Bocadillos espirituales para vivir la Cuaresma: Martes de la 2 a. Semana – Ciclo C

Jesús habló a la gente y a sus discípulos, diciendo: “en la cátedra de Moisés se han sentado los escribas y los fariseos: haced y cumplid lo que os digan; no hagáis lo que ellos hacen, porque ellos no hacen lo que dicen. Ellos lían fardos pesados e insoportables y se los cargan a la gente en los hombros, pero ellos no están dispuestos a mover un dedo para empujar. Todo lo que hacen es para que los vea la gente”. (Mt 23,1-12)

Es bueno estar arriba.
Es bueno ser maestro.
Las alturas son buenas, pero también peligrosas.
Porque muchos, en las alturas, se marean fácilmente.
Les entra lo que aquí llamamos “soroche”.
Los honores y dignidades fácilmente inflan la mente y la ambición del corazón.
Dicen que quieren subir para “servir mejor a la gente”.
A mí, personalmente me cuesta creerlo porque quienes ansían esas cimas:
Se distancian de la gente sencilla.
Suben tanto que resulta difícil verlos.
Y cuando los vemos ya parecen diferentes.
Están demasiado altos para llegar hasta ellos, hay que pedir audiencia.
Están demasiado lejos para encontrarnos con ellos y darles la mano.
Sufren el vértigo de sentirse superiores al resto.

Más que en servidores, se sienten maestros.
Más que en servidores, se hacen los dueños de la verdad.
Las alturas les hacen sentirse más buenos, y hasta más “santos”.
Desde las alturas, mandan.
Ordenan a los de abajo.
Se sienten supriores y comienzan a imponer cargas a los de abajo.
Ejercen su “llamado servicio en órdenes y mandos”
Imponen obligaciones pesadas que, los de abajo no pueden llevar.
Es una manera de sentirse superiores.
Es una manera de sentirse mejores, obligando a los demás.

¿Son malos?
No. No son malos, sencillamente que se les llena la casa de humo.
Y hasta pienso que, es una manera de expresar su responsabilidad.
El humo les impide ver con claridad las cosas de abajo.
Jesús lo sabía bien, porque cada día veía cómo los escribas y fariseos trataban al pueblo.
Muchas exigencias con los sencillos del pueblo, pero bien tranquilos.
“Lían fardos pesados e insoportables y se los cargan a la gente en los hombros”.
Pero eso sí, mucho servicio, pero “ellos no están dispuestos a mover un dedo para empujar”.

Dicen cosas buenas.
Enseñan cosas buenas.
Pero, para los otros.
Porque ellos se sienten buenos y hasta buscan el aplauso de la gente.
Por eso Jesús, les dice:
“Hagan los dicen”.
Pero, eso sí, “no hagan lo que ellos hacen”.

Podemos decir cosas buenas y santas.
Aunque luego nosotros no las vivamos.
Y ese puede ser el peligro de muchos de nosotros:
De los sacerdotes.
De los padres de familia.
De los educadores.
Y no quiero meterme con los demás arriba.

Todos somos muy exigentes con los demás.
Aunque luego nosotros vivamos otra cosa.
Todos tenemos mucho de intransigentes con los demás.
Aunque luego nosotros seamos demasiado complacientes con nosotros mismos.

El hecho de que vemos que los de arriba no viven lo dicen, no es una excusa para que nosotros no vivamos la verdad que enseñan.
La Iglesia puede tener muchos defectos, y es claro que los tiene.
Pero eso no puede ser razón alguna para que nosotros nos sintamos libres de lo que enseña.
Siempre será preciso saber diferenciar entre la doctrina y la vida de las personas.
Y en todo caso seamos duros con nosotros, si queremos, pero seamos comprensivos con los demás.

Señor: dame sabiduría para decir lo que tú quieres que diga.
Señor: dame bondad en mi corazón para comprender las debilidades de los demás.
Señor: que escuche al Papa Francisco que nos dice que el “Sacerdocio no es una carrera de ascensos”.

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