Bocadillos espirituales para vivir el Tiempo Ordinario: Viernes de la 8 a. Semana – Ciclo C

“Vio de lejos una higuera con hojas y se acercó a ver si encontraba algo; al llegar no encontró más que hojas, porque no era tiempo de higos. Entonces le dijo: “Que nadie coma de ti fruto nunca jamás”. (Mc 11, 11-26)

Alguien la plantó junto al camino.
La plantó en su propio campo.
Allí brotó. Allí creció. Allí se hizo grande.
Era “su” higuera. La higuera de sus sueños.
La higuera de la que recogería los sabrosos higos.

La gente al pasar miraba a la higuera.
¡Estaba tan bella y hermosa! ¡Estaba tan llena de vida!
Algún turista se sacó una foto a su lado.

¡Qué hermosa está! Decían unos.
¡Qué belleza de higuera! Se decían otros.
Hasta alguien pensó cortar una rama para llevársela.

También llegó él, Jesús.
Se quedó mirando y la vio hermosa.
Se acercó tímidamente, como quien no quiere despertarla.
Extendió la mano, quiso probar sus dulces frutos.
¡Qué desilusión! No tenía higos.
Tenía hojas. Tenía follaje.
Pero no tenía frutos.

Sus manos buscaban ansiosas entre las ramas.
Pero no había dado higos.
Todo era para la mirada. Nada para el gusto.
Todo era para el engaño. Nada para la verdad.
Todo se había ido en la belleza del vestido.
Nada se había quedado para regalar frutos.

¿Para qué un higuera sin fruto?
Y Jesús, desilusionado, la maldijo:
“Que nadie coma de ti fruto nunca jamás”.
Y la higuera sintió la maldición y se secó.

Que la belleza sin vida es muerte.
Que la hermosura sin frutos es engaño.
Que las apariencias se olvidan en los ojos que las miran.
Que las apariencias de una vida vacía, se marchitan.
¡Cuántas veces no somos lo que lo que los demás ven!
Dios no vive de apariencias sino de los frutos de la gracia.

Aparentar lo que uno no es termina siendo una mentira.
Los maquillajes pueden mejorar la apariencia.
Pero no detienen el calendario.
Que el “Hábito no hace al monje”, es un viejo refrán.
Muchas expresiones de piedad pueden ser follaje espiritual.
Porque ¿logran cambiar nuestras vidas?
¿Logran que demos frutos de Evangelio?
Podemos gastarnos las rodillas de tanto rezar “Padre nuestros”.
Pero ¿tratamos a los demás como hermanos?
Y repetir “perdónanos como nosotros perdonamos”.
Pero ¿limpiamos nuestro corazón de todo resentimiento?
“Venga tu Reino”.
Pero ¿hacemos algo para que realmente lo hagamos visible?
Comulgamos cada domingo.
Pero ¿nos sentimos luego comunidad?

Clemente Sobrado C. P.

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