Bocadillos espirituales para vivir el Tiempo Ordinario: Martes de la 10 a. Semana – Ciclo C

“Dijo Jesús a sus discípulos: “Ustedes son la sal de la tierra. Pero si la sal se vuelve insípida ¿con qué la salarán? No sirve más que para tirarla fuera y que la pise la gente. Ustedes son la luz del mundo. No se puede ocultar una ciudad puesta en lo alto de un monte. Alumbre su luz delante de los hombres, para que vean sus buenas obras y den gloria a su Padre que está en el cielo”. (Mt 5,13-16)

Comenta el Papa Francisco:

“Jesús dice a sus discípulos: «Vosotros sois la sal de la tierra… Vosotros sois la luz del mundo» (Mt 5, 13.14). Esto nos maravilla un poco si pensamos en quienes tenía Jesús delante cuando decía estas palabras. ¿Quiénes eran esos discípulos? Eran pescadores, gente sencilla… Pero Jesús les mira con los ojos de Dios, y su afirmación se comprende precisamente como consecuencia de las Bienaventuranzas. Él quiere decir: si sois pobres de espíritu, si sois mansos, si sois puros de corazón, si sois misericordiosos… seréis la sal de la tierra y la luz del mundo.

Todos nosotros, los bautizados, somos discípulos misioneros y estamos llamados a ser en el mundo un Evangelio viviente: con una vida santa daremos «sabor» a los distintos ambientes y los defenderemos de la corrupción, como lo hace la sal; y llevaremos la luz de Cristo con el testimonio de una caridad genuina. Pero si nosotros, los cristianos, perdemos el sabor y apagamos nuestra presencia de sal y de luz, perdemos la eficacia. ¡Qué hermosa misión la de dar luz al mundo! Es una misión que tenemos nosotros. ¡Es hermosa! Es también muy bello conservar la luz que recibimos de Jesús, custodiarla, conservarla. El cristiano debería ser una persona luminosa, que lleva luz, que siempre da luz. Una luz que no es suya, sino que es el regalo de Dios, es el regalo de Jesús. Y nosotros llevamos esta luz. Si el cristiano apaga esta luz, su vida no tiene sentido: es un cristiano sólo de nombre, que no lleva la luz, una vida sin sentido. Pero yo os quisiera preguntar ahora: ¿cómo queréis vivir? ¿Como una lámpara encendida o como una lámpara apagada? ¿Encendida o apagada? ¿Cómo queréis vivir? [la gente responde: ¡Encendida!] ¡Lámpara encendida! Es precisamente Dios quien nos da esta luz y nosotros la damos a los demás. ¡Lámpara encendida! Ésta es la vocación cristiana”.

Sal y luz.
Sal que nos habla de cocina y alimentos.
Luz que nos habla del ambiente y de los caminos.
Yo no sé si Jesús insistiría hoy en que somos sal.
No me gusta la comida con mucha sal.
Pero tampoco me va la comida sin sal, sin sal es sosa, insípida.

Pero Jesús no creo esté pensando en los pucheros.
Por más que cada día vería a “Mamá María” echarle su puñadito de sal al puchero.
Jesús no nos dice que comamos comida con sal.
Nos dice que “somos sal del mundo”.
Y no creo que los médicos prohíban echarle sal al mundo.
Nosotros somos la sal del Evangelio con la que estamos llamados a darle al mundo el saber del reino de Dios.
Un mundo sin la sal del Evangelio huele a hombre.
Un mundo sin la sal del Evangelio sabe a materialismo.
Un mundo sin la sal del Evangelios sabe a intereses personales.
En cambio un mundo con la sal del Evangelio sabe a Dios.
Un mundo con la sal del Evangelio sabe a amor.
Un mundo con la sal del Evangelio sabe a gratuidad, solidaridad, fraternidad.

Ser luz:
Un mundo sin luz, no existe.
Un jardín sin luz, no existe.
Una casa sin luz, es triste.
Tu rostro, por bello que sea, sin luz no se ve.
La luz da vida porque además da calor.
Y Jesús nos dice que somos luz del mundo.
No dice que tenemos sino que “somos”.

Estamos llamados a ser luz:
Que alumbra a los demás.
Que alumbra para que puedan ver los demás.
Que alumbra para que los demás vean el camino incluso de noche.

Pero además somos una luz:
Que no solo alumbra a los hombres para que no tropiecen.
Sino que alumbramos al mismo Dios.
Sino que alumbramos para que los demás puedan ver a Dios.
Sino que alumbramos para que los demás puedan alabar y glorificar a Dios.
Y esa luz se llama “nuestra vida y todo lo bueno que revela el Evangelio”.
¡Y cuidado, que nadie os venga con el cuento de que humildad es esconder lo bueno que hacéis!
Jesús nunca escondió lo bueno que hizo.
Al contrario, si queremos ser luz tenemos que hacer lo bueno que hay en nuestras vidas.

Clemente Sobrado C. P.

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