Bocadillos espirituales para la Pascua: Jueves de la 2da Semana – Ciclo B

“El que viene del cielo está por encima de todo. De lo que ha visto y ha oído da testimonio, y nadie acepta su testimonio. El que acepta su testimonio certifica la verdad de Dios. El que Dios envió habla las palabras de Dios…” (Jn 3,31-36)

Un discípulo espiritual preguntó a su maestro.
Maestro ¿cómo debo hablar de Dios?
El Maestro le respondió: con las mismas que has escuchado de él y con la experiencia que tienes de él.
¿Y cómo le debo hablar a Dios?
Como tú lo sientes dentro de tu corazón.
¿Y no podías dar algunas de las que tú le dices?
No. Porque entonces le dirías mis palabras y no las tuyas.

Jesús no habla como alguien que piensa en Dios.
Jesús no es un teólogo que dice sus pensamientos sobre Dios.
Jesús habla “de lo que ha visto y oído” en Dios.
Por eso mismo, quien escucha a Jesús escucha a Dios.
Quien escucha a Jesús, no escucha a un maestro que sabe mucho de Dios.
Quien escucha a Jesús escucha al mismo Dios.
El no es más que la resonancia humana de la palabra eterna de Dios.

Nuestra experiencia de fe no está tanto en los libros ni en escuchar discursos y sermones.
Nuestra experiencia de fe tiene que estar marcada fundamentalmente de dos experiencias:
Ver a Dios.
Oír a Dios.
Y esto lo debiéramos tener presente en nuestra oración, porque, de ordinario:
Oramos siempre con las palabras de otros.
Oramos aprendiendo de memoria oraciones que otros han hecho.
Preferimos tener delante un libro y rezar desde él.
Por eso nuestra oración suele tener poco nuestro.
Las palabras son de otros.
Los sentimientos son de otros.

Por eso mismo, nuestra oración debiera tener más silencios y menos palabras.
Oración que ve desde la fe.
Oración que escucha desde el corazón.

Necesitamos gente que hable.
Pero necesitamos gente que hable en nombre de Dios.
Pero en nombre de Dios porque primero “ha visto y ha oído”.
Jesús no habla por sí mismo.
Habla de lo que “ha oído”.
Habla de lo que “ha visto”.
Por eso quien le escucha, más que escucharle a él, escucha al Padre que habla por él.
Lo dijo en una ocasión: “quien me escucha a mí no me escucha a mí sino al Padre”.

Yo soy de los que hablo demasiado.
Pero, con frecuencia me pregunto, si soy yo el que hablo o hablará Dios por mí. Resulta muy fácil creer que hablamos en nombre de Dios.
Pero a mí me resulta inquietante. Por eso me pregunto:
¿Cuánto veo?
¿Cuánto escucho?
Me encantaría poder decir como Jesús: “El que Dios envió habla las palabras de Dios”. Y por eso mismo: “El que cree en el Hijo posee la vida eterna”.

Luego de ese monólogo en el que sólo habla Jesús, Nicodemo debió de quedar mareado, sin saber donde estaba. Es posible que, por primera vez, escuchase decir cosas que valían la pena escuchar. Se vino de noche y se marchó de noche, pero estoy seguro que llevaba iluminada el alma por dentro.
Nunca hables con palabras prestadas. Habla con palabras oídas a Dios.

Clemente Sobrado C. P.

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