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Llamados a la santidad
Noviembre 1, 2009 · Dejar un comentario
Categorías: Ciclo B · Tiempo ordinario · homilia
Etiquetado: bienavanturanza, iglesia, santidad, santo
¿Santo yo?
Octubre 29, 2009 · Dejar un comentario
Domingo 31 b – Todos los santos
Cuando a alguien le dices que es “un Santo” se pega un susto como si le llamases qué sé yo. Es que nos han puesto eso de la santidad tan lejana y además para tipos extraterrestres, que cuando nos hablan de que “tenemos que ser santos”, la verdad que no lo creemos.
Nos hemos hecho una idea extraña del santo y de la santidad. Es que nos han acostumbrado a que sencillamente seamos “gente buena”, es decir, “que no hacemos mal a nadie”, pero todavía eso de que el bautizado está llamado a la santidad no entra en nuestras cabezas. Y el caso es que todos nos quedamos tan tranquilos.
Yo no sé qué diríamos si cuando nacemos a todos se nos dice: “tú conténtate con ser enano”. Lo de ser un tipo alto déjalo para los de la NBA. Tú, contento con ser uno de los “siete enanitos”.
Nos han presentado los santos como unos seres tan extraños que todos nos hemos resignado a ser “normales”, es decir “enanos”. Y demás felices de serlo en el circo de la gracia y del bautismo.
Y nos lo dicen a la cara. Cuando uno quiere tomar en serio su bautismo y el Evangelio, inmediatamente el ambiente nos reclama gritando: “no hagas tonterías, sé normal”. Como si el quedarnos achatados espiritualmente fuese una normalidad. Lo grande no nos pertenece, al menos, no es para nosotros. El llegar a la adultez de la fe y a la maduración de la gracia no nos perteneciese.
En todo queremos ser capeones. Menos en santidad.
En alpinismo queremos llegar a las más altas cimas. Menos en santidad.
En atletismo queremos ganarnos la medalla de oro. Menos en santidad.
En fútbol queremos ser capeones. Menos en santidad.
En ciclismo todos esperan de nosotros nos vistamos la camiseta de líderes. Menos en santidad.
En todo luchamos y la gente nos anima y grita para alentarnos.
Menos en santidad.
Por eso me atrevería a decir que para ser santos es preciso ser sordos.
Es preciso no escuchar lo que se dice a nuestro alrededor.
Por eso se dice de aquel muchacho del pueblo que ganó la competencia.
Tenían que subir y treparse a un árbol engrasado y muy resbaladizo.
Había uno que no tenía trazas de poder hacer algo.
Y la gente le gritaba: “¡tú no puedes!”, “¡tú no puedes!”
Hasta que por fin, fue el único en llegar hasta arriba.
Todo el mundo se quedó admirado.
¿Y saben por qué ganó, a pesar de todo? El muchacho era sordo y no escuchaba los gritos de desaliento de la gente.
¿No nos sucederá algo parecido con eso que llamamos santidad?
Uno tiene que ser sordo y no escuchar a la gente, sino a Dios que le habla al corazón y le da alientos y ánimos para seguir luchando hasta el final.
Unamuno escribía que el santo y el héroe viven en la soledad, porque ellos escuchan voces misteriosas dentro de su corazón, y que los demás no escuchan. Por eso no los comprendemos ni los entendemos.
Hay algo que me extraña en este Día de Todos los Santos, nuestro día. ¿Y saben lo que es? Las misas en las que celebramos esta santidad de todos, suelen estar relativamente vacías, al menos por estas tierras. ¿Saben por qué?
La gente en vez de celebrar la santidad acude a los cementerios, a visitar a sus muertos, que ya no están allí, sino gozando de su santidad en el cielo. Pero los muertos parecen sentimentalmente más importantes que la santidad de los vivos.
Llevamos flores a los sepulcros, pero no ofrecemos en este día un ramo de flores a los santos de nuestra familia y de la comunidad cristiana.
Entre los siete criterios que Juan Pablo II marcó como iluminadores de la pastoral del nuevo milenio, el primero en señalar es “la santidad” y escribía: “En primer lugar, no dudo en decir que la perspectiva en la que debe situarse el camino personal es el de la santidad. …. Es el momento de proponer de nuevo a todos con convicción este “alto grado” de la vida cristiana ordinaria. La vida entera de la comunidad eclesial y de las familias cristianas debe ir en esa dirección”. (NMI n.31)
Oración
Señor: Tú eres el Santo. Y a nosotros nos quieres santos.
Nos has hecho demasiado grandes para que nos quedemos pequeños.
Nos has hecho con un corazón demasiado grande para que nosotros lo achiquemos.
Señor, que no seamos menos de lo que Tú quieres que seamos.
Que no seamos buenos si podemos ser santos.
Que no seamos menos si podemos ser más.
Clemente Sobrado C. P.
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Categorías: Ciclo B · Tiempo ordinario
Etiquetado: iglesia, santidad, santo
El misterio de la Santisima Trinidad
Junio 7, 2009 · Dejar un comentario
Categorías: Ciclo B · Tiempo ordinario
Etiquetado: Dios, espiritu, hijo, misterio, padre, santo, trinidad, trino
Dios en el banquillo
Junio 4, 2009 · Dejar un comentario
Santisima Trinidad – B
Al hombre siempre le ha ido bien con Dios. Pero a Dios siempre le ha ido mal con los hombres. Dios siempre ha salido malparado con los hombres. Y cuanto peor van las cosas, Dios se complica más la vida. Cuanta más miseria vamos descubriendo en la vida, más nos seguimos preguntando ¿Y Dios qué hace? Cuantos más inocentes mueren inútilmente, más preguntas nacen en el corazón del hombre: ¿Y Dios dónde está? Cuando todo marcha bien, nadie se preocupa de él. Pero cuando todo está que no hay por donde agarrarlo, entonces todos comenzamos, de alguna manera, a cuestionarle, a preguntarle.
Cuando Dios era griego
Cuando Dios era griego, todo estaba resuelto. Dios era impasible, inmutable. Además vivía encerrado en sí mismo. No podía contagiarse de nuestra condición humana. A lo más se creaba todo un Olimpo de dioses que, personificaban y justificaban nuestro mundo de placeres. Los borrachos tenían su Dios “Baco”, y menos mal que entonces no se conocía la cocaína, porque también hubiera aparecido en el cielo de los dioses, el “Dios Coca”. Los dioses vivían con cierta libertad en relación a nosotros.
Cuando Dios se hizo judío
El problema comenzó cuando Dios se hizo judío, hebreo, cristiano. Ahí lo complicó todo. Porque se presentó como el Dios de y para los hombres, el Dios de la historia. Declaró al pueblo hebreo como su pueblo. Y pactó una alianza de amistad con él. Y entonces, todo lo que sucedía al pueblo se lo cargaban a El.
Y peor todavía cuando Dios se encarna, asume nuestra condición humana en su Hijo Jesús. Y Jesús declara a Dios “Padre mío y padre vuestro”. ¿Qué padre que tenga entrañas de padre, va a dejar que sus hijos sufran miseria, hambre, desnudez, orfandad? Sigue siendo el Dios omnipotente y omnisciente, que todo lo puede y todo lo sabe, y además es amor, ahora no hay nada que pueda disculparlo. Si puede y no nos evita el sufrimiento ¿cómo explicar su amor? Si es Padre ¿qué hace por sus hijos?
Cuando todo depende de la voluntad de Dios
Y para complicarle más la cosa a Dios, nosotros nos hemos empeñado en leer todo lo que sucede, no desde nuestras responsabilidades, sino desde la cariñosa voluntad de Dios.
¿Que uno está en la miseria? Es la voluntad de Dios. Aquí te lo pasarás mal, pero Dios te reserva en compensación el cielo. ¿Qué uno está enfermo? Es la voluntad de Dios que quiere purificarte de tus pecados y así santificarte. ¿Qué el hijo murió en un accidente? Tranquilos, es la voluntad de Dios, que así lo ha permitido.
Claro, nadie se atreve a decir que Dios hizo la pobreza, ni que Dios hizo la enfermedad, o que Dios provocó el accidente de moto, porque ya sería el colmo. Pero nos bastaba la fácil salida de que “no lo hizo Dios, pero lo permitió”. Cosa que, a decir verdad, siempre me ha sacado ronchas y me ha avinagrado el estómago. Al fin y al cabo, hacerlo por sí mismo o permitir que otro lo haga, me da lo mismo.
Con eso de “es la voluntad de Dios”, hemos logrado salir al paso. Pero haciéndole un muy mal servicio a Dios. Porque le hemos dejado muy mal delante de sus hijos, los hombres.
Cuando todo depende del hombre
Hoy ya no podemos permitirnos ese lujo de justificar nuestras irresponsabilidades y nuestras culpabilidades. Es cierto que el freudismo y el marxismo, cayeron, sin quererlo, en una especie del “Dios que todo lo permite”, al culpabilizar de todo a los demás, a la sociedad, “al ello” que se esconde en el fondo de nuestro espíritu.
¿Que el hijo es un adicto? Claro, la culpa los padres. ¿Que hay miseria en el mundo? La culpa la sociedad. ¿Que el matrimonio anda mal? La culpa el ambiente cultural.
Hoy diera la impresión de que estamos en una situación como las que se describen en los relatos pascuales: “al amanecer, estando oscuro” o al “atardecer” cuando ya se va la luz del sol.
Queremos salir de ese culpar de todo al otro, pero aún no logramos asumir la conciencia de nuestra personal responsabilidad. Antes todo se lo cargábamos a Dios. Hoy todo se lo cargamos a los demás. Esperemos que algún día dejemos de culpabilizar a Dios y asumamos cada uno nuestras propias culpas y responsabilidades de todo lo que acontece.
El hombre al banquillo
¿No será el momento de relevar a Dios del banquillo y sentar en él al hombre? La guerra absurda que acaba de terminar, pero sin terminar del todo, ya se la hemos colgado a Dios. Los unos y los otros.
¿Cuándo diremos que hay hambre porque nosotros nos enriquecemos privando de lo justo a los demás? ¿Cuándo diremos que hay guerras porque nosotros tenemos intereses secretos y orgullos inconfesables?
Comprometernos todos en la construcción de un mundo más humano y más justo, es devolverle a Dios sus legítimos derechos y asumir nosotros las responsabilidades que habíamos delegado en él.
¿Cuándo diremos que Dios no quiere ver a tanto niño abandonado en la calle y que la culpa la tenemos nosotros? ¿Cuándo diremos que Dios no es el responsable de tanto emigrante que tiene que desarraigarse de su tierra, buscando pan en otras partes y que nosotros somos los culpables de esas situaciones injustas?
Construir la paz, suprimir la miseria, trabajar para que todos tengan una vida digna, es recuperar el rostro de Dios. Si Dios ha querido revelarse en el mundo, en el hombre y en la historia, cuanto mejor sea el mundo, cuando más auténtico sea el hombre, cuanto más humana sea la historia, tanto más ayudaremos a revelar el verdadero rostro de Dios. Lo haremos más creíble y más amable.
Oración
Señor: Perdona que hayamos sido tan malos testigos tuyos en el mundo.
Perdona que te hayamos hecho responsable de todos nuestros males.
Perdona que hayamos convertido tu amor en una manera de negarte ante los hombres.
Perdona que no hayamos asumido nuestras verdaderas responsabilidades.
Perdona que no hayamos hecho más creíble tu amor para con todos.
Tú sabrás comprendernos.
Clemente Sobrado C. P.
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Categorías: Ciclo B · Tiempo ordinario
Etiquetado: Dios, espiritu, hijo, misterio, padre, santo, trinidad, trino
¡Ven, Espíritu Santo!
Mayo 31, 2009 · Dejar un comentario
Categorías: Ciclo B · homilia · pascua
Etiquetado: apostoles, espiritu, iglesia, pentecostes, santo





