Bocadillos espirituales para vivir el Tiempo Ordinario: Lunes de la 5 a. Semana – Ciclo C

Cuando se enteraba la gente dónde estaba Jesús, le llevaban los enfermos en camillas. En la aldea o pueblo o caserío donde llegaba, colocaban a los enfermos en la plaza y le rogaban que los dejase tocar al menos el borde de su manto; y los que le tocaban se ponían sanos”. (Mc 6,53-56)

los que le tocaban se ponían sanos

Hoy vemos los hospitales llenos de enfermos esperando turno.
La salud es uno de los dones más preciados.
Hoy todo el mundo quiere tener “un seguro de salud”.

La gente que rodeaba a Jesús no tenía ni hospitales ni seguro alguno.
Por eso vemos a Jesús siempre rodeado de enfermos.
Para ellos era el mejor seguro de salud.
No pedía turno ni medicinas. Solo pedía poder tocar su manto.
La gente quería tocarle o ser tocada por El.
Dios también se preocupa de la salud de sus hijos.

Dejarse tocar por los enfermos era uno de los gestos más humanos de Jesús.
Tocar a Jesús era una de las mayores ilusiones de los enfermos.
Aunque no sea sino tocar “el borde de su manto”.
Tocar el manto era tocarle a El.
Y tocarle a El era tocar la virtud curativa que salía de El.

Si tocar a Jesús por fuera tenía tanta virtud y fuerza sanativa, uno se pregunta:
¿Y qué será, el tocarle personalmente a El?
¿Y qué será, no el simple tocarle, sino el recibirle a El dentro de nosotros?
¿Y qué será, por tanto, el tenerlo en las manos, como el sacerdote en la consagración?
¿Y qué será, por tanto, recibirle en nuestras manos a El en la comunión?
¿Y qué será, por tanto, no simplemente tocarle con las manos, sino tocarle con el corazón?

Tocar con la mano la orla de su vestido sanaba los cuerpos de sus enfermedades.
Tocar con el corazón en la comunión tiene que sanarnos por dentro.
Tocar a Jesús en la comunión es sanar nuestro corazón y nuestra alma.
Porque también el corazón tiene sus enfermedades.
Porque también el alma tiene sus dolencias.

Lo que sucede es:
A Jesús bastaba con enterarse de que estaba en el pueblo para le llevasen todos los enfermos en camillas.
¿Habrá tanto empeño en acudir a Jesús para recibirlo en la comunión?
¿Comulgaremos con tanta ilusión y esperanza de sanarnos como aquellos enfermos?
¿Curará de verdad a todos los que comulgamos?
¿Comulgaremos para sentirnos curados?

Cuando pienso en la cantidad de comuniones cada día y cada domingo uno se pregunta:
¿Por qué somos tantos los que llevamos enferma nuestra alma?
¿Por qué somos tantos los que llevamos enfermo nuestro corazón?
¿Por qué somos tantos los enfermos de nuestra mente?
¿Por qué somos tantos los enfermos de nuestra voluntad?

Hoy organizamos peregrinaciones de enfermos a Lourdes.
¿Cuántos habrán acudido hasta hoy a Lourdes esperando el milagro de su curación?
¿Cuántos habrán traído a sus casas botellas de agua de Lourdes?
No dudamos de las curaciones que cada año se dan en el Santuario de la Virgen.

Pero me pregunto:
¿Será preciso ir tan lejos en busca de sanación?
Estoy seguro de que la Madre hace sus milagritos en nombre del Hijo.
Pero ¿no tenemos al Hijo cerquita de nosotros en el Sagrario, donde podemos tocarle, no en la orla de manto, sino a El mismo en la comunión?

Señor: queremos tocarte para que tú mismo nos toques.
Queremos tocarte para que también hoy nos sanes y nos cures el alma.
Queremos tocarte para que también hoy nos sanes el alma enferma.
Te tenemos con nosotros en el Sagrario.
Que también hoy se pueda decir “y los que lo tocaban se ponían sanos”.
Sana nuestros cuerpos. Pero, sobre todo, sana nuestros corazones.

Clemente Sobrado C. P.

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