Bocadillos espirituales para vivir el Tiempo Ordinario: La Transfiguración del Señor

Transfiguración del Señor

“Sus vestidos se volvieron de un blanco deslumbrador, como no puede dejarlos ninguna batanero del mundo. Se le aparecieron Elías y Moisés, conversando con Jesús. Entonces Pedro tomó la palabra y le dijo a Jesús; “Maestro, “¡qué bien se está aquí!” “Vamos a hacer tres tiendas, una para ti, otra Moisés y otra para Elías”. (Mc 9,2-10)

Los anuncios de la Pasión fueron un golpe a los sentimientos de los suyos.
Ninguno de ellos esperaba ese golpe tan duro.
El desconcierto los invade.
Ahora ya no aciertan a saber:
a dónde van,
ni a quien siguen,
ni que les espera.
Algo así como si la figura de Jesús se hubiese oscurecido.
Algo así como si el futuro se presentase como incierto.
Algo así como si su ilusiones se hubiese apagado.

Y de repente:
Jesús quiere devolverles el alma al cuerpo.
Jesús quiere reverdecer sus esperanzas.
Jesús quiere despertar una nueva primavera en el invierno de sus corazones.
Y Jesús les regala con su transfiguración.
Una transfiguración que les muestra el otro lado de su persona.
Una transfiguración que les muestra el otro lado de la Pasión.
Y las ilusiones vuelven a florecer.
Y las esperanzas vuelven a hacer bello el camino.

Todos necesitamos ser testigos de la transfiguración de Jesús.
Todos necesitamos ser testigos de nuestra propia transfiguración.
Todos necesitamos recuperar la fe en nosotros mismos.
Todos necesitamos recuperar la belleza que se esconde dentro de nosotros.
Todos necesitamos, salir a nuestras propias oscuridades y volver a admirarnos de nosotros mismos.
¿Qué hay mucho de invierno en nosotros? Eso es claro.
Pero ¿y cuánto pudiéramos contemplar de nuestra propia primavera y transfiguración? Veamos:

1.- Te admiras de la belleza de un cuadro. ¿Y por qué no te admiras de la belleza de ti mismo, que eres el cuadro más maravilloso de todos? A ti te pintaron los pinceles creadores de Dios.

2.- Te admiras de la belleza de una estatua. ¿Y por qué no te admiras de ti mismo? Tu cuerpo es la más bella estatua que se haya hecho. Y la cincelaron las manos creadoras de Dios. ¿Y sabes… el mismo Dios después de crearte, se quedó pasmado de ti…? Hasta Dios se sorprendió de lo bien que le saliste…

3.- Te admiras de la belleza de un paisaje. ¿Y por qué no te admiras de ti mismo? La belleza de tu corazón es mucho mayor. Es la belleza del corazón de Dios reflejada en él. ¿Por qué miras siempre hacia afuera si dentro llevas tanta belleza escondida?

4.- Te admiras de las cosas que hacen los animalitos. Y entonces dices: “casi parecen tener inteligencia”. Sí, ellos “casi” tienen inteligencia. Pero tú la tienes. Tú eres inteligente. ¿Por qué no admiras el que Dios te haya regalado una inteligencia que te hace superior a todos los demás seres?

5.- Te admiras de las maravillas que hace una computadora. Y son admirables, ciertamente. ¿Y no te admiras de las posibilidades que tiene tu libertad? Libre para decir no. Libre para amar y dejar de amar. Libre para andar o detenerte. Libre para todo… ¿No te admiras de tu libertad?

6.- Te admiras de las estrellas con las que Dios ha dibujado de noche los cielos. ¿Y no te admiras del cielo de tu alma dibujado a diario por cantidad de luces, de llamadas, de inspiraciones, de exigencias, con las que tachona tu espíritu? Si te miraras bien desde dentro verías que el cielo de tu alma está iluminado, aún en tus noches sin luz.

7.- Te admiras de que la gente te ame y haya quien te diga que está enamorado de ti. ¿Y nunca te has admirado de que Dios sea el gran enamorado de tu vida? De tu corazón, de tu cuerpo, de tu alma, de tu libertad… Tan enamorado que no dudó en dar su vida por ti en la Cruz. ¿No es esa una locura de amor?

Detrás de las sombras de cada uno de nosotros:
Hay un yo maravilloso.
Hay un yo lleno de luz.
Hay un yo que todo lo ilumina.
Hay un yo con el que todos nos sentimos a gusto.
Hay un yo con el que quisiéramos estar siempre.
Pero para ello necesitamos también nosotros transfigurarnos.
Dejar que las sombras exteriores dejen ver la luz que alumbra dentro.

Clemente Sobrado C. P.

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