Bocadillos espirituales para vivir el Tiempo Ordinario: Jesucristo, Sumo y Eterno Sacerdote

“Llegada la hora, se sentó Jesús con sus discípulos y les dijo: “He deseado Jesucristo Sumo y Eterno Sacerdoteenormemente comer esta comida pascual con vosotros, antes de padecer, porque os digo que ya no la volveré a comer, hasta que se cumpla en el reino de Dios”.(Lc 22,14-20)

Cada año, el jueves después de Pentecostés, la Liturgia celebra la fiesta de Jesucristo, Sumo y eterno sacerdote”. Una de las fiesta recientes aprobadas por la Santa Sede e incluida en el Calendario Litúrgico en 1974.
Para algunos tiene una intencionalidad. Es el momento en que comienza la crisis del abandono sacerdotal. Y pretendía de alguna manera revalorizar el “sacerdocio”. No es mi intención buscar aquí las motivaciones. Me interesa más el hecho mismo de Jesús compartiendo la Ultima Cena con sus discípulos.

Es la cena de despedida.
La hora de Jesús está ahí mismo esperando a la puerta.
No se trata de ninguna de esas cenas de restaurante donde cada uno pide a la Carta.
Se trata de un momento de gran intimidad de Jesús con los suyos.
Por eso mismo Jesús les dice que “He deseado enormemente comer esta comida pascual con vosotros, antes de padecer”.
Es un momento de intimidad.
Es un momento de desahogo de Jesús con los suyos.

Es posible que:
En el corazón de Jesús hubiese todo un mundo de sentimientos reprimidos.
En el corazón de Jesús hubiese todo un mundo de sentimientos que necesitaban brotar como brota el agua del manantial.
Los discípulos conocían a Jesús por fuera.
También muchos de sus sentimientos para con aquellos necesitados a los que curaba.
En la Ultima Cena Jesús fue muy expresivo sentimentalmente con ellos.
Dentro de su corazón había todo un volcán de sentimientos.
Dentro de su corazón había todo un mundo de afectos que querían expresarse.
Dentro de su corazón había un mundo de cariño, de ternura, que ellos no habían experimentado.
De ahí que Jesús “desease enormemente comer esta comida pascual con ellos, antes de que llegase el momento fatal”.

El texto de Lucas relata la institución de la Eucaristía en el sacramento del pan y del vino.
Y relata también la misión sacerdotal de que sean también ellos, los que luego sigan celebrando este momento “haced esto en memoria mía”.
Es lo que nosotros llamamos la “institución del sacerdocio”.
Pienso que fue Juan el que más impactado quedó de aquella Ultima Cena a la que le dedica como cinco o siete capítulos.

Digamos que es el momento:
En el que Jesús, por fin habla de sí mismo.
En el que Jesús, se expresa a sí mismo.
En el que Jesús, manifiesta sus sentimientos hacia ellos.
En el que Jesús, les abre su corazón.
En el que Jesús, les permite entrar dentro de su corazón.
En el que Jesús, les deja verlo por dentro.

Es la hora de perpetuar su memoria.
Es la hora de perpetuar su amor, como dice Juan muy gráficamente: “habiendo amado a los suyos que estaban en el mundo, los amó hasta el extremo”.
Es la hora del calor del corazón.
Es la hora de la ternura y del afecto de su corazón.
Ya no es tanto la hora del “maestro”, que sí lo es.
Sino la hora del enamorado de los suyos.
Sino la hora del enamorado de los hombres que creerán en él.
En Juan parece una Cena eterna que no acaba nunca.
Una Cena en la que solo habla El y todos escuchan en silencio.
Una Cena en la que como rocío nocturno sus corazones se van empapando de los sentimientos de Jesús.

Estoy pensando en mi sacerdocio y el de mis hermanos.
Un sacerdocio que no puede quedar reducido solo al sacramento de la “memoria”.
Sino ese sacerdocio del amor a los fieles.
Sino ese sacerdocio de compartir nuestros sentimientos con nuestros fieles.
Sino ese sacerdocio de no solo entrar en los sentimientos de nuestros fieles sino en dejarles que ellos entren en nuestros corazones y sientan el calor de nuestro afecto y nuestro cariño y ternura.
El sacerdote no puede ser ese ser lejano distanciado del pueblo, sino como dice el Papa Francisco: debe ir por delante, en medio y detrás del rebaño. Y ser la expresión y testimonio de la misericordia de Dios.
El que, día a día, comparte los sentimientos del pueblo y comparte sus sentimientos con el pueblo.

Me encantaría que cada sacerdote pudiéramos tener los mismos sentimientos de Jesús y confesar a nuestros fieles antes de cada Eucaristía: “He deseado enormemente comer esta cena pascual con vosotros”.

Clemente Sobrado C. P.

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