Bocadillos espirituales para vivir el Tiempo Ordinario: Todos los Santos

“Al ver al gentío, subió a la montaña, se sentó, y se acercaron sus discípulos, y él se puso a hablar; enseñándoles: “Dichos los pobres en el espíritu, porque de ellos es el Reino de los cielos. Dichosos los que lloran, porque ellos serán consolados. Dichos los sufridos, porque ellos heredarán la tierra. Dichosos los que tienen hambre y sed de justicia, porque ellos quedarán saciados. Dichosos los misericordiosos, porque ellos alcanzarán misericordia”. (Mt 5,1-12)

Comenzamos el mes de noviembre con la festividad de Todos los Santos.
Por eso, permitidme que hoy os salude a todos con un:
“¡Muy feliz día, porque también vosotros sois santos!”

Bueno, yo sé que la mayoría esto no me lo va a creer.
Porque tenemos más fe en que somos pecadores que santos.
Porque tenemos más fe en que somos malos que buenos.
Porque aún no nos hemos convencido de que nuestra vocación es la santidad.
Porque aún no nos hemos convencido de que nuestra meta última es ser santos.

Nuestra vocación no es la de ser pecadores. Un amigo decía:
“No es obligatorio de ser pecadores”.
“Pero sí es obligatorio ser santos”.
El P. Leonardo, misionero pasionista, un día les dijo en la Misa: “Hermanos, no es obligatorio robar”. Es que los vecinos le acababan con las gallinas.
Cambiemos la frase y digamos con sinceridad: “no es obligatorio ser malos”.

Estamos acostumbrados, a que nos hablen de que no pequemos. Y está bien.
Pero aún no nos hemos a la idea de que tenemos que ser santos.
Y que Dios, no nos quiere cristianos vulgares, sino santos.
Tanto nos han convencido de que “no pequemos porque nos condenamos”, que ahora nos resulta que alguien nos diga que “hay que ser santos”.

También es cierto que hemos deformados a los santos.
Porque hacían tantos milagros.
Porque eran tan extraordinarios, que la verdad nos quitaban las ganas de serlo.
Y todos, en algún momento, hemos pensado: “Yo no estoy para eso”.
Nos han convencido de que para ser santos:
Hay que ser Papa.
Hay que ser Obispo.
Hay que ser Sacerdote.
Hay que ser religioso o religiosa.
Que los seglares bastaba que “fuésemos buena gente”, “cristianos amateurs”, “de segunda división”.

Felizmente el Concilio Vaticano II nos dijo que “todos estamos llamados a la santidad”.
No dijo nada nuevo, pero nos recordó algo que habíamos olvidado.
No haremos una pastoral de verdad predicando que seamos buenos.
No haremos una pastoral de verdad pidiéndonos que “basta salvarnos aunque sea en la tribuna norte o sur del Estadio”.
Haremos una pastoral de Evangelio:
Creándonos conciencia de que tenemos que ser “santos como vuestro Padre celestial es Santo”.
Creándonos conciencia que nuestro camino de Pueblo de Dios es la santidad.
Nadie nace para quedarse siempre niño.
Todos nacemos para llegar a adultos.

Y el camino nos lo marca Jesús con sus Bienaventuranzas:
“Sed pobres de espíritu”.
“Llorad con los que lloran”.
“Sufrid con los que sufren”
“Tened hambre y sed de justicia”.
“Sed misericordiosos con los demás”.
“Sed limpios de corazón”
“Trabajad por la paz”.
“Y sentíos felices si sois perseguidos por mi nombre”.

Y nadie me venga con eso de que “yo no tengo cara de santo”.
¿Y que crees que con la mía, yo tengo cara de santo?
Los santos tuvieron la misma cara que tú y yo.
La culpa la tienen los pintores y escultores que le has puesto una cara distinta.
Por eso, no me gustan los santos de altar, porque me parecen demasiado serios, nunca enseñan sus dientes con una sonrisa. ¡Viva la Madre Teresa siempre sonriente.
Y Dios nos quiere santos, pero sonrientes, alegres felices: “Dichosos vosotros”.
Y Dios nos quiere santos que nos encantan las fiestas, porque a él le encantan.
Y Dios nos quiere santos que pasan por la vida contando la alegría de vivir.
Y Dios nos quiere santos gozosos que bailamos el gozo de la vida.
Porque Dios es amor, Dios es fiesta, Dios es alegría.

Por eso ¡feliz día a todos vosotros, los santos de a pie, que nunca tendremos que quitaros el polvo en los altares, pero brillaréis radiantes en el cielo!

Clemente Sobrado C. P.

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