Bocadillos espirituales para vivir la Cuaresma: Viernes de la 4 a. Semana – Ciclo C

“Después que sus parientes se marcharon a la fiesta, entonces subió también él, no abiertamente, sino a escondidas. Entonces algunos que eran de Jerusalén dijeron: “¿No es este al que intentan matar? Pues mirad cómo habla abiertamente, y no le dicen nada. ¿Será que los jefes se han convencido de que este es el Mesías?” (Jn 7,1-2.10.25-30)

Jesús es consciente de que cada día está viviendo al filo mismo de la navaja.
Jesús es consciente de que cada día su vida está pendiente de un hilo.
Jesús es consciente de que su vida corre peligro.
De todos modos también él guarda sus precauciones.
A Jesús no le gusta provocar a sus enemigos.
Pero tampoco evita proclamar el Evangelio.
Provocar es desafiar tontamente a sus contrarios.
Pero eso tampoco es motivo para dejar de cumplir con su misión.

Es la fiesta “de las tiendas”.
Jerusalén está abarrotado de gente.
El no puede correrse del peligro.
Sabe que es el momento de aprovechar para que la gente le escuche.
No va en plan de desafío, porque eso tampoco es evangélico.
Pero tampoco se echa atrás por más que sepa que el peligro le acecha.

Esto es lo interesante para cualquier cristiano que quiera seguir a Jesús.
Creer no es sentirse superior a los demás.
Creer no es menos preciar a los a demás.
Creer no es despertar los sentimiento de de rabia de los demás.
Pero creer, tampoco es esconderse a la hora de las dificultades.
Creer tampoco es rehuir el peligro.
Creer tampoco es callar cuando sus palabras pueden doler.
Creer tampoco es meterse entre los buenos y abandonar a los malos.

Sabe que el peligro no está en Galilea.
Es consciente de que el peligro está en Jerusalén.
Pero el peligro no significa autosuficiencia, sino fidelidad.
Por eso también él sube, no de manera llamativa.
Y no sube por gusto, sino por fidelidad.
También Jerusalén tiene que escuchar su palabra.
Y el momento es propicio. Es el día de la fiesta.
Por tanto, es el día en que sabe que muchos podrán escuchar la palabra del Reino.

Por eso la gente se admira. “¿No es este el que quieren matar?”
Admiran su valentía.
Admiran su coraje en proclamar la verdad del Evangelio a pesar del riesgo.
Y hasta se imaginan si “los jefes habrán cambiado de actitud”.
La fe no es razón alguna para despertar las pasiones de los que no creen.
Pero tampoco es razón para silenciarla delante de ellos.
La fe no es razón alguna para despertar resentimientos de los que no creen.
Pero es razón para escondernos cuando vemos el peligro.
El peligro de Jesús es real.
Lo buscan para matarlo.
Pero eso no motivo para hacerle callar y silenciar a Dios entre los hombres.

Es fácil confesar la fe los domingos en la Iglesia.
El problema está en confesarla luego entre los amigos que no creen.
El problema está en confesarla allí donde corres el peligro de que resultes extraño.
El problema está en confesar nuestra fe allí donde pueden marginarte del grupo.
El problema está en confesar nuestra fe donde sabemos que corremos peligro.

Es fácil recitar el Credo en la misa dominical donde todos dicen creer.
Lo difícil es confesar tu fe el lunes en la oficina donde todos se van a sonreír.
Es fácil recitar el Credo en la misa dominical donde nadie corre peligro.
Lo difícil es confesar tu fe luego en el grupo de amigos que van a tildarte de anticuado.
Es fácil recitar el Credo allí donde todos lo recitan.
Lo difícil es confesar el Credo allí donde los demás te van a llamar “meapilas”.

Y esa es la misión del cristiano.
Subir a la fiesta donde está el riesgo y el peligro.
Meterse en medio de los que no quieren saber nada de esas antiguallas.
Nunca sopla a gusto el viento para el que no sabe a donde va.
Nunca sopla a gusto el viento para el que proclama el Evangelio en ambiente indiferentes a Dios.
Nunca sopla a gusto el viento para anunciar a Dios en ambientes que prefieren declararse agnósticos o ateos.
Pero es precisamente ahí, donde hay que dar cara por el Evangelio.
Es precisamente ahí, donde hay que hacer resonar la Palabra de Dios.
Ningún peligro es razón suficiente para silenciar el Evangelio.
Ningún peligro es razón suficiente para callar donde Dios sigue siendo extraño.
Ningún peligro es razón suficiente para callar nuestra propia identidad de creyentes.

El creyente no es provocativo.
El creyente es “confesante” de sus propios convencimientos.
El creyente no es el que busca que lo maten.
Pero tampoco da la espalda a la muerte.
Jesús nunca buscó su muerte.
Pero tampoco el riesgo a que lo maten, pudo silenciarlo.
Ahí está la valentía y la decisión del cristiano que le sigue.
Ahí la prueba de la sinceridad de tu vida de creyente.

Clemente Sobrado C. P.

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