Bocadillos espirituales para vivir el Tiempo Ordinario: Viernes de la 15 a. Semana – Ciclo B

“En un sábado, Jesús atravesaba un sembrado; los discípulos que tenían hambre, empezaron a arrancar espigas y a comérselas. Los fariseos, el verlo, le dijeron: “Mira, tus discípulos están haciendo una cosa que no está permitida en sábado”. (Mt 12,1-8)

¿Qué es más importante?
¿La ley o el hombre?
¿La ley o la persona?
¿La ley o el hambre?

La gran tentación de todos los tiempos está precisamente ahí:
La norma es el criterio absoluto.
La norma es el fin de la conducta humana.
Cumplir con la ley es agradar a Dios, por más que destruyamos al hombre.
La norma está por encima del hombre.
Cumplir con la norma es más importante que cumplir con el hombre.
Tenemos la idea de que la Ley o la norma:
Está en función de Dios y no del hombre.
Está en función de cumplir con Dios, aunque sacrifiquemos al hombre.
Cuando, en realidad, Dios no necesita de leyes que lo defiendan y protejan.
La ley tiene que estar para proteger los derechos de los hombres entre los hombres.

Nos interesa más la ley que el hambre del hombre.
Nos interesa más la ley que la dignidad del hombre.
Nos interesa más ser fieles a la ley que fieles al hombre.

Por eso, Dios resulta, con frecuencia, como enemigo del hombre.
Cuando en realidad:
Dios no exige derechos que puedan destruir al hombre.
Dios no exige derechos que atenten contra el hombre.
Dios no exige derechos que se olviden de los derechos del hombre.

Una ley que no respete al hombre, tampoco respeta a Dios.
Una ley que sacrifica al hombre, sacrifica también a Dios.
Una ley que destruye la dignidad del hombre, también destruye la dignidad de Dios.
Una ley que se olvida del hombre, también se olvida de Dios.
La “gloria de Dios es el hombre que vive”, decía San Ireneo.

Quien no respeta los derechos del hombre, tampoco respeta los derechos de Dios.
Quien no respeta al hombre, tampoco no respeta a Dios.
Quien no ama al hombre, tampoco ama a Dios.
Quien no busca el bien del hombre, tampoco busca el bien de Dios.
Quien no vive para el hombre, tampoco vive para Dios.

Jesús, ante el hambre de sus discípulos, los defiende con tres argumentos asumidos de la misma Biblia:
La conducta de David cuando él y sus soldados tenían hambre.
Los mismos sacerdotes son los primeros en violar el sábado porque trabajan.
Y finalmente, Dios está por encima del sábado.

Nosotros preferimos hoy otro argumento, posiblemente más válido:
La conducta y actitud misma de Dios:
Dios se hace hombre, por amor al hombre.
Dios se hace hombre, en función de la salvación del hombre.
Dios renuncia a su condición divina, para hacerse hombre, uno más entre los hombres.
El que era rico, se hace pobre para enriquecer al hombre.
El que no tenía pecado, se hace pecado, por salvar al hombre.

Dios siempre es el final del camino de todo creyente.
Pero Dios no avasalla al hombre.
Al contrario, el camino para llegar a Dios es siempre el hombre.
“Lo que hagáis a uno de estos mis pequeños, a mí me lo habéis hecho”.
A todos nos cuesta valorar al hombre como Dios lo valora.
A todos nos cuesta entender que el camino de Dios es el hombre.
A todos nos cuesta entender que, Dios pone siempre al hombre, casi en condición de igualdad.
San Vicente de Paúl sí lo entendió bien, cuando decía a sus religiosas, que “dejar la oración por atender al enfermo es dejar a Dios por Dios”.

Expresar nuestra relación con Dios en el culto y la ley está bien.
Pero Dios prefiere ser amado en el amor que tenemos a los demás.

Clemente Sobrado C. P.

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