Bocadillos espirituales para vivir la Cuaresma: Lunes de la 3 a. Semana – Ciclo C

“Dijo Jesús en la sinagoga de Nazaret: “Os aseguro que ningún profeta es bien recibido en su tierra… Al oír esto, todos en la sinagoga se pusieron furiosos y, levantándose, lo empujaron fura del pueblo hasta un barranco del monte en donde se alzaba su pueblo con intención de despeñarlo. Pero Jesús se abrió paso entre ellos y se alejaba”. (Lc 4,24-30)

Jesús era demasiado conocido en su pueblo.
Y ese fue el gran obstáculo para que aceptasen su palabra.
Sabían que era uno más del pueblo.
Y eso no era la mejor credencial para abrirse a su palabra.
Eso crea la intolerancia, en no aceptar a los demás.
La intolerancia nos hace totalitarios, porque nos impide aceptar que también los demás piensan, sienten y tienen su modo de ver las cosas.
La intolerancia nos impide ver la verdad de los demás.
Jesús fue víctima de la intolerancia de sus compaisanos.

Por otra parte:
Los profetas son siempre mal vistos.
Los profetas son siempre incómodos.
Los profetas son siempre un estorbo a nuestra tranquilidad.
Es que los profetas hablan en nombre de Dios y nosotros preferimos escucharnos a nosotros mismos.
Es que los profetas hablan siempre en nombre de Dios de la necesidad del cambio y nosotros preferimos el cómodo sillón.
Es que los profetas hablan siempre en nombre de Dios, lo que no nos gusta escuchar.
Es que los profetas hablando en nombre de Dios tratan de desinstalarnos de nuestras cómodas indiferencias y monotonías.
Por eso Jesús fue rechazado en su pueblo.
Por eso Jesús corrió el peligro de todos los profetas “arrojarlo fuera y liberarse de El”.
Sin embargo los profetas siguen sintiendo que Dios les dice, en expresión de Ezequiel: “Les comunicarás mis palabras te escuchen o no te escuchen”.

Y sin embargo, los profetas son indispensables tanto en la sociedad como en la Iglesia.
Una sociedad sin profetas está condenada a ser siempre la misma.
Una sociedad sin profetas está condenada a no cambiar.
Una Iglesia sin profetas está condenada a estancarse y quedarse en el pasado.
Una Iglesia sin profetas está condenada a caer en la rutina de siempre.
Una Iglesia sin profetas está condenada a quedarse en vez de caminar con la historia.
Una Iglesia sin profetas está condenada a vivir las tradiciones de los hombres sin hacer caso a las tradiciones de Dios.

La Iglesia necesita maestros que enseñen, pero no intolerantes.
La Iglesia necesita maestros que vigilen la doctrina, pero no intolerantes.
La Iglesia necesita jefes que conserven el orden, pero no intolerantes
La Iglesia necesita jefes que se preocupen de que no haya desvíos.
La Iglesia necesita jefes que planifiquen pero no intolerantes.

Pero la Iglesia está necesitada de profetas que la despierten.
La Iglesia está necesitada de profetas que la inquieten.
La Iglesia está necesitada de profetas que le hablen del “hoy de Dios”.
La Iglesia está necesitada de profetas que le hablen del “hoy del hombre”.

La sinagoga persiguió y rechazó a Jesús, el Profeta de Dios.
Es que la intolerancia no soporta a los demás.
Es que la intolerancia elimina a los demás.
¿No seremos intolerantes rechazando también a los profetas en la Iglesia?
¿No seremos intolerantes silenciando a los profetas también en la Iglesia?
¿No estaremos condenando también a los profetas en la Iglesia?
Y a pesar de todo, también hoy tiene que resonar la voz del profeta Ezequiel:
“Les comunicarás mis palabras te escuchen no te escuchen”.

Es posible que rechacemos a los profetas.
Pero su voz seguirá hablando, incluso cuando estén en silencio.
Los profetas puede que no vean el fruto de sus palabras.
Pero ahí quedan como semillas que algún día comenzarán a brotar.
No nos gustan los que van por delante, pero son ellos los que abren caminos.
No nos gustan los que nos desacreditan, pero surgirán quienes los hagan actuales.

¡Señor, danos profetas que nos pongan al día de tus planes y deseos!
¡Señor, no nos hagas intolerantes ante la verdad de los demás!
¡Señor, no nos hagas intolerantes que nos impidan aceptar a los demás!

Clemente Sobrado C. P.

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