Bocadillos espirituales para vivir el Tiempo Ordinario: Jueves de la 33 a. Semana – Ciclo B


“Al acercarse a Jerusalén y ver la ciudad, le dijo llorando: “¡Si al menos tú comprendieras ese día lo que conduce a la paz! Pero no, está escondido a tu ojos”.
(Lc 19,41-44)

Dicen que los hombres no lloran.
Pensamos que las lágrimas son signo de debilidad.
Y las lágrimas no son signo de de debilidad alguna.
Las lágrimas pueden ser signo de felicidad.
Porque también de alegría se llora.
¡Cuántos hombres y mujeres han llorado de emoción sobre mis hombros sacerdotales!
Lágrimas calientes, fruto de un regreso a casa después de años.
Lágrimas expresión de haber encontrado de nuevo la paz de su espíritu.
Mis ojos saben mucho de lágrimas de alegría.
Porque muchas veces mis lágrimas se mezclaban con sus lágrimas.
Es maravilloso ver esas lágrimas que se mezclan de gozo.

Pero las lágrimas también pueden ser signo de dolor y sufrimiento.
Jesús era muy hombre.
Y Jesús también dejó que sus lágrimas corriesen calientes por sus mejillas.
Muchas veces, a lo largo de su vida, su corazón lloró de emoción, de compasión y pena al ver el sufrimiento humano.
Pero eran lágrimas que corrían por dentro sin que nadie las viese.

Esta vez, sentado en el Monte de los Olivos y contemplando la ciudad de Jerusalén, no pudo más y dejó que sus lágrimas corriesen como ríos de dolor por sus mejillas.
No lloró por el sufrimiento de los demás.
No lloró por el sufrimiento de los que vivían en Jerusalén.
Lloró por el dolor de su corazón:
Viendo cómo se cerraba a la Palabra de Dios.
Viendo cómo se cerraba a la gracia que se le ofrecía.
Viendo cómo se cerraba a la salvación que se le anunciaba.
Viendo la ceguera que se negaba a ver.
Viendo la dureza de unos corazones
Viendo cómo se desperdiciaba el amor de Dios.
Viendo cómo se desperdiciaba la gracia de Dios.
Viendo cómo se desperdiciaba la invitación de Dios.
“¡Si al menos tú comprendieras en este día lo que te conduce a la paz!”

No es fácil ver llorar a Dios.
Y hasta muchos pensarán que se trata de una irreverencia.
Y sin embargo:
Cuántas lágrimas no habrá derramado Dios por no reconocerle.
Cuántas lágrimas no habrá derramado Dios por no dejarnos amar.
Cuántas lágrimas no habrá derramado Dios por la dureza de nuestro corazón.
Cuántas lágrimas no habrá derramado Dios por tanta gracia perdida.
Cuántas lágrimas no habrá derramado Dios por tanta salvación perdida.
Cuántas lágrimas no habrá derramado Dios por tanto Evangelio inutilizado.
Cuántas lágrimas no habrá derramado Dios por ver a tantos hijos dándole la espalda.
Cuántas lágrimas no habrá derramado Dios por ver que le cerramos las puertas.
Cuántas lágrimas no habrá derramado Dios por ver que tantos deseos de hacernos felices se han ido al agua.
Cuántas lágrimas no habrá derramado porque tampoco nosotros tenemos escondidos de nuestros ojos sus sueños sobre nosotros.

Son lágrimas de Padre.
Son lágrimas de amor
Son lágrimas por ver a sus hijos renunciando a realizarnos en la medida de su Hijo.
Son lágrimas por ver que pudiendo ser más nos quedamos enanos en nuestra vulgaridad.
“Yo vi reír a Dios”. “Yo vi llorar a Dios”.

¡Señor, que mi vida pueda hacerte sonreír todos los días!
Y que tu alegría y la mía se hagan una gran sonrisa que ilumine el mundo!

Clemente Sobrado C. P.

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