Bocadillos espirituales para vivir el Tiempo Ordinario: Jueves de la 1 a. Semana – Ciclo C

“Pero cuando se fue, empezó a divulgar el hecho con grandes ponderaciones, de modo que Jesús ya no podía entrar abiertamente en ningún pueblo; se quedaba fuera, en descampado; y aún así acudían a él de todas partes”. (Mc 1,40-45)

Curación del leproso

La curación del leproso tiene unos bellos rasgos que nos hablan de la belleza y novedad del Evangelio. Esto lo percibió muy bien el Papa Francisco en su discurso a los 20 nuevos Cardenales y que lo resumió en tres claves:

“Estos son los tres conceptos claves de la Iglesia que nos propone la liturgia de la Palabra: la compasión de Jesús ante la marginación y su voluntad de integración”.

“Jesús ha querido curar al leproso,
ha querido tocar,
ha querido reintegrar en la comunidad,
sin autolimitarse por los prejuicios;
sin adecuarse a la mentalidad dominante:
sin preocuparse para nada del contagio.
Jesús responde a la súplica del leproso sin dilación y sin los consabidos aplazamientos para estudiar la situación y todas sus eventuales consecuencias”.

En primer lugar: la oración del leproso.
“Si quieres, puedes limpiarme”.
No le pide que lo sane sino que lo limpie.
Es que la religión de la ley más que enfermo lo consideraba sucio e impuro.
Tampoco le pide que lo limpie.
Lo deja a su voluntad y decisión.
Una oración que no trata de cambiar la voluntad de Jesús.
Una oración que se resigna a aceptar lo que sea su decisión.
Sabe que está quebrantando la ley arrodillándose delante de Jesús, cuando debía estar lejos.
Una oración que no pide tanto la salud, sino el sentirse limpio ante Dios.
Una oración que no pide tanto la salud, cuanto el ser reintegrado a la comunidad de la que había sido excluido.

También nosotros decimos “hágase tu voluntad”.
Pero en realidad preferimos que El haga la nuestra.
Nuestra oración suele estar muy condicionada.
Y más busca cambiar la voluntad de Dios que no aceptar nosotros su voluntad.

Y en segundo lugar: Un Jesús que también quebranta la ley tocando a un leproso.

“Para Jesús, lo que cuenta sobre todo, es alcanzar y salvar a los lejanos, curar las heridas de los enfermos, reintegrar a todos en la familia de Dios.
Y eso escandaliza a algunos.
Jesús no tiene miedo al escándalo.
El no piensa en las personas obtusas que se escandalizan incluso de una curación,
que se escandalizan de cualquier apertura,
de cualquier paso que no entre en sus esquemas mentales o espirituales,
de cualquier caricia o ternura que no corresponda a su forma de pensar y a su pureza ritualista.
El ha querido integrar a los marginados y salvar a los que están fuera del campamento”. (Francisco)

Para Jesús la religión no puede ser un estorbo para sanar al hombre.
Jesús es consciente de que ante la ley también él queda impuro y leproso.
Y prefiere quedarse legalmente leproso con tal de sanar al hombre.
Cuando se trata de salvar la dignidad del hombre, Dios se las juega enteras.
Cuando se trata de recuperar la libertad del hombre, Dios no le importa ser excluido por la ley.
Dios se la jugó haciéndose hombre.
Dios se la jugó naciendo como hombre.
Dios se la jugó dando su vida por el hombre.
Cuando se trata del hombre, Dios se juega entero.

En tercer lugar: A pesar de las recomendaciones prudentes de Jesús, el leproso no puede callar la alegría de sentir limpio y lo proclama a los cuatro vientos.
¿Se pueden callar lo dones de Dios?
¿Se pueden callar los favores de Dios?
¿Se pueden callar los dones de gracia de Dios?
¿Se pueden ocultar los dones de Dios?
¿Incluso si le complicamos la vida a Dios?
Ahora el que tiene que alejarse de la gente es “el leproso Jesús”.
Le gente se ha enterado de lo que ha hecho.
La gente se ha enterado de que legalmente es impuro.
Sin embargo, la gente, comienza a alejarse de la religión de la ley.
“Y acudían a él de todas partes”.

Hablamos mucho de amor:
pero mientras el amor no nos exija mucho.
pero mientras el amor no nos complique la vida.
pero mientras nosotros podamos pasárnoslo bien.
pero mientras el amor nos resulte barato.
pero mientras nosotros no pongamos nada en juego.
pero mientras nosotros no corramos riesgo.
Y un amor que no implica riesgo es un amor pobre.
Mejor dicho, no es amor.
Amar es, como ama Dios, jugarnos enteros.

Clemente Sobrado C. P.

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