Bocadillos espirituales para vivir la Navidad: San Esteban

San Esteban

“Oyendo sus palabras se recomían por dentro y rechinaban los dientes de rabia”. (Hch 6,8-9)
“Porque os entregarán ante los tribunales, os azotarán en las sinagogas y os harán comparecer ante gobernadores y reyes por mi causa; así daréis testimonio ante ellos y ante los gentiles”. (Mt 10,17-22)

Ayer celebrábamos a “Dios que se hizo Palabra encarnada”.
Hoy es esta Palabra encarnada en la vida del hombre.
El primer mártir de la fe: San Esteban.
La encarnación y la Cruz son la Palabra de Dios al hombre.
El martirio, como fidelidad al Evangelio, es la Palabra encarnada del hombre.
“La Palabra vino a los suyos y los suyos no la recibieron”.
La Palabra cuando se encarna en nosotros tampoco es recibida: “No os fiéis de la gente, porque os entregarán a las sinagogas y os harán comparecer ante gobernadores y reyes”.

El Evangelio no es para comodones.
Tampoco para vivir tranquilamente.
Es más. La paz y la tranquilidad pueden ser una gran trampa, tanto para la sociedad, como para la misma Iglesia.
Porque hay situaciones de paz y de tranquilidad que pueden ser signos de muerte más que de vida:
Una paz social porque todos nos acoplamos a la realidad injusta, más que paz es un camuflaje de paz.
Una paz sostenida por la indiferencia o insensibilidad, no es paz, sino un pecado de indiferencia donde cada uno vive lo suyo y no quiere problemas. Es la paz del caracol.

Cierta paz de la misma Iglesia puede ser señal:
De miedo a los que mandan para no quedar mal.
De miedo a que a que a uno le cierren las puertas a un ascenso.
No meternos en líos para quedar bien ante todos.
Hay demasiado silencio por miedo.
Hay demasiada tranquilidad por miedo.
Y esa no es paz.
Es una paz de cementerio, donde todo está muy en orden y nadie molesta a nadie. Pero no es la paz que brota de la vida y de la libertad de los hijos de Dios.

La fiesta de hoy, el martirio de San Esteban, nos habla claro.
Esteban anunciaba el Evangelio sabiendo que creaba disgusto y fastidio.
Desestabilizaba el orden social y religioso de aquel entonces.
Por eso “sus palabras les carcomían por dentro y rechinaban los dientes de rabia”.
Esto le valió que lo apedrearan y lo mataran.
Y no precisamente los romanos sino por la gente de la “sinagoga”, representantes de Dios e intérpretes de Dios.

Por su parte, el Evangelio de hoy no es tampoco un sedante y un calmante, ni una anestesia, sino todo lo contrario.
Os entregarán a los tribunales.
Os azotarán en las sinagogas.
Os harán comparecer ante gobernadores y reyes por mi causa.
Los hermanos entregarán a sus hermanos para que los maten.
Los padres a los hijos.
Se rebelarán los hijos contra los padres y los matarán.

Jesús no anuncia una vida cómoda.
Sino una vida de riesgo.
Una vida de libertad de hijos de Dios.
Pero una libertad al precio de un juicio y una condena, que puede terminar, como en el caso de Esteban, en una muerte a “pedradas”.

La paz no siempre se da en el silencio.
Ni el silencio significa siempre paz.
Ni ciertas paces son signo de vida, sino de muerte.
La paz del Evangelio tiene poco que ver con eso de no crear problemas.
La paz del Evangelio tiene poco que ver con ese “callar” por miedo.
La paz del Evangelio va acompañada, con frecuencia, con el hablar y el disentir.
La paz del Evangelio puede ser fruto de esa libertad de decir lo que uno piensa, respetando siempre el criterio y el pensamiento de los demás.

Esteban era un hombre movido por el Espíritu y era un hombre de paz.
Jesús fue siempre un hombre de paz, pero siempre “signo de contradicción”.
En esto el cristiano se parece a Jesús y es copia de Jesús.
Y muchos comienzan como Jesús y terminan como El.
Jesús comenzó no siendo reconocido.
Esteban termina excluido y apedreado.

Clemente Sobrado C. P.

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