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Bocadillos espirituales para vivir la Cuaresma: Sábado de la 3 a. Semana – Ciclo A

“Para algunos que, teniéndose por justos se sentían seguros de sí mismos y despreciaban a los demás, dijo Jesús esta parábola: “Dos hombres subieron al templo a orar. Uno era fariseo; el otro, un publicano. El fariseo erguido, oraba así en su interior: “¡Oh Dios, te doy gracias, porque no soy como los demás: ladrones, injustos, adúlteros; ni como ese publicano. Ayuno dos veces por semana y pago el diezmo de todo lo que tengo. El publicano, en cambio, se quedó atrás y no se atrevía ni a levantar los ojos al cielo; solo se golpeaba el pecho diciendo: “¡Oh Dios! Ten compasión de mí que soy un pecador”. (Lc 18,9-14)

Jesús era un gran observar.
Y hablaba desde la experiencia de la realidad.
Se daba cuenta de que siempre hay de esos que yo llamaría “chulillos del espíritu”, de los que se ríe y a los que no da importancia alguna, incluso hasta se atreve a ponerlos en ridículo.

De ahí que les lanza una parábola muy sencilla.
Dos hombres orando.
Dios hombres delante de Dios.
El uno, muy inflado de sí mismo.
El otro hecho un calamidad detrás de una columna.

El primero ¿sabéis cómo ora?
Parecía un contador que le pasaba las cuentas a Dios.
El no necesitaba de Dios.
Sencillamente le contaba lo bueno que era.

Y peor todavía.
Su oración consistía en contarle a Dios lo bueno que era él.
Mucho más bueno que los demás que eran todos unos pecadores.
¿Bonita oración, verdad?
Ponerse a orar despreciando a al resto.
El era el único.
Pagaba el diezmo de todo lo que tenía.

Además no era ladrón como los demás.
Adúltero como los demás.
Injusto como los demás.
Por ejemplo, no era como ese pobre publicano, que consciente de su condición de pecador escondía el rostro entre sus manos y clamaba misericordia, comprensión y perdón.

El creer lo que uno es está bien.
El creerse superior al resto ya no está según Dios.
Y menos todavía compararse con los demás y despreciarlos.
Este buenazo, que se pasaba de bueno, volvió a casa, lejos de Dios.
En cambio, el pobre publicanos volvió a casa justificado, perdonado, amado y llevado de la mano de Dios.

Uno puede ser bueno y puede cumplir con todos los mandamientos.
Puede que se siente bueno delante de Dios por hacer lo que hace.
Pero, su oración ¿no echará por tierra toda aquella santidad”.
Una oración que “da gracias a Dios”. Hasta ahí vamos bien.
Pero una oración en la que uno se presenta ante Dios como el “bueno” y considera “malos al resto”, ¿será la oración que llega a Dios?

La oración que menosprecia a los malos ¿llegará realmente al corazón de Dios que también los ama?
“No soy como los demás”, ¿será la oración que Dios espera de los buenos?
Si tomamos en serio esta página del Evangelio es posible que muchos nos sintamos un tanto incómodos.
Sobre todo, si nos atenemos a las palabras de Jesús: “el publicano volvió a su casa justificado”, mientras que el “bueno del fariseo” no.

La oración no solo es expresión de nuestra relación con Dios sino también de nuestra relación con los demás.
Y hasta es posible que tengamos que examinar la verdad de nuestra oración preguntándonos cómo vemos a los malos delante de Dios.

No soy ladrón, pero no amo a los hermanos, a quienes desprecio.
No soy injusto, pero no amo a mis hermanos, a quienes desprecio.
No soy adúltero, pero no amo a mis hermanos, a quienes desprecio.
¿Es esta la oración que Dios escucha?

Clemente Sobrado C. P.

Bocadillos espirituales para vivir el Adviento: Lunes de la 3 a. Semana – Ciclo A

“Jesús llegó al templo y, mientras enseñaba, se le acercaron los sumos sacerdotes y los ancianos del pueblo para preguntarle. “¿Con qué autoridad haces esto? ¿Quién te ha dado semejante autoridad?” Jesús replicó: “Os voy a hacer yo también una pregunta; si me la contestáis os diré yo también con qué autoridad hago esto”… Y respondieron a Jesús: “No sabemos”.
(Mt 21, 23-27)

Cada día, el Evangelio va destapando nuestro corazón.
Cada día, el Evangelio va descubriendo la falta de sinceridad de nuestro corazón

Los altos Jefes:
Primero no aceptan que otros puedan enseñar.
En segundo lugar cuestionan el por qué Jesús enseña.
Con qué autoridad se atreve a enseñar.

Por eso:
No aceptamos que otros enseñen.
Creemos que solo nosotros tenemos la verdad.
Creemos que solo nosotros tenemos la luz.
Creemos que solo nosotros podemos ser maestros de los demás.
Todos nos tienen que escuchar.
No tenemos que escuchar a nadie.

Y no vayamos lejos porque esto lo podemos ver bien cerca de nosotros.
Solo los padres tienen la verdad.
Solo los curas tenemos la verdad.
Solo los maridos tenemos la verdad.
En la Iglesia solo los hombres tenemos la verdad.

Y por eso:
A los padres les cuesta escuchar a sus hijos.
A los sacerdotes nos cuesta escuchar a los laicos.
Alos maridos les cuesta escuchar a las esposas.
A los hombres les cuesta escuchar a las mujeres en la Iglesia.
Ellas, mejor se callan y guardan silencio y que escuchen y recen.

¿Cuánto dejamos a los laicos hablar en la Iglesia?
¿Cuánto escuchaos a los laicos en la Iglesia?
Y no dejamos hablar a los demás:
o por miedo a que nos quiten el lugar
o por simple celo
o simplemente porque no creemos en ellos.

Y por eso cuestionan a Jesús:
“Quién te ha autorizado para que enseñes” y menos en el templo.
Es un cuestionarle y desacreditarle.
Privarle de autoridad.

Jesús, que se las sabe todas, les responde con una pregunta que los puede comprometer a ellos.
Les pregunta sobre el Bautismo de Juan.
¿De dónde venía?
Vaya lío para quienes tienen miedo a la verdad y no quieren bajar del pedestal.
Si decimos que es “Dios”.
Entonces por qué no le creímos y lo rechazamos.
Si decimos que “de los hombres”.
Nos echamos al pueblo encima y vaya lío nos armamos.
Mejor nos salimos por la tangente: “no sabemos”.
Nos declaramos neutros.
Nos quedamos con Dios y el diablo.
Nos quedamos con la verdad y la mentira.

¡Cuánto nos cuesta a todos la sinceridad!
¡Cuánto nos cuesta a todos afrontar la verdad!
¡Cuánto nos cuesta ser coherentes con la verdad!
¡Cuánto nos cuesta aceptar que también los otros tienen la verdad!
¡Cuánto nos cuesta abrirnos a la verdad que viene de los otros!
La verdad tiene infinidad de caminos.

Clemente Sobrado C. P.

Bocadillos espirituales para vivir el Tiempo Ordinario: Domingo 30 º – Ciclo C

“A algunos que, teniéndose por justos, se sentían seguros de sí mismos y despreciaban a los demás, dijo Jesús esta parábola: “Dos hombres subieron al templo a orar. Uno era fariseo y el otro publicano”. (Lc 18,9-14)

Las riquezas pueden ser mal usadas.
Las riquezas hacen a unos ricos empobreciendo a otros.
También la bondad tiene sus riesgos y peligros.
También se puede utilizar mal la “bondad y la piedad y hasta la oración”.
Tener conciencia de la bueno que tenemos, lo veo bien.
Tener conciencia de nuestra piedad, lo veo normal.
Orar nadie podrá decir que no es bueno.

Pero la riqueza puede ser un peligro para los pobres.
Porque muchos se hacen ricos a consta de los pobres.
La bondad también puede ser un riesgo si no es auténtica.
Sentirnos buenos “a cuenta de los malos”.
Sentirnos buenos “rebajando a los malos”.
Sentirnos buenos “comparándonos con los malos”.

¿Qué bondad puede ser la que nos “hace sentir seguros de nosotros” sin necesitar de nadie?
¿Qué bondad puede ser la que nos hace “despreciar a los demás”?
Somos buenos en la medida en que somos auténticos y verdaderos.
Somos buenos en la medida en que nos sentimos hijos de Dios.
Somos buenos en la medida en que valoramos a los demás.
Somos buenos en la medida en que apreciamos y estimamos a los demás.
Somos buenos en la medida en que reconocemos la bondad de los demás.
Somos buenos en la medida en que tratamos de hacer mejores a los demás.

Orar es:
Presentarnos delante de Dios en nuestra verdad.
Es reconocer lo bueno que tenemos delante de Dios.
Es agradecer a Dios lo bueno que tenemos en nuestro corazón.

Pero orar:
No es, en modo alguno, inflarnos de vanidad delante de Dios.
Si es sentir la alegría y la satisfacción de lo bueno que Dios nos ha dado.
No es “menospreciar a los demás” delante de Dios.
Sí es alegrarnos de la bondad de los demás.
No es caer en el orgullo de lo bueno que hacemos.
Sí es alegrarnos de lo bueno que hacen los demás.
Sí es alegrarnos de la santidad de la Iglesia.
Sí es alegrarnos de lo santos que pueden ser, incluso los que hoy son malos.

Porque orar:
Es entrar en los sentimientos del corazón de Dios.
Es compartir los sentimientos y los deseos de Dios.
Es hacer nuestra la voluntad y proyectos de Dios.
Es alegrarnos con las alegrías de Dios.
Es compartir las fiestas del corazón de Dios.

Y los sentimientos de Dios ya los sabemos:
Que todos se salven.
Que todos conviertan su corazón.
Que los malos se abran al don de la gracia.
Que a Dios le duele en su corazón lo malo del nuestro.
Que a Dios le duele en su corazón lo malo del corazón de mis hermanos.
Que a Dios le duele en su corazón aquello que impide y estorba la santidad a los malos.

Cuando oremos:
compartamos los sentimientos del corazón de Dios.
“sintamos los mismos sentimientos que Cristo Jesús”.
sintamos la alegría de la gracia que da vida a nuestros corazones.
sintamos la alegría de que Dios puede hacer buenos a los malos.
sintamos la alegría de que Dios puede hacer santos a los buenos.
sintamos la alegría de que Dios puede hacer a los santos más simpáticos.

Señor: que en mi oración sienta la alegría de tu obra en mí.
Señor: que en mi oración sienta que puedo pedirte por los que no te han encontrado.
Señor: que en mi oración sienta que puedo colaborar a la conversión de los malos.
Señor: que en mi oración no desprecie a nadie, sino que tenga fe en que puede ser mejor.

Clemente Sobrado C. P.

Orar no es sentirse más

Domingo 30 Tiempo Ordinario – C

La parábola de este fariseo y este publicano encarna una gran verdad,
Orar no es pasarle nuestra contabilidad a Dios.
Orar no es contarle a Dios lo buenos que somos.
Orar no es decirle a Dios que somos mejores que los demás.
Orar no es sentirnos distintos a los demás.
Orar no es despreciar a los demás.

Orar es reconocer nuestra verdad delante de Dios.
Orar es sentir lo que somos delante de Dios.
Orar no es sentirnos mejores que los demás.
Orar no es despreciar a los demás.
Orar es reconocernos necesitados delante de Dios.
Orar no es contarle a Dios los pecados de los demás.
Orar es decirle a Dios nuestros pecados pidiendo perdón.

La oración del fariseo:
Es sentirse mejor que el resto.
Es sentirse diferente a los demás.
Es despreciar a los demás.
“Te doy gracias porque no soy como los demás: ladrones, injustos, adúlteros, ni como ese publicano”.

No nos engañemos.
Puede que muchas de nuestras oraciones:
Tengan mucho de vanidad y de orgullo.
Y muy poco de humildad y sinceridad.
Son oraciones que no llegan al corazón de Dios sino que se quedan en el nuestro.

En cambio la oración del publicano:
Es la oración humilde.
Es la oración del que se cree menos que los demás.
Es la oración del que siente necesidad de la misericordia de Dios.
Es la oración del que siente necesidad del perdón.
Es la oración del que se sitúa delante de Dios con todas sus debilidades.

La oración no es para sentir lo buenos que somos.
La oración es para sentirnos en nuestra verdad delante de Dios.
La oración es para sentirnos tal y como Dios nos ve.
La oración es para que Dios nos haga reconocer nuestra verdad.
La oración es para dejarnos ver como Dios nos ve.
La oración es para pedirle a Dios nos dé la sinceridad con nosotros mismos.
La oración es para pedirle a Dios nos haga vernos en nuestra verdad.
La oración es para pedirle a Dios nos dé el sentimiento de nuestra conversión.

No oramos desde nuestra autosuficiencia.
Oramos desde nuestra necesidad de Dios.
Oramos desde nuestra necesidad de que Dios nos dé el sentido de la caridad.
Oramos para que Dios nos dé el sentido del amor a los demás.
Oramos para sentirnos más hijos de Dios.
Oramos para sentirnos más hermanos los unos de los otros.
Oramos para sentirnos más comunidad y familia de Dios.

La oración nos tiene que unir más a Dios.
La oración nos tiene que unir más entre nosotros.
La oración nos tiene que hacernos sentir amados de Dios.
La oración nos tiene que hacernos sentir que lo somos delante de Dios.

Orar es hablar con Dios.
Orar es escuchar a Dios.
Orar es aprender a pensar como Dios.
Orar es aprender a ver a los demás como Dios.
Orar es aprender a amar como Dios ama.

Clemente Sobrado C. P.

Bocadillos espirituales para vivir el Tiempo Ordinario: Martes de la 21 a. Semana

“Habló Jesús diciendo: “¡Ay de vosotros, escribas y fariseos hipócritas, que pagáis el diezmo de la menta, del anís y del comino, y descuidáis los más importante de la ley: el derecho, la compasión y la sinceridad”. ¡Guías de ciegos, que filtráis el mosquito y os tragáis el camello! ¡Ay de vosotros, escribas y fariseos hipócritas, que limpiáis por fuera la copa y el plato, mientras por dentro estáis rebosantes de robo y desenfreno!” (Mt 23,23-26)

Y continuamos con el tema de ayer.
Mucha preocupación por cosas sin mayor importancia.
Y olvido de lo que sí es importante.
Mucha importancia por lo secundario.
Y olvido de lo esencial.
Mucha apariencia.
Pero poca verdad interior del corazón.
Mucha hipocresía por fuera.
Poca autenticidad de por dentro.

Para Dios lo verdaderamente importante es el corazón.
Para Dios lo externo carece de valor.
Para Dios lo que importa es la pureza del corazón.
No la lavandería exterior.

Que hay que pagar el diezmo de la menta, del anís y del comino está bien.
Pero lo que realmente le interesa a Dios:
Es el derecho de los demás.
Es la justicia para con los demás.
Es el respetar los derechos de los demás.
Es el respetar el sentido de justicia para con los demás.

Está bien respetar el derecho y las obligaciones de la Ley.
Pero mucho más importante es respetar los derechos y la justicia de las personas.

Que está bien cumplir con la Ley.
Pero lo que Dios pide de nosotros es la compasión con el hermano.
Es la compasión con los débiles.
Es la compasión con los que ha fallado.
Es la compasión con los que han caído.
Es la compasión con los que han pecado.

Está bien que guardemos la legalidad de las cosas.
Pero más importante es el ser “compasivos con los demás”.
Lo más importante es tener un corazón que sabe comprender la debilidad humana.
“Sed compasivos como vuestro Padre es compasivo”.
Dios es justo.
Pero Dios se revela el “amor compasivo” con los que han fallado.

Está bien que cumplamos con los preceptos de la ley.
Pero más importante es la “sinceridad”.
El sentido de la sinceridad y de la verdad.
El sentido de la coherencia con el Evangelio.

Está bien que filtremos el mosquito que se nos cayó en el vaso.
Pero más importante es que limpiemos el enjambre de mosquitos que llevemos dentro.
Es decir:
Lo que Jesús nos pide no es vivir de las apariencias.
Lo que Jesús nos pide no es vivir de las apariencias de la ley.
Sino de la conversión del corazón.
La limpieza del corazón.
La bondad del corazón.

¿De qué nos sirve vivir esclavos de la ley, si llevamos esclavo el corazón?
¿De qué nos sirve vivir de las apariencias de cumplidores de la ley, si el corazón está sucio?
No robo. Pero ganas no me faltan y tampoco comparto nada de lo mío.
No mato. Pero llevo el corazón lleno de resentimientos y de odio.
No cometo adulterio, Pero mi corazón y mis pensamientos están llenos de infidelidades.
No miento. Pero tampoco digo la verdad.
No ofendo a nadie. Pero tampoco hago nada por los otros.

Aparento ser piadoso porque rezo mucho.
Pero mi corazón sigue sin amar.
Voy incluso a misa todos los domingos.
Pero regreso a casa enemistado con mi hermano con quien no me hablo.
Comulgo fervorosamente, pero excluyo a mi hermano de mi amor y amistad.
La hipocresía es la mentira del hacer cosas externas.
Aparento externamente, pero sin que mi corazón cambie.
“Señor, dame un corazón nuevo”.
Porque solo así podré ser guía de mis hermanos.
Porque solo así podré ser guía de los ciegos que no ven.
Lo secundario puede ser importante. Pero lo que nos hace ser de verdad es lo esencial.
Y lo esencia es “el derecho, la comprensión y la sinceridad”.

Clemente Sobrado C. P.

Bocadillos espirituales para vivir el Tiempo Ordinario: Domingo 12 º – Ciclo C

“Y vosotros, ¿quién decís que soy yo?” Pedro tomó la palabra y dijo: “El Mesías de Dios”. El les prohibió terminantemente decírselo a nadie. Y añadió: “El Hijo del hombre tiene que padecer mucho, ser desechado por los ancianos, sumos sacerdotes y escribas, ser ejecutado y resucitar al tercer día”. Y, dirigiéndose a todos, dijo: El que quiera seguirme, que se niegue a sí mismo, cargue con su cruz cada día y se venga conmigo”. (Lc 9,18-24)

Un tríptico de contrastes:
¿Quién decís vosotros que soy yo?
A mí me rechazarán todos hasta ejecutarme, aunque resucitaré.
El que quiera seguirme cargue con su cruz y venga conmigo.

Siempre nos resulta más fácil confesar la divinidad de Jesús.
Siempre nos resulta más fácil creer en la divinidad de Dios.
Pese a que Dios se empeña en hacerse visible en la encarnación, nosotros preferimos a Dios en su divinidad.
Siempre nos resulta más fácil y como el Cristo de nuestra fe, que el Jesús de Nazaret en su realidad humana.
Si pensamos un poco ¿no es verdad que hablamos más de Cristo que de Jesús?
A Pedro le fue muy fácil confesar en nombre de todos: “Tú eres el Mesías de Dios”.

Pero Jesús quiere ser visto en su dimensión de encarnación.
Jesús quiere una fe en el Jesús rechazado por todos.
Jesús quiere una fe en el Jesús desechado, que tiene que padecer y ser ejecutado.
Porque esa es la verdadera mesianidad de Jesús.
Porque esa es la verdad de Jesús.
Porque ese es el Jesús, manifestación y revelación del Padre.
Porque ese es el Jesús del seguimiento.
No el Jesús Mesías triunfalista, sino el derrotado humanamente.
No el Jesús aplaudido por todos, sino el repudiado por todos.
No el que triunfa, sino al que todos pueden y condenan.

Jesús comienza a revelarse a sí mismo en su verdad.
No en lo que los demás piensan, dicen o creen de El.
Pero también comienza a:
Poner de manifiesto la verdad del seguimiento.
Poner de manifiesto la verdad del que quiera aceptar el riesgo de ser de los suyos.
“El que quiera seguirme, niéguese a sí mismo, cargue con su cruz de cada día y se venga conmigo”.
Jesús se desvela a sí mismo.
Pero también desvela el camino del que quiera ser discípulo.
Jesús no ofrece triunfos, sino con frecuencia, fracasos.
Jesús no ofrece éxitos, sino derrotas.
Jesús no quiere seguidores porque esperan grandes triunfos.
Jesús es claro y quiere, desde un principio, que sepan que la suerte del que le sigue ha de ser como la suya.

Y no es que Jesús anuncie un dolorismo como condición para seguirle.
Lo que Jesús quiere dejar en claro es:
Que a El lo rechazarán no por ser malo sino por la verdad de su vida.
Que a El lo juzgarán no por ser malo, sino por la verdad de su palabra.
Que la Cruz no es consecuencia de ser malo, sino de ser fiel hasta el final.

Y que el discípulo está condenado a correr la misma suerte:
No es el sufrimiento de cada día lo que le hará discípulo.
Sino que será la cruz de cada día como consecuencia de su fidelidad al Evangelio.
Que el cristiano no se alimenta del sufrimiento y el dolor.
Que el cristiano no se valora por los rechazos que sufre.
Que lo que define el rechazo y la condena y la muerte del cristiano es su fidelidad a su fe en Jesús.
Que para el cristiano el valor supremo no es la vida.
Que el valor supremo es Jesús y la fidelidad al Evangelio.

Ser rechazados como El, por nuestra fidelidad a nuestro bautismo.
Ser juzgados como El, por nuestra fidelidad a nuestra fe.
Ser condenados como El, por nuestra fidelidad al Padre.
No podemos salvar nuestra vida negando nuestra verdad bautismal.
Pero sí podemos perderla afirmando nuestra fe en Jesús y en el Padre.
Esa fue la verdad de Jesús.
Esa es la verdad del seguimiento de Jesús.
Ese es el camino de salvar nuestras vidas en una vida de resurrección.

Clemente Sobrado C. P.

De la curiosidad al interés

Domingo 12 Tiempo Ordinario – C

Hay preguntas y preguntas.
Hay preguntas que son pura curiosidad.
Hay preguntas que son pura chismografía.

Hay preguntas que pueden tener todo un tufillo de oculta vanidad.
Pero hay preguntas:
Porque queremos saber.
Porque necesitamos saber.
Porque necesitamos comprometernos.
Porque necesitamos saber dónde estamos.
Porque necesitamos saber nuestra verdad.

Jesús no pregunta:
Por la curiosidad de saber que piensan de él.
Por la vanidad de saber que es considerado importante.
Jesús pregunta:
Porque quiere saber hasta donde está sembrando en tierra buena.
Porque quiere saber hasta donde está predicando en el desierto.
Porque quiere saber hasta donde la gente está tomando conciencia de El.

Hay muchos que no preguntan:
Porque no les interesa un comino lo que pasa.
Porque no les interesa complicarse.
Porque no les interesa saber lo que pasa al otro lado de ellos mismos.
Quien no pregunta y no se pregunta vive como un ilustre desconocido.
Quien no pregunta y no se pregunta vive sin un sentido crítico de la vida.

¿Quién dice la gente que soy yo?
Y ¿vosotros quién decís que soy yo?

El hombre, y sobre todo el creyente, es el que vive de preguntas.
Es más, todos tenemos más preguntas que respuestas.
Pero el que pregunta vive interesado.
Hay temas que no pueden pasar en silencio.
Hay temas que no podemos echárnoslas a las espaldas.
Hay temas que tienen que inquietarnos y preocuparnos.

¿A caso no es fundamental preguntarnos hoy:
¿Qué piensa la gente de Dios?
¿Qué piensa la gente de Jesús?
¿Qué piensa la gente del Evangelio?
¿Qué piensa la gente de la religión?
¿Qué piensa la gente de la vida eterna?
¿Qué piensa la gente de la vida de la gracia?
¿Qué piensa la gente de la Iglesia?
¿Qué piensa la gente hoy del sacerdocio?

Hay preguntas que no podemos pasarlas por agua.
Hay preguntas que condicionan nuestro ser de creyentes.
Hay preguntas que condicionan nuestra fe.
Hay preguntas que condicionan mi sacerdocio.
Hay preguntas que condicionan a la Iglesia.

Porque si no sabemos qué piensa la gente:
¿cómo le hablamos de Dios?
¿cómo le hablamos del Evangelio?
¿cómo tratamos de ser testigos de Dios ante los hombres?
No se trata de anunciar el Evangelio desde nosotros mismos.
Se trata de anunciar el Evangelio de manera que interese y cuestione a los otros.
No basta sentirnos Iglesia bien organizada y estructurada.
Se trata de saber si esta Iglesia dice algo a la gente.
No es cuestión de hablar por hablar.
Necesitamos saber a quién hablamos y cómo le hablamos.
Necesitamos saber cuáles son los interrogantes y preocupaciones de la gente.
Necesitamos saber cuáles son hoy los caminos para que el Evangelio llegue al corazón de la gente.
Necesitamos saber cuáles son hoy los caminos para que Dios sea importante en el corazón de los hombres.
Necesitamos saber cómo hacer interesante hoy a Jesús.

Y ya en el plano personal necesitamos saber:
¿qué espera la gente hoy del sacerdote?
¿qué espera la gente hoy de la parroquia?
¿respondemos a lo que la gente necesita o simplemente nos instalamos cómodamente y que nos aguanten?

Las preguntas sinceras no son solo para saber más, sino para comprometernos más, y para cambiar de camino si es necesario.

Clemente Sobrado C. P.

Bocadillos espirituales para vivir el Tiempo Ordinario: Jueves de la 11a. Semana – Ciclo B

“Dijo Jesús a sus discípulos: “Cuando oréis, no uséis muchas palabras, como los gentiles, que se imaginan que por hablar mucho les harán caso. No seáis como ellos, pues vuestro Padre sabe lo que os hace falta antes de que lo pidáis”. (Mt 6, 7-15)

Yo tengo miedo a esos charlatanes que solo hablan ellos y no dejan hablar al resto.
Yo creo que Dios también está un poco harto de tanto charlatanes que dicen que oran, pero lo único que hacen es decir palabras aprendidas de memoria.

Hay “monólogos” solo hablan y solo se escuchan ellos.
Hay “diálogos” donde hablan todos y se escuchan todos.
Hay “triólogos” (perdón por la palabra) donde hablan todos juntos y nadie escucha a nadie. ¿Nunca han escuchado a las cotorras hablar todas juntas en el árbol?

La oración es un diálogo con Dios.
Un diálogo que unas veces lo hacemos con palabras.
Otras veces dejamos que solo hable el corazón.
Hay diálogos en los que solo hablamos de nosotros mismos.
Hay diálogos donde tratamos de sintonizar con los sentimientos de los otros.
La oración, es cierto que muchas veces, solo le hablamos de nosotros.
La oración es más auténtica cuando callamos y escuchamos.
Le dejamos hablar a El.
Y nosotros como María hacemos silencio y escuchamos.
Porque nosotros tenemos muy poco que decirle, mientras El tiene mucho que comunicarnos.

Flickr: aronki

La oración no es tanto para darle a Dios noticias de nosotros.
“Vuestro Padre sabe lo que os hace falta antes de que se lo pidáis”.
La oración no es para convencer ni cambiar la voluntad de Dios.
La oración es para crear un ambiente espiritual en el que podamos escuchar su voluntad.

Por eso Jesús nos regala con la mejor oración: “el Padre nuestro”.
Una oración que nos mete en ese clima de paternidad y filiación.
Una oración que hace brotar la alegría de nuestra alabanza y reconocimiento hacia El.
Una oración que trata de hacernos sentir los verdaderos intereses de Dios.
“Yo no hago nada por mi cuenta sino lo que el Padre me ha mandado”.
Una oración llamada a ponernos esa actitud de disponibilidad de servicio y compromiso con el Reino.
Una oración que nos hace sentir los mismos sentimientos de Cristo Jesús en su relación con el Padre, con el Reino y con los hombres.
Solo en un segundo momento nos convertimos nosotros en objeto de nuestra oración.
Pero no tanto como pedigüeños que tratamos de que Dios soluciones nuestros problemas sino que nos ayude en nuestras debilidades y nos haga fieles a su amor.
Una oración que brote del amor hecho perdón.
Una oración que nos haga fuertes en nuestras fragilidades.

Hablamos demasiado.
Y Jesús nos lo dice “no uséis muchas palabras”.
Utilizad más el silencio.
Dejad que habla vuestro corazón.
Dejad que hable vuestro amor.
Dejad que habla él dentro de vosotros.

¿Qué no sabemos qué decirle a Dios y estamos desganados?
No importa: “Señor aquí estoy”.
¿Qué no tenemos ganas de hablarle?
No importa. Dios entiende mejor el silencio que las palabras.
¿Que estamos cansados y no nos sale nada?
No importa. ¿No has visto cómo el niño se duerme en brazos de su madre?
¿Qué nos quedamos dormidos en la oración?
¿Y nunca has visto cómo el niño se queda dormido con la tetita de la madre en la boca?
¡Y qué maravillosa comunicación entre madre e hijo!

Eso sí. Nunca olvidemos que la verdadera oración ha de brotar de un corazón que no solo ama a Dios sino que ama y perdona a los hermanos. Sin amor y sin perdón, nuestras palabras se las lleva el viento.

Clemente Sobrado C. P.