Bocadillos espirituales para vivir la Cuaresma: Domingo 2 º – Ciclo B

“Jesús se llevó a Pedro, Santiago y Juan, subió con ellos solos a una montaña alta, y se transfiguró delante de ellos. Sus vestidos se volvieron de un blanco deslumbrador, como no puede dejarlos ningún batanero del mundo Se les aparecieron Elías y Moisés conversando con Jesús. Entonces Pedro tomó la palabra y le dijo a Jesús: “Maestro, ¡qué bien se está aquí!” (Mc 9,2-10)

El Pasado domingo contemplábamos a Jesús rebajándose a la pobreza de la condición humana.
En este segundo domingo contemplamos a Jesús transfigurado en su divinidad y marcándonos el camino de nuestras transfiguraciones.
Porque también nosotros estamos llamados a transfigurar nuestra naturaleza humana en condición divina.
Somos humanos, pero llamados a configurarnos con la divinidad de Jesús.
Somos humanos, pero llamados a transformarnos cada día por el misterio del Espíritu en nosotros y el misterio de la gracia.

Toda nuestra vida es una continua transfiguración:
Llamados a transfigurarnos en la belleza de niños.
Niños llamados a transfigurarse en la belleza de jóvenes.
Jóvenes llamados a transfigurarse en la belleza de adultos.
Adultos llamados a transfigurarse en la belleza de ancianos.

Y espiritualmente llamados a transfigurarnos constantemente:
El Bautismo que nos transfigura en hijos de Dios.
La Confirmación que nos transfigura en templos y testigos del Espíritu Santo.
La Eucaristía que nos transfigura en comunidad de amor en comunión con Jesús.
El Matrimonio que nos transfigura en esposos símbolos de la nupcialidad de Dios.
La Penitencia que nos transfigura de pecadores en hijos santos de Dios.
El Sacerdocio que nos transfigura en nuevos Cristos, ministros de su Eucaristía y su Palabra.
La Unción de los Enfermos que nos transfigura en viajeros de la eternidad.

La transfiguración de Jesús en el Tabor duró unos instantes.
Las transfiguraciones que el Espíritu realiza en nosotros están llamadas a durar toda la vida.
Transfiguración de nuestra mente, en los nuevos valores del Evangelio y del Reino.
Transfiguración de nuestro corazón, en corazones nuevos capaces de “amarnos como Dios no amó”.
Transfiguración de nuestras vidas, como sacramentos de la vida de la gracia y obra del Espíritu Santo.
Transfiguración de nuestro modo de ver a los demás hombres como hijos de Dios y hermanos nuestros.
Transfiguración de nuestras vidas, capaces de entregarse por los hermanos.
Transfiguración de lo que tenemos, poniéndolo al servicio de los que no tienen.
Transfiguración de la Iglesia, llamada a renovarse y rejuvenecerse por obra del Espíritu Santo que habita en ella.

Vivimos en constantes transfiguraciones.
Cada vez que amamos nos transfiguramos en el amor de Dios.
El amor de Dios nos transforma en pedacitos de Dios.
Nuestras transfiguraciones debieran crear en nosotros esa alegría de Pedro.
Ese sentirnos a gusto con nosotros “¡qué bien se está aquí!”
Y esta es la verdadera alegría que brota de la acción del Espíritu en nosotros.

Clemente Sobrado C. P.

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