Bocadillos espirituales para vivir la Cuaresma: Domingo 4 – Ciclo C

Los escribas y fariseos le traen una mujer sorprendida en adulterio, y, colocándola en medio, le dijeron: “Maestro, esta mujer ha sido sorprendida en flagrante adulterio. La ley de Moisés nos mandó apedrear a las adúlteras; tú ¿qué dices? La preguntaban esto para comprometerlo y poder acusarlo”. (Jn 8,1-11)

Quisiéramos poner de fondo lo que dice el Papa Francisco, porque hay cosas que solo podremos entenderlas desde la misericordia de Dios y no desde las exigencias moralistas de la ley.

“Así, pues, la misericordia de Dios no es una idea abstracta, sino una realidad concreta con la cual El revela su amor, que es como el de un padre o una madre que se conmueven en lo más profundo de sus entrañas por el propio hijo. Vale decir que se trata realmente de un amor “visceral”. Proviene desde lo más íntimo como un sentimiento profundo, natural, hecho de ternura y comprensión, de indulgencia y de perdón”.
Sólo así podremos comprender la escena la mujer adúltera.

Porque leyendo esta escena dolorosa y triste, brotan toda una serie de interrogantes:
¿Dónde estaba el adúltero?
¿Acaso hay adúlteras sin adúlteros?
¿Es que ser adúltera es pecado, pero ser adúltero es un triunfo?
El machismo religioso no es de hoy, sino que viene de muy lejos.
La doble moralidad no es de hoy, sino de mucho antes.

¡Qué asco ver a los “buenos” utilizar a los malos para fines inconfesables!
Con frecuencia los “buenos” necesitan de los “malos” para sentirse mejor.
Con frecuencia los “buenos” necesitan de los “malos” para que la gente los reconozca.

Para hacernos jueces de los demás, primero necesitamos ser jueces de nosotros mismos.
Es la pedagogía de Jesús: “El que no tenga pecado tire la primera piedra”.
Lo había dicho antes: “eso de ver la mota en el ojo ajeno y no la viga en el propio”.
Un corazón que condena, no suele ser un corazón limpio.
Un corazón que condena, no suele ser un corazón que ama.
Un corazón que condena, no suele parecerse mucho al corazón de Dios.
Un corazón que condena, más que en sus manos lleva las piedras en su corazón.

Jesús, con sumo respeto, tampoco comienza por atarles a esos “que se tienen por buenos”.
Los invita a que comiencen por mirarse primero a sí mismos.
Los invita a que comiencen por mirar a su propio corazón.
Los a tomar conciencia de que tampoco ellos son inocentes.

Una pobre mujer en apuros.
Una pobre mujer cuyo corazón solo Jesús comprende.
Una pobre mujer muerta de vergüenza.

Y un Jesús que no justifica el adulterio.
Pero un Jesús que comprende el corazón de una adúltera.
Un Jesús que no ama el adulterio ni da la razón a la adúltera.
Pero un corazón que prefiere la “compasión, la comprensión y misericordia” que la condena.
Un Jesús que no soluciona los pecados de los demás a pedradas.
Sino un Jesús que viene a salvar a los pecadores con su misericordia.
También a las adúlteras.

¡Qué fáciles somos en juzgar y condenar a los demás!
¡Qué poco sentido de comprensión en nuestro corazón!
¡Qué fácil aireamos los pecados del otro!
¡Qué fácilmente disimulamos los propios!

Jesús no justifica el adulterio.
Pero rechaza la doble moral.
Jesús no justifica el adulterio.
Pero nos declara a todos pecadores, “comenzando por los más viejos”.

Señor: en mi vida sacerdotal:
¡Cuánto me has enseñado del corazón humano!
¡Cuánto me has ayudado a comprender que, en cada pecador, me estas revelando mi propio corazón!
¡Cuánto me has enseñado a no juzgar a los demás, sino a ser juez de mí mismo!
Mucho he aprendido de tu Evangelio a amar y perdonar.
Pero, discúlpame, porque mi mejor Evangelio es el que he podido leer cada día en el corazón de aquellos que acuden a mi confesionario.
Porque me has enseñado:
No a ser juez que condena.
Sino tu representante que perdona en tu nombre.
No a ser juez que se escandaliza de los malos.
Sino tu representante de tu misericordia que ha aprendido a comprender y a amar.
Que como Tú, también aprenda cada día a decir: “Tampoco yo te condeno. Anda y en adelante no peques más”.
Que como Tú también aprenda, cada día, a levantar y a poner en camino a los que han caído.
También la Pascua les espera a ellos.

Clemente Sobrado C. P.

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