Bocadillos espirituales para vivir el Tiempo Ordinario: La Exaltación de la Santa Cruz

Tanto amó Dios al mundo que entregó a su Hijo único, para que no perezca ninguno de los que creen en él, sino que tengan vida eterna. Porque Dios no mandó a su Hijo al mundo para juzgar al mundo, sino para que el mundo se salve por él”. (Jn 3,13-17)

Todos tenemos miedo a la Cruz.
Y sin embargo es el gran signo:
Del misterio de Dios.
De cómo ve Dios al hombre.
De la gran esperanza del hombre.

Cuando Dios quiere decirse al hombre, no encuentra mejor que expresión que el amor.
Cando Dios quiere decirle algo al hombre, lo mejor que puede decirle es cómo lo ama.
Cuando Dios quiere decirle al hombre lo importante que es, le muestra la a Cruz y a su Hijo crucificado.

La cruz es expresión de amor y de vida.
Es la medido de cómo nos ama Dios.
Dios no ama de cualquier manera.
Dios nos ama entregándonos a su propio Hijo.
Que es quien se entrega a sí mismo.
Por eso, mirar a la cruz, es sentir: “así ama Dios”.
Quien quiera encontrar a Dios no tiene lugar más seguro que la Cruz.
Es la máxima expresión de su amor.

Nos han hecho llorar mucho viendo los sufrimientos de la cruz.
¿Nos habrán hecho sentir tanto el amor de Dios manifestado en la cruz?

Nos han amenazado demasiado con la condenación.
Dios empeñado en salvarnos.
Y nosotros empeñamos en tener miedo que nos condene.
Dios no quiere nuestra condenación.
Dios quiere que todos se salven y nadie se condene.
Y si encarnó a su hijo y lo dejó crucificar ha sido para salvarnos.
Dios hace lo imposible para que ninguno de nosotros se condene.
Yo no puedo creer en un Dios que me condene.
Por eso me encanta la respuesta del que fue Cardenal Martín:
“Eminencia, ¿usted cree en el infierno?”.
En el infierno sí creo.
Pero de lo que tengo duda es que haya alguien en él”.

Porque si Dios utiliza todo su amor para salvarnos, ¿quién podrá condenarnos?
No vivimos con miedo a la condenación.
Vivamos con la gozosa esperanza de la salvación.
No vivamos con miedo al infierno.
Vivamos con la ilusión y esperanza del cielo.

Pablo lo entendió muy bien cuando se pregunta a sí mismo:
¿Y quién me ha de juzgar?
Y se responde él mismo:
El mismo que murió por mí”.

Si llevamos una cruz colgada al cuello que sea como la expresión de que estoy salvado.
Si miramos una Cruz sea con ojos de salvación.
Sé que a veces nos cuesta la fe en él.
Pero el amor que Dios me tiene es mucho más grande que mis dudas.
Tanto amó Dios al mundo que entregó a su Hijo único, para que no perezca ninguno de los que creen, sino que tengan vida eterna. Porque Dios no mandó a su Hijo al mundo para juzgar al mundo sino para que el mundo se salve por él”.

La mayor ofensa a Dios es no creer en su amor.
La mayor ofensa a Dios es no creer que me salvará.
“La fe es creer que Dios me ama”,

Clemente Sobrado C. P.

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