Bocadillos espirituales para vivir el Tiempo Ordinario: Martes de la 10 a. Semana – Ciclo B

“Dijo Jesús a sus discípulos: “Vosotros sois la sal de la tierra. Pero si la sal se vuelve sosa, ¿con qué la salarán? Vosotros sois la luz del mundo. No se puede ocultar una ciudad puesta en la cima de un monte”. (Mt 5, 13-16)

Todos conocemos los efectos de la sal.
Sobre todo hoy, los médicos nos racionan mucho la sal.
Pero, confieso que a mí una comida sin sal no me sabe a nada.

Una de mis experiencias de niño es cuando se mataban los cerdos y la carne, sobre todo los jamones, se guardaban en una artesa toda llena de sal.
En aquel entonces no entendía el por qué de tanta sal.
Más tarde comprendí que era para conservar en buenas condiciones la carne.

Hoy, con este Papa Panchito, recién descubro esas vidas-sal, esas vidas-luz.
Con él diera la impresión de que la Iglesia tiene otra luz.
Que las cosas se ven de una manera diferente.
Que una Cruz pectoral sencilla brilla más que esas cargadas de perlas.
Que el buen humor y el meterse con la gente como uno más le da más brillo a la Iglesia.
Un Papa con zapatos como el resto de la gente, como que tiene otro sabor.
Un Papa con camiseta de fútbol, sabe a pueblo.
Un Papa con capisayos ordinarios y sencillos, tiene otro gusto.
Un Papa que ha dejado vacío los grandes escritorios, sabe a otra cosa.
Un Papa hablando el lenguaje sencillo del pueblo, sabe a otra cosa.
Un Papa que en Corea utiliza el auto compacto Kía.
O el que regaló un sacerdote de Verona con 300.000 kilómetros.
Una brisa corre por la Iglesia.
¿Se terminará el tiempo de los lujosos Mecedes?
La Iglesia tiene otra luz. Las bombillas son antiguas pero alumbran con luz nueva.

Antes, al bautizar a los niños se les ponía sal en la lengua, se sentían incómodos.
Claro que preferían un turrón de azúcar a la sal.
Y sin embargo, era el bello símbolo del cristiano:
Del cristiano que no solo deba gusto y sabor a la vida.
Del cristiano que no solo daba un nuevo gusto y un nuevo sabor al mundo.
Sino del cristiano que sellaba su amistad con Dios.
Sino del cristiano que sellaba su alianza con Dios.
Sino del cristiano que sellaba su condición de cristiano para toda la vida.
Sino del cristiano que sellaba su fidelidad bautismal, aunque tuviese que vivir en un mundo de mayores condescendencias y facilidades.

Ahora entiendo por qué Jesús lo primero que nos pide a los cristianos es ser “sal de la tierra”.
Sal para el paladar de la vida.
Sal para confirmar nuestra fidelidad, por más que “nos persigan y nos calumnien de cualquier modo por su causa”.
Sal que, que por encima de las persecuciones nos hace “estar alegres y contentos, porque vuestra recompensa será grande en el cielo”.

Y por eso, Jesús nos pone de sobre aviso: “no perder nuestra condición de sal”.
Porque si sus seguidores perdemos esa condición de “sal” hemos perdido el sentido de nuestras vidas en el mundo. Ya solo servimos “para que se nos tire fuere y que la pise la gente”.

Lo que sí siempre me ha gustado es la luz.
Pero no esa luz de las lámparas a pilas.
No esa luz de candil a petróleo.
No esa luz de candil a carburo.
Sino esa luz que tiene como central de energía a Jesús mismos.
Somos luz en la medida en que estamos conectados vitalmente con Jesús.
Somos luz en la medida en que Jesús resplandece en nuestras vidas.
Somos luz en la medida en que Jesús nos ilumine para que iluminemos.

Y ya es hora de que superemos esas falsas humildades de “que no vean lo buenos que somos y lo bueno que hacemos”.
Las ciudades construidas en la cima del monte no son para ocultarse por la niebla.
Las lámparas metidas debajo de una mesa tampoco iluminan.
“Que vean la bondad de nuestras vidas.
Que vean lo bueno que hacemos”.
No para que nos alaben, sino para que a nuestro alrededor hay más luz de Evangelio y la gente “glorifique al Padre que está en el cielo”.

Está bien amigos, que no seamos exhibicionistas de lo que hacemos.
Pero tampoco nos consideremos tan poca cosa que nos escondamos.
Que los demás nos vean.
Que los demás tengan más luz en su camino.
Que los demás nos alaban, pues bendito sea Dios.
Que los demás nos tengan por santos, ¿a caso preferís que nos tengan por pecadores?

Clemente Sobrado C. P.

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