Bocadillos espirituales para vivir la Pascua: Martes de la 7 a. Semana – Ciclo B

“Jesús levantando los ojos al cielo, dijo: “Padre, ha llegado la hora, glorifica a tu Hijo, para que tu Hijo te glorifique y, por el poder que tú le has dado sobre la carne, dé vida eterna a los que le confiaste. Esa es la vida eterna: que te conozcan a ti, único Dios verdadero, y a tu enviado, Jesucristo”.
(Jn 17,11)

Comenzamos la llamada “Oración Sacerdotal de Jesús”.
Una oración en la que de su corazón brota como un manantial el agua de la experiencia de su Padre y la experiencia de su vida.

Y comienza por algo fundamental.
Por expresar ante el Padre su actitud ante su “hora”, es decir ante su muerte.
Resulta maravilloso ver con qué gozo y con qué naturalidad habla Jesús de su muerte.
No como un fracaso.
No como una derrota.
No como un final que termina en el vacío.
Sino como un doble glorificación:
Como la glorificación del Hijo.
Como la glorificación del Padre.

¡Con el miedo que nosotros tenemos de hablar sobre la muerte!
Cuando hablamos de la muerte como que lo decimos bajito para que nadie se entere.
En una ocasión me llamaron para administrar el Sacramento de los Enfermos a un amigo mío, abogado él, que estaba realmente ya frenando la velocidad de la vida porque se acercaba su final.
Mientras subíamos las escaleras, se me ocurre preguntar a sus hijos: “¿cómo estaba y si todavía tenía la mente suficientemente lúcida”. Yo tengo la manía de hablar siempre alto. Dicen que es el pecado de los españoles.
En esto los hijos me dice: “¡Por favor, Padre, hable bajito porque todavía oye!”
En esto, escuchamos que el viejo, desde su cama nos dice: “Sube, Clemente, sube, nos les hagas caso”.

Estoy convencido de que somos los sanos los que tenemos más miedo que los enfermos.
Somos los sanos los que tenemos más miedo a la muerte que los que se están despidiendo.
Una vez ya con él, yo pensaba pedir que me dejasen solo para tener más libertad de hablar. Pero él se me anticipa y les dice a los hijos: “podéis quedaros, quiero recibir el Sacramento en vuestra compañía. Lo único que siento es que no habéis puesto un florero bonito ni unas velas encendidas”.

Hablamos mucho del sentido cristiano de la vida.
Pero nos atrevemos a hablar del sentido cristiano de la muerte.
Todos nos enseñan a cómo tenemos que vivir.
Pero ¿quién se atreve a enseñarnos desde niños a cómo aprender a morir?

Nunca olvidaré a aquel ingeniero que me decía la víspera de su muerte:
“Mire, Padre, cuando vino el médico le dije:
“Doctor, yo no quiero morir como los fusilados de madrugada que les vendan los ojos. Dígame la verdad, soy creyente y quiero morir con los ojos abiertos”.

Es lo que hace Jesús en su Oración al Padre:
Muere con los ojos abiertos.
Muere consciente de que ha llegado su hora.
El ama, más que nadie la vida, por eso ama también la muerte.
Porque para él la muerte inminente “es precisamente” su “hora”.
La hora más importante de su vida.
La hora más dolorosa y más bella de su vida.
La hora en la que él siente que los hombres tratan de humillarlo.
Pero sabe que es la hora en la que el Padre le va a glorificar.
Y sabe que también con su muerte él va a glorificar al Padre.
No es el momento de ver que todo termina, sino que todo comienza.
Sabe que su muerte no es sino un regreso.
“Glorifícame cerca de ti, con la gloria que yo tenía cerca de ti, antes de que el mundo existiese”.

La fe tiene que iluminar nuestra vida.
Y la fe tiene que iluminar también nuestra muerte.
No como algo que pone fin a la vida, sino como algo que nos abre a la vida plena.
Vivimos muriendo cada día, y morimos para vivir el día eterno.

Clemente Sobrado C. P.

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