Bocadillos espirituales para la Pascua: Martes de la Octava de Pascua

“Mujer, ¿por qué lloras? ¿A quién buscas?” (Jn 20,11-18)

María aún no ha descubierto la Pascua.
Aún no ha hecho la experiencia de Jesús resucitado.
Lo busca y no lo encuentra.
Y no sigue buscando.
Prefiere encerrarse en su propia pena y frustración.
Para ella aún no ha llegado la Pascua.
Sigue metida en el sábado santo de la espera.
Una espera que en ella se hace ya desilusión.

“¿Por qué lloras?”
Es la pregunta que nos hace Dios cada día en nuestras vidas.
¿Por qué caminamos llorosos y tristes por la vida?
¿Cuál es la razón de nuestra tristeza?
¿Lloramos por la ausencia y vacío de Dios?
Las lágrimas pueden ser un estorbo para encontrarlo.
Dios se revela y se deja encontrar mucho mejor en la paz y en la serenidad del espíritu.

“¿Por qué lloras?”
¿Es que aún no has descubierto el amor con que Él te ama?
¿Es que aún sigues creyendo en un Dios incapaz de olvidar tu pasado?
A Dios no le importan tus pasados sino tus presentes y futuros.

“¿A quién buscas?”
Tal vez la mejor respuesta a nuestras lágrimas la encontremos en aquello mismo que buscamos.
¿Qué es lo que buscamos y perseguimos por los caminos de la vida?
¿Buscamos el dinero?
¿Buscamos el poder?
¿Buscamos el placer?
¿Nos buscamos a nosotros mismos?
¿Andaremos buscando al hombre para ofrecerle nuestros servicios?

¿Buscamos a Dios?
Entonces dejemos de llorar.
Lo tenemos a nuestro lado. Ahí mismo.
Es el mismo que nos pregunta y se preocupa por nuestras lágrimas.
Se puede estar al lado mismo de Dios y no reconocerlo.
Se puede estar a la vera misma del camino y no ver el camino.
Se puede estar al lado de la vida y no reconocer la vida.

Es más corto el camino de Dios al hombre que el camino del hombre a Dios.
Porque Dios se hace siempre presente a nuestro lado,
y nosotros nos empeñamos en ir hasta Él dando mil y una vueltas hasta perdernos en el camino.
Muchas veces caminamos buscando a Dios alejándonos de Él.
María buscaba a Jesús y lo tiene ahí mismo.
Sólo que ella lo buscaba dándose el rodeo del sepulcro.
Interponía entre ella y Jesús un sepulcro vacío.
– ¿No estará Dios más cerca de mí que lo que me imagino?
– ¿No será preferible dejarme encontrar por Dios en vez de andarle buscando tanto?
– ¿Qué cosas se están interponiendo en mi vida que me impiden reconocer a Dios?

Clemente Sobrado C. P.

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