Bocadillos espirituales para vivir el Tiempo Ordinario: Miércoles de la 27 a. Semana – Ciclo B

7 de octubre – Nuestra Señora del Rosario

“Una vez estaba Jesús orando en cierto lugar, cuando terminó, uno de sus discípulos le dijo: “Señor, enséñanos a orar como Juan enseñó a sus discípulos. El les dijo: “Cuando oréis decid: “Padre, santificado sea tu nombre, venga tu reino, danos cada día nuestro pan del mañana, perdónanos nuestros pecados, porque también nosotros perdonamos a todo el que nos debe algo, y no nos dejes caer en la tentación”. (Lc 11,1-4)

Hacemos hoy memoria de Nuestra Señora del Rosario.
Una de las oraciones que posiblemente más ha calado en la experiencia religiosa del pueblo cristiano.
El Evangelio nos habla precisamente hoy cómo tiene que orar un creyente.
Y curioso el Rosario está compuesto de cinco Padre nuestros con diez Ave Marías cada uno.
Como vemos un Padre nuestro un tanto distinto del de Mateo, con solo cinco peticiones, pero responden perfectamente a las de Mateo.

La oración no puede ser algo que se impone.
No es una obligación impuesta desde afuera.
Aquí son los mismos discípulos los que le piden a Jesús que “les enseñe a orar”.
La oración nace de una necesidad interior de comunicación con Dios.
La oración es una necesidad de hablar con Dios.
La oración es una necesidad interior de expresarnos delante de Dios.

Tampoco la verdadera oración ha de ser:
Un pliego de reclamos a Dios.
Un pliego de intereses que queremos que Dios nos los soluciones.
Sino más bien:
Un experiencia de Dios como Padre.
Una experiencia de glorificar a Dios en nuestro corazón.
Una experiencia de una visión nueva de Dios.
Por eso comenzamos llamándole “Padre”.
Lo que significa nuestra experiencia de “hijos”.

Una experiencia del Reino de Dios más que de nuestros intereses.
“Venga tu reino”.
Es entrar en el corazón de Dios e identificarnos con sus propios intereses y planes.
Lo cual es confesar nuestro compromiso por instaurar un mundo según Dios.
Nuestro compromiso de construir un mundo como el que Dios quiere y no ese mundo que responde más a nuestras ansias y deseos y preocupaciones.

Es una experiencia de que el pan que comemos cada día es un “regalo de Dios”.
“Danos hoy cada día nuestro pan del mañana”
Que nuestro pan no es nuestro sino de él.
Y que como es suyo, nosotros lo recibimos agradecidos.
Y lo compartimos con nuestros hermanos.

Nuestra oración nos sitúa delante de Dios, en comunión con Dios.
“Perdónanos nuestros pecados”.
Tal y como somos.
Nos reconocemos pecadores.
Pero reconocemos su misericordia y su perdón.
No nos avergonzamos de nuestros fallos, sino que nos inspiran confianza en él.
Sabemos que Dios no deja de ser nuestro Padre a pesar de no ser siempre los hijos que el esperaría de nosotros.
El pecado termina siendo más que una vergüenza un espacio donde Dios revela su amor
Pero también nos hace partícipes de su perdón porque también nosotros nos comprometemos a perdonar.

Como hijo pequeños reconocemos que somos débiles.
Que necesitamos de su ayuda para no caer en la tentación.
Dios nos ama como somos, débiles, pecadores, con hambre.
Pero a pesar de todo, capaces de darle gloria y colaborar con él.
Como decía aquel niño:
“Diosito, ¿en qué podré ayudarte mañana”.

Como ves orar es más que decir palabras.
Orar es transformarnos en los mismos sentimientos de Dios.
Es una vivencia de Dios y del Evangelio.

Clemente Sobrado C. P.

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