Bocadillos espirituales para vivir el Tiempo Ordinario: Martes de la 31 a. Semana – Ciclo B

San Martín de Porres

“Sal corriendo a las plazas y calles de la ciudad y tráete a los pobres, a los lisiados, a los ciegos y a los cojos”. El criado dijo: “Señor, se ha hecho lo que mandaste y todavía queda sitio”. Entonces el amo le dijo: “Sal por los caminos y senderos e insísteles hasta que entren y se me llena la casa”. Y os digo que ninguno de aquellos convidados probará mi banquete”. (Lc 14,15-24)

Me encanta Jesús porque le encantan las fiestas.
Se la pasa de boda en boda.
Comenzó con las Bodas de Caná, y sigue ahora con la Boda o Banquete del Reino.
Pero no sé qué sucede.
Cuando veo las bodas que se celebran en esta mi parroquia descubro que la gente asiste, se llena la Iglesia.
En cambio, cuando Dios organiza un banquete de bodas, los invitados todos tienen razones y motivos para dejarle plantado, con la mesa puesta, y todo a punto.
Y además lo hacemos de un modo muy cortés y educado.
Nadie quiere quedar mal. Pero no asiste.
Cada uno tiene sus motivos para disculparse.
Un campo comprado es suficiente razón para no participar.
Cinco yuntas de bueyes que hay que probar, son suficiente razón para no participar.
Y otro que prefiere su propia boda a la que el Señor le ofrece.

Nadie quiere quedar mal con Dios.
Pero todos tenemos motivos para disculparnos ante El.
Todos decimos creer en El.
Pero todos tenemos motivos para no hacerle caso.
Todos decimos que le amamos.
Pero todos tenemos motivos para presentarle nuestras disculpas.
Somos corteses con Dios.
Pero no le hacemos demasiado caso.
Somos educados con Dios.
Pero no queremos complicarnos la vida con Dios.

Sin embargo, Dios se las sabe todas.
Sabe que aún aquellos que no han recibido la tarjeta de invitación están dispuestos a asistir al banquete.
Y a Dios no le gusta ver sillas vacías.
Y manda al cruce de los caminos para que inviten a todos, malos y buenos.
Lo importante es que haya banquete, haya fiesta.
Y con frecuencia son precisamente esos que no pueden hacer grandes fiestas los más disponibles.
Los pobres tienen pocas fiestas.
A los pobres les bastan unas cajas de cerveza para pasárselo en grande.
Borrachitos y todo, pero les encanta la fiesta.
Y son ellos los que dicen que sí a la primera.
Son ellos los que no pueden comprar campos.
Son ellos los que no pueden comprar yuntas de bueyes.
Y Dios llena la sala con todos ellos.

Y diera la impresión de que cuanto más se llena la sala del banquete, más crece la sala.
Porque “todavía queda sitio”.
Todavía queda sitio para aquellos a quien nadie invita.
Todavía queda sitio para aquellos que hace tiempo para los cojos y lisiados.
Todavía queda sitio para esos a quienes nosotros marginamos.
Todavía queda sitio para esos que nunca han llenado su estómago.
Todavía queda sitio para esos que nosotros juzgamos como malos.
Todavía queda sitio para esos que nunca han oído hablar del Reino.
Todavía queda sitio para esos que nunca han oído hablar del Evangelio.

Dios quiere “ver llena su casa”.
Dicen que hoy las Iglesias están cada vez más vacías.
Dicen que hoy a las Iglesias solo asiste la gente mayor.
Dicen que hoy los jóvenes pisan poco la Iglesia.
Bueno, debo confesar que en la mía, veo todavía mucha juventud.

Es posible que muchas tengan también razones para dejar vacías las Iglesias.
Es posible que hoy nuestras Iglesias no ofrezcan banquetes tan exquisitos.
Es posible que hoy nos quedemos con los que vienen.
Es posible que hoy salgamos poco a los caminos, a las calles.
Pero esa ya es responsabilidad nuestra.
Los que llenaron la sala del banquete no habían sido llamados.
Fue preciso salir al cruce de caminos para cursarles la invitación.
Es necesario salir a la calle y anunciar que “todavía queda sitio”.
Y decirles: “Venid, que ya todo está preparado”.
Pero, que los que vienen, al salir puedan hablar de lo rico que ha estado el banquete y que linda ha estado la fiesta. Porque si salimos aburridos, ¿a quién vamos a invitar?

Clemente Sobrado C. P.

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