Bocadillos espirituales para vivir el Tiempo Ordinario: Martes de la 11 a. Semana – Ciclo B

“Dijo Jesús a sus discípulos: “Habéis oído que se dijo: “Amarás a tu prójimo y aborrecerás a tu enemigo”. Yo en cambio, os digo: Amad a vuestros enemigos, y rezad por los que os persiguen. Así seréis hijos de vuestro Padre que está en el cielo, que hace salir su sol sobre malos y buenos, y manda la lluvia a justos e injustos”. (Mt 5,43-48)

¿No te llama la atención este Evangelio?
Porque yo me pregunto: ¿por qué tiene que haber enemigos?
En aquel entonces “enemigo” era todo el que no pertenecía al pueblo de Dios.
Hoy el concepto de enemigo es mucho más amplio.
Enemigo puede ser el que tengo en mi casa.
Enemigo puede ser mi vecino.
Enemigo puedes ser tú.
Enemigo puedo ser yo.
Enemigo puede ser cualquiera.

Pero yo me pregunto: ¿por qué en una sociedad humana tiene que haber enemigos?
¿Quién es de verdad mi enemigo?
El enemigo ¿existe en mi mente o existe en la realidad?
Si hay enemigos tengo que reconocer que también yo soy, de alguna manera, enemigo de alguien.
¿También yo soy enemigo? Enemigo ¿de quién o de quiénes?

Benedicto XVI escribe “El desarrollo de los pueblos depende sobre todo de que los pueblos se reconozcan como parte de una familia” (CV 53)
Si la humanidad es una familia y todos somos parte de esa familia ¿cómo puede haber enemigos, cuando todos somos hijos y hermanos?

Y sin embargo, todos hablamos de enemigos, como de aquellos que:
Que no me quieren.
Que no me aman.
Que me quieren mal.
Que me han hecho daño.
Que me quieren hacer daño.
Que no me tragan o no los trago.

Una sociedad de enemigos es:
Una sociedad dividida.
Una sociedad enemistada.
Una sociedad fracturada.
Una sociedad en la que todos somos un peligro para los demás.
Una sociedad en la que todos vivimos defendiéndonos los unos de los otros.

Y esta no es una sociedad, ni una humanidad “familia”.
Hablar de amar a los enemigos es el gran ideal de las bienaventuranzas.
Pero la verdadera bienaventuranza sería un mundo y una sociedad sin enemigos, sino una sociedad de hermanos.
Sin embargo, tenemos que reconocerlo, los enemigos abundan. Y eso es lo triste.
Nada más doloroso que los hermanos “enemistados”.
Nada más doloroso que los hermanos que “no se hablan”.
Nada más doloroso que los hermanos que “se odian”.
Nada más doloroso que los hermanos “se matan”, “se roban”.

Y sin embargo, el ideal del Evangelio sigue siendo “el amor” y no “el odio”.
Todos somos “familia de Dios”.
Y Dios ama a todos, buenos y malos.
Y como creyente estoy llamado a amar como Dios ama.
Mi amor no puede excluir a nadie.
Mi amor no puede marginar a nadie.
Mi amor tiene que abrazar a todos.
También a los que me han hecho daño.

No me pide que mis sentimientos psicológicos cambien, porque la “gracia no destruye la naturaleza”.
No me pide que todos sean mis amigos íntimos.
Pero sí me pide que todos sean mis hermanos.
No me pide que psicológicamente no me duelan las ofensas.
Ni me pide que con todos tengan los mismos sentimientos de afecto y confianza.
Pero sí me pide que a todos los lleve en mi corazón.
Puede que la herida sangre, pero el amor al que me hirió termina cicatrizándola.

Amar a los que me aman es convertir el amor en moneda de pago.
Amar a los que no me aman o incluso son “mis enemigos”, es llenar mi corazón de gratuidad.
Amar a los que no me aman es compartir un pedacito del corazón de Dios que “ama a malos y buenos”, “llueve a justos e injustos”.

Clemente Sobrado C. P.

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