Bocadillos espirituales para vivir la Pascua: Pentecostés – Ciclo B

“Vieron aparecer unas lenguas como lenguas de fuego, posándose encima de cada uno. Se llenaron todos de Espíritu Santo y empezaron a hablar en lenguas extranjeras, cada uno en la lengua que el Espíritu le sugería”. (Hch 2,1-11)

Pentecostés es un día especial para la Iglesia y para cada creyente. Es la celebración de la presencia del Espíritu Santo en la cada uno de nosotros y en la Iglesia. Un periodista me preguntaba qué título le pondría yo a la fiesta de Pentecostés. Le ofrecí una serie de sugerencias:
El Espíritu Santo los puso en pie.
Hay que hablar la lengua de los hombres.
Hay que salvar al mundo.
El Espíritu de la diversidad.
Los puso en pie. Los Hechos nos dicen que estaban en oración junto con María, la madre. La verdad que no sé si en ese momento estaban de rodillas, o levantando las manos o simplemente sentados.
Pero el Espíritu Santo los puso a todos en pie y los puso a caminar por los caminos del mundo. Ya no es el momento de seguir encerrados y con miedo en el alma. Es necesaria la oración. Pero la oración que no nos pone en camino es una oración individualista. El Papa Francisco nos habla de una Iglesia que tiene prohibido “balconear” y mandado “salir, irse a las periferias”.

Hay que salvar al mundo. El Evangelio no es para que lo hagamos propiedad nuestra sino para que lo anunciemos. “Id al mundo entero y proclamad el Evangelio a todos los pueblos”. Y el Espíritu Santo no viene para detener la corriente del Evangelio sino a darle cauce. Jesús vino a salvar al mundo. “Dios envió a su Hijo para que el mundo se salve por El”.
El día de Pentecostés, quienes estaban mudos de miedo y sólo se atrevían a hablar con Dios, el Espíritu Santo los lanzó al ruedo a hablar al mundo. Fue el primer anuncio oficial de la Iglesia. La Iglesia se presenta por vez primera hablando, anunciando el Evangelio de la salvación.
El Espíritu Santo habita en cada uno de nosotros, pero no para instalarse cómodamente al calorcillo de nuestra experiencia de fe, sino para hacernos salir al balcón y a los caminos, y proclamar la salvación.
Habita en nosotros pero no para dejarnos ensimismados con nosotros mismos, sino para ponernos como a María que “a prisa fue a servir a su parienta Isabel”.

Hay que hablar la lengua de los hombres. No es el momento de preparar grandes discursos ni de decir cosas bonitas. Ni de hacer grandes teologías. La Iglesia está llamada a hablar la lengua de los hombres. “Los discípulos comenzaron a hablar en lenguas extranjeras”. No tenían preparado el sermón.
No es suficiente proclamar el Evangelio. Hay que proclamarlo de modo que los hombres lo entiendan, cada uno en su propia lengua, cada uno desde su propia realidad, cada uno desde sus propios problemas e inquietudes.
La Espíritu Santo nos regala el don de lenguas no para hacernos políglotas, sino para que cada uno hablemos desde el hombre y desde cada hombre.

Hablar la lengua de los hombres es hablar desde las distintas culturas. Es encarnar el Evangelio no en la cultura de las oficinas romanas o episcopales o clericales, sino encarnarlo en los sentimientos culturales de las personas. Ese es el misterio de las lenguas el día de Pentecostés, “porque cada uno los oía hablar en su propio idioma”. El idioma del hombre de la calle, del hombre que no tiene trabajo, del hombre que vive marginado, del hombre que sufre, llora o se ríe. ¿Entienden nuestros fieles nuestras homilías dominicales como entienden las del Papa Francisco?

El Espíritu de la diversidad. Es el Espíritu de la comunión. Pero de la comunión en la diversidad. Es el Espíritu de la unidad. Pero de la unidad en la pluralidad y la diversidad.
En la diversidad de carismas.
En la diversidad de caminos.
En la diversidad de pensamiento.
En la diversidad de inquietudes.
En la diversidad de expresiones.
En la diversidad de espiritualidades.

El mismo Espíritu que crea la unidad es el mismo que crea la diversidad.
El mismo Espíritu que crea la comunión es el mismo que crea las diferencias.
El mismo Espíritu que crea una misma Iglesia, la quiere en la pluralidad.
Unidad no es uniformidad.
Unidad no es ser todos iguales.
La uniformidad empobrece a la Iglesia.
La diversidad la enriquece.
Dios es la unidad en la Trinidad de personas.

Que también hoy entiendan nuestro Evangelio todas las culturas. Y las oigan en sus propias lenguas y costumbres.

Clemente Sobrado C.P.

Anuncios

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s