Bocadillos espirituales para vivir el Tiempo Ordinario: Sábado de la 27 a. Semana – Ciclo B

“Mientras Jesús hablaba a las gentes, una mujer de entre el gentío levantó la voz, diciendo: “Dichoso el vientre que te llevó y los pechos que te criaron”. Pero él repuso: “Mejor, dichosos los que escuchan la palabra de Dios y la cumplen”. (Lc 11,27-28)

Todos sentimos miedo de hablar y confesar en público a Jesús.
Alguien tiene que romper ese silencio.
Alguien tiene que reconocer públicamente su identidad.
Alguien tiene que gritar y salir del silencio de la gran mayoría.

Y fue una mujer, no un hombre.
Y fue una mujer, la que rompió el tenso silencio.
Y fue una mujer, la que decidió dar cara por él.
Lo de siempre:
Lo que llamamos sexo débil, termina siendo el sexo fuerte.
Lo que llamamos sexo débil, termina por romper el silencio del “sexo fuerte”.

Siempre he creído que la mujer parece más frágil.
Pero siempre la he visto mucho más decidida.
Me extrañó, cuando hace unos años, la Colonia Boliviana, me pidió celebrar una Misa “Por las Madres de Cochabamba”. Creo que así era en título.
Cuando pregunté por el sentido de tal celebración, alguien me respondió: “Porque fueron las mujeres las que dieron cara cuando sus hijos luchaban”.

Hay demasiados silencios también hoy.
Hay demasiados silencios que escuchan pero no dicen nada.
Hay demasiados silencios que quieren aparentar creer, pero en silencio.
Hay demasiados silencios que quieren demostrar que también ellos son de los cuyos, pero no se atreven a dar cara.
Hay demasiados silencios, fruto del miedo.
Hay demasiados silencios, fruto de la cobardía.
Hay demasiados silencios, fruto de la falta de compromiso.

Pero ¿dónde está la voz del “sexo fuerte”?
¿Dónde está la voz de los hombres confesando públicamente a Jesús?
¿Dónde está la voz de los hombres gritando en medio de los hombres la grandeza de Jesús?

Es cierto que esta mujer que sale del gentío:
No habla de Jesús, sino de su madre.
No habla de Jesús, sino de la grandeza de la madre.
No habla de Jesús, sino de la felicidad de una madre que tiene un hijo como él.
Es reconocer la grandeza del hijo.
Pero es reconocer la grandeza de una maternidad capaz de regalarnos un hijo como él.
Es reconocer la grandeza de la paternidad en la persona de los hijos.
Es reconocer que los hijos son el mejor trofeo de los padres.
Es reconocer que los hijos hacen grandes a sus padres.
Es reconocer que los hijos son la bienaventuranza de los padres.

No sé si alabar aquí la personalidad y la figura del hijo o de su madre.
No sé si alabar a la madre que parió tal hijo y lo alimentó a sus pechos.
No sé si son grandes los hijos.
O son grandes los padres que tienen tales hijos.

Creo que son grandes los padres que nos regalan tales hijos.
Creo que son grandes los hijos que tienen tales padres.
Creo que son grandes padres e hijos cuando son capaces de anunciar las “Buenas noticias de Dios”.
Me encantan las mujeres que hacen escuchar su voz.
Me encantan las mujeres que salen del silencio.
Me encantan las mujeres que salen del anonimato.
Me encantan las mujeres que son capaces de hablar donde los hombres callan.
Me encantan las mujeres, como las tres del Calvario, que están donde los hombres no se atreven a dar cara.

Dichosa la madre que nos regaló a Jesús.
Dichosa la madre que es capaz de ponerse de pie junto a la Cruz.
Dichosa la madre que es capaz de mantenerse en pie cuando todos se caen de miedo y cobardía.

Clemente Sobrado C. P.

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