Bocadillos espirituales para vivir la Cuaresma: Miércoles de Ceniza

Ahora convertíos a mí de todo corazón con ayunos, con lágrimas, con luto” Jl 2,12-18

Miércoles de Ceniza

El Papa Francisco en el Miércoles de ceniza:

Como Pueblo de Dios emprendemos el camino de la Cuaresma, tiempo en el que intentamos unirnos más estrechamente al Señor para compartir el misterio de su pasión y de su resurrección.

La liturgia de hoy nos propone, ante todo, el pasaje del profeta Joel, enviado por Dios a llamar al pueblo a la penitencia y a la conversión. El Profeta insiste en la conversión interior: «Convertíos a mí de todo corazón» (2, 12).

Convertirse al Señor «de todo corazón» significa emprender el camino de una conversión no superficial ni transitoria, sino un itinerario espiritual que atañe al lugar más íntimo de nuestra persona. Y es que el corazón es la sede de nuestros sentimientos, el centro en el que maduran nuestras decisiones, nuestras actitudes. Ese «convertíos a mí de todo corazón» no implica tan solo a los individuos, sino que se hace extensivo a toda la comunidad; es un llamamiento dirigido a todos: «Reunid a la gente, santificad a la comunidad, llamad a los ancianos; congregad a los muchachos y a los niños de pecho; salga el esposo de la alcoba y la esposa del tálamo» (v. 16).

El Profeta insiste particularmente en la oración de los sacerdotes, mostrando que debe ir acompañada de lágrimas. “Entre el atrio y el altar lloren los sacerdotes”. Nos vendrá bien a todos –pero especialmente a nosotros, los sacerdotes–, al principio de esta Cuaresma, pedir el don de las lágrimas, de manera que nuestra oración y nuestro camino de conversión sean cada vez más auténticos y sin hipocresía. Nos vendrá bien preguntarnos: «¿Lloro yo? ¿Llora el Papa? ¿Lloran los cardenales? ¿Lloran los obispos? ¿Lloran los consagrados? ¿Lloran los sacerdotes? ¿Está presente el llanto en nuestras oraciones?».

Y este es precisamente el mensaje del Evangelio de hoy. En el pasaje de Mateo, Jesús reinterpreta las tres obras de piedad que contiene la ley mosaica: la limosna, la oración y el ayuno. Y distingue el hecho exterior del hecho interior, de ese llanto del corazón. Con el paso del tiempo, esas prescripciones habían quedado carcomidas por la herrumbre del formalismo exterior, cuando no se habían convertido en un signo de superioridad social. Jesús pone de relieve una tentación común a estas tres obras, que puede sintetizarse precisamente en la hipocresía (a la que nombra tres veces): «Cuidad de no practicar vuestra justicia delante de los hombres para ser vistos por ellos […]. Cuando hagas limosna… Cuando oréis… Cuando ayunéis, no pongáis cara triste, como los hipócritas» (Mt 6, 1.2.5.16). Sabéis, hermanos, que los hipócritas no saben llorar, han olvidado cómo se llora, no piden el don de las lágrimas.

Queridos hermanos y hermanas: El Señor no se cansa jamás de tener misericordia de nosotros, y quiere ofrecernos una vez más su perdón –todos lo necesitamos–, invitándonos a convertirnos a él con un corazón nuevo, purificado del mal, purificado por las lágrimas, para participar en su alegría. ¿Cómo recibir esta invitación? Nos lo sugiere San Pablo: «En nombre de Cristo os pedimos que os reconciliéis con Dios» (2 Cor 5, 20).

No es tan solo una obra humana: es dejarse reconciliar. La reconciliación entre Dios y nosotros es posible gracias a la misericordia del Padre, que, por amor a nosotros, no dudó en sacrificar a su Hijo unigénito. En efecto, Cristo, que era justo y sin pecado, en favor nuestro fue hecho pecado cuando, en la cruz, cargó con nuestros pecados, y así nos rescató y justificó ante Dios. «En él» podemos volvernos justos; en él podemos cambiar, si acogemos la gracia de Dios y no dejamos que pase en vano este «tiempo favorable» Por favor: detengámonos; detengámonos un poco y dejémonos reconciliar con Dios.

Conscientes de ello, iniciamos confiados y alegres el itinerario cuaresmal. Y, como signo de nuestra voluntad de dejarnos reconciliar con Dios, además de las lágrimas que verteremos «en lo secreto», en público realizaremos el gesto de la imposición de la ceniza en la cabeza. El celebrante pronuncia estas palabras: «Acuérdate de que eres polvo y al polvo volverás» (cf. Gen 3, 19), o bien repite la exhortación de Jesús: «Convertíos y creed en el Evangelio» (cf.Mc 1, 15).

¡Cuán importante es escuchar y acoger semejante recordatorio en este tiempo nuestro! Entonces, la invitación a la conversión es un impulso a volver, como lo hizo el hijo de la parábola, a los brazos de Dios, Padre tierno y misericordioso; a llorar en ese abrazo, a confiar en él y a encomendarse a él”.

Clemente Sobrado C. P.

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