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Bocadillos espirituales para vivir el Tiempo Ordinario: Martes de la 9 a. Semana – Ciclo C

“Maestro, sabemos que eres sincero y que no te importa de nadie, porque no te fijas en lo que la gente sea, sino que enseñas el camino de Dios sinceramente. ¿Es lícito pagar el impuesto al César o no? ¿Pagamos o no pagamos? Traedme un denario, que lo vea” “¿De quién es esta cara y esta inscripción?” “Del César”. Les replicó: “Lo que es del César pagádselo al César, y lo que es de Dios a Dios”. (Mc 12,13-17)

Flickr: Francisco Martins

Si hay algo que me repugna, es la hipocresía.
Si hay algo que me repugna, es la adulación.
Por eso, prefiero al que me critica, que al que me adula.
Por eso, prefiero al que habla mal de mí, porque dice más verdades que el que adula.
Los aduladores dicen lo que les conviene, menos la verdad.
Los criticones dicen muchas mentiras, pero también muchas verdades, que los amigos no se atreven a decir.
Los aduladores no lo hacen porque creen en lo que dicen, sino porque quieren lograr sus propios intereses.
El que te adula no ve tus virtudes.
El que te critica ve tus defectos.
El que te adula, trata de ponerte anestesia.
El que te critica, trata de desesperarte.

A Jesús le adularon, diciendo muchas verdades.
Pero era solo la anestesia para cogerle en su propia trampa.
No les importa el odio que sienten contra los romanos dominadores.
Pero tampoco les importa utilizarlos para poder sacar a Jesús de en medio.
Cuando la mentira y el engaño llenan el corazón, todos los medios son válidos.

Por eso evita la adulación hipócrita.
Y evita también a los que te critican, porque tampoco ellos quieren decirte la verdad.

Jesús no es de los que se deja enredar en los falsos halagos.
Jesús es de los que busca siempre la verdad.
Jesús es de los que aún de la mentira y el engaño quiere sacar algo bueno.
Jesús es de los que aprovecha la mentira de unos para manifestar la verdad de los otros.
Jesús no es de los que se enreda en la cuestión del pago de los impuestos.
Esas son cosas que ellos deben solucionar.

Por eso, de un simple denario, Jesús nos revela la verdad de cada uno de nosotros.
La imagen o rostro que lleva impreso el denario pasa a la imagen que cada uno de nosotros llevamos impresa en nuestras vidas.

El dinero lleva impresa la imagen de los poderosos.
El hombre lleva impresa la imagen de Dios.
El dinero vale lo que vale el poderoso que lo imprimió.
El hombre vale lo que vale el que lo creó a su propia imagen.
El denario lleva impresa la imagen del Cesar.
Por eso vale lo que vale el César.
El hombre lleva impresa la imagen de Dios.
Por eso vale lo que vale Dios.
Con el denario se pueden pagar los impuestos.
Con el hombre no se puede jugar a impuestos.
El hombre no es moneda de circulación, que se compra o se vende.
El hombre es la única moneda que vale la vida misma de Dios.
Por eso el hombre no puede ser algo que se vende a los intereses humanos.
Por eso el hombre no puede ser algo que se compra a cualquier precio.

El problema que hoy tenemos que plantearnos es:
¿Me siento denario del César?
¿Me siento imagen de Dios?
¿Me siento como algo que está en venta?
¿Me siento como algo que solo se puede comprar con la vida de Dios?
Dios no entregó a su Hijo para salvar el valor del denario.
Pero Dios sí entregó a su Hijo para salvar al hombre.

Es triste que nos valoremos en tan poco cosa cuando valemos tanto.
Es triste que compremos la dignidad del hombre por algunos denarios.
Es triste que vendamos la dignidad del hombre por dinero.
Es triste que el hombre se deje vender por dinero.
Porque la imagen que lleva el hombre es la imagen de Dios.
Por eso, solo Dios es capaz de valorar al hombre.
Nada que sea menos que Dios, puede poner precio al hombre.

Valórate.
O eres imagen del César.
O eres imagen de Dios.
No te valores por menos de lo que eres.
No te valores por menos de lo que Dios quiere.
Por eso, me quedo con el pensamiento de Bertolt Brecht: “A la buena gente se la conoce en que resulta mejor cuando se la conoce”.

Clemente Sobrado C. P.