Bocadillos espirituales para vivir el Tiempo Ordinario: Miércoles de la 15 a. Semana – Ciclo B

«En aquel momento, se llenó de gozo Jesús en el Espíritu Santo, y dijo: Yo te bendigo, Padre, Señor del cielo y de la tierra, porque has ocultado estas cosas a los sabios y prudentes, y se las has revelado a los pequeños. Sí, Padre, tal ha sido tu beneplácito». (Mt 11,25-27)

¿Por qué pensamos que los pequeños no entienden nada de nada?
Nosotros excluimos de todo a los pequeños, a todos los pequeños.
A los pequeños en edad, a los pequeños económica, cultural y socialmente. Esos no entienden las cosas.

– Pocas veces los Evangelios sorprenden a Jesús en sus conversaciones con el Padre. Sabemos poco de qué hablaban los dos.
Pero esta vez, como se dice en criollo, «lo chaparon». Describen a Jesús lleno de gozo en el Espíritu Santo…
¿A qué obedecía esa alegría y ese gozo profundo de Jesús?
«Los pequeños sí estaban captando las grandes verdades del Reino».
«Los pequeños sí se estaban abriendo a los misterios de la gracia».
Mientras tanto los gordos e inflados intelectuales no entendían de la Misa la media.

Jesús sintió enorme alegría porque veía que la gente sencilla, de corazón simple, de alma limpia, que sabía muy poco de esas ciencias intelectuales, sin embargo sentía, vivía y experimentaba las alegrías de Jesús buena noticia.
Todo ello era signo inequívoco de que el Espíritu Santo actuaba en ellas. Y que Dios estaba expresando y revelando en ellas la novedad del Reino.

Lo de siempre. Las cabezas infladas de saber, ya lo saben todo.
No necesitan de nada. Nadie tiene nada que enseñarles.
Ni Dios tiene nada que decirles, porque la ciencia ya se lo ha dicho todo.
Raymond califica el agnosticismo y la intoxicación marxista como «el opio de los intelectuales».

– ¿No habrá también hoy demasiadas inteligencias dopadas de agnosticismo, de materialismo, de ciencia? Hoy todo lo justificamos con la ciencia, o mejor dicho con lo que nosotros queremos llamar ciencia. Y marginamos la fe como fuente de conocimiento y fuente de verdad.
Tenemos miedo a creer, a abrirnos a la verdad revelada, que es la otra dimensión de la verdad a la que la ciencia humana no puede llegar.
Se busca incompatibilidades entre ciencia y razón, donde en realidad lo único que hay es ignorancia de la fe y. no pocas veces, reduccionismos científicos.

Jesús se encontró con esos científicos de la religión, dopados también ellos por sus propias convicciones, y cerrados a la buena noticia del Reino.
Pero, a la vez, se encontró con esa gente simple del pueblo, la única que no está dopada de prejuicios ni de soberbia intelectual, y esa gente hecha de una sola pieza, abría su corazón a las llamadas de Dios. «Gracias, Padre, porque has ocultado todo esto a los sabios y los prudentes intelectuales, pero se lo has revelado a los pequeños».
Se lo has revelado a los pequeños que mandamos a cama porque nosotros vamos a tener conversaciones de mayores. Se lo has revelado a los pequeños a quienes prohibimos hablar, porque ellos no entienden.
Con el Evangelio en la mano, uno siente la tentación de gritar:
¡Qué pequeños son los grandes! ¡Qué grandes son los pequeños!
¡Qué poco saben los que saben y cuánto saben los que no saben!
Los sabios tienen la ciencia de los libros, pero la gente sencilla tiene la sabiduría de la vida.

Me lo decía una madre de familia. Había quedado viuda. Tuvo que sacar adelante a sus cinco hijos, hoy todos profesionales. Uno de ellos lleva una vida que deja mucho que desear. Un día, me decía ella, vino este hijo mío.
Me preguntó si necesitaba algo, porque como ahora la vida está tan imposible… No hijo mío, siempre me he defendido como he podido. No me falta nada. Solo me faltas tú, porque ¿de qué me sirve tenerlo todo, mientras veo la vida que tú llevas? Si quieres darme algo, dame la satisfacción de verte por el buen camino.
Era una mujer que vivía al día. Que cada día tiene que vérselas para vivir.
Y aún así, su preocupación no era la económica sino la vida desarreglada del hijo.
No era ninguna intelectual. Era una madre que sabe mucho del corazón y del espíritu.

Clemente Sobrado C. P.

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