Bocadillos espirituales para vivir el Tiempo Ordinario: Domingo 10 – Ciclo C

“Cuando se acercaba a la entrada de la ciudad, resultó que sacaban a enterrar a un muerto, hijo único de su madre, que era viuda; y un gentío considerable de la ciudad la acompañaban. Al verla el Señor, le dio lástima y le dijo: “No llores”. Se acercó al ataúd, lo toco y dijo: “¡Muchacho, a ti te lo digo, levántate!” El muerto se incorporó y empezó a hablar, y Jesús se lo entró a su entregó a su madre”. (Lc 7,11-17)

Nadie como las madres saben de la vida.
Nadie como las madres saben de la muerte.
Ellas nos regalan el don de la vida. Dan “a luz” la vida.
Durante nueve meses son testigos de la vida que crece en vientre.
Ellas son los testigos dolorosos de la muerte.
La muerte nos arrebata a alguien a quien queremos y amamos.
Pero a las madres les arrebata “el hijo de sus entrañas”.

Hay cosas que suceden por casualidad.
Jesús “iba de camino a una ciudad llamada Naín”. Y la suerte o la casualidad, le hacen encontrarse con una madre que llora desconsolada al hijo a quien llevan a enterrar.

Comenta el Papa Francisco:
“Lo que movía a Jesús en todas las circunstancias no era sino la misericordia, con la cual leía el corazón de los interlocutores y respondía a sus necesidades más reales.
Cuando encontró a la viuda de Naim, que llevaba a su único hijo al sepulcro, sintió gran compasión por el inmenso dolor de la madre en lágrimas y le devolvió a su hijo resucitándolo de la muerte”. (Bula 8)

Una mujer que sabía mucho de muerte. Era viuda.
Ya había pasado por la experiencia de perder a su marido.
Y ahora, la muerte también le lleva al único hijo.
Es el destino o la misión de las madres:
Dar a luz la vida.
Ver apagarse la vida.
Regalarnos la vida y sentir que le arrebatan de las manos la vida.

Dios no nos quiere ver llorar.
Jesús “al verla, le dio lástima y le dijo: “No llores”.
Dios no nos quiere ver tristes y desconsolados.
Dios no nos quiere ver morir en la soledad y abandono.
Dios quiere ver nuestros ojos no llenos de lágrimas sino abiertos de alegría.
Dios quiere ver la alegría de la vida brillar en nuestros ojos.

Jesús detiene el cortejo funerario y se acerca al ataúd.
“Muchacho, a ti te lo digo, levántate”
“Y Jesús se lo entregó a la madre”.
Le vuelve al hijo muerto, pero también la alegría a la madre que lo llora.
Las lágrimas se le secan y el corazón le vuelve a sonreír a la vida que un día engendró.

El cristianismo:
No es la religión de la muerte sino de la vida.
De las lágrimas sino de las sonrisas.
De la tristeza sino de la alegría.
No es la religión del abandono y soledad sino de la grata compañía del hijo.
No es la religión camino del cementerio, sino del regreso al calor del hogar.
No es la religión de los corazones amargados, sino de los corazones que viven.
No es la religión del sufrimiento, sino de la alegría y la felicidad.
No es la religión que parece estar al servicio de Dios con el olvido de lo humano.
No es la religión de un Dios indiferente al dolor y al sufrimiento humano, sino la religión que “siente lástima y compasión” de los que sufren.
No es la religión de un Dios insensible a las lágrimas, sino que devuelve la alegría y la sonrisa al corazón.

¿No habremos abusado demasiado del sufrimiento como “voluntad de Dios”?
¿No habremos abusado demasiado del sufrimiento como manera de ganarnos el amor de Dios?
¿No habremos abusado demasiado del dolor hasta convertir el cristianismo en un dolorismo?
Dios quiere del cristianismo la religión de la resurrección y de la vida.
Dios quiere del cristianismo la religión que siente lástima y compasión de los que sufren y les devuelven la alegría.
“No llores” “y le entregó a su hijo”.

Clemente Sobrado C. P.

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