Bocadillos espirituales para vivir el Tiempo Ordinario: Lunes de la 12 a. Semana – Ciclo C

“Dijo Jesús a sus discípulos: “No juzguéis a los demás, para que Dios no los juzgue; porque El os juzgará de la misma manera como juzguéis …¿Por qué te fijas en la paja que tiene tu hermano en el ojo y no adviertes en la viga que llevas en el tuyo?” (Mt 7,1-5)

En la Bula convocatoria de Jubileo de la Misericordia, el Papa Francisco, hablando de la peregrinación de este año a Roma o a otros lugares, nos presenta la primera etapa de esta peregrinación y que responde al Evangelio de hoy, aunque él cite el texto de Lucas:

“El Señor Jesús indica las etapas de la peregrinación mediante la cual es posible alcanzar esta meta:
« No juzguéis y no seréis juzgados; no condenéis y no seréis condenados; perdonad y seréis perdonados. Dad y se os dará: una medida buena, apretada, remecida, rebosante pondrán en el halda de vuestros vestidos. Porque seréis medidos con la medida que midáis » (Lc 6,37-38).

Dice, ante todo, no juzgar y no condenar.
Si no se quiere incurrir en el juicio de Dios, nadie puede convertirse en el juez del propio hermano.
Los hombres ciertamente con sus juicios se detienen en la superficie, mientras el Padre mira el interior.
¡Cuánto mal hacen las palabras cuando están motivadas por sentimientos de celos y envidia!
Hablar mal del propio hermano en su ausencia equivale a exponerlo al descrédito, a comprometer su reputación y a dejarlo a merced del chisme.
No juzgar y no condenar significa, en positivo, saber percibir lo que de bueno hay en cada persona y no permitir que deba sufrir por nuestro juicio parcial y por nuestra presunción de saberlo todo.

Sin embargo, esto no es todavía suficiente para manifestar la misericordia. Jesús pide también perdonar y dar.
Ser instrumentos del perdón, porque hemos sido los primeros en haberlo recibido de Dios.
Ser generosos con todos sabiendo que también Dios dispensa sobre nosotros su benevolencia con magnanimidad.

Así entonces, misericordiosos como el Padre es el “lema” del Año Santo.
En la misericordia tenemos la prueba de cómo Dios ama.
Él da todo sí mismo, por siempre, gratuitamente y sin pedir nada a cambio.
Viene en nuestra ayuda cuando lo invocamos.
Es bello que la oración cotidiana de la Iglesia inicie con estas palabras:
«Dios mío, ven en mi auxilio; Señor, date prisa en socorrerme» (Sal 70,2).
El auxilio que invocamos es ya el primer paso de la misericordia de Dios hacia nosotros.
Él viene a salvarnos de la condición de debilidad en la que vivimos.
Y su auxilio consiste en permitirnos captar su presencia y cercanía.
Día tras día, tocados por su compasión, también nosotros llegaremos a ser compasivos con todos.

En este Año Santo, podremos realizar la experiencia de abrir el corazón a cuantos viven en las más contradictorias periferias existenciales, que con frecuencia el mundo moderno dramáticamente crea.
¡Cuántas situaciones de precariedad y sufrimiento existen en el mundo hoy!
Cuántas heridas sellan la carne de muchos que no tienen voz porque su grito se ha debilitado y silenciado a causa de la indiferencia de los pueblos ricos.
En este Jubileo la Iglesia será llamada a curar aún más estas heridas, a aliviarlas con el óleo de la consolación, a vendarlas con la misericordia y a curarlas con la solidaridad y la debida atención.

No caigamos en la indiferencia que humilla, en la habitualidad que anestesia el ánimo e impide descubrir la novedad, en el cinismo que destruye.
Abramos nuestros ojos para mirar las miserias del mundo, las heridas de tantos hermanos y hermanas privados de la dignidad, y sintámonos provocados a escuchar su grito de auxilio.
Nuestras manos estrechen sus manos, y acerquémoslos a nosotros para que sientan el calor de nuestra presencia, de nuestra amistad y de la fraternidad.
Que su grito se vuelva el nuestro y juntos podamos romper la barrera de la indiferencia que suele reinar campante para esconder la hipocresía y el egoísmo”. (Bula n 14-15)

No es suficiente “no juzgar” a los demás.
Ni “no condenar a los demás”.
Es algo más. La Misericordia implica:
Ver lo bueno que hay en los otros.
Es preocuparnos de las necesidades de los otros.
El Año Jubilar como Año de la Misericordia, es año del perdón, la comprensión y el amor.
Dichosos los de corazón limpio que saben ver lo bueno de los demás, porque ellos verán a Dios”.

Clemente Sobrado C. P.

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