Bocadillos espirituales para vivir el Tiempo Ordinario: Sábado de la 26 a. Semana – Ciclo B

“En aquel momento, lleno de la alegría del Espíritu Santo, exclamó: “Te doy gracias, Padre, Señor del cielo y de la tierra, porque has escondido estas cosas a los sabios y a los entendidos, y las has revelado a la gente sencilla. Sí, Padre, porque así te ha parecido bien”. (Lc 10,17-24)

Con la sencillez del niño de Colegio que llega a casa feliz, porque ha metido un gol, los setenta y dos regresan a Jesús, felices porque “hasta los demonios se nos someten en tu nombre”.

Muchos dirán que esto era orgullo y vanidad.
¿Y por qué no decir que era la alegría fruto de la eficacia de su predicación?
¿Acaso está prohibido alegrarnos de las cosas buenas que hacemos?
¿Acaso no nos sentimos mal cuando hacemos un disparate?
¿Por qué entonces prohibir la alegría del bien que hacemos?
¿Por qué hemos de matar la alegría de lo bueno que hay en nosotros?
¿Por qué hemos de matar la alegría por lo bueno que hemos hecho?
¿Por qué no dejar que la alegría brote en nuestros corazones?
Y que nadie venga con esa espiritualidad de las falsas humildades que tratan de hacernos menos de lo que somos y prohibirnos disfrutar de nuestros éxitos.

Hasta el mismo Jesús siente que su corazón vibra con la alegría de aquellos principiantes en el anuncio del Evangelio.
Hasta Jesús se llena “de la alegría del Espíritu Santo”.
Y comparte esa alegría con el Padre.
Y convierte esta experiencia en diálogo de oración con el Padre.
Claro que tampoco él es de los que se quedan con la alegría de los éxitos.
Y les hace ver que todavía hay motivos más íntimos y personales para ese entusiasmo.
Saber que “sus nombres están escritos en los cielos”.
La alegría del cristiano no puede ser solamente humana.
Tiene que ser también la alegría de sentirse en el corazón de Dios.

El cristiano tiene muchas fuentes de felicidad.
Es la felicidad del amor humano.
Es la felicidad de unos hijos que son una primavera.
Es la felicidad de amanecer cada día con nuevas esperanzas.
Es la felicidad de una vida llena de Dios.
Es la felicidad de una vida al servicio de Dios.
Es la felicidad de una vida al servicio de los demás.

La alegría de Jesús tiene un motivo muy particular.
Se alegra de lo que han hecho.
Se alegra que en su nombre haya echado demonios.
Se alegra de que gente tan sencilla y tan simple, se haya abierto al Evangelio hasta anunciarlo.
Se alegra de que el Reino y de Dios comience a brotar en el corazón, no de los grandes y sabios, sino en el corazón de una aldeanos que posiblemente ninguno de ellos sabía leer, y que sin embargo el Reino de Dios ya estaba germinando en sus corazones.

Saber alegrarnos de los triunfos de los demás, demuestra la grandeza de nuestro corazón.
Saber alegrarnos de que los demás sean felices, demuestra la bondad de nuestro corazón.
Saber alegrarnos de lo que hacen los demás, demuestra la nobleza de nuestro corazón.
Saber alegrarnos de que a los demás les vaya bien, demuestra verdad de nuestro corazón.
Saber felicitar a los demás por sus triunfos, es fuente de felicidad para uno mismo.
Saber hablar de lo bueno de los demás, es una manera de manifestar la belleza del corazón.

Es maravilloso cuando siente que:
Tus éxitos son mis éxitos.
Tus triunfos son mis triunfos.
Tu bondad, es también mi bondad.
Por eso los comparto feliz contigo.

Clemente Sobrado C. P.

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