Bocadillos espirituales para vivir el Tiempo Ordinario: Miércoles de la 28 a. Semana – Ciclo B

“¡Ay de vosotros, fariseos, que pagáis el diezmo de la hierba buena, de la ruda y de toda clase de legumbres, mientras pasáis por alto el derecho y el amor de Dios!… ¡Ay de vosotros también, maestros de la Ley, que abrumáis a la gente con cargas insoportables, mientras que vosotros no las tocáis ni con un dedo!” (Lc 11, 42-46)

Está bien que demos importancia a lo pequeño.
Pero ¿olvidándonos de lo grande?
Está bien que demos importancia a lo secundario.
Pero ¿olvidándonos de lo esencial?
Está bien que demos importancia a la justicia.
Pero ¿olvidándonos de los derechos de las personas?
Está bien que demos importancia al orden social.
Pero ¿olvidándonos de las necesidades de los pobres?
Está bien que reconozcamos y respetemos a los de arriba.
Pero ¿olvidándonos de los que están en el llano?
Está bien que reconozcamos la necesidad de respetar la verdad.
Pero ¿olvidándonos de la caridad?
Está bien que reconozcamos de la ortodoxia.
Pero ¿olvidándonos de la dignidad de las personas?

¿De qué nos sirve la verdad si con ellas aplastamos a las personas?
¿De que nos sirve la verdad si nos falta la caridad?
¿De qué nos sirve “nuestra verdad” si no respetamos la verdad de los demás?

Jesús no les reprocha por pagar el “diezmo de la hierbabuena”.
Lo que Jesús condena es que luego, se olviden del derecho de las personas.
Lo que Jesús condena es que luego, se olviden del amor de Dios.
Y no dice “del amor a Dios” sino “del amor de Dios”.
Porque la verdadera medida de nuestros comportamientos tiene que estar fundamentado en “el amor que Dios nos tiene”, y no precisamente en “el amor que nosotros le tenemos”.
El verdadero criterio no es, cómo nosotros amamos o decimos amar.
El verdadero criterio está, en “cómo nos ama El”.
Por eso nos dice Jesús “amamos como yo os he amado”.

Fácilmente damos importancia a muchas cosas, pero sacrificando lo más importante.
Está bien seamos fieles en “lo pequeño”.
Pero que lo “pequeño” no sea motivo para olvidarnos de lo “esencial”.
Está bien lo que “damos de limosna”.
Pero que sea después de “pagar lo que es justo”.
Está bien que vigilemos los pequeños detalles.
Pero sin que nos oculten lo que es esencial y primario.

Comprendemos que la condescendencia no lleva lejos a nadie.
Pero tampoco la intransigencia.
Comprendemos que tenemos que cumplir con nuestros deberes.
Pero sin olvidar que el primero de todos es la justicia y el amor.
Comprendemos que tengamos que ser exigentes.
Pero sin olvidarnos de la dignidad de las personas.
Comprendemos que la ley es la ley y es para que se cumpla.
Pero no olvidemos que antes que la ley está la dignidad de las personas.
Comprendemos que los que están arriba deban exigir ciertos compromisos.
Pero tampoco los de arriba pueden imponer condiciones que ellos mismos no cumplen.
Comprendemos que los que mandan deben responder de sus obligaciones.
Pero los que mandan no pueden olvidar que mandar no es aplastar a los de abajo, sino ayudarles.

Ni el orden ni la verdad está en la intransigencia.
Sino en el sentido de justicia y de amor.
Dios es muy justo, pero es la justicia del amor.
Es el amor de la justicia.
Dios es justo, pero no intransigente.
Dios es la verdad, pero no la verdad de las ideas o teorías, sino la verdad de sí mismo y de las personas.
Dios no es de los que dicen “hagan” sino de los que dicen “síganme”.
Dios nos es de los que va por detrás con el látigo, sino de los que marcha por delante abriendo caminos.
Dios no es de los que nos pide más de lo que primero él mismo ha hecho por nosotros.

Clemente Sobrado C. P.

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