros.
Es que siempre es más fácil decir la verdad a los demás, que escucharla cuando nos toca a nosotros.

Jesús no critica lo bueno que hacen.
Jesús lo que critica es muchas veces lo bueno que hacemos es una nimiedad.
Jesús no critica lo bueno, aunque sea una pequeñez.
Jesús critica que haciendo lo accidental y secundario nos olvidamos de lo esencial.
No somos buenos por hacer lo secundario, aunque debamos hacerlo.
Para ser bueno es preciso hacer lo esencial.

Y para Jesús, lo esencial es la justicia y el amor.
Los dos juntos.
Porque no es suficiente el amor donde no hay justicia.
Pero tampoco es suficiente la justicia donde no hay amor.
No demos por caridad lo que debemos por justicia.
No demos como limosna lo que debemos por justicia.
No demos como generosidad lo que debemos por justicia.
Tampoco cumplamos con la justicia si no acompañada del amor.

Hoy se habla mucho de justicia social.
Y es algo fundamental.
Pero hablamos menos del amor.
La misma Iglesia predica mucho el amor.
Pero predica menos contra la injusticia.
Cuando damos algo por amor, que se nos debe por justicia, cometemos otra injusticia.
Cuando damos algo por justicia, pero sin amor, es una justicia legal pero no del corazón.

El verdadero amor y la verdadera justicia son lo esencial y lo que nos justifica ante Dios.
Rezar sí. Pero con amor.
Rezar sí. Pero con justicia.
Predicar sí. Pero con amor.
Predicar sí. Pero la justicia y con justicia.

Y el amor y la justicia que Dios quiere de nosotros comienza:
Por no imponer cargas pesadas a los demás.
Por no imponer obligaciones pesadas a los demás.
Por no hace imposible la vida a los demás.
Por ayudar a los demás a llevar sus pesadas cargas.
Por arrimar nuestro hombro para ayudar como el Cireneo a llevar la cruz de los demás.
Por no obligar a los demás lo que nosotros no hacemos.
Por no exigir a los demás lo que no nos exigimos a nosotros mismos.
Por hacer la vida más llevadera.
Por aliviar a los demás y hacerles agradable su vida.
Por no exigir lo que Dios no exige.
Por hacer por los demás lo que quisiéramos que otros hagan por nosotros.

Señor: que en vez de imponer cruces sobre los hombros de los otros, carguemos nosotros con ellas.

Clemente Sobrado C. P.

Bocadillos espirituales para vivir el Tiempo Ordinario: Martes de la 28 a. Semana – Ciclo A

“Un fariseo lo invitó a comer en su casa. El entró y se puso a la mesa. Como el fariseo se sorprendió al ver que no se lavaba las manos antes de comer el Señor le dijo: “Ustedes, los fariseos, limpian por fuera la copa y el plato, mientras que por dentro están llenos de robos y maldades. ¡Necios! El que hizo lo de fuera ¿no hizo también lo de dentro?” (Lc 11, 37.41)

El Evangelio de hoy nos revela una gran realidad.
El problema entre lo interior y lo exterior.
Una realidad que nos afecta a todos.
Una realidad que nos cuestiona a todos cada día.
Todos queremos aparentar, aunque no seamos.
Todos queremos vivir del maquillaje, más que de la realidad.
Y de esto no nos libramos nadie, bueno, casi nada.

Los fariseos nosotros los entendemos como los que aparentan y no son.
Pero quién no lleva mucho de fariseo en su vida.
Comenzamos el día haciéndonos nuestro “tartajeo” ante el espejo.
Comenzamos el día perfumándonos antes de salir a la calle.
Y a todos nos parece normal.
Yo también lo hago, porque trato de arreglar los cuatro pelos que me quedan para cubrir el pedazo de calavera que me queda.

El problema está cuando esto se convierte en un problema religioso.
Nadie quiere aparecer como mentiroso.
¿Pero cuántos dejan de mentir durante el día?
Nadie quiere aparecer como deshonesto.
¿Pero cuántos a lo largo del día metemos gato por liebre?
Nadie quiere aparecer como infiel.
¿Pero cuántos llevamos luego una doble vida?
Nadie quiere aparecer injusto.
¿Pero cuántos pagamos lo que es debido?
Nadie quiere aparecer como ladrón.
¿Pero cuántos no se llevan aunque sea unos chocolates del supermercado?

Se cuenta de Santa Gema Galgani que sus hermanos eran pícaros y sabían la delicadeza de su hermana. Un día mientras dormía le llenaron la cara de manchitas de tinta. Al despertarse le dijeron que era una mentirosa, porque a los mentirosos Dios les pintaba la cara de manchitas. Ella asustada se fue al espejo y llorando decía: “Yo no he mentido, yo no he mentido”.

Si fuese cierto que Dios nos pinta la cara con el bolígrafo cada vez que mentimos nos sentiríamos mal por ser descubiertos pero no por haber mentido.
Dios se fija poco en las apariencias.
Dios suele mirar al corazón.
Dios se fija poco en lo que aparentamos.
Pero se fija en lo que somos.
Cuidar lo de afuera no es malo.
Pero que las apariencias bonitas de afuera no escondan la fealdad de lo de dentro.

Nos acercamos a comulgar a Cristo en nuestro corazón.
Pero salimos de la Iglesia y lo primero que hacemos en chismorrear de los demás.
Rezamos nuestro Padre nuestro.
Pero ¿quién acepta de verdad a Dios como Padre y a los demás como hermanos?
Rezamos nuestro Padre nuestro.
Pero, ¿quién perdona de verdad al hermano?
Rezamos nuestro Padre nuestro.
Pero, ¿quién se compromete luego en la construcción de su Reino?
Vamos a Misa, hasta es posible que lo hagamos cada día.
Pero ¿vivimos luego el misterio pascual en nuestros corazones?

El día de mi ordenación se me dijo que “viviese lo que anunciaba y que fuese lo que celebraba?”
Figuro como buen sacerdote, pero ¿vivo lo que anuncio?
Me creo buen sacerdote, pero ¿soy lo que celebro?
Es fácil lavarse las manos.
Y, por higiene tendremos que hacerlo.
Lo difícil es lavar de verdad el corazón.
Es fácil ser guapos y bonitos por fuera.
Lo difícil es la belleza del corazón.

Dios no nos quiere sucios por fuera.
Pero sí quiere vernos limpios por dentro.
Me gustan las flores porque son las mismas por dentro y por fuera.

Clemente Sobrado C. P.

Las verdades duelen

Domingo 26 del Tiempo Ordinario – A

Hace unos años, José Luis Martín Descalzo escribió una obra de teatro titulada: “Las prostitutas os precederán en el Reino de los cielos”. Aquí en la Parroquia, un grupo de teatro pidió para escenificarla. A las dos semanas debieron retirar la Obra, porque el escándalo de las viejas de la parroquia fue grande. ¿Cómo es posible que en una Parroquia se estén dando este tipo de teatros? Fue tal el jaleo, que la compañía se retiró por falta de público.
Recuerdo que cuando la obra se inauguró en Bilbao, me coincidió con mis vacaciones. Las paredes estaban empapeladas con su anuncio. Los periodistas siempre inquietos le hicieron una entrevista al autor, un extraordinario sacerdote.
Recuerdo que le preguntaron si no le parecía demasiado fuerte el título. José Luis contestó: que conste que lo único que precisamente no es mío es el título, porque el título se lo debo al mismo Jesús.

Hay verdades, cuyo solo título, nos hacen daño, aún sin ver su contenido. El solo nombre de prostituta ya ponía los pelos de punta a las viejas de mi parroquia. Claro que no estoy seguro si estarían tan escandalizadas de saber que sus maridos alguna vez anduvieron por esos rincones de la vida y que sus hijos todavía hacen sus visitas periódicas.

Yo no sé si el escándalo provenía de “eso de prostitutas” o más bien provenía de que “nos llevan la delantera en el Reino de los cielos”, porque eso sí tiene que ser grave para muchas beatas que se sienten postergadas por esa gente “de mala vida”, porque la de los clientes debe ser de “muy buena vida”.

Confieso que a mí tampoco me gusta demasiado el título, pero no porque me escandalice de la afirmación de Jesús, sino porque, de alguna manera, también a mí me puede caer la cachetada. Porque también yo puedo ser uno de esos que le he dicho que “sí” a Dios, pero mi vida está siendo un “no”. O porque también yo me considere de la clase selecta de los buenos y luego me esté resistiendo a las exigencias que Dios me pone en mi camino. De esos que se creen tan buenos que hasta Dios les tiene que estar agradecido. Lo mismito que sucedía en el Teatro de José Luis Martín Descalzo, cuando el Gobernador, el Alcalde y las grandes autoridades del pueblo ingresaron a aquella casa de prostitución para rescatar a aquel gran Crucifijo ante el que cada día oraban las prostitutas. Cuando entraron encontraron a la prostituta de rodillas hablando con Cristo. “Mira, Señor, quién viene ahí, es el Gobernador, tú ya lo conoces porque ha estado muchas veces por aquí”. “El otro también te es conocido, es el Alcalde, sí, el que continuamente pedía nuestros servicios y luego nos amenazaba para no pagarnos”.

¡La hipocresía humana es tan grande! No podían permitir que un Cristo Crucificado pudiese conservarse en una casa dedicada a la prostitución. Y los mismos que trataban de rescatarlo eran clientes normales y ordinarios de la misma casa. Y fueron ellas, las prostitutas las que se resistieron a que les quitasen aquel Cristo ante el que cada día oraban y rezaban y entre las que Cristo se encontraba más a gusto que en medio de tanto fariseo hipócrita que a veces llana nuestras Iglesias. Era su mundo, el mundo de los enfermos, el de los pecadores, el de los publicanos. El mundo de las que sentían que lo necesitaban, porque era el único que las podía comprender. El resto las utilizaban y compraba cada día sus cuerpos.

Con frecuencia, Jesús tiene frases que pueden desnudarnos en público. Y que El las decía con toda libertad y sin miedo al juicio y la crítica de los “buenos”, pero cuya bondad era el mayor obstáculo para abrirse al Reino de los cielos.

A veces, no es el pecado de la debilidad humana, lo que más nos distancia de Dios, sino precisamente la falsa o la aparente bondad.
El creernos lo suficientemente buenos que ya ni necesitamos de Dios.
El creernos tan buenos, que hasta el mismo Dios queda en deuda con nosotros.
El creernos tan buenos, que nos autoriza a condenar a medio mundo.
El creernos tan buenos, que nos da carta de garantía para juzgar a todos.
El creernos tan buenos, que da derecho de decidir quiénes han de entrar en el cielo y quiénes no.
El creernos tan buenos, que no aceptamos la corrección de nadie.
El creernos tan buenos, que de buenos nos hemos convertido en unos inútiles.

Ciertas frases pueden sonar a escándalo. Pero estoy convencido que necesitamos de alguien que, de cuando en vez, nos escandalice, aunque no sea sino para despertarnos de nuestra modorra espiritual y abrir nuestro corazón al Evangelio. El peor obstáculo que Dios encuentra en nuestro corazón para hacernos santos, puede que sea el creernos ya demasiado buenos.

Señor: A veces eres muy poco cortés con los que nos creemos buenos.
Nos echas en cara que nuestra bondad no pasa de unas palabras bonitas
o de una simple máscara.
Y necesitamos que alguien nos desnude.
Que alguien nos diga nuestra verdad, por más que nos duela.
Tú no eres de los que gustan de las palabras bonitas.
Tú eres de los que exige vida.
Es fácil decirte que sí, y luego hacer de nuestra vida un no.
Señor: la verdad duele. Pero la verdad también nos sana.
Sana hoy nuestros corazones si no son lo que tú esperarías de nosotros.

Clemente Sobrado C. P.

Bocadillos espirituales para vivir el Tiempo Ordinario: Miércoles de la 21 a. Semana – Ciclo A

“Habló Jesús diciendo: “Ay de ustedes, escribas y fariseos hipócritas, que se parecen a sepulcros blanqueados ¡Por fuera tienen buena apariencia, pero por dentro están llenos de huesos y podredumbre; lo mismo ustedes, por fuera parecen justos, pero por dentro están repletos de hipocresías y crímenes”. ( Mt 23,27-32)

Confieso que tengo ganas que termine este discurso de los “Ay de vosotros”.
Uno de los mayores discursos de Jesús.
Y dirigido a los dirigentes de la religión de Israel.
Reconozco que hay que tener pantalones para decirles tantas cosas en las narices.
Y el caso es que no parece que tuviese respuesta.
Es que, cuando uno vive una dualidad de vida, tampoco se atreve a defenderse mucho porque, en el fondo, se siente tocado y sin argumentos.

En la Iglesia hemos vivido:
Un gran respeto a la autoridad.
Una gran veneración a la autoridad.
Una gran estima a la autoridad
Un gran respeto a la autoridad.
¿Quién se atrevía a criticarlos?
Hoy pareciera que se ha roto ese misterio que siempre ha rodeado a nuestras autoridades.
Y hasta es posible que nos hayamos pasado al otro lado.
Porque: ¿quién no se siente con derecho a criticarles?
Y no cabe duda de que hoy son objeto de crítica.
Y es claro que han bajado de estima para muchos.

¿Será esto una gracia de Dios a su Iglesia, que nos ayuda:
a colocarlos en su lugar?
a bajarlos de su pedestal?
a que también ellos se reconozcan en su verdad y no en su apariencia?

Jesús insiste en las apariencias vacías.
Insiste en el peligro de ser como sepulcros blanqueados por fuera, pero por dentro llenos de podredumbre y huesos.
El Papa Francisco, que desea una iglesia más humilde y cercana a la gente, decidió suprimir los títulos honoríficos, entre ellos el de “monseñor”, una medida para acabar con el clasismo y el espíritu mundano dentro de la jerarquía eclesiástica.
El Secretario de Estado del Vaticano envió una carta a los nuncios o embajadores de la Santa Sede en todo el mundo para que informen a los obispos sobre la medida”.
El único título que los obispos podrán conservar es el de “capellán de su Santidad”.

Por eso el Papa en su homilía a los Obispos en el Encuentro con la juventud en Río Janeiro les dijo paternalmente:
“Ser llamados por Jesús, llamados para evangelizar y, tercero, llamados a promover la cultura del encuentro. En muchos ambientes, y en general en este humanismo economicista que se nos impuso en el mundo, se ha abierto paso una cultura de la exclusión, una «cultura del descarte». No hay lugar para el anciano ni para el hijo no deseado; no hay tiempo para detenerse con aquel pobre en la calle.
A veces parece que, para algunos, las relaciones humanas estén reguladas por dos «dogmas»: eficiencia y pragmatismo. Queridos obispos, sacerdotes, religiosos, religiosas, y ustedes, seminaristas que se preparan para el ministerio, tengan el valor de ir contracorriente de esa cultura. ¡Tener el coraje! Tengan el valor de ir contracorriente de esta cultura eficientista, de esta cultura del descarte. El encuentro y la acogida de todos, la solidaridad, es una palabra que la están escondiendo en esta cultura, casi una mala palabra, la solidaridad y la fraternidad, son elementos que hacen nuestra civilización verdaderamente humana”.

El Papa Francisco quiere acabar con la pintura.
Quiere acabar con la apariencia y centrarse en la verdad de Jesús.
Quiere acabar con esos vacíos que se crean entre las altura y el llano.
Quiere la cultura del “encuentro y acogida de todos, la solidaridad”.
Quiere una Iglesia “de llamados” que sienten por dentro la voz de Jesús.

Yo no quiero hacerme el juez de nadie.
Jesús tuvo el coraje de decir todas estas lamentaciones a los pastores de la religión de Israel.
Tal vez hoy necesitásemos de un Papa Francisco que nos invita a desnudarnos de nuestras apariencias y volvamos a nuestra verdad evangélica.
Por eso, no quiero pensar solo en los de arriba.
Porque ¿a caso en el valle no existen demasiados sepulcros blanqueados por fuera?
Sacerdotes blanqueados.
Consagrados blanqueados.
Maridos blanqueados.
Esposas blanqueadas.
Hijos blanqueados.
Bautizados blanqueados.

Jesús nos llama a la cultura del Evangelio.
A la cultura de la verdad.
A la cultura de la autenticidad.
A la cultura del ser y no tanto del aparentar.

Clemente Sobrado C. P.

Bocadillos espirituales para vivir el Tiempo Ordinario: Martes de la 21 a. Semana – Ciclo A

“Habló Jesús diciendo: “¡Ay de ustedes, escribas y fariseos hipócritas, que pagan el diezmo de la menta, del anís y del comino, y descuidan lo más importante de la ley: la justicia, la misericordia y la fidelidad! ¡Guías ciegos, que cuelan el mosquito y se tragan el camello!… limpian por fuera la copa y el plato, mientras dentro están rebosando de robo y desenfreno! ¡Fariseo ciego! Limpia primero la copa por dentro, y así quedará limpia también por fuera! (Mt 23,23-26)

Siguen los “Ay de vosotros”.
Esta vez describe Jesús el perfil espiritual de los pastores de Israel.
Copio algo que Ecclesia publica en uno de sus editoriales y que puede clarificarnos estos lamentos de Jesús. Se refiere a las palabras del Papa Francisco tanto a los Miembros de la Curia como a los Jueces del Tribunal de la Rota:
“No han sido reflexiones de largo alcance sobre la vida de la Iglesia cuanto sobre el retrato del perfil de las actitudes y el estilo que deben acompañar a quienes ocupan cargos de responsabilidad eclesial. “Francisco ha ido al quicio de la primera y auténtica reforma que espera de la Iglesia y desea: la de corazones e inteligencias, la de los modos y comportamientos”.

El Papa habla del perfil personal y de servicio de los pastores.
Como Jesús hablaba a los pastores y responsables del pueblo de Israel.
Jesús señala: la hipocresía de “pagar el diezmo de la menta, el anís y el comino”.
Ahí había una gran fidelidad.
Pero mientras tanto, se olvidaban de lo verdaderamente importante: “la justicia, la misericordia y la fidelidad”.
¿De que sirve pagar el diezmo de minucias, si luego nos falta el sentido de la “justicia para todos”?
¿De qué sirve pagar el diezmo de mínimas cosas, si luego olvidamos la “misericordia”.
¿De que sirve pagar lo pequeño, si luego no somos “fieles a la verdad?”

Lo que decía el Papa:
“oficio judicial es una auténtica diaconía, es decir un servicio al Pueblo de Dios con vistas a la consolidación de la plena comunión entre cada uno de los fieles y entre estos y la Iglesia en su conjunto”.

Jesús es radical.
Está bien pagar el diezmo, pero sin olvidar lo esencial.
Y lo esencial del Reino es la justicia y la misericordia.
La justicia no está en contra de la misericordia.
Ni la misericordia está contra la justicia.
Ambas responden a la valoración del hombre.
Ambas buscan la dignidad del hombre.
Ambas buscan el respeto y la comprensión del hombre.

Somos capaces de colarnos el mosquito y tragarnos entero el camello.
Somos capaces de esclavizarnos de la ley, pero olvidando la dignidad del hombre.
Somos capaces de esclavizarnos de la belleza física, y luego arrastrar un corazón incapaz de amar, comprender, sentir compasión, reconocer la verdad integral del hombre.
Brillantes y lustrosos como los zapatos por fuera, y sucios y asquerosos por dentro.

Muy exigentes con los mínimos detalles, y crueles luego con lo importante.
Un corazón sin misericordia es un corazón endurecido por la incomprensión.
Muy exigentes con los niños, y luego nosotros “viva la virgen”.
Muy exigentes con nuestros fieles, y luego nosotros permitírnoslo todo.
Muy exigentes con nuestros fieles, y luego nosotros creernos con todos los privilegios.

Somos lo que llevamos en el corazón.
No la pintura que luce nuestro rostro.
Si no llevamos un corazón limpio, noble, comprensivo, nuestra justicia esclavizará a los demás.
Si no tenemos un corazón limpio, toda nuestra limpieza externa será una hipocresía.
No se puede guiar a los demás, si nosotros vivimos ciegos y no vemos la verdad del hombre.

Señor: ¿seré un ciego incapaz de verte a ti? Limpia mi corazón.
Señor: ¿seré un ciego incapaz de ver la dignidad del hermano? Limpia mi corazón.
Señor: ¿seré un ciego incapaz de comprender las debilidades del hermano? Limpia mi corazón.
Señor: “dame un corazón nuevo”.
Señor: “dame un corazón limpio” para que mis ojos estén limpios y mi actuar sea limpio.

Clemente Sobrado C. P.

Bocadillos espirituales para vivir el Tiempo Ordinario: Lunes de la 21 a. Semana – Ciclo A

“Habló Jesús diciendo: “¡Ay de ustedes, escribas y fariseos hipócritas, que cierran a los hombres el reino de los cielos! Ni entran ni dejan entrar. “¡Ay de ustedes, escribas y fariseos hipócritas, que recorréis mar y tierra para ganar un prosélito y, cuando lo consiguen, lo hacen merecedor del infierno el doble de ustedes! ¡Ay de ustedes, guías ciegos …” (Mt 23,13-22)

Un largo discurso de Jesús, que seguirá también mañana.
Se dirige directamente a los jefes responsables del pueblo.
Con siete lamentos o siente quejas o siete condenas.
Jesús se dirige a “escribas y fariseos hipócritas”.
Por tanto lo que condena es la “hipocresía”, razón del resto de quejas.
Lamentaciones que tendremos que leer:
Como Jefes de la Iglesia.
Como comunidades de la Iglesia.
Como personas de la Iglesia.
Cuando llueve, llueve para todos.
Cuando hace sol, el sol luce para todos.

En el trasfondo de todo está que la vida de los que decimos creer puede ser:
O una invitación a la fidelidad al Evangelio.
O un gran estorbo para vivir el Evangelio.
Somos como las puertas:
Se abren para entrar.
Se abren para salir.

Autoridades que debieran ser signo del Evangelio.
Autoridades que debieran ser una invitación a vivir con fidelidad.
Autoridades que viven en la “hipocresía”, aparentan y no son.
Autoridades que debieran “servir” pero viven “sirviéndose”.
Y que ni ellos lo viven.
Ni tampoco dejan que otros lo vivan.

Iglesia que está llamada a ser “luz de las gentes”.
Iglesia que puede vivir en la hipocresía del Evangelio.
Iglesia que “aparenta” y “no es”.
Iglesia que debiera ser Iglesia de Jesús y termina siendo Iglesia de los hombres.

Sacerdotes, comunidades religiosas, laicos:
Que debiéramos ser testimonio del Evangelio y somos simple cáscara.
Que debiéramos ser testigos del Evangelio y revestimos de verdad la mentira que vivimos.

Y el gran reto:
Nosotros debiéramos estar dentro, viviendo la verdad del Reino.
Pero nos quedamos en la apariencia.
No entramos ni dejamos entrar.
Ni somos ni dejamos ser.

Hacemos cristianos por el Bautismo, que nosotros no vivimos.
Hacemos cristianos por el Bautismo, que luego impedimos vivir.

Nos casamos por la Iglesia, y luego nos olvidamos del sacramento.
Nos casamos para siempre, pero luego nos divorciamos a la primera.
Nos prometemos “amarnos y servirnos todos los días de nuestra vida,
Y luego vivimos aburridos, infieles y amargados.
Ni somos ni nuestras vidas invitan a ser.
Hoy son muchos los que no quieren casarse por la Iglesia, por el testimonio de tantos amigos que ya están separados y vueltos a casar por lo civil.
E incluso no faltan quienes prefieren convivir, porque tampoco vivimos el matrimonio civil.

Nos consagramos a Dios por los consejos evangélicos.
Pero luego vivimos parecidos a los demás.
Nos ordenamos sacerdotes para entregar nuestras vidas al servicio de los demás.
Y luego vivimos una vida secular que se aprovecha de los demás.

No niego mi preocupación cristiana, consagrada y sacerdotal:
¿Vivo en mi verdad bautismal?
¿Vivo en mi verdad de consagrado?
¿Vivo en mi verdad sacerdotal?
Y me viene la pregunta:
¿Mi vida es una invitación a despertar la llamada de Dios?
¿Mi vida es un ejemplo para que mis hermanos vivan en plenitud su vocación?

Confieso mis miedos a que Jesús pueda acusarme de “hipócrita”.
Mis miedos a que mi vida sea un estorbo para que otros dejen brotar su generosidad.
Todos dependemos de todos. Nadie camina solo. Nadie se santifica solo. Somos comunidad.

Clemente Sobrado C. P.