Bocadillos espirituales para vivir la Cuaresma: Jueves de la 5 a. Semana – Ciclo C

“Dijo Jesús a los judíos: “Os aseguro: quien guarda mi palabra no sabrá lo que es morir para siempre”. Los judíos le dijeron: “Ahora vemos que estás endemoniado; Abraham murió, los profetas también, ¿y tú dices: “Quien guarde mi palabra no conocerá lo que es morir para siempre? ¿Eres tú más que nuestro padre Abraham, que murió? También los profetas murieron, ¿por quién te tienes?”… ‘El que me glorifica es mi Padre, de quien vosotros decís: “Es nuestro Dios”, aunque no le conocéis. Yo sí le conozco”. (Jn 8,51-59)

Un diálogo de Jesús con los judíos sumamente aleccionador.
Quisiera destacar tres cosas fundamentales:
Es posible “no morir para siempre”.
El pasado puede ser un gran obstáculo para mirar al fututo.
Podemos hablar de Dios y decir cosas que Dios no dice.

“No morir para siempre”.
No es que Jesús niegue el hecho de la muerte.
El mismo se sometió a la muerte de Cruz.
Pero hay algo que es capaz de vencer a la misma muerte.
Hay algo que hace que “la muerte no sea algo definitivo”.
Hay algo que nos hace “seguir viviendo después de la muerte”.
Jesús, en el fondo, nos vine a decir que:
“no estamos llamados a morir para siempre”
“estamos llamados a vivir para siempre”.

Lo extraño es que también a nosotros nos cuesta creer esto, como les costaba a los judíos que hablaban con Jesús.
Creemos más a lo que vemos que a lo que Jesús nos anuncia como buena noticia.
Creemos más en la muerte que en la vida.
¿No tendríamos que purificar nuestra mente y abrirnos por fin a la vida “para siempre”?

El pasado un obstáculo para el futuro
Jesús está anunciando la gran novedad del “vivir para siempre”.
La experiencia de la gente dice otra cosa:
Abraham “murió”
Los “Profetas” murieron”.
Esa es para ellos la verdad que les impide que pueda haber otra cosa diferente.
El vivir del pasado es para ellos el muro que les impide ver más allá.
El vivir del pasado es para ellos la verdad.
Lo nuevo es un engaño.
La verdad es la experiencia del pasado.
El futuro se convierte en un imposible al que es preciso resistirse.
Como todos los antepasados han muerto, no puede haber posibilidad ahora de “no morir para siempre”.

¡Cuántas veces el pasado es nuestro peor enemigo para abrirnos al futuro!
¡Cuántas veces el pasado de la Iglesia es nuestra mayor dificultad para aceptar cualquier cambio y novedad!

Podemos hablar de Dios y no entendernos
Los judíos hablan de Dios.
Pero de un Dios que no han logrado conocer.
Se han quedado con la imagen del Dios del Antiguo Testamento.
Jesús también habla de Dios y lo llama “Padre”.
Ellos tienen como padre a “Abraham”.
Jesús habla de Dios como Padre.
Ellos no cambian de padre. Seguirán creyendo en Dios.
Pero su padre seguirá siendo Abraham.

Con Dios podemos justificarlo todo.
Todo depende qué imagen tiene cada uno de Dios.
Todos decimos creer en Dios como ser supremo.
Pero ¿lo sentimos y tenemos como Padre?

A veces pienso que es preferible no creer en Dios que no tener una imagen deformada de él.
Porque el que no cree puede abrirse a la novedad que le anunciamos.
Pero quien ya tiene una idea preconcebida se resiste a la revelación del Evangelio.
“Creo en la resurrección de la carne”.
“Creo en la vida eterna”.

Clemente Sobrado C. P.

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Una respuesta a “Bocadillos espirituales para vivir la Cuaresma: Jueves de la 5 a. Semana – Ciclo C

  1. MARIA JOSE CASTRO LORENZO

    Soy una mujer católica de 58 años. Me llamo María José Castro Lorenzo. Soy una persona enferma desde hace 23 años. Tengo una enfermedad renal que me ha llevado por un periplo de tres trasplantes y estoy en hemodiálisis por cuarta vez
    Gracias al Señor, llevo mi enfermedad y la de mis hijos, con fe y esperanza. Le ofrezco mi dolor y mis problemas, y recibo de El una Paz y un Amor que llenan mi corazón.
    Quisiera corresponder a Su Amor intentando extender Su Palabra por todos los medios que estén a mi alcance. Tratando, únicamente, de ayudar a los demás a conocer el Mundo del Amor de Dios, y que vean de forma sencilla que, si aman al Señor, su vida cambiará.
    Me permito dirigirme a Vds. con el fin de enviarles dos reflexiones para que, si son de su interés, las hagan llegar al mayor número de personas posibles.
    Quedo a la espera de sus noticias y les agradezco la atención que me dispensan.
    Atentamente,
    EL AMOR DE DIOS
    El Amor de Dios está por encima de todo lo humano. Es un Amor Infinito, incapaz de mudar o de tener fin.
    El ama a los hombres porque es nuestro Creador, ha realizado en nosotros una labor especial. Su Amor es tan grande que nunca nos abandonará.
    El coloca en primer lugar ese Amor hacia nosotros, porque es nuestro Padre, el Ser inmaterial que conoce todas nuestras debilidades y, aun así, permanece junto a nosotros buscando nuestro bien.
    El Señor es Amor porque ama por encima de todas las cosas.
    Él conoce el amor de los hombres, siente nuestro amor de tal manera que, cuando nos acercamos a El , se hace realidad la Verdad de Su Reino. El acercamiento de sus hijos al corazón de Dios.
    Sí, al corazón, porque El Señor siente nuestra cercanía hermosa, que le llena de la Felicidad que le aportamos sus hijos, por quienes ha luchado al enviar al mundo a Jesús, Su Hijo y Señor a la vez.
    Jesús, con su venida al mundo, alcanzó la Voluntad de Su Padre, le concedió Su Amor; porque es Amor Puro, Verdad Pura y Sacrificio Puro.
    El conocía con exactitud su fin, todo lo que El Padre quería y sentía por los hombres.
    Siempre se sacrificó buscando el fin último de Su Misión: la Redención de la Raza Humana, ahora y siempre. Por eso luchó y murió por todos nosotros.
    Ahora, El nos ha permitido con su muerte, gozar de ese Amor Inmenso del Señor, que nos permite alcanzar Su Gloria, incluso sin haber conocido aún Su Mundo.
    Sí, podemos gozar del Mundo de Amor del Señor en la tierra. El nos hace entrega de El para que nosotros sepamos que tenemos un Dios que nos ama tanto que, incluso cuando nuestro corazón no está unido a El, pertenecemos a Su Amor.
    Cuando encontramos el Amor de Dios es porque lo hemos amado tanto, que dedicamos nuestra vida a honrarle, para que El sea feliz cuando vea que sus hijos hacen Su Voluntad y lo aman siguiendo las enseñanzas de Su Hijo.
    Es una doble alegría: el saber cumplido en nuestro mundo el anhelo de Su Amor Paternal y reconocer en nosotros esa Gracia por la que murió Jesús.
    Así pues, amemos al Señor, gocemos de Su Amor y hagámoslo feliz con nuestro comportamiento, sabiendo que El Padre siempre, siempre, nos recibirá en Su Reino si correspondemos a Su Amor.
    Es lo más bonito que podemos hacer por El, honrarlo, alabarlo, amarlo, guiarnos por Su Voluntad, y encontrar en El esa inspiración que nos ofrece para ser Sus hijos y vivir nuestra vida terrenal guiados por El.
    Seamos Sus hijos por siempre y amémoslo como Él nos ama a nosotros.
    LA VIRGEN NUESTRA MADRE
    El Señor fijó Sus ojos en María, el Ser más Puro de la Creación.
    Su amor por El Señor hizo realidad que su vientre se transformase en la cuna del Amor de Dios, donde Su Hijo se hizo Hombre para Gloria del Padre.
    Nuestra Madre María, ha sido y es, la única persona capaz de encontrar en su vida el Amor de Dios en su Plenitud. Fué obsequiada con el Amor más grande que un alma humana ha podido hallar, Jesús. El la colmó de esa Gracia que procedía del Señor.
    María, Madre de Dios, es Amor, un Amor que aceptó guiar su vida por las manos de Dios. Gracias a su aceptación, los hombres hemos podido hallar la Salvación con el acto de amor que ella efectuó ante el Angel Gabriel.
    María, Reina de los Cielos, ha alcanzado el Mundo de Dios, y, ahora, desde allí, nos cuida y nos ama como a sus hijos que somos.
    La Virgen María encontró en El Señor esa enseñanza profunda de la fe, la aceptación sin condiciones de los designios de Dios. Eso la transforma y la eleva a la categoría de Reina de los Cielos, Esposa del Señor y Madre de Jesús.
    Gracias a ella hemos conocido a Nuestro Salvador, Jesús, el Hijo de Dios. ¡Cuánto debemos agradecerle por ello!
    Nos salvó del pecado, nos dió la alegría de la esperanza en el Mundo del Amor de Dios y, desde ese momento, se hizo merecedora de nuestra adoración.
    María es sencillez, bondad, aceptación, amor por El Señor. Su imagen nos infunde ese amor de hijos que se acercan a Su Madre con el convencimiento de recibir de ella la Bondad Eterna y el Amor Maternal sin fin, hacia nosotros.
    Es Nuestra Madre, la amamos y nos entregamos a ella; pues, con su amor, hizo posible que El Señor nos bendijese por siempre con la salvación de nuestras almas, gracias al nacimiento de Su Hijo Jesús.
    Ella ha hecho posible esta gran Verdad en el Mundo, y, por éso, nuestro amor debe ser incondicional hacia ella.
    Sabemos que ella vela por nosotros, que nos quiere, y, por ello, nuestro amor debe crecer con fuerza para pedirle a Nuestra Madre que nos guíe y nos acompañe en nuestra vida.
    Sin el amor de Nuestra Madre tendremos el alma falta de esa Gracia, a la vez humana y divina, que la Virgen nos entrega para nuestra salvación, y, que es, un regalo del Señor.

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