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Bocadillos espirituales para vivir la Pascua: La Visitación de María – Ciclo A

“María se puso en camino y fue a prisa a la montaña, a un pueblo de Judá; entró en casa de Zacarías y saludó a Isabel. En cuanto Isabel oyó el saludo de María, saltó la criatura en su vientre. Se llenó Isabel del Espíritu Santo y dijo a voz en grito: “¡Bendita tú entre las mujeres y vendito el fruto de tu vientre! Dichosa tú, que has creído, porque lo que te ha dicho el Señor se cumplirá”. María dijo: “Proclama mi alma la grandeza del Señor, se alegra mi espíritu en Dios, mi salvador; porque ha mirado la humillación de su esclava”. (Lc 1, 39-55)

Terminamos el mes de mayor con la fiesta de la Visitación de María a su prima, la anciana Isabel.
Borracha como tenía que estar de Dios, no se encerró en sí misma.
Dios no encierra.
Dios nos abre.
Dios no se sienta.
Dios nos pone en camino.

Cualquiera pudiera pensar que María se encerraría sobre sí misma a vivir y contemplar el misterio de Dios en ella.
Y en cambio “se pone a prisa camino de su anciana prima Isabel”.
Dios se hace camino y nos pone en camino.
Los otros necesitados nos ponen en camino.
Isabel gestando de seis meses, es suficiente para que María vaya a prestarle sus servicios.
Las necesidades de los otros tienen que ponernos en camino.
Los problemas de los otros tienen que ponernos en camino.
No fue Isabel la que la llamó.
Fue el Angel quien le dio la noticia del estado de Isabel.
Y eso fue suficiente para que María sintiese prisas en su corazón y en sus pies.
La Visitación de María debiera ser la fiesta:
De los que descubren las necesidades de los demás.
De los que descubren que un anciano necesita de ayuda.
De los que descubren que un hermano está enfermo.
De los que descubren que un hermano tiene hambre.

Es lo que hoy proclama a la Iglesia el Papa Francisco:
“Abrid caminos a Dios, volved a Jesús, acoged el Evangelio”.
“Estamos decididos a recorrer los caminos nuevos que la novedad de Dios nos presenta o nos atrincheramos en estructuras caducas, que han perdido capacidad de respuesta?”
“No vivir en una Iglesia cierra y autorreferencial: una Iglesia que se encierra en el pasado, traiciona su propia identidad”.

En la encarnación, Dios visita el vientre de María.
En la Navidad, Dios visita a su pueblo.
En la Iglesia, Dios visita a todos los hombres, sobre todo los más pobres.

Visitando a María, la fecundó por medio del Espíritu Santo.
María visitando a Isabel, la llena del Espíritu Santo.
Hace saltar de gozo al niño que lleva en vientre.
María misma, salta de alegría reconociendo las maravillas que Dios ha hecho en ella.

No podemos vivir sin los otros.
No seríamos nosotros mismos.
No podemos vivir sin los otros para amar.
No podemos vivir sin los otros para útiles a los demás.
No podemos vivir sin los otros para despertar el corazón que llevan dentro.
No podemos vivir sin los otros si queremos despertar la alegría de sus corazones.

María es la maestra:
Que nos enseña a ver las necedades de los demás.
Que nos enseña a ser sensibles a los demás.
Que nos enseña el camino a los demás.
Que nos enseña a no ser indiferentes ante los demás.
¿Quién esperará hoy tu visita?
Porque será visitando a los demás que tú mismo descubrirás la obra de Dios en ti y podrás cantar también tu Magnificat.

Clemente Sobrado C. P.

Bocadillos espirituales para vivir el Adviento: Sábado de la 3 a. Semana – Ciclo A

“Unos días después, María se puso en camino y a prisa a la montaña, as un pueblo de Judá; entró en casa de Zacarías y saludó a Isabel. En cuando Isabel oyó el saludo de María, saltó la criatura en su vientre. Se llenó Isabel del Espíritu Santo y dijo a voz en grito: “Bendita tú entre las mujeres, y bendito el fruto de tu vientre”. (Lc 1,39-45)

Dios no encierra.
Dios abre a los demás.
Dios no nos sienta en la Iglesia.
Dios nos pone en camino hacia los demás.
Todos los piropos de Dios no la encierran:
“Alégrate, María”.
“la llena de gracia”.
“Dios está enamorado de ti”.
“Concebirás un hijo”.
Toda esa belleza llena por dentro, por no encierra dentro.
María no se encierra en el cofre de las riquezas de Dios”.
Diera la impresión de estrenar un corazón nuevo y unos pies nuevos.

Nadie la ha llamado.
Nadie le ha insinuado.
Nadie le ha invitado.
Es la fuerza del corazón a salir de sí misma la que le empuja.
Y con un vientre recién fecundado se pone en camino de la Montaña de Judea.
Madre de Dios y “empleada de servicio doméstico de Isabel”.
Entre mujeres se entienden.
Sabe que a Isabel le falta poco para dar a luz.
Sabe que la prima ya no está para partos.
Sabe que la prima la necesita.
Y María vuelca sus sentimientos de servicio y se pone en camino.

Y cuando Dios está de por medio.
Cuando Dios llena el vaso del corazón.
Cuando Dios cuenta con nosotros.
No es para meternos en la caja fuerza.
Todo cambia en nosotros y lo primero es nuestra apertura para con los demás.

Y cuando dos mujeres, la una gestando a Dios y la otra al precursor, el encuentro se convierte en la fiesta de la admiración, el reconocimiento y la alegría.
Un simple saludo parece cambiarlo todo:
Isabel se llena del Espíritu Santo.
El niño sonríe y canta en su vientre.
Es un encuentro donde Dios está de por medio, por más que no lo veamos.
Es un encuentro lleno de vida.

Hay encuentros que no dicen nada.
Hay encuentros que despiertan el corazón.
Hay encuentros que más apagan que encienden.
Hay encuentros que encienden la llama de la vida.
Es la alegría de la joven que se ve florecida en primavera de vida.
Es la alegría de la vieja que ve que la vieja tierra de sus años florecen de vida.

Ser buenos no es encerrarnos.
Ser buenos no es arrodillarnos.
Ser buenos no es mirarnos solo por dentro.

Ser buenos y sentirnos llenos de Dios es:
Abrirnos a los demás.
Ponernos en camino a los demás.
Prestar nuestros servicios a los demás.
Despertar la alegría en el corazón de los demás.
Es despertar el gozo y la esperanza en el corazón de los demás.
Es cantar las maravillas de Dios en nosotros.

Clemente Sobrado C. P.

Bocadillos espirituales para vivir el Tiempo Ordinario: Viernes de la 8 a. Semana – Ciclo C

La Visitación de María

“María se puso en camino y fue a prisa a la montaña, a un pueblo de Judá: entró en casa de Zacarías y saludó a Isabel. En cuanto Isabel oyó el saludo de María, saltó la criatura en su vientre. Se llenó Isabel del Espíritu Santo y dijo a voz en grito: “¡Bendita tú entre las mujeres, y bendito el fruto de tu vientre! ¿Quién soy yo para que me visite la madre de mi Señor? Dichosa tú que has creído, porque lo que te ha dicho el Señor se cumplirá”. (Lc 1, 39-56)

Hay personas maravillosas.
Hay personas que, más allá de su sencillez, son encantadoras.
Hay personas que, pasan desapercibidas y, sin embargo, son maravillosas.
Me gustaría formar parte de ese grupo de personas.
Me gustaría pasar sin que nadie se entere, y ser estupendas.

Es que a mí me encantan esas personas:
No que sacan pecho para demostrar lo que son.
No que sacan ruido para que todos se enteren.
No que alborotan mucho para todos se fijen en ellas.

En cambio me encantan María e Isabel.
Me encanta María que, a pesar de maternidad divina pone prisa a sus pies para servir a la vieja Isabel.
Me encanta María que, a pesar de su maternidad divina no se encierra sobre sí misma.
Me encanta María que, llena hasta los bordes de lo divino y humano:
Siente la necesidad de ponerse al servicio de los demás.
Siente la necesidad de convertirse en “empleada de servicio doméstico”.
Siente la necesidad de ponerse el “delantal de muchacha de servicio”.

El servicio siempre tiene prisas.
Porque el que tiene hambre no puede esperar a mañana.
Porque el que está abandonado no puede esperar a mañana.
Porque el que está desnudo no puede esperar a mañana.
Porque el que anciano no puede esperar a mañana.

No me gustan las pisas en la vida.
Pero me encantan las prisas para servir a los demás.
No me gustan las prisas que nos ponen nerviosos.
Pero me encantan las prisas que acuden a echarle una mano a los necesitados.

Me encanta Isabel que, a pesar de sentirse bendecida por Dios en su vejez:
Sabe reconocer la verdad de los demás.
Sabe reconocer la grandeza de los demás.
Sabe reconocer las virtudes de los demás.
Sabe reconocer las cualidades de los demás.
“¿Quién soy yo para que me visite la madre de mi Señor?”
“¿Dichosa tú que has creído, porque se cumplirá lo que te ha dicho el Señor”.

La grandeza del corazón humano se manifiesta:
Considerando más que uno mismo a los demás.
Considerando más importante que uno mismo a los demás.
Considerando más grande que uno mismo a los demás.
Admirando la grandeza de los otros.
Admirando la bondad de los otros.

Considerar más a los demás, no nos empequeñece, sino que nos engrandece.
Considerar más a los demás, no nos hace ser menos sino ser más.
Considerar más a los demás, no nos achata sino que hace crecer.
Considerar más a los demás, revela lo grande somos.
Considerar más a los demás, revela la grandeza que llevamos dentro.
Considerar más a los demás, nos hace más grandes a todos.

Nadie es menos por tener por más a los otros.
Nadie es menos por considerar más a los demás.
Crecemos cuando hacemos grandes a los demás en nuestro corazón.
Crecemos cuando somos capaces de reconocer la verdad de los otros.

María creció en el corazón de Isabel que la vio, no como la pariente amable, sino como la “madre de su Señor”.
Isabel creció en el corazón de María llenándose del Espíritu Santo.
Dos mujeres que se olvidan de sí mismas para hacer grande la una a la otra.
Es el orgullo personal el que nos empequeñece.
Es la vanidad personal la que nos achica.
Es el servicio el que nos hace grandes.
Es el reconocer como más importe al otro, lo que nos hace medrar delante de Dios.
“Dichosa tú que has creído”.

Clemente Sobrado C. P.

Bocadillos espirituales para vivir el Tiempo Ordinario: Jueves después de Pentecostés – Ciclo B

La Visitación de María

“En cuanto Isabel oyó el saludo de María, saltó la criatura en su vientre. Se llenó Isabel del Espíritu Santo y dijo a voz en grito: “¡Bendita tú entre las mujeres, y bendito el fruto de tu vientre!” (Lc 41,39-56)

Flickr: Lawrence OP

Terminamos el mes de mayo con la festividad litúrgica que la “Visitación de María”.
Linda terminación del mes que, la piedad cristiana ha consagrado, de manera particular a la devoción mariana.

Dos mujeres.
Dos vientres llenos de vida.
Dos mujeres llenas de Dios.
Dos mujeres en un mismo encuentro.
Dos mujeres que se encuentran y Dios de por medio.
Dos mujeres, las dos con dos misiones diferentes:
La una portadora del Mesías.
La otra portadora del que preparará los caminos.
Dos mujeres distintas, pero cada una con su experiencia de Dios.
La una, la experiencia de Dios en un seno virginal.
La otra, la experiencia de Dios en un seno seco y estéril.
Dos mujeres reconociendo la una el misterio de Dios en la otra.

Y una visita inesperada:
La visita de la que, no se queda encerrada ni ensimismada en su misterio.
La visita de la que, se siente empujada a salir de sí misma para ponerse al servicio de la que la necesita.
María, la que siente la experiencia de Dios saliendo de sí mismo, para encarnarse en un seno virginal, y que la pone también en ella en camino, saliendo de sí misma, porque el servicio a los demás la apremia.

Una visita silenciosa, sin ruido alguno, pero llena de la experiencia de Dios:
María que hace sentir a Isabel la alegría de una maternidad no esperada.
Isabel que hace sentir a María las maravillas que Dios ha realizado en ella.
Una visita que se convierte en dos cantos de alabanza y acción de gracias:
“Dichosa tú que has creído”.
“Proclama mi alma la grande de Dios”.

Hay visitas que sirven de poco.
Hay visitas que solo sirven para matar el tiempo en pura chismografía.
Y hay visitas que despiertan vida, hacen saltar la vida que llevamos dentro.

De alguna manera, todo llevamos dentro un “Juanito”:
Que es nuestro espíritu.
Que son nuestros ideales dormidos.
Que es nuestro futuro dormido.
Y que sólo necesita de alguien, “cargado de Dios y de servicialidad”.
Que los haga saltar dentro de nosotros.
Que nos llene de alegría.
Que nos llene de ilusiones.
Que nos llene de esperanzas.

Son demasiados los que, cada día, nos invitan a ese sueño que adormece nuestro corazón.
Son demasiados los que, cada día, tratan de apagar nuestros sueños.
Son demasiados los que, cada día, tratan de matar nuestras esperanzas.
Son demasiados los que, cada día, se empeñan en achatar nuestras vidas.
Son demasiados los que, cada día, se empeñan en convencernos de que los grandes ideales no son para nosotros.

Y por eso, todos estamos necesitados de “más visitaciones”.
Visitaciones que hagan saltar nuestras posibilidades.
Visitaciones que nos hagan saltar de alegría.
Visitaciones que hagan saltar de alegría las posibilidades de la gracia.
Visitaciones que nos ayuden a reconocer las maravillas que Dios hace en los demás.
Visitaciones que nos ayuden a reconocer y a agradecer las maravillas que Dios hace, cada día, en nuestras vidas.
Visitaciones que arranquen de nuestros corazones ese grito de:
“Dichosa tú que has creído”.
“Proclama mi alma la grandeza de Dios, porque ha hecho en mí maravillas”.

Pensamiento: El mejor día es aquel en el que logramos reconocer las maravillas que Dios hace en nosotros.

Clemente Sobrado C. P.

Se llamaba Myriam y era mujer

Domingo 4 B – Adviento

Era una mujer del pueblo. La conocían como Myriam. Tal vez era lo único que conocían de ella. Las mujeres tienen la capacidad de pasar desapercibidas.
Hubo dos miradas que la sacaron del anonimato.
De ese anonimato de las mujeres que cada mañana van con su cántaro a la fuente. Fue la mirada de José que en su corazón la eligió como esposa.

Flickr: eddymul

Y fue la mirada de Dios que le escogió como a la madre de su Hijo.
Aquella mañana Myriam había acudido con su cántaro a la fuente como todas las mañanas. Era una mañana como cualquier otra. La sorpresa llegó luego inesperadamente, cuando el Angel entró en silencio junto a ella y la saludó con el saludo de Dios. “Alégrate Myriam, eres la llena de gracia, le has caído muy bien a Dios porque estás llena de gracia, y te pide prestado tu seno virginal, para en él encarnar a su Hijo”.

En ti se va a hacer el milagro de la vida.
El milagro del Espíritu Santo que fecundará tu seno virgen y te convertirá en Madre.
No importa lo del varón.
Dios no necesita de varones para llevar a cabo la encarnación de su hijo.
Pero sí te necesita a ti.
Es a ti, a quien Dios ha elegido para ser el altar de la primera eucaristía de la historia. La eucaristía que transforma la humanidad en carne de Dios.
Más tarde será la eucaristía del pan.
Ahora es la eucaristía de la carne humana de Dios.

Y uno se queda admirado ante la maravilla de una mujer sencilla, convertida en la mujer-madre del Dios “hecho carne”.
Y ahora no entiendo que sea precisamente la mujer la que esté prohibida de ser también la mujer “de la eucaristía del pan”.
Puede ser la mujer de la “eucaristía del Dios que se humaniza”, pero no puede ser la mujer del Dios que “se encarna en el pan y el vino”.

Ella fue la que hizo realidad la “plenitud de la promesa”.
En su vientre comenzó Dios a saber lo que era ser inquilino, nueve meses, en el cuerpo de una mujer.
Y de su cuerpo virginal, Dios pasaría a hacer la experiencia de una cuna que era un pesebre, donde todo olía a heno, donde todo olía a pobreza de pastores.

Dicen que para ti, mujer, está vedado el “sacerdocio ministerial” que consagra el pan y el vino y los hace carne y sangre de eucaristía.
Y sin embargo, tu mayor sacerdocio fue convertir la condición humana en carne de Dios, en sangre de Dios, para la salvación del mundo. Por eso, tu Hijo se llamará Jesús.

Tal vez, la encarnación sea la mejor expresión de eso que sutilmente nosotros hemos calificado de “sacerdocio común de los fieles”, ya que las mujeres no pueden pretender el “sacerdocio ministerial” de los hombres.

Un “sacerdocio común”, nacido del bautismo, y opacado y casi olvidado y absorbido por el “sacerdocio ministerial”. Pero ambos “sacerdocio”.
Por ese “sacerdocio común”, una mujer consagró en su seno la “humanidad en cuerpo del Hijo de Dios” al que “pondrás por nombre Jesús”.
Por el “sacerdocio ministerial”, los hombres ordenados, consagran en sus manos, el “pan en el cuerpo” de Jesús.
El “sacerdocio ministerial” nos lo regala Dios a través del ministerio de la Iglesia y la ordenación sacerdotal.
El “sacerdocio común” nos lo regala Dios a través del Bautismo.
El “sacerdocio común” de María se lo regaló Dios mediante el anuncio del Angel y la acción del Espíritu Santo, que la “cubriría con su sombra”.
Por el “sacerdocio común” una mujer hizo presente a Dios en la carne humana. “El Verbo se hizo carne”.
Por el “sacerdocio ministerial”, un sacerdote hace presente a Dios en un pedazo de pan y un poco de vino.

Anunciación y encarnación son la mejor revalorización de la mujer por parte de Dios.
La saluda con saludo personal y único.
La reconoce como “la llena de gracia”.
La que le cae bien a Dios.
La reconoce como a su “elegida”.
La reconoce en su libertad pidiendo su consentimiento.
La convierte en el comienzo de la plenitud de los tiempos y de la promesa.

Mujer, tu dignidad, tus derechos y tu verdadero lugar en el misterio de la salvación, están reconocidos como, la Carta de los derechos de la Mujer, firmada por el mismo Dios y sellada por el Espíritu Santo y publicada en el nacimiento de tu Hijo Jesús en la Navidad.

Clemente Sobrado C. P.
www.iglesiaquecamina.com

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Bocadillos para la Pascua de Resurrección: Martes de la sexta semana de Pascua

LA VISITACIÓN

“Se levantó María y fue a prisa a la región montañosa,
a una ciudad de Judá;
entró en casa de Zacarías y saludó a Isabel.
Y en cuanto oyó Isabel el saludo de María saltó de gozo el niño en su seno e Isabel quedó llena del Espíritu Santo”.
(Lc 1, 39-56)

Dios mueve los corazones.
También los pies.
El acontecimiento de la Anunciación dejó a María pasmada e inundada del misterio de Dios. Pero no la dejó encerrada sobre ella misma.
El mismo Dios que se puso en camino hacia ella para fecundarla con el Espíritu Santo, es el mismo Dios que ahora la pone a ella en camino hacia la pariente que la necesitaba.
Dios no encierra, sino que abre las puertas.
Dios no se adueña del corazón y se queda con él.
Dios pone pies al corazón y corazón pone servicio a los pies y nos pone en camino hacia los demás.
A Dios no le gustan las puertas cerradas.
Tampoco los corazones que se hacen caracoles cuando alguien les toca.
A Dios le encanta habitar y sentirse dueño de nuestros corazones.
Pero no para quedarse gozando y disfrutando en casa en el silencio místico de la plenitud de la gracia.
Cuando Dios se siente mejor en nosotros es
- cuando sentimos prisas y nos ponemos en camino para prestar nuestros      servicios a los demás.
- cuando nuestros pies escuchan las necesidades de otros.
- cuando nuestros pies se hacen “prisa” en el servicio a los otros.

María siente que las semillas del hijo de Dios comienzan a crecer en su vientre.
Pero le preocupa el vientre ya maduro de su parienta Isabel.
El misterio busca y sale al encuentro del misterio.
Misterio, el embarazo de una “virgen”.
Misterio, el embarazo de una anciana que ya no está para armar cunas.
Misterio, el de un vientre virgen.
Misterio, el de un vientre ya seco y estéril.

Hay encuentros que no dicen nada.
Hay encuentros que no comunican nada.
Hay encuentros que no despiertan vida en nadie.
Hay encuentros que no llevan alegría a nadie.
Y hay encuentros que:
Hacen saltar dentro de nosotros una vida que parecía apagada.
Hacen brotar dentro de nosotros el manantial de la alegría escondida.
Hacen brotar dentro de nosotros la danza de la vida y de la felicidad.
“Se llenó Isabel del Espíritu Santo”.
“Saltó de alegría el niño en mi vientre”.

Mientras el “hombre del Templo” permanece mudo “porque no ha creído” a la novedad de Dios y a los “imposibles humanos” que se hacen “posibilidades divinas”, dos sencillas mujeres del pueblo, entonan, cada una a su estilo, el cántico de lo nuevo que ya se ha hecho presente en la historia:
En Nazaret José no entiende nada y todo lo rumia en el corazón.
En Ain-Karen Zacarías tiene que rumiar en silencio una paternidad que sintió como imposible.
Y mientras tanto, dos mujeres, cantan y alaban a Dios, cargadas y llenas de misterio.

¡Y qué peligrosas resultan dos mujeres juntas, las dos cargando su propio secreto y misterio!
La estéril, piropeando a la virgen.
La virgen, piropeando a Dios capaz de “hacer maravillas” y “obras grandes”.
La estéril, sintiendo el baile del hijo en su vientre.
La virgen, sintiendo lo que Dios es capaz de hacer en “la humildad de la esclava”.

Llenarnos de Dios, sí. Llenarnos de los demás, también.
Un sí a Dios, sí. Un sí a los hermanos, también.
Y convertir la vida en fecundos encuentros:
Encuentros que hagan bailar la vida dentro.
Encuentros que hagan brotar del corazón el reconocimiento agradecido de la obra de Dios.

Clemente Sobrado C. P.

Dios sale de paseo

Domingo 3 de Adviento – Ciclo C

En esta cuarto y último Domingo del Adviento, ya a las puertas de la Navidad, la figura central es María, la mujer del Adviento y la mujer de la Navidad. La presencia de Dios creciendo en el seno de María la pone en camino, como luego Jesús también se pondrá en camino. Es la primera vez que Dios sale de casa a darse una vuelta por su tierra y llega hasta la Montaña de Judá. La segunda vez, sería un viaje más penoso camino de Belén.

Dios no nos encierra sobre nosotros mismos.
Y no es un motivo para tomarnos un descanso. El Dios que anida en las entrañas de María es un Dios de los caminos. Porque es el Dios en actitud de servicio a los hombres. El embarazo necesita de cuidados. Pero las necesidades de los demás necesitan con urgencia de servicios.

En su cántico, María alabará las maravillas que Dios ha hecho en ella. Por el contrario, Isabel destaca la fe de María. Es posible que su experiencia de un marido mudo por dudar y no creer, le haga sentir más la grandeza de la fe de María. “Dichosa tú que has creído”.

La presencia de Dios es siempre motivo de gozo y de alegría. “Desde que tu saludo llegó a mis oídos, el niño saltó de alegría en mi vientre”. Las visitas de Dios y las visitas de quienes van llenos de Dios nunca son un aguafiestas. Son un momento de alegría, de baile, aunque sea dentro del vientre materno.
Encuentros que no llevan nada ni dicen nada.
Encuentros que nos dejan como estamos.
Encuentros que no dejan huella y nuestras vidas.
Y encuentros que despiertan lo que llevamos dormido en el alma.
Encuentros que despiertan ideales dormidos y que solo necesitaban una presencia.
Encuentros que la alegría de la vida, tantas veces marchita por los problemas.
Encuentros que pueden cambiar nuestras vidas.

María, en su visita a Isabel, es el mejor símbolo de la futura Iglesia y de la futura evangelización.
La Iglesia tienen que vivir cada día “embarazada y gestando” a Dios en su seno.
Pero la Iglesia gestante de Dios no puede guardarlo para ella misma.
La Iglesia no puede vivir del miedo de perder a Dios por arriesgarse saliendo al encuentro de los hombres.
La Iglesia sólo puede acercarse a los hombres cuando ella misma está llena de Dios por dentro.
Sólo podemos anunciar debidamente el Evangelio cuando el Evangelio nos va quemando por dentro.

Por otra parte, la Iglesia cuando se acerca a los hombres:
No es para dejarlos como están instalados en su mundo y sus quehaceres.
La Iglesia está llamada a ser buena noticia para los hombres.
La Iglesia está llamada a despertar lo que los hombres llevan dormido dentro.
La Iglesia está llamada a despertar la alegría en el corazón de los hombres.
La Iglesia está llamada a despertar y abrir nuevos horizontes.
La Iglesia no puede guardarse a Dios en los templos sino que tiene que sacarlo a pasear por los caminos de los hombres.
El Dios de la Iglesia no es el Dios de los templos, sino el Dios de los caminos, porque es el Dios del servicio a los hombres.

Necesitamos de un Iglesia “embarazada” de Jesús.
Necesitamos de cristianos “embarazados” de Jesús.
Porque sólo así seremos la alegría de los hombres.
Porque solo así haremos saltar la alegría y el gozo dormido en el corazón humano.

Para que Jesús nazca en Belén es preciso que María lo lleve en su seno.
Para que Jesús nazca en nuestros hermanos es preciso llevarlo en nuestro corazón.
En Belén nace lo que María llevó durante nueve meses en sus entrañas.
En los hombres nace lo que los hombres llevamos hasta ellos.
¡Feliz Navidad a todos!
¡Que cada uno viva la Navidad de lo que el Espíritu engendró en nosotros!

Oración
Señor: No te gusta vivir enclaustrado.
Recién concebido sales camino de Ain-Karen.
Te gusta salir al encuentro de los hombres, de los que te necesitan.
Y encontrarse contigo es sentir que dentro de nosotros se despierta la vida, se despierta la alegría, se despierta lo nuevo.
Estamos próximo a la Navidad y tú estás de camino hacia todos nosotros.
Despierta todo lo bueno que llevamos dentro.
Despierta la vida que ya se nos duerme en el corazón.
Porque en estas Navidades también nosotros queremos saltar de alegría,
como lo hizo Juan en el vientre de Isabel.

Clemente Sobrado C. P.
www.iglesiaquecamina.com

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