Bocadillos espirituales para vivir el Tiempo Ordinario: Martes de la 13 a. Semana – Ciclo B

“De pronto se levantó un temporal tan fuerte que la barca desaparecía entre las olas; él dormía. Se acercaron los discípulos y lo despertaron, gritando: “¡Señor, sálvanos, que nos hundimos!” El les dijo: “¡Cobardes! ¡Qué poca fe!” Se puso en pie e increpó a los vientos y al lago, y vino una gran calma, Ellos se preguntaban admirados: “¿Quién es éste? ¡Hasta el viento y el agua le obedecen!” (Mt 8,23-27)

En la naturaleza hay días tranquilos y serenos.
Pero también hay días tormentosos y hasta con huracanes que hacen desastre y medio.
Algo parecido acontece con la Iglesia.
Hay días serenos y tranquilos.
Hay días en los que todo parece tranquilo.
Pero también en la Iglesia existen tormentas.
Tormentas que nos vienen de fuera: las persecuciones.
Tormentas que vienen de dentro: conflictos y divisiones internas.
Días en los que resplandece la gracia y la santidad.
Días en los que el pecado parece que la hunde y la hace perder de sentido.
Días en los que la sociedad la admira, aprecia y valora.
Días en los que la sociedad la sociedad la critica, la persigue y trata de destruirla.

Hemos estado demasiado acostumbrados a una Iglesia tranquila.
A una Iglesia a la que todos admiraban.
A una Iglesia en la que Estado e Iglesia caminaban de la mano.
Todos nos sentíamos a gusto con esa Iglesia y sin embargo era una calma que hacía poco favor a la Iglesia. Nunca el matrimonio e Iglesia ha sido favorable para la autenticidad de la Iglesia.

Los últimos años la Iglesia ha sufrido muchas tormentas.
Ha sido víctima de grandes escándalos de todo tipo.
Una Iglesia que ha perdido prestigio social.
Una Iglesia que daba la impresión de oscurecerse y dejar de ser “luz de las gentes”.
Problemas de pederastia que la desacreditaba nada menos que en sus representantes.
Problemas económicos con el famoso Banco Vaticano.
Problemas de poder que sutilmente la iban envenenando por dentro.

Y mientras tanto ¿dónde estaba Jesús?
Para muchos Jesús estaba dormido.
Y sin embargo, ahí estaba él.
Tormentas posiblemente porque hemos convertido la Iglesia en cosa de hombres y nos hemos olvidado de Jesús.
Lo hemos dejado dormirse y lo hemos querido hacer todo nosotros.

Las tormentas pueden ser peligrosas.
Cuántos bosques destruidos en esas tormentas.
Pero las tormentas también tienen su lado bueno.
Nos hacen volver la mirada y el corazón de Jesús.
Nos hacen despertar al Jesús que habíamos adormecido.
Nos hacen gritar “Señor, sálvanos”.

Ocultar nuestras debilidades no hace favor alguno a la Iglesia.
Ocultar nuestros pecados nos hace conservar las apariencias.
Pero lo malo de los árboles es cuando comienzan a podrirse el tronco por dentro.
Que nuestras debilidades afloren, hacen sufrir, pero son principio de sanación.
La Iglesia ha sufrido mucho estos últimos años porque le hemos quitado el polvo que ocultaba sus miserias.
Y esto ha sido motivo para que la Iglesia se plante de nuevo su verdad.
Ha sido motivo para que la Iglesia se purifique interiormente en su dolor y sufrimiento.
La fiebre crea malestar en el organismo.
Pero también nos avisa y hace que busquemos la infección que nos está dañando dentro.
Hoy sentimos que, pasada la tormenta, la Iglesia comienza a rejuvenecerse.
Hoy sentimos que un aire nuevo refresca en el rostro de la Iglesia.
El regalo del Papa Francisco, que a muchos puede que moleste, es un viento primaveral que está invitando a la Iglesia a renovarse, a ser ella misma, y a que Jesús vuelva a ponerse en pie en medio del oleaje.

Clemente Sobrado C. P.

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