Bocadillos espirituales para vivir el Tiempo Ordinario: Jueves de la 11 a. Semana – Ciclo B

“Cuando recéis, no uséis muchas palabras, como los gentiles que se imaginan que por hablar mucho les harán caso. Vosotros rezar así: “Padre nuestro del cielo, santificado sea tu nombre, venga tu reino, hágase tu voluntad en la tierra como en el cielo, danos hoy el pan nuestro de cada día, perdónanos nuestras ofensas, pues nosotros hemos perdonado a los que nos han ofendido, no nos dejes caer en la tentación, sino líbranos del Maligno”. Porque si perdonáis a los demás sus culpas, también vuestro Padre os perdonará a vosotros”. (Mt 6,7-15)

Rezamos mucho y es posible que oremos poco.
Rezar es decirle nosotros cosas a Dios.
Orar es hacer silencio en el corazón y escuchar a Dios.

Está bien que “recemos”, pero es posible que al rezar, expresemos los sentimientos otros.
Rezamos oraciones hechas por otros.
Rezamos oraciones que expresan los sentimientos de otros.
Rezamos oraciones hechas por otros.

Yo prefiero hablar de “orar”.
Orar es callar y dejar que hable el corazón.
Orar es calar y escuchar a Dios que nos habla.
Es el silencio humano de las cosas.
Pero es la Palabra de Dios resonando dentro de nosotros.

Para Jesús el Padre nuestro expresa la verdad de nuestra oración.
Primero, orar es meternos en ese ambiente de la paternidad de Dios.
Segundo, orar es meternos en ese ambiente o clima de nuestra filiación.
Tercero, orar es meternos en ese clima de sentir nuestra fraternidad universal

Orar es vivir inmersos en esas tres realidades esenciales de nuestra fe:
Paternidad. Es dejar que nuestro corazón se empape de la experiencia de la paternidad de Dios. No hables. Siente.
Filiación. Es dejar que nuestro corazón se empape como esponja de nuestra condición de hijos. No hables. Siente.
Fraternidad. Es dejar que nuestro corazón se sensibilice de la experiencia de sentir a todos como hermanos. No hables. Siente.
Ese es el ambiente en el que ha de desenvolverse nuestra oración.
De tal modo que salgamos de la oración:
Con una experiencia más tierna de Dios.
Con una experiencia más rica de nosotros mismos.
Con una experiencia más gozosa de los demás.
Con una experiencia de cariño para con Dios.
Con una experiencia feliz de nosotros mismos.
Con una experiencia alegre de fraternidad.

No es cuestión de hablar mucho.
Jesús ya lo dice: “Dios ya sabe lo que necesitamos antes de pedírselo”.
Más bien debiéramos aplicar aquello de Pablo: “Sentid en vosotros los mismos sentimientos que tuvo Cristo Jesús”.
¿Cómo siente Dios su paternidad sobre Jesús?
¿Cómo siente Dios su paternidad sobre cada uno de nosotros?
¿Cómo siente Dios nuestra condición de hijos?
¿Cómo siente Dios vernos a todos como hermanos, familia suya?

Clemente Sobrado C. P.

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