Camino hacia la Pascua: Martes Santo

3. “Sentaos aquí, mientras yo hago oración”. (Mc 14, 32)

– Las dos proximidades. Las dos cercanías. La humana y la divina. Jesús entra en oración con el Padre. Entra en comunión personal con el Padre. Y sigue sintiendo la necesidad de las proximidades y cercanías humanas de los suyos. Vosotros quedaos aquí. No os vayáis. Sentaos. Necesito sentiros cerca. Cerca de mi Padre y cerca de todos vosotros.

– Lo divino no excluye lo humano. Como lo humano no estorba a lo divino. La oración no es ruptura con la realidad que nos rodea. Oramos con nuestra realidad al lado. Orar no es olvidarnos de la realidad humana de los hombres. No se ora al Padre en abstracto, sino desde nuestro mundo personal concreto.

– Orar a Dios rodeados de todo lo humano.
– Orar a Dios sintiéndonos en contacto con lo humano.
– De esa manera, lo humano entra en comunión con Dios. Y Dios entra en comunión con nuestra condición humana. Mientras el alma siente por dentro la suave presencia de Dios, el corazón sigue latiendo y sintiendo el dolor de todo lo humano que tenemos a nuestro alrededor.

– Es preciso orar personalmente. Pero la mejor oración es aquella que hacemos en comunión con los hermanos, en comunión con el mundo y en comunión con la historia.
Oramos no sólo desde nosotros mismos.
Oramos desde la realidad entera que nos rodea.
Y sobre todo desde la presencia de los hombres en nuestro corazón.

– Orar a Dios, hablar con Dios, aunque los demás no lo hagan. Aunque los demás sigan sentados a nuestro lado y distraídos en sus cosas. Su presencia alentará nuestra oración. Y nuestra oración será la invitación de Dios para que ellos oren. En vez de exigir a los demás que oren, es preferible que sean testigos de nuestra oración.

Actitud para hoy:

– Hoy quiero hablar con Dios desde los problemas de los hombres mis hermanos. Al orar quiero sentirme unido a todos mis hermanos.
– Además, hoy prefiero no exigir a los míos que oren. Mejor que ellos me vean a mí hablar con Dios.

4. «y comenzó a sentir pavor y angustia». (Mc 14, 33)

– No siempre los momentos de oración son momentos de tranquilidad, paz y gozo espiritual. Es un error buscar la oración como un refugio para sentir el calorcillo del fervor y de la presencia de Dios. Dios también se revela en nuestros miedos y hasta en nuestras angustias.

– La oración tiene mucho de doloroso. Porque la oración nos hace entrar en la verdad de nosotros mismos, en la verdad de Dios y en la verdad de los demás. Además, la oración nos hace percibir todas esas realidades, no desde la superficie y periferia, sino desde dentro, desde su propia radicalidad. Por eso, la oración se hace, a veces, dolorosa, porque nos mete ahí dentro de Dios, dentro de nosotros, dentro del dolor humano de los hombres.

– La oración nos hace vivir desde dentro la realidad de las cosas. Jesús comienza a vivir su Pasión, aún antes de comenzarla. Pero la oración se la interioriza, se la mete ya en el alma. Y comienza a sufrirla por dentro aún sin haberla experimentado por fuera.

– Su oración me revela un Jesús tan humano como yo.
La Cruz le da miedo.
La muerte le causa pavor y angustia.
Lo mismo que me sucede a mí. Siento pánico de que el médico me diga que tengo cáncer. Siento angustia de que mi hijo tenga algo incurable. Es el sentimiento humano, débil frente al sufrimiento.
Y eso es natural. No significa que mi fe se haya debilitado.
Significa que mi corazón es humano. Igual que lo fue el corazón del mismo Jesús. Las nubes pueden oscurecer los rayos del sol, pero de ninguna manera apagan el sol. El dolor y el sufrimiento pueden anestesiar mis sentimientos, pero no matarlos.
En los momentos de sufrimiento, la fe puede quedar como nublada, pero sigue brillando al otro lado de mis penas. Cuando éstas desaparecen, de nuevo la fe aparece en su anterior luminosidad. Sigue siendo fe, aunque mis sentidos estén heridos y no la perciban.

-Jesús sintió pavor y angustia y eso no significaba que su amor al Padre hubiese disminuido. Al contrario, es entonces cuando más fuerte es su relación filial. Porque es precisamente ahí donde más se ratifica en su obediencia de hijo.

Actitud para hoy:

– Si al rezar no encuentro consuelo ni paz para mi espíritu, no importa. Seguiré orando.
– Si al orar tengo que decidir aceptar ciertas situaciones difíciles, no me asustaré. Aunque tenga miedo, seguiré adelante. También Jesús lo tuvo.

Clemente Sobrado C. P.

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