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Bocadillos espirituales para vivir el Tiempo Ordinario: Martes de la 33 a. Semana – Ciclo C

“Entró Jesús en Jericó y atravesaba la ciudad. Un hombre llamado Zaqueo, jefe de publicanos y rico, trataba de distinguir quién era Jesús, pero la gente se lo impedía, porque era bajo de estatura. Corrió más adelante y se subió a una higuera para poder verlo, porque tenía que pasar por allí.” (Lc 19, 10)

Se puede ser jefe de todos.
Pero no por eso tener garantizada la felicidad.
Se puede ser rico.
Pero no por eso haber asegurado la felicidad del corazón.
Se puede tenerlo todo.
Y no tener nada cuando falta Dios para llenar el corazón.

Y, por más que hagamos, no es fácil acallar el corazón.
No es fácil engañar nuestro corazón llenándolo de cosas.
No es fácil engañar nuestro corazón llenándolo de poder.
No es fácil engañar nuestro corazón llenándolo de riquezas.
Esto lo entendió muy bien San Agustín cuando escribió: “Señor, nos hiciste para ti y mi corazón estará inquieto en tanto no descanse en ti”.

Podemos reírnos a carcajadas, y no ser felices.
Podemos tener llena la casa de cosas y vacío el corazón.
Podemos ser jefes y ser ricos, y llevar dentro un corazón que aspira a más.
Las cosas pueden distraernos, pero solo Dios es capaz de llenarnos.
Las cosas pueden ocuparnos por dentro, y sin embargo vivir vacíos sin Dios.
Zaqueo era de los que estaba arriba, pero le faltaba algo.
Zaqueo era rico, pero le faltaba lo esencial.
Zaqueo lo tenía todo, pero era más pequeño que el resto de la gente.
Sentía necesidad de Dios.
Sentía necesidad de conocer a Jesús.
Sentía necesidad de experimentar a Jesús.
No le bastaba tener ideas sobre Jesús.
Necesitaba verlo, sentirlo, experimentarlo.
No basta conocer a Dios de segunda mano, por lo que nos dicen de él.
Necesitamos verlo.

Los deseos pueden aparecer como ilusiones.
Pero sin deseos en el corazón no buscaremos.
Sin deseos en el corazón no nos arriesgaremos.
Sin deseos en el corazón no tendremos el coraje de subirnos a una higuera.
Sin deseos en el corazón no seremos capaces de hacer el ridículo ante los demás.
Al fin y al cabo:
Los deseos nos dan la medida de las necesidades del corazón.
Los deseos nos dan la fuerza suficiente para arriesgarnos en la vida.
Los deseos son la fuerza que hacen capaces de tomar decisiones, aunque los demás no nos comprendan, como tampoco la gente comprendió a Zaqueo.
Los deseos son el camino para encontrarnos con Dios.
Los deseos son el camino que nos lleva a ver a Dios.
Los deseos son el camino que llevan a Dios a “hospedarse en nuestra casa”.

Todo empieza por un vacío.
Todo empieza por una necesidad.
Todo empieza siendo pequeño.
Todo empieza cuando los otros son para nosotros un estorbo.
Todo empieza con un corazón que quiere ver y no le dejan ver.
Todo empieza por un Jesús que “levanta los ojos, y nos dirige la palabra”.
Y todo termina:
Con Jesús cenando en nuestra casa.
Con Jesús anunciando la salvación a nuestra casa.
Con un corazón que se vacía de los bienes.
Con un corazón capaz de compartir lo que se tiene con los pobres.
Con un corazón capaz de sincerarse con la vida y devolver lo que se ha robado a los demás.

Señor, ¿no viviré demasiado esclavo de las cosas?
Señor, ¿no me resignaré a mi pequeña estatura?
Señor, ¿no seré capaz de romper con mis sentimientos de orgullo por ti?
Señor, ¿no seré de los que no me contento con conocerte de segundo mano?

Clemente Sobrado C. P.

Bocadillos espirituales para vivir el Tiempo Ordinario: Domingo 31 º – Ciclo C

“Un hombre llamado Zaqueo, jefe de publicanos y rico, trataba de distinguir quién era Jesús, pero la gente se lo impedía, porque era bajo de estatura. Corrió más adelante y se subió a una higuera para verlo, porque tenía que pasar por allí. Jesús al llegar a aquel sitio, levantó los ojos y dijo: “Zaqueo, baja enseguida, porque hoy tengo que alojarme en tu casa”. (Lc 19,1-10)

Somos muchos los que, como Zaqueo, “quisiéramos distinguir quién es Jesús”.
Tenemos la impresión de que hoy la gente no se interesa por Jesús.
Tenemos la impresión de que hoy la gente no se interesa por Dios.
¿Quién se hubiera imaginado que Zaqueo vivía con esa necesidad en su corazón?
¿Quién se hubiera imaginado que Zaqueo tenía interés alguno por Jesús?
Si alguien hubiese hecho una encuesta, ciertamente que Zaqueo no aprobaba.

Es que el corazón humano es muy misterioso.
Para nadie es fácil entrar en la experiencia interior del corazón de los otros.
Por otra parte, la vida que llevamos tampoco parece demostrar demasiada preocupación por El.
Y como nosotros juzgamos más por lo de afuera que por lo de adentro, tenemos esa impresión de vivir en una sociedad que no se interesa demasiado por lo espiritual.
Zaqueo era un publicano, por tanto un pecador.
Además era rico, y no necesitaba de Jesús para nada.
Lo que tenía parecía llenar suficientemente su vida.
Es lo mismo que acontece hoy.
Vivimos una vida de indiferencia religiosa.
Vivimos demasiado preocupados por el “tener”.

Y sin embargo:
Puede que nuestra vida vaya por un camino.
Y que nuestro corazón camine por otro.
Puede que dentro de los pecadores, haya más inquietud por Dios que la que pensamos.
Puede que dentro del corazón de los ricos, aún haya muchos vacíos que las riquezas no llenan.
Por eso, estoy seguro que, también hoy, abundan los que “quisieran distinguir quién era Jesús”.

El problema puede que esté:
No tanto en nuestro corazón.
Sino en aquellos que nos impiden verle.
Todos tenemos una estatura pequeña para ver a Jesús cuando la gente nos pone demasiados impedimentos.

Porque muchos:
Con el testimonio de nuestra vida dificultemos la fe de los demás.
Con la pobreza espiritual de nuestra vida oscurezcamos la verdad de Jesús.
Con nuestras actitudes pongamos demasiados estorbos para distinguirle.
Con nuestro modo de pensar u actuar podamos destacar demasiado que no le dejemos ver.

Y no todos tienen la valentía de echar a correr y salirse del montón.
Ni todos tienen la valentía de hacer el ridículo de subirse a un árbol.
Aunque siempre tendremos a un Jesús:
Que pasa bajo el árbol.
Que mira hacia arriba y nos ve.
Que al vernos nos llama por nuestro nombre.
Que al pronunciar nuestro nombre se toma la confianza y libertad de invitarse a nuestra casa.

Hay muchos que no le ven porque no le dejamos ver.
Hay muchos que, incluso sin darse cuenta, le buscan.
Hay muchos que quisieran escuchar “Zaqueo baja que hoy debo alojarme en tu casa”.
Hay un Jesús que, aunque nosotros no nos demos cuenta, quisiera:
Ser nuestro huésped.
Ser nuestro comensal.
Ser la salvación que entra en nuestra casa.
Ser la conversión de nuestro corazón que nos hace descubrir la necesidad de compartir y de hacer justicia.

Señor: soy de los que creen verte, pero quisiera verte mejor.
Señor: no quisiera es un estorbo para que otros puedan verte.
Señor: quisiera tenerte alojado en mi corazón.
Señor: quisiera que hoy cenases conmigo.
Señor: quisiera que tú seas mi salvación hoy y la de mi familia.

Clemente Sobrado C. P.

Dios ama también a los ricos

Domingo 31 Tiempo Ordinario – C

Pudiera que este título suene mal a muchos.
Porque, con esto de “ricos malos” y “pobres buenos”, decir que Dios ama a lo ricos pudiera tener hoy una resonancia un tanto extraña.

Pero, Dios no es de los que divide la sociedad:
En buenos y malos.
En ricos y pobres.
En blancos y negros.
En sabios e ignorantes.

Dios es de los que, por encima de todo, ve a las personas.
Y él mismo lo dijo:
“no he venido a buscar a los sanos sino a los enfermos”,
“no he venido a recrearme con los buenos sino a buscar a los malos”.

Hay ricos malos y hay ricos buenos.
Como también hay pobres malos y pobres buenos.
Y Jesús viene a buscar a los malos sean estos ricos o pobres.
Llamó a Mateo y lo invitó a seguirle.
Y ahora él mismo se invita a la casa de otro rico, llamado Zaqueo, malo por donde se le mire: “Publicano y Jefe de publicanos”.

Pero un rico que insatisfecho y vacío.
El dinero dejaba demasiados agujeros en su corazón.
Un rico que no estaba sentado sino que andaba por los caminos.
Un rico que también buscaba algo más que el dinero.
Su corazón buscaba algo más que la plata.
Tal vez, inconscientemente, su corazón buscaba vivir la alegría de la verdad.

Hay ricos instalados en sus riquezas y que no necesitan más.
Como también hay ricos que buscan y, hasta se atreven hacer el ridículo “queriendo ver a Jesús”.
Zaqueo era uno de esos ricos, aunque pobre de estatura.
Pero con grandes ansias de ver a Jesús.
¿Sería solo cuestión de verlo, como esos fans que se suben a donde sea, para poder ver a sus ídolos?
¿Y por esa simple curiosidad se sube a un árbol?
Es la gente le impide verlo.

Estoy seguro que ahí hay mucho más.
Ahí hay el deseo de un ver para poder cambiar.
Y resulta curioso que Jesús:
pase bajo el árbol,
levante su cabeza para verle,
le llame por su nombre
y se auto invite a cenar en su casa.

Jesús sabe muy bien que aquello será mal visto.
Sabe que los “santos fariseos” se escandalizarán.
Pero a Jesús eso le importa poco.
Le interesa más encontrarse con el que, no era malo, sino que sencillamente vivía extraviado.
Y que como oveja perdida también lo encontró.
Y también aquí quiso celebrarlo con un banquete.

La prueba es que también los ricos son capaces de cambiar cuando se encuentran con Jesús.
También los ricos son capaces de desprenderse de sus riquezas, repartiéndolas a los pobres, cuando se encuentran con Jesús. “Daré la mitad de mis bienes a los pobres”.

No es cuestión de condenar a los ricos, sino de que los ricos se encuentren con Jesús.
No es cuestión de condenar a los ricos, sino preguntarnos ¿qué hacemos para que los ricos vean a Jesús?
No es cuestión de condenar a los ricos, sino cómo llegar a ellos y servir de árbol al que también ellos puedan subirse para verlo pasar.
No es cuestión de condenar a los ricos, por ser ricos, sino ver cómo hacemos para que también ellos escuchen que Jesús los llama por su nombre y se invita él mismo a cenar con ellos.
No es condenando que salvaremos a los ricos, sino poniéndolos en el camino donde vean a Jesús y Jesús los vea.

No condenemos a nadie.
Hagámosles visible a Jesús.
No condenemos a nadie, esperemos a que Jesús los llame por su nombre.

Clemente Sobrado C. P.

Bocadillos espirituales para vivir el Tiempo Ordinario: Martes de la 20 a. Semana – Ciclo C

“Lo repito: “Más fácil le es a un camello pasar el ojo de una aguja que a un rico entrar en el Reino de Dios”. Al oírlo, los discípulos dijeron espantados: “Entonces, ¿quién puede salvarse?” Jesús se les quedó mirando y les dijo: “Para los hombres es imposible; pero Dios lo puede todo”. (Mt 19,23-30)

Hay aviso comercial que parece un tanto ordinario y que, sin embargo, tiene mucho de significado. Un niño pequeño quiere encestar en el aro el balón. De seguro esperando ser un campeón de baloncesto. Pero la pelota se queda siempre a medio camino. Hasta que llega su papá y sube sobre sus hombres y ahora el chiquito pero un grito: “lo hice”.

Hay muchas cosas que nosotros quisiéramos hacer:
Pero nos sentimos chiquitos.
Nos sentimos demasiado bajos.
Nos sentimos demasiado impotentes.
Sentimos que eso no es para nosotros.

Quisiéramos salir del pozo de una vida sin sentido.
Pero pronto nos desilusionamos.
Pronto nos decimos “quisiera, pero no puedo”.
Y nos quedamos como el chiquillo mirando tristes lo alto que está el aro donde meter el balón.

Hay cosas que son difíciles.
Pero no por eso son imposibles.
Hay cosas que tenemos la sensación de que no son para nosotros.
Los discípulos, cuando Jesús les propone lo difícil que es para un rico entrar en el reino de los cielos, sencillamente se “espantan”.
La respuesta de Jesús es clara: “para los hombres es imposible, no para Dios que lo puede todo”.

Confiamos demasiado en nosotros mismos, y no contamos con la gracia de Dios en nosotros.
Lo que pudiera ser imposible para nosotros, es posible para Dios en nosotros.

Dejarlo todo por el Reino, nos parece una aventura imposible.
Hasta que la gracia de Dios nos presta sus hombros y terminamos encestando.
Desprendernos de lo que tenemos para seguir a Jesús, nos parece que no es para nosotros. Nuestro corazón tiene demasiados apegos.
Hasta que un día, el Señor se nos mete por las rendijillas del alma, y todo se hace posible.

No podemos caminar juntos.
Ser rico corre el riesgo de que las cosas se nos apeguen al corazón.
Pero cuando comenzamos a confiar en Dios lo imposible se hace posible.
Los imposibles humanos solo existen para quien solo confía en sí mismo.
Los imposibles divinos solo existen para quienes no creen en los posibles humanos.

Pensamos demasiado en lo que “nosotros podemos hacer”.
Pero pensamos poco en lo que Dios “puede hacer en nosotros”.
Muchos ricos lo han dejado todo, tocados por la gracia de Dios.
Muchos ricos eran camellos que no entraban por el ojo de una aguja.
Hasta que la gracia de la llamada les tocó la fibra del alma y lo dejaron todo.

¿Qué no puedo desprenderme de lo que tengo?
“Dios todo lo puede en ti”.
¿Qué no puedo compartir lo mío con los que no tienen?
“Dios lo puede todo en ti”.
¿Qué no puedo arriesgarme a tomar en serio el Evangelio?
“Dios lo puede todo en ti”.
¿Qué no puedo liberar mi corazón de mis apegos?
“Dios lo puede todo en ti”.
Si no, pregúntale a San Francisco que salió de casa, casi pornográfico.
Si no, pregúntale a tantos misioneros que lo dejaron todo por él-
Y son como nosotros.
Hasta María era como nosotros, y sin embargo “el Poderoso ha mirado la humildad de su esclava y ha hecho en mí cosas grandes”.

Por eso, la única frase que no debe decir nunca un creyente es “No puedo”.
Sino “todo lo puedo en aquel que me conforta”.

Clemente Sobrado C. P.

Bocadillos espirituales para vivir el Tiempo Ordinario: Lunes de la 20 a. Semana – Ciclo C

“El muchacho le dijo: “Todo eso lo he cumplido. ¿Qué me falta?” Jesús le contestó: “Si quieres llegar hasta el final, vende lo que tienes, da el dinero a los pobres, así tendrás un tesoro en el cielo, y luego vente conmigo. Al oír esto el joven se fue triste, porque era rico”. (Mt 19,16-22)

Dentro de nosotros:
Luchan lo bueno y lo malo.
Lo grande y lo pequeño.
El riesgo y la cobardía.
El deseo y el miedo.
El santo y el pecador.

Este muchacho era bueno.
Pero insatisfecho, buscaba algo más.
Era bueno y quería ser mejor.
Pero tuvo miedo.
Buscaba una meta más alta.
Pero no se sintió con fuerzas.
Buscaba lo mejor, pero no tuvo la fuerza para dejar lo peor.

Jesús quiso sacarlo de donde estaba, en el llano.
Jesús quiso abrirle nuevos horizontes, pero sintió miedo a las alturas.
Jesús quiso hacerle ver que había algo más que ser bueno.
Pero él prefirió quedarse con lo bueno, renunciando a lo mejor.
Jesús quiso desnudarlo de su pasado y que comenzase algo nuevo.
Pero él prefirió quedarse con su ayer, porque sintió miedo al mañana.
Vino con prisas de algo más, y regresó triste a lo que ya era y tenía.

Pero aventurarse a lo grande, hay que tener la valentía de dejar lo pequeño.
Para aventurarse a las alturas, hay que tener la valentía de dejar el llano.
Para aventurarse a los riesgos del Reino, hay que tener el coraje de dejar las seguridades de los que se tiene.
Nadie sube a la cima de la montaña mirándola sentado desde abajo.
Nadie se decide a la cima de la santidad, leyéndola en los libros.
Nadie puede correr en la pista si lleva atado un cepo a los pies.
Me gustan los atletas que utilizan el mínimo de ropa y de peso.

Las riquezas no son malas, pero tienen el peligro que atar el corazón.
Las riquezas son buenas, pero nadie puede correr cargando el trigo de sus graneros.
Las riquezas son buenas, pero nadie puede correr con su casa a cuestas.

Por eso la primera exigencia de Jesús es “dejar lo que se tiene”.
La primera exigencia de Jesús es liberarnos del peso de lo que tenemos.
La primera exigencia de Jesús es vender, dar, dejar lo que se tiene, y quedar libre .

Todos llevamos muchos ideales en el corazón.
Pero demasiados de ellos se mueren porque queremos cargar con lo que somos o tenemos.
Todos llevamos dentro de nosotros una lucha:
Entre lo que somos y lo que podemos ser.
Entre lo que somos y lo que Dios quiere que seamos.
Entre lo que tenemos y la aventura que se nos pone por delante.

Quisiéramos se diferentes, pero sin dejar de ser lo que somos.
Quisiéramos se más, pero sin renunciar a lo poco que somos.
Preferimos contentarnos con cumplir la ley.
Porque tenemos miedo al riesgo del amor.
Preferimos contentarnos con ser buenos.
Pero la santidad nos da miedo.
Preferimos las seguridades del ayer a la aventura del mañana.
Preferimos volver atrás porque lo que resta del camino nos parece demasiado largo.

Tenemos buenos deseos.
Pero la mayoría se muere porque no le abrimos las ventanas del futuro.
Por eso, hay demasiados que “regresan tristes”, porque les parece más importante lo que tienen.

Clemente Sobrado C. P.

Bocadillos espirituales para vivir la Cuaresma: Jueves de la 2 a. Semana – Ciclo C

“Dijo Jesús a los fariseos: “Había un hombre rico que se vestía de púrpura y de lino y banqueteaba espléndidamente cada día. Y un mendigo llamado Lázaro estaba echado en su portal, cubierto de llagas, y con ganas de saciarse de lo que tiraban de la mesa del rico. Y hasta los perros se le acercaban a lamerle las llagas”. (Lc 16, 19-31)

Una parábola provocativa.
Una parábola que descubre el corazón humano.
Una parábola que descubre la insensibilidad del corazón humano.
Una parábola que descubre los contrastes sociales humanos.
Una parábola que descubre que un simple portal divide a los hombres.

No es una parábola contra los ricos.
Tampoco una parábola que exalta a los pobres.
Sino una parábola cómo el tener y la comodidad puede endurecer el corazón.
Una parábola cómo la abundancia y la comunidad nos pueden hacer insensibles.
Una parábola que pone en evidencia los terribles contrastes en los que podemos vivir los hombres.

No se condena al rico por ser rico, sino por la vida que lleva, sin capacidad para descubrir las necesidades de los demás.
Un simple portal puede impedirnos ver la miseria que hay al otro lado.
Lo malo de nuestra sociedad no está en que haya ricos sino en que haya demasiados pobres.
Lo malo de nuestra sociedad no está en que haya ricos, sino en cierto estilo de vida que contrasta con la miseria de otros.
Lázaro no pide sentarse a la mesa del rico.
Lázaro no pide banquetear espléndidamente al lado del rico.
Lázaro no critica ni se enfada contra el que viste de púrpura y lino.
Lázaro solo pide “las sobras”.
Lázaro solo pide lo saciarse con lo que tiraban de la mesa del rico.

Contrastes que invitan a la protesta.
Contrastes que invitan a gritar y a la violencia.
Contrastes que invitan a que la sociedad viva dividida y llena de resentimientos.

El Cardenal Prefecto de la Congregación de la Fe hizo unas declaraciones al periódico L´Osservatore Romano el 25 de julio del 2.012, que pudieran hacernos pensar y que cuestionan a la sociedad y también a la Iglesia:
“¿Cómo podemos hablar del amor y de la misericordia de Dios ante el sufrimiento de tantas personas que no tienen comida, agua, asistencia sanitaria, que no saben cómo ofrecer un futuro a sus hijos, en el que falta verdaderamente la dignidad human, en donde los derechos humanos son ignorados por los poderosos?”

¿Cómo hablarle del amor de Dios a Lázaro que siente más el cariño de los perros que de los hombres?
¿Cómo hablarle de la misericordia de Dios a Lázaro, a quien se le niegan las migajas que caen de la mesa y preferimos echarlas a la basura?
¿Cómo decirle que es “hijo de Dios”, cuando le tratamos como chatarra?
¿Cómo decirle que somos “todos hermanos”, cuando ni le vemos ni le conocemos?
¿Cómo decirle que somos “familia de Dios”, cuando somos incapaces de compartir las migajas?
¿Cómo hablarle de Dios vestidos de púrpura y lino a quien no tiene sino puros andrajos?
¿Cómo hablarle de su dignidad, cuando no tiene más compañía que la de los perros que lamen sus heridas?

Jesús saca la conclusión de “condenación y salvación”.
A nosotros nos sería suficiente hablar de sociedad humana y humanizadora.
No esperemos que Dios nos envíe algún Angelito para abrirnos los ojos.
Dios nos habla también a través de los Lázaros de todos los tiempos.
Y quien no escucha la voz de Dios a través de esos Lázaros, tampoco escuchará la voz del Evangelio aunque sea predicada por los Angeles.

La parábola está dicha hace muchos siglos.
Hoy no necesitamos que nos cuenten esa parábola.
Porque hay tenemos una realidad que ha dejado de ser simple parábola.

Señor: Sé que no me impides tener, pero sí que sea insensible.
Señor: Sé que no es malo poder vestir y comer bien, pero sí ser indiferentes ante los que visten andrajos y comen lo que encuentran en basureros.
Señor: Yo te pido derribes el portal que me separa de mis hermanos y me impide ver su realidad.
Señor: No te pido envíes alguien del más allá, sino que sepa escuchar a los que me rodean.

Clemente Sobrado C. P.

El pecado de la indiferencia

Escucha la Homilía del Domingo 26 de septiembre del 2010