Bocadillos espirituales para vivir el Adviento: Jueves de la 2 a. Semana – Ciclo C

“Dijo Jesús a la gente: “Os aseguro que no ha nacido de mucho uno más grande que Juan, el Bautista; aunque el más pequeño en el reino de los cielos es más grande que él”. (Mt 11,11-15)

Todos queremos ser los primeros.
Todos queremos ser los más grandes.
Todos queremos ser los más importantes.

Jesús le echa un piropo a Juan el Bautista.
Para Jesús es el más grande de todos los nacidos de mujer.
Pero a la vez le pone sordina y le dice que hay otro nacimiento que nos hace más grandes que él:
Hoy un nacimiento de mujer.
Todos somos hijos de una mujer.
Pero hay otro nacimiento que no es precisamente de mujer.
A Zaqueo le dio que era preciso “nacer de lo alto”.
Todos nacemos de una mujer que llamamos nuestra “madre”.
Pero hay otro nacimiento que es “del Espíritu”.
Un nacimiento de la “Palabra de Dios”.

Es importante poder llamar “madre” a una mujer.
Y es interesante ser el más importante y el más grande.
El nacimiento de nuestra madre es el misterio de la vida.
Es lo más grande pudo darnos nuestra madre: darnos el don de la vida.

Pero más importante es el segundo nacimiento.
El “nacer de lo alto, del Espíritu, de la Palabra”.
Porque es el nacimiento que nos hace “hijos de Dios”.

Es importante cuando nuestra madre, mujer, nos da a luz.
Pero más importante es cuando “nos da a luz el Espíritu Santo”.
Es importante cuando nuestra madre nos da a luz.
Pero más importante es nuestro Bautismo que nos da a luz como hijos de Dios.
Somos grandes por ser hijos de mujer.
Pero más grandes por ser hijos de Dios en el Bautismo.
Por eso, Jesús le dice a Juan:
“Eres el más grande nacido de mujer”.
Pero, el más pequeño del reino de los cielos es “más grande que tú”.

Somos grandes por tener a una mujer que llamamos “mamá”.
Pero somos más grandes por tener por poder llamar a Dios “padre”, “papá”.

Esta bien que nos sintamos orgullosos de nuestra madre.
Pero más orgullosos nos debiéramos sentir de Dios Padre.
Es posible que nos sintamos más orgullosos de nuestra filiación humana.
Pero nuestra mayor grandeza proviene de nuestro Bautismo.
Nuestra mayor grandeza proviene de la vida que recibimos del Espíritu Santo.
Un nacido del Bautismo es más grande que todas las dignidades humanas.
Tenemos una dignidad como personas.
Pero tenemos una mayor dignidad por ser bautizados, por ser nacidos del Espíritu.
Esta es nuestra verdadera grandeza.
Y esta es la grandeza que debiéramos vivir cada día.
Tú podrás llevar sangre real.
Pero yo llevo la sangre divina de Dios.
Tú llevarás la grandeza de la realeza humana.
Pero yo llevo la grandeza de la realidad divina.
El único orgullo que no es pecado, es el orgullo de ser hijo de Dios.
Por eso los cristianos nos debiéramos sentir orgullosos.

Clemente Sobrado C. P.

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