Bocadillos espirituales para vivir el Tiempo Ordinario: Viernes de la 32 a. Semana – Ciclo B

“Como sucedió en los días de Noé, así será también en los días del Hijo del Hombre: comían, bebían y se casaban, hasta el día en que Noé entró en el arca: entonces llegó el diluvio y acabo con todos. El que pretenda guardarse su vida la perderá, y el que la pierda la recobrará. Os digo esto: aquella noche estarán dos en una cama: a uno se lo llevarán y al otro lo dejarán; estarán dos moliendo juntas: a una se la llevarán y a la otra la dejarán”. (Lc 17,26-37)

Dos ideas corren a lo largo de este texto.
Por una parte, la tentación de vivir despistados y sin prestar atención a la realidad.
Por otra parte, queremos tortilla, pero sin romper los huevos.

Vivir distraídos:
Vivir sin pensar con seriedad en la realidad de la vida.
Vivir sin pensar con seriedad en los problemas serios de la vida.
Vivir sin pensar con seriedad en las llamadas diarias de Dios.
Vivir sin pensar con seriedad en dar vida a nuestras vidas.
Una especie de vivir sin pensar.
Una especie de vivir sin dar importancia a la vida.
Una especie de vivir sin tomar nada en serio.
Una especie de vivir como anestesiados sin comprometernos en nada.
Una especie de vivir por costumbre y por rutina.
Una especie de vivir enterarnos de la importancia de la vida.

Comer, beber, divertirse.
Lo importante es vivir “distraídos”.
En el Perú cada año tenemos desgracias por la caída de huaycos.
Derrumbes que se llevan pueblos enteros.
Pero no aprendemos. Regresamos a donde estábamos.
Para que el año siguiente vuelvan los lamentos.
Pero no aprendemos.
Se nos dice “si conduces, no tomes”.
Pero nos resbala, seguimos tomando y seguimos conduciendo.
Y claro, seguimos tiñendo de sangre nuestras carreteras.
Pero no aprendemos.
Es lo mismo que hacía la gente cuando se anunció el diluvio.
Eso no es para nosotros.
Solo uno hizo caso y se salvó, los además “a nadar sin saber nadar”.

Cuando no tomamos las cosas en serio terminamos mal.
Cuando no tomamos la vida en serio terminamos vegetando.
Cuando no tomamos la vida en serio terminas existiendo, no viviendo.
Cuando no tomamos el Bautismo en serio, terminas en ser un número en el registro parroquial.
Cuando no tomamos en serio a Dios, terminamos a la deriva y sin rumbo.

Lo segundo también es bastante frecuente.
Jesús nos pone de sobre aviso: “El que pretenda guardarse su ida la perderá, y el que la pierda la recobrará”.
Nosotros queremos “la tortilla, pero sin romper los huevos”.
¿Alguien puede hacer una tortilla sin romper los huevos?

Jesús nos habla de que la salvación y el Reino son dones de Dios, gratuidades de Dios.
Pero no por eso nosotros nos podemos cruzar de brazos.
“A Dios rogando y con el mazo dando” dice el refrán.
Y por eso nos dice que “pretender guardarnos la vida es perderla”.
Cuando guardamos mucho tiempo el pan, se endurece y nadie lo come.
Cuando guardamos mucho tiempo la fruta, se pudre y nadie la come.
Cuando guardamos egoístamente el dinero, terminamos por no disfrutarlo.
Lo mismo nos pasa la vida:
Cuando queremos guardarla, terminamos existiendo pero no viviendo.
Cuando queremos guardarla, terminamos haciéndola inútil.
Cuando queremos guardarla, y no la ponemos en acción, terminamos por ser inútiles.
Cuando queremos guardarla, terminamos por encontrarla luego apolillada.

Porque la vida es para vivirla.
Porque la gracia es para vivirla.
Porque la fe es para vivirla.
Porque el amor es para vivirlo.
Porque el Evangelio no es para leerlo y aprenderlo.
Porque el Evangelio es para vivirlo dando valor y sentido a la vida.
No para meterlos en el baúl con unas bolitas de alcanfor contra la polilla.
No para guardarla para nosotros, en vez de vivirla para los demás.
No para guardarlos sino para que den sentido a nuestras vidas.
No para “tenerlos” sino para ponerlos en juego y apostar por algo nuevo.

Jesús es de los que tomó en serio su vida.
Jesús es de los que en cada momento puso en juego su vida.
Jesús es de los que arriesgó su vida hasta perderla.
Por eso mismo, Jesús fue de los que pudo ver el fruto de ese entregarla, recuperándola resucitada.

Clemente Sobrado C. P.

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