Mensaje a los Amigos

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Los talentos que Dios nos dio

Noviembre 16, 2008 · Dejar un comentario

dom33

Escucha la Homilía del Domingo 16 de noviembre del 2008

defrpp

¡Domingo es Fiesta cumple hoy 25 años en RPP!

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Cristianos, ¿caja fuerte de seguridad?

Noviembre 13, 2008 · Dejar un comentario

Domingo 33 del Tiempo Ordinario – Ciclo A

Sra Mozart

flickr: Sra Mozart

Hace ya tiempo que contemplaba en la TV ese programa español del juego de la ruleta. En la última tirada se ponía en juego el “bote con 1.900 euros”. Al que le tocaba el turno tenía 500 euros ya asegurados. Quería resolver el enigma. El conductor del programa le insistía ¿quieres quedarte con los quinientos o quieres arriesgarte a conseguir el bote? Fueron unos momento de tensión. Por fin, decidió resolver, por miedo a que le saliese el número de “quiebra”. El conductor, le dice, hagamos una prueba para ver qué te resultaría. Evidentemente esta prueba ya no valía, era solamente para salvar la curiosidad. Tiró de la ruleta y ¡casualidad! le salió el bote. Por no arriesgarse perdió los mil novecientos euros y se quedó con sus quinientos. Se hubiese llevado a casa 2.400 euros, y se llevó quinientos.

Tenemos demasiado miedo a arriesgarnos. Preferimos jugar a lo seguro. Como dice el refrán “más vale pájaro en mano que ciento volando”. Es lo que nos sucede con frecuencia a nosotros los cristianos. Nos han insistido tanto en la fidelidad al pasado, que ahora no somos capaces de corrernos el riesgo de mirar al futuro. Nuestro Dios, el Dios de nuestra fe es el Dios del pasado, de la tradición, de lo que siempre se hizo. Y nos olvidamos que el verdadero Dios de la fe es el Dios del riesgo:
El riesgo de hacerse hombre.
El riesgo de anunciar el cambio.
El riesgo de anunciar el Evangelio de lo nuevo.
El riesgo de la misma muerte. Humanamente, toda una imprudencia, para quien pensaba echar a andar el Reino de Dios.

De estos tres personajes de la parábola: dos de ellos tenían espíritu de riesgo. Pusieron en juego sus talentos. El tercero sintió miedo. Enterró su talento. Así no se crearía problemas cuando regresase su amo.

talentosPero Dios no nos da los talentos para que se los conservemos y se los devolvamos. Dios no nos quiere cristianos “cajas fuertes de seguridad”. Dios quiere que arriesguemos. La mejor fidelidad a Dios no es conservar lo de siempre.
La mejor fidelidad a Dios no es estudiar la historia que otros hicieron sino hacer historia. Dios no quiere estudiosos de la historia, sino creadores de historia. Por eso al tercero se le quitó el talento que recibió y ordenó se lo entregasen al que más había arriesgado.

Si lo pensamos bien, ser fieles a la tradición ¿no es a caso ser fieles a la historia? Porque la tradición no se hizo en un momento. Es el proceso de siglos de pensamiento, siglos de búsqueda, siglos de reflexión, siglos de teología, siglos de cambio. La mejor fidelidad al grano es sembrarlo, dejar que se pudra y que brote un nuevo tallo y florezca en una nueva espiga.

¿No hablamos de los signos de los tiempos? ¿Y no hablamos de los signos de los tiempos como expresiones de las manifestaciones y revelaciones de Dios en cada momento de la historia? Cuando yo era estudiante había una revista que todos los meses sacaba un artículo sobre la “inmoralidad de las mujeres que andaban en bicicleta”. ¿No habrá alguien que ahora nos hable de la inmoralidad de “las mujeres en moto” o de las “mujeres en coche”?

El gran problema del cristiano y de la Iglesia es el miedo al riesgo. Si no hubiésemos tenido la valentía de Juan XXIII que se arriesgó a celebrar un Concilio, y si no hubiésemos tenido a un Pablo VI que se arriesgó a poner a la Iglesia en diálogo con el mundo y la cultura, estaríamos todavía con una Iglesia agrícola del arado y de las Avemarías en vez de los abonos químicos, y estaríamos con una Iglesia con una gran cabeza jerárquica pero sin el Pueblo de Dios.

Dios se hizo historia en la historia de los hombres. Basta leer la historia del Pueblo hebreo. Y cuando Jesús comienza se vida pública, los Evangelios le ponen todo el marco histórico y religioso de su tiempo: emperador, gobernadores, sumos sacerdotes. Y el mismo Jesús nos dejó un criterio: “estad en vela hasta que vuelva”.

La fidelidad a Dios es mirar sus huellas del pasado, pero también seguir mirando los huellas que siguen dejando sus pies en los caminos de la historia hoy y de mañana.
Fidelidad no es sólo mirar hacia atrás.
Fidelidad es mirar también hacia adelante.
Fidelidad no es conservar, sino crear.
Fidelidad no es inmutabilidad, sino novedad y cambio.
Fidelidad no es la seguridad del ayer, sino el riego del mañana.
A Dios no podemos devolverle el mundo tal y como lo encontramos.
Sino un mundo nuevo y una tierra nueva.
A Dios no podemos devolverle la Iglesia que fueron los demás.
Sino la Iglesia que estamos llamamos a vivir nosotros hoy.
¿A caso no escogió Jesús un Pueblo Nuevo, porque los sumos sacerdotes y los fariseos no querían salirse del Antiguo? “No echéis en odres viejos el vino nuevo”. Y Dios es el vino nuevo de cada día.

Oración
Señor: Tú nos has regalado y nos has hecho responsables de tu Evangelio.
No para que te lo devolvamos bien encuadernado, sino para que lo devolvamos hecho vida para el hombre de hoy y de siempre.
Tú nos has regalado a tu Iglesia y nos has hecho responsables de ella.
No para que te la devolvamos como la encontramos envejecida y gastada.
Sino para que te la devolvamos viva, actual, capaz de responder al hombre de hoy.
Señor: que no tengamos miedo al riesgo. Que es mejor equivocarnos andando, que no equivocarnos quedándonos sentados.

Clemente Sobrado C. P.
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Dios repartiendo invitaciones de boda

Octubre 12, 2008 · Dejar un comentario

12 de octubre – Fiesta de Nuestra Señora del Pilar

Escucha la Homilía del Domingo 12 de octubre del 2008

Uno de los problemas de los novios antes de casarse es hacer la lista de los invitados y repartir las tarjetas de invitación. A mí me suelen llegar bastantes. Y debo confesar que no les hago ni caso. Reconozco que es una falta de cortesía.

alvaroarriagada

flickr: alvaroarriagada

Pero lo que nunca me hubiera imaginado es ver a Dios repartiendo a domicilio tarjetas de invitación para la Boda de su Hijo. Hasta ahí no llegaba mi fantasía e imaginación. Pero al leer el Evangelio de hoy, debo reconocer que es verdad. Dios siempre salta sobre todos mis esquemas mentales.

A Dios le encanta utilizar nuestras realidades humanas para expresase a sí mismo y decirnos algo de su corazón. Y una de esas realidades que Dios más ha utilizado, ha sido desde siempre la imagen de “alianza”, “boda”, “compromiso nupcial”. Es que la boda implica el gran acontecimiento de dos que se aman y se quiere. Y esta es la realidad de Dios en relación con nosotros.
No quiere ser un simple compañero de viaje.
No quiere una simple amistad donde cada uno vive lo suyo.
Dios se declara “novio” y luego “esposo”.

Dios siente que la relación de su hijo primero fue de “novio” y Jesús mismo lo reconoció. “Los amigos del novio no están para ayunar mientras el novio está con ellos”. Pero el noviazgo tiene que terminar en algo más definitivo. La boda. El compromiso definitivo. Y aquí vemos a Dios cursando las invitaciones a los invitados de preferencia. Y lo curioso es que, quienes asistimos a tantas bodas, luego no tenemos tiempo para asistir a la boda del Hijo de Dios con la humanidad, y con cada uno de nosotros.

Lo de siempre. Todos queremos quedar bien delante de él. Y cada uno nos inventamos mil y una excusas para no participar de dicha boda. Y los primeros en negarse fueron precisamente quienes primero fueron invitados: los sumos sacerdotes, los ancianos. Es que nosotros nos sentimos bien con la antigua boda del Sinaí, no renunciamos a la nueva boda y la nueva alianza de Dios con nosotros.

La excusa es siempre la misma: nuestras ocupaciones, nuestros quehaceres. No queremos quedar mal, pero nunca nos faltan disculpas ante Dios. Seguimos prefiriendo la alianza de la ley a la alianza del amor. Y todos tenemos nuestras excusas:
Estoy muy ocupado.
Tengo mucho que hacer.
Tengo demasiado trabajo.
Estoy demasiado cansado.

Cada domingo, Dios celebra la boda de su Hijo con todos nosotros en la celebración de la Eucaristía, que si la entendemos bien es toda una boda del Resucitado con nosotros, al dársenos en comunión. En la comunión del pan y del vino. Pero nosotros no tenemos tiempo.
Antes son los familiares que han llegado a casa.
Antes son los quehaceres de la familia.
Antes son nuestras salidas en familia.
Incluso no disponemos de tiempo para pasarnos un rato con él, comenzando también hoy por quienes debiéramos ser los primeros en meternos en la boda. Porque también sacerdotes y religiosos tenemos tiempo para todo. Y nos falta tiempo para dedicarnos a la oración que es el momento del encuentro con El.
Primero hacemos todo lo que tenemos que hacer.
Luego, si nos queda tiempo, pues se lo dedicamos a El.
Así nuestra oración ocupa siempre el último lugar del día.
Cuando ya estamos cansados.
Cuando ya hemos visto la última película de la TV.
Cuando ya el sueño nos vence.

Harris Graber

flickr: Harris Graber

Pero no por eso Dios va a fracasar. El banquete de bodas está preparado.
Y como los invitados no entienden o no quieren participar, Dios sale a los caminos e invita a todos. A todos indiferentemente. Bueno y malos. Ya que los demasiado buenos no tenemos tiempo, Dios invita a los sencillamente buenos e incluso, a los que nosotros consideramos malos.
Y la sala del banquete se llena.
Y la comida no se pierde.
Y la boda se celebra.
Y todos comen y beben y se divierten en el gozo del amor esponsal del Hijo.
Y los buenos se quedan con su bondad pero sin boda.
Se quedan con el cumplimiento de la ley, pero sin experimentar el amor.
Y los malos se aprovechan para hacerse comensales.

Dios nos invita a la fiesta y nosotros preferimos seguir en el velorio.
Dios nos invita a la fiesta, pero nosotros no tenemos sentido de fiesta.
Dios nos invita a la fiesta de la fe y nosotros preferimos seguir metidos en la oscuridad de nuestra razón.
Dios nos invita a vivir el gozo y la alegría de una fiesta de bodas.
Y nosotros preferimos seguir con la seriedad legalista de la ley.
Dios es fiesta, es música, es alegría, es baile.
Y a nosotros eso nos parece poco serio y poco formal.
Nosotros seguimos cumpliendo con el deber, con la ley, con la obligación.
Y mientras tanto, los malos se divierten disfrutando de la fiesta del amor de Dios.
Lo decía en su tiempo Max Weber: “carecemos de oído para lo religioso”.

Oración

Señor: Yo he rechazado muchas invitaciones a la boda de mis amigos.
Pero hoy tengo miedo de que también esté rechazando la invitación que me haces a la boda que celebras de tu Hijo con todos nosotros.
Siento miedo que todo sea más importante que tu boda con nosotros.
Siento miedo de que todo sea más importante que dedicarte un tiempo a estar contigo.
Señor: no basta creer en ti.
No es suficiente creer que tú existes.
Lo importante de verdad es saber qué lugar ocupas tú en mi vida.
Porque no es igual que tú seas el centro de mi vida a que ocupes el último lugar, ese lugar que se llama “si tengo tiempo”.

Clemente Sobrado C. P.
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No mates a nadie, hijo

Octubre 5, 2008 · Dejar un comentario

Escucha la Homilía del Domingo 5 de octubre del 2008

José Luis Martín Descalzo, cuenta algo muy bello. Se trata del conocido escritor “José María Gironella”, quien el 6 de enero de 1936, siendo todavía un muchacho, debió de huir de su querida Gerona, atravesando los pirineos que separan a Francia y España. Su mismo padre le acompañó hasta la frontera. Al pasar, la gerdarmería francesa le detiene y le registra. Con gran sorpresa, José María se encuentra con un papelito escrito por su padre y metido a hurtadillas en el bolsillo del pantalón. Sólo contenía una frase: “No mates a nadie, hijo. Tu padre, Joaquín”.

Martín Descalzo comenta el hecho diciendo “Aquel hombre sabía la verdad: matar es mucho más mortal que morir. Se mueren mucho más los que matan que los que caen muertos. “Joaquín no quería que su hijo regresara con el alma muerta y el corazón convertido en quién sabe que piedra”.

Me viene el recuerdo de esta historia, hoy que leemos este Evangelio de los “viñadores homicidas”. Y hasta se me ocurre que, al bautizarnos, en vez de esos capillos de recuerdo, a todos nos debieran meter un papelito en el bolsillo del corazón que dijese solamente esto: “Hijo, no mates a Dios en tu corazón”. No sólo los hombres corremos el peligro de que nos maten. También Dios hoy está en peligro. Y desde que F. Nietsche se atrevió a ponerle ya el epitafio de muerto todos le seguimos matando de una manera u otra. “¿Dónde está Dios? Yo os lo voy a decir. ¡Nosotros lo hemos matado, vosotros y yo! ¡Todos somos sus asesinos! Pero, ¿cómo hemos podido hacer eso? ¿Qué hemos hecho al cortar la cadena que unía la tierra al sol? ¿Hacia dónde se dirige ahora? ¿A dónde nos dirigimos nosotros”. El filósofo alemán considera que el mayor acontecimiento y el mayor éxito de la modernidad es que “Dios ha muerto”.

Los viñadores a quienes el dueño había encargado su viña tuvieron la gran tentación. Dejar de ser obreros contratados y hacerse dueños de la viña. Para ello superaron todos los escrúpulos. Mataron a unos y a otros. Finalmente tuvieron la gran oportunidad: “este es el heredero, lo matamos y nos quedamos dueños de la viña”.

La parábola está dirigida directamente a los “sumos sacerdotes y a los ancianos del pueblo”. Es decir, a quienes se sentían como los dueños del Pueblo de Dios, la viña de Dios, dueños del Templo y hasta dueños de Dios. Y por eso no tuvieron demasiados reparos en matar a unos y a otros, y finalmente al mismo Jesús. De esa manera ellos quedaban como los dueños de la fe del pueblo, de la religiosidad del pueblo, del Dios del Pueblo.

Es la gran tentación de la cultura actual. Matar a Dios. Silenciar a Dios. Porque sólo así el hombre y el mundo podrán lograr su verdadera libertad e independencia. Desde que el hombre descubre su libertad y autonomía, su gran tentación es la de eliminar a Dios. Para ellos, Dios es el gran enemigo del hombre y de su libertad. Matar a Dios para que viva el hombre.

Pero, como decía Martín Descalzo, más muere el que mata que el que muere. Y cuando matamos a Dios, terminamos por morirnos nosotros mismos. Porque sin Dios ¿qué es y qué sentido tiene el hombre? El mismo Nietzsche lo avizoró de alguna manera. Ya que él mismo se pregunta “¿Qué hemos hecho al cortar la cadena que unía la tierra y el sol? ¿Hacia dónde se dirige ahora? ¿Hacia dónde nos dirigimos ahora?” Destruida la brújula y destruido el faro, ¿a dónde nos dirigimos?

Amaneciendo en la viña por Dr. Levis.

Hay muchas maneras de matar a Dios. Lo matamos no solo cuando lo negamos, sino también cuando prescindimos de El. Lo matamos cuando perdemos la sensibilidad espiritual de la fe. Y lo podemos matar también de la misma manera y por las mismas razones que los viñadores.

Matamos al Hijo, cuando nos sentimos dueños de su Iglesia.
Matamos al Hijo, cuando nos sentimos los únicos dueños de la verdad.
Matamos al Hijo, cuando nos sentimos dueños de las conciencias de todos.
Matamos al Hijo, cuando nos adueñamos del pensamiento de todos e impedimos que los demás piensen porque nosotros pensamos ya por ellos.

Dios nos ha hecho a todos administrados de su viña. Pero la tentación es grande.
Preferimos ser dueños más que administradores.
Preferimos ser dueños más que servidores.
Preferimos ser dueños más que colaboradores.

En nuestras vidas, como también en la Iglesia, todos nos corremos el peligro de hacernos dueños. Y razones nunca nos faltan, si no las inventamos y justificamos.
Más que la Iglesia de Jesús es la Iglesia de nosotros.
Más que la Iglesia del Espíritu Santo, es la Iglesia de la ley.
Más que la Iglesia de todo el pueblo de Dios, es la Iglesia de los que mandan.
Más que la Iglesia del Evangelio, es la Iglesia del Derecho Canónico.
Más que la Iglesia del amor y del perdón, es la Iglesia del poder.

Hay muchas maneras de matar a Dios.
Hay muchas maneras de matar a Jesús.
Hay muchas maneras de matar al Espíritu Santo.

“Este es el heredero, venid, lo matamos y nos quedamos con su herencia. Y, agarrándolo, lo empujaron fuera de la viña y lo mataron”.

Oración

Señor: Tú nos entregaste el mundo para que lo construyésemos.
Tú nos entregaste la creación para que la conservásemos.
Tú nos entregaste a tu Iglesia para que la vayamos recreando cada día.
Tú nos regalaste la inteligencia para pensar.
Ya conoces el peligro que has querido correr.
No tenemos vocación de servidores sino de dueños.
Es posible que cada uno te estemos dando muerte en nuestros corazones.
Es posible que cada uno seamos responsables de que el mundo de hoy grite: “Que Dios ha muerto”.

Clemente Sobrado C. P.
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La alegría del cristiano

Julio 27, 2008 · 3 comentarios

Domingo 17 del Tiempo Ordinario – Ciclo A

Cada vez que leo esta pequeña parábola del tesoro escondido, me viene a la mente una gozosa experiencia de mis primeros años de Sacerdote. Era el año 1956. Yo regresaba de Roma, con todos mis títulos de universitario. Y me quedé en Marsella, supliendo al Párroco de Saint Paul de la Viste. Mientras él tomaba sus vacaciones yo me quedé haciendo sus veces, en compañía de su padres Arturo y María. ¡Qué lindos viejos! Fueron tres meses encantadores chapurreando mi mal francés.

Un día, llego una Señorita de treinta y ocho años. A mí me parecía la propaganda de la tristeza. Madre soltera. Su padre marxista acérrimo que no podía a un cura ni en foto. Se quedó con nosotros un mes. Durante el día lo pasaba en la Clínica atendiendo a su padre. Y al atardecer subía y pasaba la noche con nosotros.

Después de la cena, yo me divertía con los viejos contando chistes y hasta me atrevía a cantar junto con el viejo las lindas canciones napolitanas. Nadie nos pagaba por cantar, pero nos divertíamos mucho.
Hasta que un día, la buena Celina, que era el nombre de la chica, me hizo una pregunta de frente: “Padre, ¿por qué usted está siempre tan alegre y sonriente?” Intuí a donde iba su pregunta. Mi respuesta fue simple: “Porque soy feliz con mi vida de sacerdote!” Los viejos que la conocían mucho me contaron toda la tragedia de su vida. Era madre soltera. No tenía fe. Nunca había practicado nada, a pesar de estar bautizada. Pero yo sentí que algo estaba pasando en su corazón. A partir de ese momento se me acercaba y yo notaba que me quería hablar.

Poco a poco se fue abriendo hasta que abrió de par en par su corazón: “Padre yo no practico, no voy a misa, no me confieso”. Traté de darle una mano, hasta que un día, me pidió que quería confesarse y comenzar algo nuevo, porque quería tener mi alegría. No les sigo toda la historia. Sólo les diré que después de confesarla se me echó al cuello llorando de emoción que pensé me estrangulaba. A partir de ese momento, fue tal su cambio, que tengo la impresión de que fue una de las almas más bellas que encontré en mi camino de sacerdote. Y a través de ella y de algunos contactos míos, el viejo comunista y ateo también se convirtió a Dios.

¿A qué viene todo esto? Quisiera equivocarme. Pero creo que son pocos los que viven con gozo y con alegría su fe cristiana. Más bien diríamos que la vivimos con cierta resignación. Pero nos falta esa alegría y ese optimismo que brota de dentro de nuestro corazón como un manantial de vida. Y todo porque no hemos descubierto la riqueza y la belleza de nuestro ser cristiano, de nuestra vocación cristiana, es decir, el tesoro del Reino.

Ack Ook

flickr: Ack Ook

El que encontró el tesoro, dice el Evangelio, se fue corriendo a casa y vendió todo lo que tenía “con alegría”. No le importó desprenderse de todo, con tal de conseguir algo que para él era importantísimo. Su alegría y felicidad ya no estaba en lo que tenía sino en lo que había encontrado.

Mientras no descubramos la importancia de la fe, seremos unos creyentes como obligados.
Mientras no descubramos el verdadero valor de la Iglesia, seremos unos miembros que habitamos en la Iglesia como quien vive en un hotel, pero que no la siente como su propia casa y su propio domicilio, como su hogar.
Mientras no descubramos la belleza del matrimonio, de la familia y del hogar, viviremos en él, pero como quien tiene que seguir adelante, pero sin la alegría del verdadero amor.
Mientras no descubramos la belleza del amor de la esposa o del esposo, seguiremos juntos aguantándonos como podamos.

¿Por qué nos cuesta tanto la fidelidad conyugal? ¿No será porque no hemos descubierto el amor verdadero como el tesoro y el sentido de nuestras vidas?
¿Por qué nos cuesta tanto regresar al hogar y preferimos quedarnos hasta tarde con los amigos? ¿No será porque no hemos descubierto el verdadero tesoro del calor de hogar y de familia?
¿Por qué nos cuesta tanto aceptar los criterios de la moral cristiana? ¿No será porque no hemos descubierto la verdadera belleza del Evangelio? “Donde está tu corazón allí está tu tesoro”.

ruurmo

flickr: ruurmo

Santo Tomás habla de “los preámbulos de la fe”. Pero creo que se olvidó de uno: “el testimonio de la alegría del cristiano”. La alegría de nuestra fe puede ser el camino que lleve a muchos otros al encuentro con Dios. En un mundo donde todos vivimos de una alegría postiza y prestada por las cosas, la verdadera alegría de la fe, la verdadera alegría de haber encontrado a Dios como el verdadero tesoro de nuestras vidas, puede ser el mejor anuncio de Dios y de la vocación cristiana.

Yo no sé a cuántos habré puesto en el camino de Dios con mi predicación y mis libros, pero tengo la satisfacción de que la  alegría de mi vocación religiosa y sacerdotal, fue el camino de aquella francesa a la que pudiéramos titular como el libro de la Sagán “Buenos días, tristeza”, para recuperar su fe, si es que algún día la tuvo, y de encontrarse con Dios y reencontrarse con la alegría que nunca había sentido en su corazón. Sólo podremos ofrecer el tesoro del Reino, cuando nosotros lo hayamos encontrado y hayamos sentido la alegría de “venderlo todo con alegría”.

Oración

Señor: Gracias porque algún día descubriste el gran tesoro de tu Reino.
Gracias por la alegría de haberlo dejado todo por ese maravilloso tesoro.
Gracias porque esa mi alegría ha sido el mejor testimonio de haberte encontrado.
Regálanos cada día alegría de tu gracia.
Regálanos cada día la alegría de tu Evangelio.
Regálanos cada día la alegría que invite a otros a encontrarse contigo.

Clemente Sobrado C. P.
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