Bocadillos espirituales para vivir el Adviento: Sábado de la 2 a. Semana – Ciclo C

“Pero os digo que Elías ya ha venido y no lo reconocieron, sino que lo trataron a su antojo. Así también el Hijo del Hombre va a padecer a manos de ellos. Entonces entendieron los discípulos que se refería a Juan el Bautista”. (Mt 17,10-13)

Hay triunfos que son derrotas.
Hay derrotas que son triunfos.
Los discípulos no terminan de reconocer en Jesús al Mesías.
Siguen esperando también ellos a Elías.
Y como el resto de la gente, tampoco ellos reconocieron a Elías que vino.
Recién descubren que Elías había sido Juan el Bautista.

Pero Jesús va más lejos:
No reconocieron en Juan a Elías.
Como tampoco reconocerán a Jesús como Hijo de Dios.
“Vino a los suyos y los suyos no le reconocieron”.
“Vino a los suyos y los suyos no le recibieron”.
La suerte de los grandes enviados de Dios suele correr la misma suerte.
Los mismos que eliminaron a Juan, eliminarán a Jesús.
Los mismos que mataron a Juan, matarán a Jesús.

Hablar en nombre de Dios es siempre un riesgo.
Anunciar la Palabra de Dios es siempre un peligro.
Porque los grandes no son fáciles en creer lo que otros dicen en nombre de Dios.
Porque los grandes no son fáciles en creer lo que pone en peligro su status.
Porque los grandes no son fáciles en creer que no son dueños de la verdad.
Porque los grandes no son fáciles en creer que no son dueños de los que les incomodan.

Dios acude siempre en ayuda nuestra.
Pero a través de los mismos hombres.
Dios nos habla siempre.
Pero a través de sus enviados.
Dios nos ofrece la salvación.
Pero a través de sus profetas.
Y nosotros seguimos tercos en nuestras seguridades.
Dios envió a Elías y no le creímos.
Dios envió a Juan y tampoco le hicimos caso.
Dios envió a Jesús y ya sabemos cómo terminó.

Todos los enviados de Dios corren la misma suerte.
Todos los enviados se encuentran con nuestras resistencias.
Todos los enviados de Dios nos resultan un estorbo.
Por eso todos los enviados de Dios suelen terminar mal.
Todos sabemos cómo terminó Juan el nuevo Elías.
Todos sabemos cómo terminó Jesús colgado del madero.
A Juan “no le reconocieron, sino que lo trataron a su antojo”.
“Así el Hijo del hombre va a padecer a manos de ellos”.

No es fácil el oficio de representar a Dios ante los grandes.
No es fácil el oficio de los que están llamados a hablar en nombre de Dios.
No es fácil el oficio de proclamar el Evangelio.
No es fácil el oficio de anunciar la buena noticia de Dios.
La mayor parte de ellos tienen la suerte echada.
La mayor parte de ellos tienen el mismo fin.

Esperamos que Dios mismo nos hable personalmente.
Y Dios suele hablar a través de sus profetas o enviados.
Dios habla a los hombres a través de los hombres.
Pero a estos los metemos a la cárcel y los degollamos o crucificamos.

Clemente Sobrado C. P.

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